miércoles, 27 de diciembre de 2023

Principio de exclusión de Pauli...

¿No te asusta cómo todo sigue adelante? ¿No te parece raro como todo pasa y lo que era importante parece no serlo más? Y no me vengas con eso de la evolución, me refiero a cosas más complicadas.
¿Y si ya no tenés a dónde ir? ¿Y si tu pasado fue arrebatado por un presente que no se entiende?
El eco nos dice si estamos acompañados o estamos solos, pero en nuestro caso es el silencio, ese puente indefinido que nos lleva a donde vamos. No hay que luchar contra las sombras de uno, me dijo y le respondí: “Las cosas hay que hacerlas, no para hacerse el lustre”.
Quiero crear los resortes y mecanismos que me hagan llegar a los territorios que quiero avistar, pero entiendo que siempre hay un elemento triste cuando una historia termina, o una nueva vida empieza. Por eso cada abrazo con los muchachos es como una despedida, es un puñal en el corazón.
Los relatos familiares que amueblaron nuestra niñez, nos ensanchan los horizontes, de alguna manera nos hacen mejores, como cuando uno lee o escribe poesía. Uno se encuentra con el otro, es encontrarte con tu lector, o encontrarte con tu poeta.
La melancolía y tristeza provienen del hecho de ser mortales, de la naturaleza humana trágica.
Pero si el poeta no se encuentra con ellas en algún momento, es como un tesoro escondido, nadie sabe dónde está. El poeta es el que encuentra la poesía allí donde está. Si no hay poeta, no hay poesía en las flores, ni en los atardeceres, ni en los amores viejos, ni en un silbido lejano en la noche, como tampoco lo habrá en tu voz susurrando mi nombre... El poeta es el que hace que ese silbido sea poesía. La poesía es creación del poeta. La poesía, sos vos.

jueves, 14 de diciembre de 2023

Aprender el oficio...

El tiempo nos atraviesa y
no podemos siquiera definirlo.
Ella llora a cuenta gotas,
gotas que jamás caerán al mar.
 
Le das tu corazón y amas a algo
que siempre té decepciona.
La realidad termina actuando incorrectamente,
a lo mejor soy yo...
Un paso en la tormenta,
uno perfuma e inspira,
pero no me pongas esa medalla.
 
Todo pasa y los colores
vuelven con el tiempo a aparecer.
La memoria tiene que servir
para recordártelo otra vez.
Te pido que el gris no se
convierta en tu color,
Tené fé en vos si todavía
crees en el amor.
 
Las pérdidas son inevitables,
siempre lo fueron, pero podemos
controlar cada vez que elegimos
y apostamos a algo nuevo y diferente.
 
El viento se levantó,
y no lo vimos venir.
No te abracé como quise
hacerlo al despedirme.
Ahora hay que intentar vivir.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Frente al espejo…

Se puso frente al espejo para que la describiera y le hablara. Su rostro estaba levemente hinchado por la siesta. Sus ojeras no estaban tan remarcadas y su rictus era neutral. El brillo de sus ojos sólo reflejaba el ardor de dos lámparas que ni siquiera eso hacían, pero que servían para esos fines. Ahora sólo tengo mis recuerdos, musitó.
Lo que pasa es que el amor a vos nunca se te dio bien, le dijo una amiga confidente, tratando de contextualizar aquello que no era necesario hacer. Eso suele ocurrir cuando en la amistad uno busca la respuesta a la duda sobre quién es. Pensó que quizás eso es lo que le cuesta siempre… ser ella.
A la noche se puso a reflexionar y contarle secretos a su almohada. Murmuró un “yo no sé si me eligió o me necesitaba”; ahora todo huele a naftalina, como mi relación con ella. Un suspiro la posicionó en aquella discusión donde no pudieron escapar:
- Al final ¿Tanto me odiabas?
- Lo normal, respondió ella.
¿Qué puede querer un muerto? ¿Qué deseo puede tener alguien que murió? Desesperada y a los gritos, aquella tarde de domingo bramó. Calmate, le dijo un amigo ¿No te das cuenta que estás muriendo vos por ella? Despegá de ahí.
- Estoy tratando de conectar con lo que siento. No me gusta sentirme expuesta. Me siento frágil y vulnerable ¿Por qué soltar lo que tanta felicidad y alegría nos ha dado?
- Porque esa es una decisión que tenés que tomar para seguir adelante. - le dijo su madre mientras la abrazaba con ternura y le acariciaba la cabeza.
Esa noche la enfrentó nuevamente al espejo, tratando de encontrar respuestas en el reflejo que ahora parecía más enigmático que nunca. La noche siempre es un universo, un vasto océano de posibilidades, pero cada ola trae consigo misterios y en la obscuridad de la noche no es fácil rumbear sin brújula o sextantes.
Un desenlace de su historia aún está por escribirse. Reinventarse y descubrirse, o sucumbir al aparente nuevo equilibrio.
Una última mirada al espejo dejó ver lo que había escrito con su aliento sobre el mismo…

viernes, 27 de octubre de 2023

Quisiera que estés aquí…

El chico de la foto y el del presente son dos personas distintas. Pensó en ello mientras sospechaba que el pasado es la única realidad soportable en ese mundo agridulce. No se puede vivir dividido entre el pasado y el presente. Las personas que están son las que importan, el pasado deja marcas y huellas, pero teme haber avanzado tanto para sólo reencontrarse con su pasado.
Entonces reflexiona: ¿Y si la vida está en los recuerdos y el presente lo vivo como un mal sueño? Respira profundo y apaga la luz. Navegar el presente con el peso del pasado no es tarea fácil.
El polvo va ganando lugar con el correr del tiempo tapando todo bajo el. Resuena, entonces, la decadencia espiritual de quien perdió aquello que lo sostenía y mantenía de pie.
¿Qué es la libertad? Quizás sólo la muerte sea quien la ofrezca; después de todo, la muerte barre con las certezas, es un final sin garantía de recomienzo.
Muchos trabajan de lo mismo, pero no conectan entre sí para evitar conectar con su pasado; de algún modo lo que te pasa termina afectando a alguien. Se dio cuenta de eso hace unas horas con un vino.
Wish you were here. Se quedó sin sillas en su propio juego de las sillas. Sostiene que sólo con el amor se puede enfrentar a un mundo así. Pero sospecha que con el amor no alcanza, estar vivo no es más que una evidencia de ello. Se quedó mirando el horizonte y pensó: El amor es lo más parecido a un milagro que existe, siempre lo presintió hasta que lo pudo comprobar. Tal vez es la más maravillosa de las trampas en las cuales cayó.
Sabe que ninguno de los dos regresó porque no tenían a donde volver. A veces volver es sólo un sueño ¿Pero a dónde? No hay respuesta cuando los lugares no conforman a nadie.
El tiempo es nuestro gran enemigo ¿Y si todo es una imagen y lo mira desde lejos queriendo ver desde adentro?
No es tan cínico como quisiera. Sintió su borborigmo antes comer.
Todo cambia.
Debo decirte adiós… Pensar que el futuro era nuestro.
Mi adiós es un hasta luego. Muy pronto sobráis de mí.
Y así, nos volvimos extraños, como antes de conocernos.

