viernes, 21 de abril de 2023

El club de los martes…

Hubo una tarde, tal vez, un jueves nublado, no, era un martes… ya les contaré cómo lo sé, dónde me encontré en el parque del centenario con Victoria. Elegimos ese lugar porque quedaba cerca del departamento donde en aquel entonces vivía Verónica, mi amiga y su prima. Por ella es que nos habíamos conocido hacía unas semanas en el parque Rivadavia. Estuvimos ahí un buen rato y charlamos mucho de la vida, de nuestras historias, en fin, de nosotros. Recuerdo como sus ojos resaltaban en contraste con el lago del parque, los patos y gansos y el cielo gris de Buenos Aires. Su risa, provocada por alguna payasada mía, rompía la monotonía del lugar y es de los tesoros que me guardé para siempre en mi libro de bitácoras. De algún modo, yo sentía que esa tarde iba a terminar lloviendo, y entre comentarios y chistes, aquello se fue convirtiendo en una realidad: Primero por el presagio de algunos truenos, luego por la caída de unas tímidas gotas, lo que nos obligó a levantarnos del banco y comenzar a caminar con rumbo a su casa. No se hizo esperar el diluvio, y nos largamos a correr tomados de nuestras manos, corrimos bastante, unas siete cuadras (quizá fueron más), con los años empiezo a olvidar los nombres de las calles de Buenos Aires; nos íbamos riendo y evitando canteros, personas y cuasi caídas cuando cruzábamos calles de adoquines empapados. Por fin llegamos al cobijo de un balcón, en la esquina de su casa y empapados nos quedamos charlando. Hablamos mucho, nos abrazamos porque sentíamos frío, recuerdo bien como temblaba su cuerpo y como la abrazaba para sostener el calor de ambos, hasta que, en un momento, improvisadamente, ella me miró a los ojos y me besó. Y no les miento si les digo que, quizás fue el beso más lindo que alguien me haya dado jamás.
¡Qué bien!, a veces mi vida tiene esos destellos, esas carambolas, inesperada, sorpresivas. Ese beso fue tanto más lindo por lo inadvertido, y la verdad es que nos besamos mucho, bajo ese balcón, durante mucho tiempo, abrazados, como dos verdaderos enamorados. Al rato, me invitó a pasar a su casa, y así como entré, me presentó a su vieja a la pasada y subimos a su terraza, con un toallón que tomó en la corrida. Mientras nos íbamos secando, nos seguimos besando, créanme, nos besamos durante mucho, mucho, mucho, tiempo.
Claro, era un martes, como les había dicho, y lo sé porque los martes tocaban “Los Tipitos” en el Marquee, en la calle Scalabrini Ortiz 666. Habíamos coordinado con Vero que nos íbamos a encontrar en aquel lugar, a la noche, junto con mis amigos Germán y Darío. Lo cierto es que nunca paró de llover y mientras nos besamos con Vicky, y nos decíamos promesas de esperanza y amor, el tiempo pasaba muy rápido.
Así llegaron las 21 hs. y debía, de algún modo partir. Mi melancolía mientras escribo esto, me obliga a quedarme en aquella terraza abrazado a ella, pero no fue así. La cuestión es que le pregunté si quería acompañarme y me dijo que no porque tenía tarea y al otro día iba temprano a la escuela. Tras un beso interminable de despedida y un fuerte abrazo en la puerta de su casa, salí corriendo bajo la lluvia. Atravesé todo el parque del centenario, eso me hacía acortar camino y llegar lo más pronto posible al lugar en el cual me encontraría con Vero y mis amigo. Como siempre, estaba llegando tarde.
Por esas cuestiones del destino, mis amigos Darío y Germán, llegaron tarde a la casa de Victoria, lugar donde nos íbamos a encontrar. En aquel entonces ninguno tenía teléfono celular y al ver que no llegaban, yo me fui. Ellos tocaron el timbre de donde vivía Victoria y ella les dijo que yo me había ido hacía un rato. Al igual que yo, cruzaron todo el parque, empapándose, para llegar al lugar donde nos íbamos a encontrar. No hace falta explicar por qué somos amigos…
Lo cierto, es que nos encontramos en algún momento en la entrada de aquel lugar, y nos abrazamos, todos mojados y felices de haber llegado, de haber podido atravesar aquel chaparrón, y también, me felicitaron por la belleza de aquella dama que, de algún modo, me supo conquistar en aquel entonces y que siempre recuerdo con mucho cariño.
Recuerdo en particular esta historia poque en la entrada, nos encontramos al baterista de la banda Pablo Tevez, y junto a Verónica, que me hizo la segunda, le pedí que tocaran un tema que me gusta mucho de ellos, que se llama “Balvanera”. Pablo acepto, con una sonrisa, mientras jugaba con lo palillos en sus manos.
Ingresamos al Marquee y la banda inauguró su presentación acústica con aquella canción.
Éramos jóvenes. Éramos adolescentes, mitad niños y mitad adultos, disfrutamos cantar, saltar abrazados, empapados beber mil cervezas, mientras sonaba la banda; respirábamos y nos mirábamos a los ojos, e indeciblemente, entendíamos que lo que estábamos haciendo estaba bien, siendo martes después de la medianoche y teniendo que entrar a trabajar al otro día a las ocho de la mañana.

