domingo, 27 de septiembre de 2026

Todos los días...

Micaela se levanta, como todos los días, a las siete menos cuarto. No necesita despertador.
A las siete menos diez escucha primero los pasos de Graciela por el pasillo y, cinco minutos después, los dos golpes suaves sobre la puerta.
Siempre dos.
—Buen día, Micaela.
Graciela entra con las cortinas todavía cerradas y esa dulzura suya que parece haber aprendido en algún manual para empleadas de casas importantes.
—Vamos, que se hace tarde.
Micaela abre los ojos.
Durante algunos segundos mira el techo. Conoce cada pequeña imperfección de aquella habitación. Una mancha casi invisible cerca de la araña, una línea en la pintura sobre la ventana y una pequeña grieta que nace detrás del placard y que nadie parece haber visto.
A veces piensa que podría dibujar el techo de memoria.
Se levanta.
Graciela abre las cortinas.
La mañana entra de golpe.
—Parece que va a estar lindo.
Todos los días Graciela tiene algo que decir sobre el tiempo.
Si hay sol, va a estar lindo. Si hay nubes, seguramente despeje. Si llueve, hacía falta.
Micaela nunca responde.
En el baño, el agua de la ducha tarda exactamente lo mismo en calentarse qué el día anterior. Sobre el lavatorio están preparados el cepillo de dientes, la pasta, el peine y una toalla doblada.
Cuando regresa a la habitación, la ropa ya está sobre la cama:  Pollera, camisa, saco, corbata, medias y zapatos. Todo perfectamente acomodado, como ella.
Abajo está esperando el desayuno: tostadas con manteca y dulce, y un café con leche que tiene bastante más leche que café.
Siempre igual.
Micaela se sienta y Graciela coloca la taza frente a ella.
—Está calentito.
Micaela toma una tostada.
Le pone un poco más de dulce y come la mitad.
Después otra.
Dos tostadas, nunca tres. Jamás una. Siempre dos.
Apura un poco el café con leche y deja casi un tercio dentro de la taza.
Graciela aparece detrás suyo con un cepillo pequeño y repasa el saco. Después acomoda la corbata. Da un paso hacia atrás para observar el resultado.
—Ahí está.
Micaela está impecable.
Lo está siempre. Quizás ése sea uno de los problemas.
Graciela la acompaña hasta la puerta principal y después atraviesan juntas el pequeño camino de piedras que cruza el jardín.
Afuera espera Oscar.
El Mercedes Benz E-320 está encendido, como todos los días.
Oscar baja, abre la puerta trasera y hace un pequeño movimiento con la cabeza.
—Buen día, señorita.
Micaela sube.
Oscar cierra la puerta.
—Buen día —repite cuando ocupa su lugar frente al volante.
Micaela lo mira por el espejo retrovisor y no responde.
Debe tener sueño, piensa Oscar. Siempre piensa que tiene sueño.
El Mercedes comienza a moverse lentamente por el camino de entrada. Las ruedas pasan sobre el empedrado, aunque dentro del auto apenas se siente.
Micaela mira por la ventanilla, como la casa va quedando atrás. Primero desaparece la fuente, después los árboles y finalmente, la mansión entera queda escondida detrás del paredón.
Con ella quedan también los gritos de la noche anterior.
No había entendido toda la discusión, tampoco hacía falta. Hacía mucho que las palabras habían dejado de ser importantes.
Reconocía los tonos. La voz de su madre, primero baja, después aguda. La de su padre intentando mantener una calma que nunca duraba demasiado, luego una puerta, un golpe y el silencio.
Después otra vez las voces.
Micaela había permanecido acostada mirando aquella pequeña grieta del techo.
Pensó en levantarse y en bajar. También en pedirles que se call aran, pero no hizo ninguna de las tres cosas. Ya sabía que por la mañana todo volvería a estar en su lugar.
Y así había sido: el desayuno, las tostadas, el café con leche, la corbata, Oscar, el Mercedes.
La vida tenía una capacidad extraordinaria para acomodar las cosas por fuera. El problema era lo que quedaba adentro.