martes, 17 de octubre de 2023

Damián (el mago)…

Una noche, tomando un vino con el mago, dijimos algo así como que el batero es el arquero de un grupo; el cantante, con suerte es un nueve; el violero es el diez y el bajista es el tres. Tras algunas risas, nos pusimos a hablar de la improvisación.
Un guitarrista de jazz, sin duda, improvisa, pero lo hace dentro de escalas musicales específicas. La improvisación, en esencia, implica establecer reglas que se seguirán y luego, de forma espontánea, crear algo artístico, ya sea en términos de pensamiento, cultura o música. Sin embargo, sin un conjunto de reglas predefinidas, si un guitarrista simplemente toca lo que le apetece, no se puede considerar improvisación, sino más bien un acto sin sentido.
Lo que realmente cautiva al público sobre un improvisador es observar cómo enfrenta desafíos y los supera de manera brillante. Un ejemplo es la payada, una forma de canto improvisado que fue popular en el siglo XIX en nuestro país. En la payada, se establece inicialmente una forma específica, como cantar en décimas, lo que introduce rigurosidad en la improvisación. Los versos son octosílabos y deben rimar, creando un desafío que el improvisador debe superar. La verdadera maravilla radica en la capacidad del improvisador para pensar rápidamente y comunicar coherentemente mientras mantiene la estructura, similar a la fascinación que genera un mago en acción.
Un mago plantea un desafío inicial y luego demuestra su habilidad para superarlo. Por ejemplo, si dice: "No se puede atravesar esta mesa con esta moneda", el mago propone vencer esa limitación y lo logra ante la audiencia. Sin embargo, si el mago simplemente tira monedas al azar, carece de sentido y no puede considerarse improvisación; en cambio, es un acto de insensatez.
La improvisación colectiva es especialmente difícil, ya que algunas personas pueden ser talentosas e imaginativas, pero carecen de colaboración. En lugar de contribuir al flujo general, a menudo traen chistes premeditados que interrumpen la dinámica del grupo. Cualquier interrupción que obstaculice el diálogo colectivo, termina frustrando a los participantes.
En la improvisación, llega un punto en el que uno no puede continuar, y aquí se aplica la analogía de los payadores. Cuando dos payadores cantan en contrapunto, cada uno contribuye con dos líneas, y el desafío es superar las dificultades planteadas por el otro. Sin embargo, si uno intenta dificultar la tarea del otro, y este logra superar el obstáculo, el siguiente verso se tornará aún más complicado. Por lo tanto, es prudente preparar versos con lógica y musicalidad en mente para mantener el flujo.
La música comparte similitudes con la magia en su capacidad para manipular emociones y expectativas. Tanto el mago como el músico guían al público a través de experiencias cuidadosamente diseñadas. Por lo tanto, la elección de la música adecuada es esencial para realzar el impacto de un acto de magia.
El mago me dijo una vez que en las inversiones amorosas está muy bien no tener recompensas. Si todo sale mal, bien vale siempre la inversión. Así, entre reflexiones y charlas, entre chistes y magia, entre abrazos y brindis, es que, con cada despedida, nos prometemos un pronto reencuentro, para que la magia diga presente, para que la amistad se llene de magia. La magia que hay en él, la magia que él saca de mí, para que brote la magia que hay en vos que lees esto y aún no lo conocés.

sábado, 7 de octubre de 2023

Personalidad (máscaras)…

De tanto hablar con Marga, concluimos, bah, concluí, que la personalidad viene de personaje, por lo tanto, a mi entender, es una forma de máscara.
Desde la infancia, solemos creer en la noción de que los individuos malintencionados ocultan su verdadera naturaleza detrás de una fachada amigable, como el lobo que se disfraza de cordero para engañar a los demás y aparentar cualidades inocentes. Sin embargo, siempre sostuve una perspectiva diferente, que plantea que podemos desafiar este pensamiento adverso. No considero que nuestra auténtica identidad resida en lo más profundo de nuestro ser, sino más bien en la construcción consciente que realizamos día a día, a través de nuestras acciones y elecciones personales.
Al nacer, heredamos una apariencia que no podemos cambiar, forjada por la genética y posiblemente marcada por los rasgos de nuestros antepasados. Sin embargo, tenemos la capacidad de moldear y mejorar esta apariencia superficial mediante el estudio, el esfuerzo, la generosidad y el trabajo constante. Cada acto que emprendemos, ya sea el simple acto de cepillarnos los dientes, mantener la higiene o mostrar amabilidad, añade una capa sobre nuestra fachada inicial. Podemos aprender nuevas habilidades, explorar la ciencia, sumergirnos en el arte y la filosofía, contribuyendo así a la construcción de nuestra identidad día a día.
Esta imagen que proyectamos hacia el exterior, compuesta de múltiples capas de esfuerzo y desarrollo, se revela como una representación más auténtica de nosotros mismos en comparación con la cara que traemos desde el nacimiento. Es esencial despojarnos de las máscaras que llevamos internamente y, en su lugar, construir una identidad sólida desde el exterior hacia el interior. De esta manera, podemos llegar a apreciar la última capa que hemos formado con tanto empeño, en lugar de aferrarnos a la máscara inicial que nos fue otorgada al nacer.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Efecto Forer…

Hoy no quise despertarme, e igual
me levanté rifando al corazón.
Vagando por los rincones de este invierno
discuto con el espejo el precio de ser yo.
 
Las grietas se abren en la vida de todos
y siempre corremos el riesgo de caer.
Ahí está nuestro yo dentro de nosotros,
casi nunca somos bienvenidos allí.
Huellas pisoteadas, caminos esquivos,
somos un reflejo del contexto donde vivimos,
o el resultado de donde estamos estacionados.
 
Borracho y enfermo en mi filosofía,
perdido en mi ciencia, buscando la forma
en que la física me acerque y la química te invente
tras cada amague que disparan tus palabras.
Aquella vieja herida que parece no querer sanar y
que me persigue hasta el final de los días.
 
Sin un trago ante cualquier duda,
como sabía suceder tiempo atrás.
Parte de mi corazón murió hace tiempo y
me queda poca gente en quien confiar.
 
Todos desesperados por mostrar quienes son,
todos quieren ser vistos y ahí estamos nosotros,
quienes somos, quienes fuimos siempre.
A vece da miedo, es el precio del presente,
viajar profundo a nuestro interior,
buscar pistas en esa escena del crimen.
 
Ayer no quise despertarme, e igual
me levanté dándole riendas al corazón.
Los pies fríos y reprochándole al espejo que
me devuelva la imagen del tipo que era yo.
 
Librarte de anclas puede dejarte a la deriva,
cuando se trata de amor,
no hay nada mejor que la claridad.
No quedan islas donde naufragar esta tarde,
en esta playa sin arena y sin mar
un día de éstos nos volveremos a encontrar.