jueves, 13 de abril de 2023

Concluyendo…

 
Después de muchos años llegué a una conclusión que me asusta y a la vez me sorprende. Amar a alguien que, por alguna razón, la que fuera, no puede corresponder a nuestro amor es extremadamente doloroso, es lo más parecido a la muerte de un ser querido, y sobran a lo largo de la historia obras y escritos respecto al tema en cuestión.
Pareciera que mientras más lea uno, mientras más se anime a escribir, o a sumergirse en la propia obscuridad, ahí donde habita lo que nos molesta, más espera encontrar respuestas – con una importante tasa de interés, de suspenso, que gradualmente y a la larga, nos embarga - buscamos de alguna manera descubrir un desenlace que cierra un ciclo y nos abre a otras páginas, ya no escritas, sino por escribirse. O a lo mejor, por vivirse.
La severidad y frialdad son propicias sólo para ciertos aspectos, no para los románticos y mucho menos para los poetas, o aquellos que tenemos pretensiones de serlo. Con el correr del tiempo hay que encontrar la manera para que no se conviertan en consejeras constantes, hay que aprender a dejarlas de lado, a intentar de algún modo la forma de no permitir que sus susurros lleguen lejos en nuestros oídos.
Amar a alguien que no te corresponde, muchas veces saca lo mejor de uno, toda vez que nos permite validar juegos de la imaginación, donde se presentan todo tipo de circunstancias; y
los poetas se la pasan escribiendo al respecto, aluden a ello como el dolor más grande que sintieron. Pero si se atreven a ver un poco más allá, si uno se anima a hacer caso a algunos poetas y artistas, a lo mejor encuentre cierta belleza en esa clase de amor. Un amor tan puro, una llama que quema y brilla y que no es alterada, fenecida o corrompida por la realidad cotidiana. Cada día es tan puro y perfecto como aquel día en que la llama comenzó a arder; y como ser melancólico y romántico que soy, prefiero aferrarme a eso cada vez que me sea posible.