—Parece que hoy va a estar pesado —dice Oscar mientras toma la avenida.
Micaela sigue mirando por la ventanilla.
También Oscar habla del tiempo. Debe ser una costumbre de los adultos cuando no saben qué decir.
La ciudad pasa detrás del vidrio. Personas esperando colectivos, un hombre levantando la persiana de un negocio, una mujer arrastrando a un chico de la mano, dos muchachos con guardapolvos que caminan comiendo algo de una bolsa de papel, o algo así.
Micaela los observa con cierta envidia. No sabe quiénes son, ni siquiera sabe si son felices. Pero van caminando solos. Sin Oscar, sin un Mercedes, sin alguien esperando en la puerta para acomodarles la corbata.
A las siete y cuarenta y cinco llega a la escuela.
Oscar estaciona siempre en el mismo lugar, baja y abre la puerta.
—Que tenga un buen día, señorita.
Micaela vuelve a mirarlo. Esta vez hace un pequeño gesto con la cabeza.
Oscar sonríe, para él eso alcanza.
En la entrada ya están algunas de sus compañeras, la saludan y una la abraza. Otra le pregunta por una fiesta del sábado. Una tercera quiere saber si finalmente irá al cumpleaños de alguien que Micaela apenas conoce.
Ella contesta, sonríe, e incluso se ríe.
Ha aprendido a hacerlo con el tiempo .
Tiene amigas, o eso diría cualquiera que la observara durante un recreo. Siempre hay alguien sentada junto a ella. Alguien que le pide una carpeta, que comenta algo sobre un profesor o que le cuenta quién se besó con quién durante el fin de semana. Pero Micaela sabe que una cosa es estar rodeada de personas y otra muy distinta tener un amigo.
Un amigo de verdad, alguien a quien pudiera decirle: Anoche mis padres volvieron a gritar.
Nada más, cinco palabras. Sin tener que explicar después que no pasa nada, sin escuchar que los padres de todos discuten. Sin que la miraran con curiosidad. Sin que la historia terminara circulando por toda la escuela. Alguien que simplemente escuchara.
No tenía a nadie.
Esa certeza le pesaba más que la mochila.
Las horas transcurrían lentamente.
Matemática, Historia, Literatura. Recreo. Geografía. Almuerzo y otra vez clase.
Los profesores hablaban ella copiaba. Los demás contestaban, ella también.
Todo parecía funcionar correctamente, como el Mercedes, como la casa, como Graciela. Como ella.
A veces pensaba que su vida era una enorme maquinaria perfectamente aceitada cuyo único defecto era no llevarla a ningún lado.
Los lunes se parecían a los martes. Los martes a los miércoles. Los miércoles tenían apenas la ventaja de anunciar que faltaba menos para el viernes. Después llegaba el sábado, alguna fiesta, algún almuerzo familiar, alguna juntada con amigas.
Y el domingo comenzaba esa tristeza inexplicable de saber que todo estaba a punto de empezar otra vez. Había llegado a odiar los domingos a la tarde, no sabía exactamente desde cuándo.
Tal vez la monotonía no aparece de golpe. Uno no se despierta una mañana cansado de su propia vida.
Va ocurriendo lentamente.
Primero deja de entusiasmar una canción, después una salida, luego un cumpleaños y finalmente comienza a dar lo mismo que sea lunes o sábado, verano o invierno.
Todo adquiere un color parecido.
Ese día, durante el segundo recreo, una compañera se sentó junto a ella.
—¿Te pasa algo?
Micaela la miró. Por un instante estuvo a punto de hablar. Pudo hacerlo.
Podía contarle que casi no había dormido. Que detrás de las paredes enormes de su casa las cosas no eran como todos imaginaban. Que estaba cansada de desayunar las mismas tostadas, viajar en el mismo auto y escuchar conversaciones que no significaban nada.
Podía decirle finalmente que se sentía sola.
Entonces, abrió la boca y dijo:
—No.
La compañera permaneció unos segundos mirándola.
—Ah.