jueves, 21 de septiembre de 2023

Una tal Vanessa…

El mundo tiene también una crisis existencial, al igual que quién les escribe estas líneas tan temprano, o tarde ¿Qué más dá?. Vengo desangrándome por los rincones de este inverno, vagando y conversando con todo ese viento, esquivando balas de plata que arañan la puerta en la madrugada, pidiendo pista en la trinchera de mis días y creando orificios de ingreso en el orgullo y la razón.
Desde hace ya un tiempo que vengo pensando que uno llega a diferentes estadíos donde la mente se alquimiza con la memoria cuando se rememora aquello que se extraña, y es ahí cuando tengo miedo de usar el pasado como una válvula de escape a todo lo que tiene que ver con el mañana. Entonces, es el pasado lo que está presente y el futuro termina resultando indiferente; por eso es que últimamente nada me interesa, y entiendo que no tengo nada importante porque luchar o vivir.
En cambio, muchos viven el momento como una joya de oro que se pierde con el paso del tiempo, otros, un poco más cuerdos quizás, trabajan en la búsqueda de un sueño como método de escape o motivación. Entiendo que ir hacia adelante no siempre es ir al futuro, a veces, ese avance se justifica en buscar algo que se perdió en vez de investigar lo que sea que uno desea encontrar.
Así, es que todos somos un montón de desconocidos que coexistimos en un mismo lugar, y a veces ni siquiera llegamos a eso.
Hace poco tiempo que conocí a Vanessa, cruzando un puente en la imaginación que nos permitió atravesar aquella noche entre risas y anécdotas. No recuerdo quién agregó a quién, aunque ella sugiere que fui yo sin saberlo. La historia es confusa y poco aporta a todo esto, me pueden creer.
Fue así que pasamos nuestras noches y días, de chistes tontos a chistes inteligentes, de risas a historias de vida, hubo sueños en los que dijimos presente, relatos de películas, de esas que hacen llorar y también aquella tonada foránea que le sale tan bien cuando la imita. Hubo una madrugada donde se sopló la junta de la chata del ruso, y también estuvo Entre Ríos, allá, lejos, pero acercándonos.
Vane fue clara al explicar que hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos y que eso es suficiente motivo para celebrar. A su manera me mostraba que las cosas salen: ni bien, ni mal, sino que a veces no concuerdan con las ideas iniciales que nos habíamos imaginado. A su manera intentó que trate de entender que hay que confiar en los procesos, y creer que siempre es lo mejor que nos puede estar pasando. Que también estamos en el lugar indicado, con las personas correctas y que somos suficientes… aunque creo que con el tiempo se dio cuenta que no lo veo tan así… pero que no lo dejo de intentar.
Fue así como la buena onda dijo presente, al igual que la atenta escucha, había algo lindo en su discurso, algo en su filosofía resonaba en un “yo” que hacía tiempo que se había retirado a otro lugar, tal vez más elegante. Recuerdo cierta vez en la que me dijo algo así como: “Siempre que uno actúa de buena fé, y decidiendo con el corazón, nada puede ser tan malo. Los resultados, sólo son resultados... se vuelve a intentar, con el corazón tranquilo de que uno está haciendo las cosas bien".
Vane también me hizo conocer las ondas delta, sabiendo de mi curiosidad y desvelo por saber.
Cierta noche de ayuno y vino de mi parte, me convertí en su cómplice en aquel necesario “operativo timbre” de madrugada. Y así podría contar mil anécdotas que engalanan a su persona, pero que poco aportaría a lo que realmente importa cuando uno refiere a alguien.
Antes de vernos, Vane me hizo pensar en el brillo de mis ojos cuando era chico. Fue imposible no comparar la mirada perdida y sin brillo, con los párpados levemente caídos que están en aquel mismo lugar hoy en día… Vane tiene eso, siempre me hace pensar.
Cuando Vane vio mi foto de pequeño, me envió una de ella, también de chica, y me dijo: “preguntale si lo dejan salir a jugar”. Ella no tenía idea de cómo venían siendo mis días, pero con aquel gesto, movió la estantería. Punto para ella.
Los días en silencio, aquella invitación, los nervios y ese “Robert” cuando llegué… Imposible que me olvide de ello.
Así Vane, se volvió la novedad más bella en estos tiempos, un soplo de frescura, una mirada distinta de lo que pasa y acontece.
Cuando uno es un niño no tiene un pasado al cual recurrir, por eso todo se torna una novedad, todo es presente. No hay un pasado que te hace tocar fondo en momentos ambiguos, ni que te rebase y te haga enfrentar a tu destino, o aspiraciones.
Una vez le dije: Que lindo que era a esa edad, enseguida te hacías amigo, bastaba con preguntarlo solamente: ¿Querés jugar conmigo? Eran tiempos deliciosos. Recuerdo que ella me respondió algo así: Y si esa táctica era buena, ¿Por qué no seguir empleándola?
Quizás forjar futuros es el verdadero motivo para olvidar el pasado, a lo mejor, el pasado no tiene por qué definir la actualidad, eso Vane lo sabe muy bien.

viernes, 15 de septiembre de 2023

Resonancia de Schumann…

 
Abrazados, desnudos, sin sacarnos la ropa,
alejados de aquel mundo desesperado
por mostrar quienes son, para poder ser vistos.
Allí encontré la camisa que mejor le va a mi tristeza,
en el carnaval de tu alegría y el eco de tu mirada.
 
Creo que estoy pagando el precio
de ser quién soy, o quien creo ser.
Gastando entusiasmos y urgencias
que no sabía hasta que fue demasiado tarde.
 
Y con el simple hecho de encontrarme,
confesé mis pecados en la barra de un bar.
El anhelo vanidoso de lo que quiero y no es
me convidó otra vez con un sueño en espiral.
No me encuentro, persiguiendo horizontes perdidos,
me equivoque de ruta otra vez.
 
Años, amores y copas no deberían contarse,
pero sin embargo acá me ves.
Cuando la realidad no coincide con nuestras ilusiones
la verdad y el amor siempre son posibles.
Antifaces donde escondéis vuestras almas cómplices,
amigos en la obscura brillantez,
soledades acompañadas nos complementan en esta red.
 
Frente a la muerte, escribo y busco al amor.
Vagué por cientos de bares, me conocen en ciudades
y nadie sabe quién soy.
No me importa perder si es acorde a mis convicciones
el más cálido y fuerte de mis abrazos te daré,
mientras pienso que no nacimos para perder.
 
Y con el simple hecho de encontrarme,
confesé mis pecados en la barra de un bar.
El anhelo vanidoso de lo que quiero y no es
me convidó otra vez con un sueño en espiral.
No me encuentro, persiguiendo horizontes perdidos,
me equivoque de ruta otra vez.

viernes, 1 de septiembre de 2023

El discurso innombrable...