viernes, 7 de abril de 2023

Milagros VII…

No sé si fue por la torrencial lluvia del fin de semana, o por la situación anímica que estoy atravesando, pero ayer a la tarde me acordé de Milagros; y eso es raro porque ya nunca pasa eso. Tal vez sea porque últimamente estuve recordando algunos sucesos del pasado con Vero, o será que quiero distraerme pensando en otras cosas, para no pensar en lo que me desvela desde hace algún tiempo.
Si bien es cierto que mi relación con Milagros fue siempre crepuscular, creo que nunca conté nuestro último encuentro tras aquella despedida en “Onelli”. No es que sea muy importante, pero a lo mejor, esto, también es una forma de cerrar una persiana, porque sin lugar a dudas eso fue lo que pasó con ella en aquel entonces.
Tras quedarme pensando en lo difícil que resultó nuestro último encuentro, y quizás demasiado apegado a mis principios, tomé valor y escribí a Milagro para saber como estaba. El ida y vuelta fue cortante y sólo a los fines de responder lo que se interrogaba, sin detalles, sin ánimos de continuar una conversación. Debo reconocer que se me volvía frustrante la tarea de sostenes una comunicación con alguien que evidentemente no tenía intenciones de mantener un diálogo.
Dejé pasar unos días, repetí la misma operación, con el mismo resultado. Por lo que no le escribí más. A veces es mejor distanciarse para ver con otra perspectiva, o desde una loma más alta lo que ocurre.
Esas semanas eran traumáticas, porque cerraba los cuatrimestres en el instituto, mis horarios eran insoportables, entre el trabajo y el profesorado. Lo único que me daba ánimos era un viaje a Ventania, con mi amigo Lucas; el mismo era necesario e imperioso. Al llegar a mi casa, un jueves cerca de medianoche, revisé el correo electrónico, como era mi costumbre y tenía un e-mail de ella. Era escueto en su contenido: (Sin asunto) “Si tenés ganas de que nos veamos, te espero en el planetario el sábado a las 15 hs. Confirmame por este medio.”
Así fue como aquel sábado al salir del profesorado, y violando las velocidades máximas en avenidas y calles, logré llegar un par de minutos antes que ella al punto de encuentro. Me senté en un banco mientras miraba unos gansos en el lago del bosque de Palermo, y de atrás, al oído, me trepanó los sentidos con su “Hola Roberto”. Me dí vuelta, asustado, y ella se largó a reír mientras hacía chistes de mi susto. Al instante yo también estallé en carcajadas. Todo parecía como siempre.
Un rato después, me tomó del brazo y comenzamos a caminar, mientras, charlábamos de esas cosas que no tienen mucho sentido cuando uno recién se encuentra con alguien que hace mucho que no vé, pero que sirve como para reconectar y sostener una charla. Lo cierto es que no duró mucho, enseguida la noté apagada y con su mirada perdida, buscando esquivarme. Traté de sostener la conversación un instante más, pero también me apagué.
Caminamos un largo rato en silencio. Nos detuvimos frente a unos patos, nos miramos y me abrazó muy fuerte, fue un abrazo largo. Entonces, sentí que empezó a llorar.
– ¿Qué pasa Milagros? ¿Por qué lloras? – Le dije mientras nos abrazamos.
No me respondió. Su llanto era tal, que se me hizo imposible sostenerme incólume y también me rompí, y me largué a sollozar. Era como que necesitaba descargar de esa manera. Creo que las personas que pasaban cerca nunca entendieron lo que estaba ocurriendo. Era el llanto de dos personas desesperadas, desencontradas, perdidas.
– Lloro porque realmente me gustas, y yo a vos no te gusto, y eso me da mucha bronca. – finalmente respondió, mientras yo intentaba calmarla con palmadas en la espalda, acariciándole la cabeza y dándole algunos besos allí también.
– No es que no me gustas, el tema es que tengo a otra persona atravesada en mi cabeza y la verdad es que no quiero empezar nada sin antes cerrar ese capítulo. Siento que pegó en el palo y la verdad es que sé que no se va a concretar, pero no pierdo las esperanzas y eso no me permite encarar nada. Vivo con freno de mano. Me tenés que perdonar. – Atiné a responder entre lágrimas y mocos. Sin dudas lo mío era un espectáculo deplorable.
Interrumpió el abrazo para aceptar el pañuelo que le ofrecí. Los dos estábamos destruidos por el llanto. Le acaricié las mejillas para secarle el rastro que sus lágrimas habían surcado en su rostro.
– Bueno, no queda más que decir entonces Roberto. Al final es como te dije la otra vez, todo lo arruinas, todo lo rompés. Sos un desastre chabón. – Levantó el tono mientras caminaba.
– ¡Pará Milagros! Te estoy siendo re sincero, no entiendo por qué reaccionás así. Después de todo, ya sabés como soy. No puedo renunciar a mis principios.
– ¿Tus principios? ¿Cuáles? ¿Los del amor ideal romántico? ¿Los principios de los amores nunca resueltos? ¿O los principios de los amores imposibles? ¿No te das cuenta que vivís en espiral? Tus principios son finales, nene. Siempre vas a terminar igual vos ¿Y sabés qué? Yo no quiero que me arrastres. Yo estoy para más que esto. – Bramó enfurecida, a la vez que la interrumpí.
– Perdón, pero jamás te propuse nada, ni siquiera una amistad, porque sabía como estaba, y vos también sabías de mi condición. Lo hablamos más de una vez. Te pedí que no me pidas nada, y sin embargo, acá estamos. – Respondí a modo de defensa.
– ¿Pero sabés? Ya no vamos a estar más, morite Roberto, vos con tu melancolía, con tus ideas románticas y tu nostalgia, no vales nada flaco. Olvidate de mi. – Fulminó sus palabras con un suspiro y emprendió su caminata a paso veloz y siguiendo el sendero.
Atiné a seguirla, para tratar de calmarla y enmendar la situación, pero me detuve. A veces hay situaciones que no tienen forma de ser enmendadas. Situaciones como la mía con Milagros.
A veces en otoño, me pongo a pensar y aterriza ella en mi cabeza. Me pregunto qué será de su vida, mientras imagino realidades posibles. A lo mejor se fue a vivir a Ushuaia. Quizás tiene familia con un tipo de esos, que se merecen minas como ella.
Esa fue la última vez que ví a Milagros. Esa fue la última situación que viví con ella, en los bosques de Palermo, en otoño… Aunque hay un detalle más que sólo quedará en la memoria.