Después comenzó a contarle sobre un chico.
Micaela escuchó. Asintió cuando correspondía, sonrió dos veces y notó que la conversación duró once minutos.
Cuando sonó el timbre volvieron juntas al aula.
A las cuatro y media Oscar estaba esperando en la puerta.
En el mismo lugar. Con el mismo auto.
—¿Cómo estuvo el día?
—Bien.
Era probablemente la primera palabra que le decía en toda la jornada.
Oscar sonrió.
—Me alegro.
Micaela apoyó la cabeza contra el vidrio y la ciudad comenzó a retroceder nuevamente.
Los mismos negocios, las mismas avenidas, los mismos semáforos.
Al llegar a casa, Graciela abrió la puerta.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Otra vez, esa palabra "Bien". Una palabra extraordinaria que servía para terminar casi cualquier conversación.
Subió a su habitación. Dejó la mochila sobre una silla y se quitó la corbata.
Por primera vez en mucho tiempo no escuchó música.
Se acostó sobre la cama y miró el techo.
La grieta seguía allí.
Pensó que las grietas tenían algo honesto. No intentaban parecer otra cosa. Estaban rotas y lo mostraban.
Se levantó y fue hasta el escritorio.
Abrió uno de los cajones y encontró un cuaderno que casi no utilizaba.
Tomó una lapicera y durante unos minutos no escribió nada.
Después puso la fecha y debajo escribió:
"Hoy una chica me preguntó si me pasaba algo." 
Se quedó mirando la oración y agregó:
"Le dije que no." 
Esperó unos segundos, y prosiguió:
"Mentí."
Apoyó la lapicera y desde abajo llegó la voz de Graciela hablando con alguien.
Más tarde llegaría su padre, después su madre.
Cenarían, tal vez hablarían. Quizás discutirían otra vez.
Y mañana, a las siete menos diez, volvería a escuchar los pasos en el pasillo.
Dos golpes en la puerta.
Buen día, Micaela.
Tostadas con manteca y dulce.
Café con leche.
La corbata.
Oscar.
El Mercedes.
La escuela.
"Bien." 
"Todo bien." 
Micaela volvió a tomar la lapicera y debajo de lo anterior escribió una última frase:
"Creo que necesito un amigo." 
La leyó varias veces. Le produjo vergüenza.
Estuvo a punto de arrancar la hoja, pero no lo hizo.
Cerró el cuaderno y lo guardó en el último cajón. Después se acercó a la ventana.
En la vereda de enfrente dos chicos estaban sentados sobre el cordón. Uno hablaba moviendo exageradamente las manos y el otro se reía.
No hacían nada extraordinario.
No tenían un Mercedes esperando, no había una fiesta, ni una casa enorme, ni alguien que les acomodara la ropa antes de salir.
Simplemente estaban ahí. Juntos.
Micaela los observó hasta que obscureció.
Esa noche sus padres volvieron a discutir. Ella escuchó las primeras palabras, una puerta y después el grito de su madre.
Pero esta vez no miró la grieta del techo. Pensó en el cuaderno guardado dentro del cajón.
Quizás escribir fuera una forma bastante pobre de hablar con alguien, pero por el momento era la única que tenía.
A la mañana siguiente Graciela golpeó dos veces.
—Buen día, Micaela.
Abrió las cortinas.
—Parece que va a estar lindo.
Micaela se levantó.
Bajó.
Comió dos tostadas.
Tomó un poco del café con leche.
Graciela repasó el saco y acomodó la corbata.
—Ahí está.
Afuera esperaba Oscar.
El Mercedes estaba encendido.
Micaela subió.
—Buen día, señorita.
El auto comenzó a bajar lentamente por el empedrado. Pero antes de que la mansión desapareciera detrás de los árboles, Micaela miró hacia la casa.
Por primera vez comprendió que no quería pasar el resto de su vida escapando de aquel lugar solamente por dentro.
Todavía no sabía cómo hacerlo.  Tampoco sabía cuándo.
Tenía una casa enorme, dinero, chofer, ropa impecable y personas encargadas de que jamás le faltara nada.