Soy aquello a lo que tanto le temes y no te animas a nombrar, sólo nos conocemos de nombre, aunque inevitablemente algún día nos cruzaremos y nada será lo mismos. Sin importar de quién o qué se trate, de algún u otro modo yo me revelaré, aunque muchas veces me dé pena tener que hacerlo.
Suelo sentarme habitualmente a ver lo que acontece para tomarme mi tiempo o saber cuándo es más adecuado hacer mi labor. Dependiendo el día, me gusta mirar todo desde arriba, me trepo a la cornisa del edificio más alto y salto hacia el cielo en la obscuridad de la noche, y esquivando las nubes me desplazo hacia cualquier lado; aunque debo admitir que me gusta espiar la infinita sucesión de luces y destellos de los automóviles que se frenan y vuelven a arrancar pasado un tiempo, o la gente que corre un colectivo colmado de pasajeros que se le va, como si pudiera alcanzar lo imposible. Hay cierta gracia en la vida humana que convida a vivir.
No importa dónde vaya, las historias son similares. Algunas noches acompaño a la abuela Alba que sale a caminar y darle de comer a los perros de la calle, ella sabe cuándo estoy cerca y me echa, conoce bien el día y el momento, me dice siempre. Cuando la dejo me gusta irme a un edificio bajo y viejo de Villa Lugano, me hago pequeño y entro por las cañerías, que aguas abajo, van desde el tanque hasta los diferentes departamentos. Me agrada hacerlo por la noche para que se sienta mi presencia con vibraciones y sonidos reverberantes; el despertar exaltado de Pedro del 2º "B" siempre me complace, a pesar de los insultos que profiere a diestra y siniestra, hasta que, calmado, recupera la concentración y dispone sus pensamientos rumbeando a dormir un rato más, ya que en pocas horas tiene que ir al trabajo.
Dos esquinas hacia el sur, me acurruco en la copa de un árbol para observar a los muchachos que creyéndose eternos abusan de substancias y elíxires de dudosa procedencia legal. Sonrío complaciente, algo en esa libertad me produce fruición, tanto ellos como yo sabemos que algún día me contarán de aquello, ya no como una hazaña, sino más bien como un reproche. Quiero dejar en claro que nada puedo hacer contra ello, cada cual sabe qué hacer de su propio destino, y siempre, tarde o temprano, un llanto despojado de toda nostalgia, desempolva viejas angustias y pesares que no me conmueven en lo más mínimo.
En la noche me siento más cómodo, la aparente quietud, anonimato y soledad dan piedra libre a inefables actos por doquier, aunque en lugares amplios y alejados, a plena luz del día, también me gusta fisgonear. Como la semana pasada, en una ruta provincial de Santa Fé, cuando el camionero Roque se quedó dormido mientras manejaba; o cerca de la cubre en el Volcán Lanín, aquella vez que Julián desconfío de mi susurro y se aferró a la piedra equivocada. No importa por dónde me mueva, las historias son similares.
Andrés es de mis favoritos, siempre muy ambicioso, como todo hombre de negocios, vivió sus días entre números y estrategias. Su carrera ascendió como un cohete, pero su familia quedó relegada al segundo plano. Una tarde, lo visité a su oficina, le dije: “ya está bueno de tanto tabaco y estrés, pensá en tu familia”. Seis semanas después, mientras trabajaba en su oficina, sufrió un ataque al corazón. El estruendo del colapso resonó en mis oídos, y mientras yo me acercaba sigilosamente, con su mirada fija en mí, pidió clemencia y una oportunidad más.
Las almas sensibles son de las que más me cautivan, como Eliana, una artista de espíritu libre, que bailaba y llevaba su vida al ritmo de la pasión que la abrazaba. Sus lienzos eran ventanas a su mundo interior, pero cuando se terminó su suerte, la crítica implacable con sus obras la dejó desolada. Un amanecer, mientras admiraba aquel lienzo en blanco, la fui a visitar; recuerdo que me dijo que se sentía incapaz de pintar otra pincelada. Su creatividad se desvaneció como un suspiro en el viento cuando apuró aquel trago con un cóctel de pastillas.
Hace tiempo que no puedo olvidarme de José, un anciano lleno de historias, tejía recuerdos en las palabras que compartía con los más jóvenes. Su mente era un tesoro plagado de recuerdos y experiencias, pero el tiempo trajo consigo la presencia del mal de Alzheimer. Las palabras se volvieron esquivas, como luciérnagas en la noche, y sus relatos se desvanecieron en la bruma del olvido. Cuando lo vi por última vez me recibió como un gran amigo.
Puedo contarles mil historias. Cada una de ellas, en su momento, cruzaron el umbral entre la vida y lo desconocido. Sus destinos, tejidos por elecciones y circunstancias, culminaron en mi abrazo silencioso. Y así, la vida se encargó de recordarme una y otra vez que su fragilidad es inherente a su belleza.
Porque en cada historia yace un recordatorio de la efímera danza que es la existencia. Somos como hojas en el viento, bailando en el breve suspiro de un instante antes de regresar a la tierra de la que emergimos. El tiempo nos reclama con una voz que no podemos ignorar, y nuestras vidas, con todas sus tragedias y triunfos, se entrelazan en el tapiz de la eternidad. Así es la naturaleza de la vida, y así es la naturaleza de su final.
No importa quién te lo cuente, las historias siempre son similares.

jueves, 24 de agosto de 2023

Cartas de batallas…

En un tranquilo pueblo de montaña, en medio del exilio, vivía María, la valiente esposa del general Carlos. Para estar a salvo de los peligros de la guerra y ocultar su identidad, María se refugió en un pequeño hotel bajo un nombre falso. Aunque estaba lejos de los campos de batalla, el eco de la guerra resonaba en su corazón cada vez que recibía noticias de su esposo.
Las cartas de Carlos no llegaron directamente, sino que eran entregadas por un niño llamado Andrés. El pequeño se había convertido en el enlace secreto entre ellos, llevando y trayendo las misivas que narraban el sombrío destino de cada acontecimiento que se suscitaba en el transcurso de la batalla. Con cada encuentro, Andrés miraba a María con sus ojos llenos de inocencia, sabiendo que estaba cumpliendo una misión vital que tal vez no comprendía del todo.
La primera carta llegó en un atardecer frío que dejó escarcha sobre la catedral. Carlos describió el frío arsenal con el que se encontró, rodeado de soldados cansados ​​pero determinados. Detalló la feroz lucha que se desataba en cada enfrentamiento, donde los disparos resonaban en los obscuros pasillos de abandonados cuarteles. El frío del lugar se colaba en sus huesos, pero su espíritu de liderazgo y valentía no flaqueaba a pesar de las extremas condiciones.
En la segunda carta, el tono de Carlos era más sombrío. Describía cómo las batallas iban en contra de su ejército, y cómo las fuerzas enemigas avanzaban implacables. Mencionó las negociaciones entre ambos bandos por la paz, pero las condiciones eran difíciles de alcanzar. A pesar de la incertidumbre, Carlos no perdía la esperanza y prometía luchar hasta el final y un reencuentro.
En la tercera carta, los relatos de Carlos eran aún más desalentadores. Las pérdidas aumentan y los cuarteles comenzaban a ser abandonados. Detalles del amanecer frío y neblinoso en los campos de batalla le dieron a María un escalofrío, imaginando la dura realidad que su esposo enfrentaba día tras día. Sin embargo, en medio de la adversidad, Carlos le recordaba a María su amor y lealtad inquebrantable.
Tras la cuarta carta, las noticias sorprendieron a María. Carlos le informó sobre las negociaciones, que se habían intensificado, y que se acercaban a un acuerdo de paz. Ambos bandos buscaban una salida a la guerra que había cobrado tantas vidas. María se llenó de esperanza y oró para que la paz finalmente llegara y su esposo regresara a su lado. Sólo fue un mal período, pensó.
Mientras esperaba el desenlace de las negociaciones, María observaba los atardeceres desde la ventana del hotel. Los cielos se teñían de amarillo y naranja, pero también sentían el frío que se filtraba por los cristales y que permitía apreciar aquellos rastros de condensación que con cada exhalación de aire dejaba en la ventana. Recordaba los cuarteles abandonados y cómo el tiempo parecía detenidos en ellos. Aunque el exilio la mantenía alejada de los combates, no podía evitar sentir en su corazón la desolación de aquellos lugares.
Mientras María esperaba ansiosa la llegada de Andrés con una nueva carta de su esposo, en un nuevo punto, a las afueras, el niño apareció frente a ella con una mirada triste y esquiva. Al ver su expresión, el corazón de María se hundió en un abismo de preocupaciones. Sus suposiciones se confirmaron cuando Andrés pronunció esas palabras dolorosas: "Lamento ser yo quien tus sospechas confirman".
Sereno era el cielo, pero oculto llevaba un trágico disfraz, en medio de las ruinas de aquel edificio viejo y abandonado, María se dejó caer en el umbral, abrumada por la desesperación y el dolor. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, y una sensación de vacío la invadió por completo.
El pequeño Andrés explicó que, durante las negociaciones de paz, se había acordado un alto al fuego, y como resultado, las cartas de Carlos ya no serían necesarias. El armisticio había puesto fin a la guerra, pero también al medio de comunicación que María había utilizado para sostener aquel necesario contacto con su amado esposo.
María sintió que su mundo se derrumbaba. La esperanza que había crecido en su corazón tras las últimas cartas se desvaneció en un instante. Desconsolada y a toda velocidad, se dirigió a un viejo edificio en ruinas a las afueras del pueblo y derrumbada en el umbral, dejó que sus lágrimas se mezclaran con la tristeza y la incertidumbre.
El lugar desolado se asemejaba a su estado de ánimo. Los restos del edificio abandonado eran un recuerdo tangible de la devastación y el sufrimiento causado por la guerra. El firmamento plomizo ya no transmitía órdenes de bombardeo desde distancias seguras; mientras, a lo lejos, el susurro de un asesino explicando lo que había sucedido y cómo se restableció la paz, era propagado por un ahogado parlante de televisor.
Ahora, la viuda del general con sus cartas desde el exilio promete regresar.

viernes, 11 de agosto de 2023

El amor…

Entonces Marga me pregunto: ¿Qué es el amor para vos?... silencio… ¿Por qué no me escribís para la semana que viene lo que es el amor para vos?, me dijo, y como de costumbre no cumplí con los plazos, pero acá estoy, accediendo a aquel pedido.
El amor es una ilusión donde dos individualidades convergen en una, conforme a una serie de consensuados y delicados engaños. Quizás no sea un concepto con una significación absoluta, sino más bien una amalgama de preferencias compartidas y afinidades en gustos, valores y códigos. Escapa a la fijación de referencias externas; es más bien autoreferencial, arraigado en lo más profundo de nuestra esencia. Sin embargo, esta conexión intrincada es un terreno incierto, ya que amamos desde nuestra esencia misma, lo cual conlleva al riesgo constante de sufrir, y ese sufrimiento deviene de su naturaleza volátil.
Para mí, el amor otorga un propósito a mi existencia y a la de todos en general. A la luz de esta reflexión, quizás el amor más sublime sea aquel que nunca llegó a materializarse en la realidad tangible. En esta dimensión, su pureza se mantiene inmaculada, y la llama que se encendió con el primer intercambio de miradas persiste incólume. La semilla de esta ilusión inicial germina sin ser tocada por la desilusión, la discordia o, sobre todo, el desengaño. En su núcleo, la pasión se erige como el pilar inquebrantable que lo sostiene.
Como aquel abrazo imposible de la Venus de Milo, los amores no concretados serán siempre motivo de inspiración, introspección, poesía y esperanza; toda vez que la espera de milagros es tanto más espectacular cuando menos los espera… será por eso que siempre te espero.

miércoles, 26 de julio de 2023

Mis héroes están viejos…

Cuando era un niño, conocí a Indiana Jones, aquel legendario arqueólogo y aventurero. Me vienen imágenes de lo fascinado que lo veía mientras él estaba parado en lo alto de una colina, contemplando el horizonte mientras el sol se sumergía lentamente en aquella línea que corona al mundo y su figura interrumpía el fotograma de la cámara con su sombra. El viento soplaba suavemente, llevando consigo sus pensamientos y seguramente algunos recuerdos. A partir de ese momento, se convirtió en mi héroe para siempre.
De joven, Indiana Jones desafió peligrosas trampas, luchó contra nazis y recuperó artefactos sagrados. Fue un símbolo de valentía y determinación en un mundo lleno de misterios y maravillas. ¡Y claro! Eso me encantaba, porque a temprana edad es cuando uno descubre que el mundo tal cual es, no alcanza. Por eso de chico uno imagina situaciones, juega y se divierte entre juegos y sueños de fantasía. También era profesor, lo que de algún modo me identifica, aún hoy en día.
Hace unos días fui al cine a ver la última película de Indiana Jones. Todos saben que es la última que hace Harrison Ford, y por ende, la última de mi héroe. Por eso, traté de engañarme, no pensando en ello. Me vestí para la ocasión y fui bien acompañado a la ciudad.
Luego del primer arco, llegó la imagen de él… los años habían pasado, y el peso del tiempo se hacía evidente en su rostro marcado por arrugas y en su pelo que había perdido parte de su color. Sus ojos reflejan la tristeza de quien ha vivido grandes hazañas, pero también la melancolía del que sabe que el tiempo no perdona a los héroes. Me impactó verlo viejo, huraño, dándole clases a una generación que pensaba en otras cosas, que de algún modo necesitaba del mundo algo que ya no estaba en los libros.
Solo, viejo, con el corazón roto y la mirada perdida. Así lo reencontré tras tantos años esperando por verlo nuevamente. De vivir en grandes casas a hacerlo en un departamento pequeño. De recorrer al mundo, a viajar por sus entrañas en subte. Poco quedaba de aquel que me había fascinado con sus aventuras e historias. Y es que sin lugar a dudas la vida es eso, con los años nos volvemos más predecibles, más conservadores y menos fascinantes. Ese es el precio…
La nostalgia lo invadió mientras miraba los objetos que yacían en su estudio: el sombrero marrón desgastado, el látigo que había sido testigo de innumerables peligros, la mochila para llevar el peso de una nueva aventura, su gastado morral MK VII y la vieja libreta llena de anotaciones que había sido su fiel compañera en cada viaje. Todo eso era parte del pasado ahora, una época en la que los héroes como él tenían su lugar. Los héroes no son inmortales, y él no era la excepción.
Me resisto al paso del tiempo todo lo que puedo, aunque sea inexorable. Mis héroes son viejos y difícilmente puedan ser renovados… en estos tiempos de multiversos, es fácil tener seis Batman, cuatro Spiderman o tres Superman, pero en el caso de mi héroe no, siempre va a ser Harrison Ford.
Indiana Jones, el héroe de tiempos pasados, ha envejecido, pero su espíritu aventurero nunca se apagará. Su historia continuará siendo contada de mi generación a las que vengan, y su nombre resonará, quizás como un tenue eco que se apaga en los corredores de la eternidad. Aunque los héroes puedan envejecer, su legado trasciende el tiempo, inspirando a aquellos dispuestos a buscar la grandeza más allá de las limitaciones humanas.

jueves, 20 de julio de 2023

Marcharse de ti…

Cuando me congela, salgo a buscarla,
incapaz de ver al futuro como algo mejor.
Mientras me pierdo no me dejo encontrar
porque el alma no refleja lo que somos.
 
Me enfrento a mí, no huyo, pero me cuesta derribarme.
Hecho trizas por la vida, tratando de sobrevivir,
cómo se puede, en una soledad acompañada,
buscando la forma de no volver a herir.
 
Hago lo que puedo mientras todos dicen lo que debo.
Pocas cosas quedan, casi todo ya lo di.
Los ojos besan antes que la boca, con la tranquilidad
de ya no tener nada más que ocultar.
 
Si las miradas se cruzan
es porque algo buscan.
Me dijeron que hay que alejarse
para que nos extrañen o nos olviden.
 