Nada, salvo lo único que comenzaba a necesitar de verdad. Alguien frente a quien pudiera dejar de decir que estaba bien.
Oscar la miró por el espejo.
—¿Todo bien, señorita?
Micaela sostuvo su mirada durante unos segundos.
La respuesta estaba preparada.
Era fácil.
La había pronunciado cientos de veces. Pero esa mañana no dijo nada.
Y aunque nadie pudiera saberlo todavía, aquel silencio fue la primera pequeña rebelión de su vida.

jueves, 17 de septiembre de 2026

La primera fuga...

La primera vez que me escapé de casa tenía quince años. No fue una huida definitiva, ni una rebelión cuidadosamente planificada. No llevaba ropa en un bolso, ni había escrito una carta explicando que necesitaba encontrar mi lugar en el mundo. Tampoco tenía un destino lejano. Iba a un cumpleaños.
La fiesta era de una amiga de Gustavo. Apenas conocía a la cumpleañera, pero eso no importaba demasiado. Ella iba a estar ahí y, a los quince años, esa era una razón suficiente para cruzar la ciudad, desobedecer a mis viejos y arriesgarme a pasar el resto de mi adolescencia castigado.
Durante varios días pensé cómo hacerlo.
Mi habitación tenía una ventana que daba al pequeño jardín de adelante. Desde allí podía salir, atravesar el pasto, treparme a un cantero y alcanzar la pared que daba a la calle. No era una muralla infranqueable, pero tampoco era tan baja como para saltarla con elegancia. Especialmente de noche, tratando de no hacer ruido y con el corazón galopando tan fuerte que parecía dispuesto a despertar a toda la casa.
La ventana era el punto más importante del plan. Tenía que dejarla abierta para poder entrar cuando regresara, pero lo tenía que hacer sin despertar a mi hermano que dormía en la misma habitación. Así que la dejé apenas abierta, con un cartón doblado, lo suficiente para meter los dedos y abrirla desde afuera. La cortina, se encargaría de tapar la escena.
También había conseguido veinte pesos a lo largo de tres semanas. Hoy puede parecer poco, pero en aquella época veinte pesos eran una fortuna. Al menos para mí. Era dinero suficiente para viajar, comprar algo para tomar y todavía regresar a casa sintiéndome un hombre económicamente independiente.
Guardé los billetes en el bolsillo como si llevara los ahorros de toda una vida y esperé a que la casa quedara en silencio. No recuerdo la hora exacta. Seguramente no era demasiado tarde, aunque para mí parecía medianoche. A esa edad, salir después de que los padres se fueran a dormir tenía algo de operación clandestina. Cada ruido se amplificaba. Una puerta que crujía podía ser una alarma. Una tos desde otra habitación, una orden de captura.
Abrí la ventana lentamente. Primero saqué una pierna. Después la otra. Me sostuve del marco y caí sobre el pasto con menos gracia de la que había imaginado. Permanecí agachado unos segundos, esperando escuchar la voz de mi viejo preguntando qué estaba haciendo, o los ladridos de los perros.
No se escuchó nada. Crucé el pequeño jardín y llegué al cantero. Apoyé un pie sobre el borde y traté de impulsarme. La primera vez resbalé. Sentí que las piedras se movían debajo de la zapatilla y estuve a punto de caerme contra unas plantas. La segunda vez logré agarrarme de la parte superior de la pared.
Me quedé colgado unos segundos.
De un lado estaba mi casa. Del otro, la calle.
Tal vez todas las primeras fugas tengan ese momento. Un instante breve en el que todavía se puede volver atrás, entrar por la ventana y acostarse como si nada hubiera ocurrido.
Pero ella estaba en esa fiesta.
Así que pasé una pierna por encima de la pared y salté. Caí sobre la vereda tratando de hacer el menor ruido posible, me acomodé la ropa y comencé a caminar intentando parecer alguien tranquilo, sin persecutas. Si alguien me hubiera visto, probablemente habría pensado que era un chico volviendo a su casa. Nadie habría sospechado que acababa de conquistar mi libertad.