Hoy todo cambió,
Por eso te dije adiós.
Y así se me cayó un final
y un comienzo se perdió para siempre.

miércoles, 5 de julio de 2023

Ella, el tiempo y el mar…

En un instante efímero sucede, es el tiempo que nos atraviesa, sin poder aprehenderlo, su esencia se desvanece. Ella llora, sus lágrimas, caen a cuentagotas sin tregua, gotas que nunca caerán en el vasto mar que florece y lejano se encuentra.
El tiempo, misterioso, se escapa entre los dedos, intentamos comprenderlo, más se vuelve escurridizo. Sus lágrimas, como gemas, en sus ojos quedan presas, anhelando el océano, donde nunca encontrarán el abrigo prometido.
Las agujas del reloj marcan momentos fugaces, en el fluir constante, buscamos por instantes su significado. Ella en silencio llora, sus lágrimas casi invisibles, perdidas en el camino, caen inadvertidas, sin encontrar su destino.
El tiempo es un enigma, un río sin contornos, ella llora en silencio, sin alcanzar el mar azul. Las gotas cristalinas, su tristeza eterna adornan, pero nunca se mezclarán en el océano, ya que desafortunadamente perecerán con anterioridad.
Atravesamos el tiempo, sin poderlo comprender, y en su rostro afloran lágrimas, un llanto sin final. Esas gotas solitarias, nunca se mezclarán con el mar, una tristeza suspendida en el tiempo, sin escapatoria, ni final.
Ella intentó ir al mar y hundirse juntos, sintiendo al agua en su piel, buscó refugio. Mientras él se hundía en penas y desencantos, ella luchaba por encontrar su propio valor perdido.
¿Vale la pena intentar el dolor que nos lleva a descubrir quiénes somos? En esa encrucijada de lágrimas y desvelos, ella se cuestionaba, buscando ciega, horizontes donde naufragar.
El mar, testigo mudo de su conflicto, le indicó vagas sendas hacia la libertad y el olvido. Pero él, sumido en la oscuridad de sus tormentos, se hundía más profundo, sin poderse hallar.
La vida nos lleva por caminos inciertos, donde el sufrimiento parece ser el precio a pagar. Pero ella, valiente, se negaba a sucumbir en desiertos, y buscaba en el mar la fuerza para renacer y amar.
Quizás el dolor sea una guía hacia la autenticidad, una llave que desbloquea las cadenas del conformismo. Ella deseaba encontrar su propia felicidad, y en las profundidades del océano hallar su propio abismo.
Entonces, en su búsqueda de ser fiel a sí misma, decidió nadar contra la corriente y emprender, la búsqueda que supone que vale la pena luchar y renacer.

martes, 27 de junio de 2023

Mi fantasma…

 
La melancolía se apodera del espíritu de forma sigilosa, como una sombra que se desliza sin ser vista. A menudo, nos encontramos contemplando fotos, y nos detenemos en los rostros sonrientes y las escenas llenas de vida que nos eran familiares, pero que de alguna manera parecen haberse desvanecido con el paso del tiempo. Muchas de aquellas personas ya no están, otras, han cambiado tanto que parecieran ser otros. Uno se mira de cerca y tampoco es el mismo que aparece en esas instantáneas de Joseph Nicéphore Niépce, así la sensación de pérdida, inevitablemente lo termina embargando a uno, y en muchos casos no podemos identificar qué es exactamente lo que habíamos perdido, o lo que buscamos cuando comenzamos a increpar al pasado entre los recuerdos.
Durante mucho tiempo pensé que ella era mi fantasma, siempre escondida en un rincón lejano de mi mente, intangible, impronunciable, en lo obscuro, trayendo consigo en cada aparición, un perfume agradable de melancolía. Entonces uno comienza un viaje que no termina, donde va vagando por un laberinto interminable, persiguiendo sombras borrosas que parecieran escaparse constantemente. Como una especie de mal sueño, donde uno despierta con el corazón acelerado y la respiración cortada. Yo sé que vos me entendés.
Hace un mes, descubrí una vieja caja de madera cubierta de polvo y olvido, en lo alto de mi placar. Hacía años que estaba ahí y la curiosidad me impulsó a abrirla, revelando ante mis ojos un tesoro de recuerdos olvidados. Fotografías, cartas escritas a mano y pequeños objetos que resultaron tener una carga emocional especial y que eran pedacitos de mí. Pero esas cartas tan llenas de anhelos y confesiones amor, ya no estaban vigentes y aquellos objetos que habían sido testigos silenciosos de momentos significativos, tal vez, ya no eran tan importantes.
Las imágenes se hacen presentes con cada recuerdo, como quién busca en la amistad y el amor la respuesta a la pregunta más difícil: ¿Quién soy yo? Y con el paso de los minutos, entiende que cada vez quedan menos islas dónde naufragar en caso de no haber respuesta.
Y así comienza un sinfín de indagaciones y soliloquios retóricos que pudieran llenar miles de parágrafos, sin sumar nada, sin siquiera advertir lo efímero de la condición humana y de nuestras conexiones, interacciones y relaciones durante la propia perennidad. Por eso, a veces, aparece mi fantasma para recordarme que no sólo uno es un ave de paso, sino que también en la construcción de nuestra vida, nos hallamos con personas que nos apalancan, que nos ayudan a construir andamiajes y también de las otras, que nos hunden, nos hacen daño y nos juegan en contra.
Esa misma tarde, hace un mes, cerré esa caja de madera y la volví a dejar en ese lugar casi inaccesible en la que la había hallado, para que permaneciera allí todo el tiempo que mi olvido lo permita. No es que reniegue de los fantasmas, sino que hace tiempo que no me gusta que me visiten y de a poco me fui desacostumbrando a esa idea.
Quizás siempre fui yo mi fantasma y eso es lo que más me asusta, o a lo mejor lo sos vos, que lees esto. Vos sos mi fantasma y aún no lo sé; o te vas a convertir en mi fantasma y todavía no lo sabemos, ni averiguamos, pero entendemos que, en esta playa sin mar, cada tanto volveremos, como verdaderos fugitivos a buscar una pista de los que fuimos y ya no seremos nunca más.