Caminé hasta la parada y me tomé el 5. El colectivo estaba casi vacío. Me senté junto a la ventana en la parte de atrás, del lado opuesto al chofer y miré cómo las calles conocidas iban quedando atrás. Llevaba los veinte pesos en el bolsillo y una mezcla de miedo y entusiasmo en el cuerpo.
Cada vez que el colectivo frenaba, pensaba que podía subir alguien conocido.
Un vecino, un amigo de mis viejos, algún pariente lejano con la capacidad de aparecer en el peor momento. Pero no subió nadie.
El 5 siguió avanzando hasta Flores, mientras yo ensayaba mentalmente las posibles explicaciones que daría si todo salía mal. Ninguna era demasiado convincente.
Cuando bajé, todavía tuve que caminar varias cuadras hasta la casa de la amiga de Gustavo. No conocía bien la zona y tuve que reconstruir las indicaciones que me habían dado. Doblar en una esquina, seguir hasta determinada avenida, buscar una casa con una puerta de cierto color.
En aquellos años no había un teléfono que indicara el camino ni un punto luminoso moviéndose sobre un mapa. Uno tenía una dirección escrita en un papel y la esperanza de no haberse equivocado de calle.
Finalmente encontré la casa.
Desde afuera se escuchaba música. Había luces encendidas, voces y algunas personas reunidas cerca de la entrada. Respiré profundo antes de tocar el timbre, como si necesitara recuperar la normalidad después de haber cruzado media ciudad en condición de prófugo.
Para mi sorpresa, me abrió Gustavo. Me saludó con un abrazo y un vaso de cerveza, sin comprender del todo la dimensión de mi hazaña. Para él yo simplemente había llegado a un cumpleaños. No sabía que había dejado una ventana abierta, cruzado un patio, escalado un cantero y saltado una pared para estar ahí.
Entré, saludé a la cumpleañera y a varias personas que no conocía. Alguien me alcanzó algo para tomar. Me quedé un rato cerca de Gustavo, tratando de disimular que en realidad buscaba a una sola persona.
Entonces la vi.
Estaba del otro lado de la habitación, hablando con unas amigas.
No ocurrió nada extraordinario. No se detuvo la música, ni las luces cambiaron de intensidad. Nadie señaló su presencia. Sin embargo, durante unos segundos, todo lo demás perdió importancia.
Ella también me vio. Luego de un rato nos acercamos y charlamos durante buena parte de la noche. Nos reímos mucho. Hablamos de cosas que seguramente entonces parecían importantes y que ahora no podría recordar. En algún momento bailamos algo, o al menos hice el intento, mientras ella disimulaba su vergüenza. Nunca fui demasiado bueno bailando. Probablemente pasé más tiempo tratando de no pisarla que siguiendo la música. Pero ella se reía y eso alcanzaba para que la noche tuviera sentido.
Lamentablemente no hubo un beso.
Durante años pensé aquella noche desde ese lugar. Como una oportunidad que no había terminado de concretarse, una historia a la que le faltaba la escena principal:  Había escapado de casa; había trepado una pared; había atravesado media ciudad; había llegado hasta Flores con veinte pesos en el bolsillo. Y, sin embargo, no la había besado.
Con el tiempo comprendí que el beso no era lo importante.
Lo importante había sucedido mucho antes, cuando dejé la ventana abierta y apoyé el pie sobre aquel cantero. O quizás cuando me quedé colgado de la pared, con mi casa de un lado y la calle del otro.
Aquella noche no la pude besar, pero aprendí que era capaz de escapar por algo que deseaba y que podía tomar un colectivo solo, cruzar barrios desconocidos y llegar hasta una fiesta siguiendo una dirección escrita en un papel. También, que algunas aventuras no tienen la recompensa que imaginamos, sino que a veces uno realiza un viaje enorme para conseguir apenas una conversación, unas risas y un baile torpe con la chica que le gusta.