jueves, 15 de junio de 2023

Fotos nuevas de mi…

 
Siempre consideré que la fotografía es un medio muy poderoso que nos permite expresarnos cada vez que nos disponemos, por ejemplo, a capturar momentos, emociones y retratar la realidad que nos rodea. Sin embargo, hay algo más profundo en la relación entre la imagen de uno mismo y la imagen de uno que tienen los demás. ¿Cómo nos vemos a nosotros mismos a través de los ojos de los otros? ¿Cómo nos perciben los demás y cómo nuestra propia identidad se refleja en las personas cercanas?
Me gusta la idea de que cada persona es una fotografía única, con su propia historia, colores y perspectivas, que pueden ser a color o en blanco y negro, aunque también hay quiénes se animan y viven todo en color sepia. Ahora bien, visualicemos a esas fotografías, e imaginemos que se entrelazan, superponen y se conectan, formando una especie de mosaico o collage de imágenes. Cada foto, a su forma representa a alguien que ha dejado una impresión en nuestra vida, alguien que nos ha influido de alguna manera, cuyo impacto se mantiene y nos ha dejado una marca para siempre.
Al observar este collage de fotografías, podemos reflexionar sobre cómo las percepciones y las interacciones con los demás nos moldean y nos ayudan a construir nuestra identidad. Cada imagen en ese mosaico es un reflejo de nuestras experiencias compartidas, los momentos que hemos vivido juntos y cómo nos hemos influido mutuamente.
Algunas fotografías pueden mostrarnos nuestro lado más fuerte y valiente, capturando momentos de éxito y logros. Otras pueden reflejar nuestras debilidades y vulnerabilidades, recordándonos que también somos seres imperfectos. Pero, independientemente de cómo aparecieron esas imágenes, todas son importantes para comprender quiénes somos en relación con los demás y de los demás con uno.
Muchas fotografías alejan a las personas, mostrándonos que ya no están. Algunos, en la noche, las observamos y ellas nos dicen: “No me busques, ya no estoy”. Otras de cuando somos pequeños nos dicen: “ya me fui”. O la de las reuniones multitudinarias: “Mirá que estás solo”.
La imagen que proyectamos hacia los demás, a menudo, es una interpretación subjetiva de nosotros mismos. Pero al igual que en una fotografía, no siempre se logra capturar la esencia completa de quienes somos. A veces, la imagen que otros ven de nosotros puede estar distorsionada por prejuicios, expectativas, frustraciones, decepciones, o incluso proyecciones personales.
Dicen que es esencial recordar que somos más que la suma de esas imágenes. Somos seres en constante evolución, cuyas fotografías se modifican y se desarrollan a lo largo del tiempo. La forma en que nos relacionamos con los demás y cómo nos ven puede influir en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos, pero también es importante recordar que tenemos el poder de redefinirnos y reinventarnos. Claro está, yo no cuento con esa capacidad, por mucho que lo intente con fuerte ahínco.
Por un juego o ejercicio, le pedí hace un tiempo a las personas con las que más contacto tengo últimamente, que jueguen a traerme fotos nuevas de mí, que me digan cómo me veo, que me cuenten sus impresiones. Imaginé una conexión inconsciente con ellos, atravesando juntos un laberinto sin mapas, donde a ciegas, siguiendo mil pisadas, me iban trayendo pedacitos de mí, granitos de arena que constituyen mi cuartel infernal, ahí donde habita el que les escribe. Y de esas fotos nuevas, se refleja mi inteligencia, carisma y empatía según Sabri. Martín destaca mi generosidad, comprensión, humildad y resalta mi calidad como amigo. Cristian ve en mi la integridad, la responsabilidad social y la generosidad. Lean pondera mi lealtad, justicia y calidez, así como mi desinterés por lo material.
Esteban me percibe como un gran compañero, honesto y sencillo, mientras que Fede destaca mi atención a los detalles, perseverancia y sensibilidad. El mago aprecia mis valores de amistad, capacidad para recordar momentos, para redactar y transmitir historias. También menciona mi compromiso y facilidad para educar.
Mili me ve como alguien amable, generoso y atento, especialmente dispuesto para escuchar a los demás. Chegu enfatiza mi creatividad, perseverancia y amistosidad, mientras que Ailén me ve prudente, creativo, bueno y amigable.
La inefable Vero subraya mi lealtad, cariño y atención a los detalles, así como mi inteligencia y capacidad reflexiva. Dami me ve como alguien amable, generoso, humilde y leal. Adán destaca mi sinceridad, afecto, paciencia y habilidad comunicativa, también mi capacidad contemplativa para observar con dedicación.
Finalmente, mi geólogo de referencia Martín menciona que soy un tipo poco vulgar, acentuando que soy afectuoso y que me gustan las cosas sencillas, pero también me ve como un ser melancólico.
A lo mejor, esta reflexión sobre la imagen de uno en los otros, intenta ser una vana invitación a valorar la conexión humana y reconocer que nuestras vidas están entrelazadas en una red de experiencias compartidas. Cada persona que encontramos, cada imagen que se cruza en nuestro camino, deja una marca en nosotros y también deja una marca en ellos. Nuestras historias se entrelazan y nuestras imágenes se reflejan, creando un lienzo único, imperfecto e imperceptible, que en muchos casos acalla lo más importante… esas fotos con el tiempo se van a degradar… pero, por el momento, me dejan ver fotos nuevas de mí.

jueves, 8 de junio de 2023

¿A dónde van?...

No fue difícil enamorarme de Sofía,
ni de su risa, ni de su mirada.
¿Cómo me visto de olvidar
si mi cabeza no te deja de nombrar?
 
Te pedí perdón apurando
un vaso para mi seca garganta.
¿A dónde van las palabras
cuando estamos en silencio total?
 
Cada poema se desmorona con el presente
que a su tiempo tiende a ser eterno.
¿A dónde vamos cuándo se pierde la mirada
y el pensamiento mirando la nada?
 
Cuando la noche abrace al cielo,
millones de estrellas podrás contar,
cada una de ellas son un beso
que mi corazón te envía desde acá.
 
Si por la mañana al despertarte
sentís al Sol que te abraza,
es porque estoy pensándote.
Y cuando haya cruzado el cielo,
sumando al calendario un día,
le contaré todo lo que te quiero.
 
Si las noches se vuelven eternas
y los días se tornan grises,
es porque en un llanto me hallarás.
¿Cómo se apuesta a lo diferente?
¿Cómo se llena el vacío que ocupabas
cuando el futuro no entusiasma?
 
Si cansada por el día que no termina
curioseando la cabeza te cuestiona:
¿A dónde van las promesas
que no se concretarán jamás?
 
Me enamoré de tus ojos que
nunca se iban a fijar en mi
¿Acaso esas miradas
tú sabes a dónde se van?

miércoles, 31 de mayo de 2023

Huyendo en el furgón…

 
Anoche mientras huía, me puse meditativo y taciturno, como si fuera un fantasma nostálgico de lo que alguna vez fui. Pensé en muchas cosas, me sumergí en reflexiones melancólicas, tal vez de manera excesiva.
Si me pongo a pensar con frialdad, debo admitir que las despedidas no me agradan. Cada vez que me despedí de alguien fue pagando un gran precio, el precio de una herida, de una huella demasiado profunda, o un surco en mis días. Por alguna razón, mi vida quiso que año tras año afronte nuevas despedidas, y éstas, a su manera, me dejan un sabor agridulce a diferencia de las otras, y esto se debe a que algunas veces ellos vuelven a saludarme, me escriben para saber qué es de mi vida, o qué es lo que hago y en algunos casos especiales, se han vuelto mis amigos. Siempre que egresan mis estudiantes, se llevan con ellos un poquito de mi y yo me quedo con mi tesoro más grande… los recuerdos.
Esta tarde vi sin querer “Cinema Paradiso” y siempre me quiebro en la escena en la que Alfredo le dice a Toto: “- Vete y no vuelvas, no pienses en nosotros, no llames, no escribas, no te dejes engañar por la nostalgia. Olvídanos. Si regresas, no quiero que vengas a verme, no te dejaré entrar en mi casa. Y hagas lo que hagas, ámalo, como amabas la cabina del Cinema Paradiso”. Toda vez que pienso en Buenos Aires me pasa algo similar. Tal vez por eso, hace un tiempo que no quiero pensar más en ello, no quiero regresar, no llamo ni escribo más a nadie, porque a la larga, siempre se termina apoderando de mis pensamientos la nostalgia. En Buenos Aires quedaron muchos pedazos de mí, ya sea en las calles obscuras, solitarias y peligrosas de Lugano por la madrugada, o en la mirada perdida en el horizonte del mar dulce; también en las carcajadas de la costanera y Puerto Madero, o en el sonido de las vías del Sarmiento cuando era demasiado temprano (tarde) para volver a casa.
Me fragmento, últimamente me pasa muy seguido, siempre ocurre mientras el viento me atraviesa. Mi cabeza se frena y acelera y me siento transitorio, efímero, en todas partes. Pienso en la esperanza como un método de superación del presente; a lo mejor si el presente no es interesante, quizás en la esperanza de algo mejor, logre condimentar lo cotidiano. Aunque en el fondo, una voz tenue y lejana me advierte: “No podés dejar de ser lo que sos”. Siempre lo pienso, no es lo que soy, es quién soy; quizás ese es el problema, mi forma de funcionar en el mundo, esa manera de pensar que se sustenta en que todo el pasado se puede salvar en el presente.
¿Y sabés? Estoy desorientado. Más bien perdido. No sé lo que tengo que hacer... Parece que sólo escapo para protegerme, pero evidentemente esto no funciona más. Me aterra pensar que repito los mismos patrones, que sigo siendo igual de ineficaz para abordar lo que realmente es importante, lo que gravita en mi vida y lo peor, cada vez que me hallo cometiendo el mismo error, no puedo predecirlo, ni cambiarlo.
Anoche mientras dormía soñaba que me perdía. Pero no una vez, sino muchas veces, y mientras me perdía no me dejaba encontrar. Hasta que alguien (ella), me encontró arrodillado al borde de un error, y mirándome a los ojos, mientras me acariciaba una mejilla, me dijo: “¿Vale la pena intentar el dolor que lleva a ser uno mismo?” Creo que me desperté por la increíble vergüenza de sentirme descubierto. De sentirme tocado.
Por eso en esas noches en las que no entiendo más nada, y que me miro a la cara, me gusta escaparme de mi, como polizón en el furgón de mi alma.

martes, 9 de mayo de 2023

Beligerancia temporal….