Pero eso no significa que el viaje haya sido inútil. Durante mucho tiempo recordé aquella noche por el beso que no ocurrió. Ahora la recuerdo por el chico que fui. Ese que creyó que veinte pesos eran una fortuna, que una pared podía separar la obediencia de la libertad y que ver a una chica durante unas horas justificaba cualquier riesgo.
Después regresé a casa. Volví a tomar el 5, caminé por las mismas calles y salté nuevamente la pared, con la ayuda de una cuerda que había disimulado anteriormente. Crucé el pequeño jardín, abrí os postigos de la ventana que había dejado entreabierta e ingresé en mi habitación con mucha cuidado y lentitud.
Nadie se había despertado, ni siquiera mi hermano.
Me acosté sin prender la luz, todavía vestido, con el corazón lleno de una felicidad incompleta.
No hubo un beso, pero durante unas horas tuve quince años, veinte pesos en el bolsillo y toda la ciudad por delante. En aquel momento no lo sabía, pero pocas veces volvería a sentirme tan libre.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Aquella hora en que todo vuelve...

No recuerdo por qué había llegado a aquella estación, tal vez porque buscaba refugio de la lluvia. Quizás necesitaba sentarme un momento, o simplemente había llegado hasta allí porque, algunas tardes, uno camina sin saber del todo hacia dónde va. El cuerpo sólo avanza y la cabeza se va quedando atrás, detenida en algún pensamiento que no termina de tomar forma.
La estación estaba casi vacía.
Había un hombre dormido sobre un banco, una mujer mirando el teléfono y dos chicos que corrían cerca de las vías mientras la madre les pedía que no se alejaran. En un rincón, un reloj no muy grande marcaba las seis y cuarto. No sé si funcionaba. Los relojes antiguos tienen esa particularidad: aun cuando están detenidos, uno les cree.
Me senté junto a una ventana.
Afuera llovía sobre los techos de chapa. El agua formaba pequeños caminos en el vidrio y deformaba las luces de la calle. Los autos pasaban despacio, levantando agua sobre el cordón. Cada tanto se escuchaba una bocina, el chillido de los frenos o el anuncio metálico de alguna formación que todavía estaba lejos.
Entonces vi a un hombre cruzando el andén con una valija.
Durante un segundo pensé que era mi padre. Aunque no se parecía demasiado. A lo mejor era la forma de caminar, ligeramente inclinado hacia adelante, o el modo en que sostenía la valija, con el brazo separado un poquito del cuerpo. Mi padre caminaba así cuando regresaba de algún viaje. Yo lo esperaba junto a mi madre y hermano, y apenas lo reconocía entre la gente, corría hacia él.
Aquella imagen apareció completa, para luego irse. 
La estación volvió a llenarse de voces. Sentí el olor del café que vendía un vendedor ambulante en vasos de plástico, el humo de los cigarrillos de las personas que iban y venían, la humedad de los abrigos y el perfume de mi madre. Me vi sentado sobre una valija, balanceando las piernas, mientras preguntaba cuánto faltaba para que llegara el tren.
Entonces aquel hombre cruzó frente a mí.
No era mi padre. Siguió caminando hasta perderse detrás de una columna, pero el recuerdo ya había quedado abierto.
La memoria funciona de esa manera. Uno cree que los días pasados están guardados en algún lugar profundo y ordenado, como fotografías dentro de una caja o álbum. Pero basta una forma de caminar, una canción o el olor de una estación mojada para que todo vuelva sin pedir permiso.
Y cuando vuelve, no lo hace solo, sino que regresa a la persona que fuimos.
Volvió aquel chico que esperaba trenes sin pensar que algún día dejaría de hacerlo. El que creía que los padres siempre regresarían y que las personas importantes permanecerían en el mismo lugar de siempre. El que todavía no sabía que la vida también estaba hecha de andenes, despedidas y valijas que terminan alejándose.
Miré mis manos.
Ya no eran las manos de aquel chico. Habían sostenido otras cosas. Herramientas, libros, volantes, vasos, otras manos. Habían saludado, trabajado, escrito, acariciado y también soltado.
Sobre ellas había pequeñas marcas que no recordaba haber ganado. Pensé entonces en la extraña acumulación que somos.
Dentro de nosotros viven todas las edades que tuvimos. El niño que espera, el adolescente que quiere irse, el joven que cree que puede cambiarlo todo y el adulto que, algunas noches, sólo quisiera comprender del todo qué pasó.
Ninguno desaparece por completo. Se van quedando en silencio, detrás de nuestros gestos, esperando que algo los despierte.
Afuera, la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Los chicos dejaron de correr y se acercaron a su madre. El hombre que dormía despertó, miró alrededor y volvió a cerrar los ojos. La mujer guardó el teléfono dentro de su bolso.
Durante unos minutos nadie habló.
La estación parecía suspendida entre dos tiempos. Ya no era solamente aquella construcción vieja, con sus bancos gastados y sus luces amarillas. También era la estación de mi infancia y todas las estaciones que habían existido antes de nosotros.
Pensé en quienes habían esperado allí durante décadas. Soldados, trabajadores, estudiantes, familias enteras. Personas que viajaban para empezar otra vida y otras que regresaban después de haber fracasado. Algunos habrían prometido escribir. Otros habrían jurado volver.
Probablemente muchos no cumplieron. 
Quizás en aquel mismo banco alguien recibió una noticia que le cambió la vida. Tal vez alguien se despidió para siempre sin saberlo. A lo mejor un padre, muchos años antes, había esperado a su hijo con la misma ansiedad con la que yo había esperado al mío.
Y, de pronto, sentí mi pequeñez. Yo no era más que un hombre sentado junto a una ventana, mirando llover. Un instante breve dentro de una historia demasiado extensa. Uno de los tantos que habían pasado por aquel lugar y que, tarde o temprano, serían olvidados.
Esa idea debería haberme entristecido. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Comprendí que no estaba solo.
Mi recuerdo no me pertenecía por completo. Formaba parte de algo más antiguo: la necesidad humana de esperar a quienes amamos, el miedo de que no regresen y la alegría de reconocerlos entre la multitud.
Antes de mí, otros habían sentido lo mismo. Después de mí, también lo sentirían.
Quizás pertenecer sea eso. No ocupar un lugar importante en la historia, sino descubrir que nuestras pequeñas emociones forman parte de una historia mucho más grande. Una historia escrita por millones de personas que se buscaron en estaciones, aeropuertos, puertos, plazas y puertas entreabiertas.
Personas que miraron un reloj. Que cargaron una valija. Que esperaron. Que finalmente vieron aparecer a alguien.
La voz de los altoparlantes anunció la llegada de un tren. La mujer se levantó. Los chicos se acercaron al borde del andén y su madre los tomó de las manos. El hombre dormido acomodó su saco y miró hacia las vías.
A lo lejos apareció una luz.
Primero fue apenas un punto entre la lluvia. Después creció lentamente, iluminando los rieles y las gotas suspendidas en el aire.
Por un instante, todos miramos en la misma dirección.
El presente, el pasado y la memoria parecieron reunirse bajo aquella luz. El chico que fui, el hombre que era y todas las personas que alguna vez habían esperado allí quedaron unidos en un mismo gesto... mirar hacia lo que llega.
El tren entró en la estación con su ruido de acero, agua desplazada y frenos. Las puertas se abrieron. Algunas personas bajaron. Otras comenzaron a subir. Hubo abrazos, saludos rápidos y miradas que buscaban entre la gente.
Permanecí sentado. No esperaba a nadie.
O tal vez sí.
Quizás había ido hasta aquella estación para encontrarme, durante unos minutos, con todos los que alguna vez había sido.
Después la lluvia comenzó a detenerse.
Me levanté, acomodé mi abrigo y caminé hacia la salida. Antes de cruzar la puerta miré una vez más el reloj.
Seguía marcando las seis y cuarto. Sonreí entendiendo que algunos relojes no están detenidos. Simplemente guardan una hora a la que, por alguna razón, todavía necesitamos volver.