Conversando la otra noche con Fede, me di cuenta, muy a mi pesar, que el universo tiende al olvido. Así como nosotros algún día nos convertiremos en petróleo y nadie nos recordará, la historia también tiende en ese sentido, indefectiblemente hacia el olvido. Tu historia, mi historia, la historia de todos los que conocemos o conocimos, tarde o temprano será olvidada. A veces, esto se vuelve un poco melancólico, triste y hasta depresivo; pensar que los recuerdos (todos) de la vida de una persona al final de sus días caben en 10 o 12 horas… y que todo lo demás se ha olvidado.
El papá de mi papá murió hace muchos años, yo no lo llegué a conocer porque murió cuando mi viejo era muy joven, y la realidad es que cuando mi tía y mi viejo fallezcan, ya nadie se acordará de él. Y dentro de una generación, a lo mejor, no habrá nadie que recuerde aún lo que es un zoológico. Esto quiere decir, entonces, que tendemos al olvido.
Es por ello que me puse a pensar que todo lo que uno puede hacer ante esto, es dar una cierta beligerancia y dilatar la vida de la memoria todo lo que sea posible, todo lo que se pueda. Pero muy en el fondo, uno sabe que nunca vencerá, que es una batalla perdida. Así como en la termodinámica, la flecha del tiempo indica que hay un sentido para las transformaciones, la lucha contra el olvido, es de algún modo, cómo luchar contra la muerte, o como el intento de transmutar metales; o lo que es peor, la posibilidad de que llegue aquel día en que me quieras.
Entonces, el olvido, es la muerte… y la memoria, es la vida. Empiezo a creer que somos muy pocas cosas más que nuestra memoria.
Quizás, toda la vida estuve un poco loco y me pasé de alguna manera, ejercitando y apostando a la memoria, incluso inútilmente; a lo mejor para no olvidar del todo de dónde vengo y quién soy. Pero lo cierto es que cada vez queda menos de esa persona que era. Cuando era más chico, trataba de recordar las letras de muchas canciones, de datos mecánicos, las formaciones de Boca Jr., entre otros datos anecdóticos, y creo que inconscientemente realizaba ese ejercicio de memoria como una de mis batallas en mi lucha contra la muerte. Pero aquella, era (y es) una lucha que sólo sirve para ir retrasando la victoria final, que será siempre del olvido.
Si me pongo a reflexionar, quisiera ser recordado por las cosas buenas que generé en los demás, por anécdotas distintas a todas, por un momento de reflexión que rompió una rutina, o por un llanto tras sacarnos el velo de lo cotidiano para hallarnos, desnudos, ante el abismo de lo que somos y no nos gusta. Quisiera ser recordado como alguien especial, alguien que de algún modo dejó una huella, una marca, un pensamiento. Quisiera que cierta noche cuando mires las estrellas recuerdes alguna que te nombré mientras la señalaba, o mejor, que cuando vayas manejando por la ruta y te cuelgues viendo la sucesión de asfalto, esboces una sonrisa recordando alguna payasada mía. No estaría mal que me recuerdes por aquella frase que quisiste atesorar, o por lo torpe que soy cuando quiero expresar algo que me gusta, que me duele, que me angustia o quiero. Con esto quiero decir, y espero que se entienda: ¡Quiero ser recordado!
Yo creo que a veces hace bien recordar, toda vez que el destino final del universo es el olvido; pero también creo que un recuerdo total y absoluto conduce a la locura, o indefectiblemente a la muerte. Esto quiere decir que debemos recordar que, después de todo, el destino de todos nosotros es también la muerte y que cada día nos morimos y que está bien olvidar por momentos que este proceso transcurre de manera indefectible. Entonces, es sabio olvidar algunas cosas, es sabio olvidar un poco, pero claro: ¿Cómo hacer un olvido selectivo de manera eficaz? La respuesta es que no lo sé.
¿Qué quiere decir todo esto? y la verdad es que tampoco lo sé con claridad. A decir verdad, cada vez que me propongo a responder preguntas, nace una nueva; pero si les puedo decir algo que no es ninguna novedad, sin embargo, es lo que siento: si tuviéramos esta charla en la barra o mesa de un bar, te diría que creo que hay que ejercer una cierta sabiduría entre el recuerdo y el olvido.

 

viernes, 21 de abril de 2023

El club de los martes…

Hubo una tarde, tal vez, un jueves nublado, no, era un martes… ya les contaré cómo lo sé, dónde me encontré en el parque del centenario con Victoria. Elegimos ese lugar porque quedaba cerca del departamento donde en aquel entonces vivía Verónica, mi amiga y su prima. Por ella es que nos habíamos conocido hacía unas semanas en el parque Rivadavia. Estuvimos ahí un buen rato y charlamos mucho de la vida, de nuestras historias, en fin, de nosotros. Recuerdo como sus ojos resaltaban en contraste con el lago del parque, los patos y gansos y el cielo gris de Buenos Aires. Su risa, provocada por alguna payasada mía, rompía la monotonía del lugar y es de los tesoros que me guardé para siempre en mi libro de bitácoras. De algún modo, yo sentía que esa tarde iba a terminar lloviendo, y entre comentarios y chistes, aquello se fue convirtiendo en una realidad: Primero por el presagio de algunos truenos, luego por la caída de unas tímidas gotas, lo que nos obligó a levantarnos del banco y comenzar a caminar con rumbo a su casa. No se hizo esperar el diluvio, y nos largamos a correr tomados de nuestras manos, corrimos bastante, unas siete cuadras (quizá fueron más), con los años empiezo a olvidar los nombres de las calles de Buenos Aires; nos íbamos riendo y evitando canteros, personas y cuasi caídas cuando cruzábamos calles de adoquines empapados. Por fin llegamos al cobijo de un balcón, en la esquina de su casa y empapados nos quedamos charlando. Hablamos mucho, nos abrazamos porque sentíamos frío, recuerdo bien como temblaba su cuerpo y como la abrazaba para sostener el calor de ambos, hasta que, en un momento, improvisadamente, ella me miró a los ojos y me besó. Y no les miento si les digo que, quizás fue el beso más lindo que alguien me haya dado jamás.
¡Qué bien!, a veces mi vida tiene esos destellos, esas carambolas, inesperada, sorpresivas. Ese beso fue tanto más lindo por lo inadvertido, y la verdad es que nos besamos mucho, bajo ese balcón, durante mucho tiempo, abrazados, como dos verdaderos enamorados. Al rato, me invitó a pasar a su casa, y así como entré, me presentó a su vieja a la pasada y subimos a su terraza, con un toallón que tomó en la corrida. Mientras nos íbamos secando, nos seguimos besando, créanme, nos besamos durante mucho, mucho, mucho, tiempo.
Claro, era un martes, como les había dicho, y lo sé porque los martes tocaban “Los Tipitos” en el Marquee, en la calle Scalabrini Ortiz 666. Habíamos coordinado con Vero que nos íbamos a encontrar en aquel lugar, a la noche, junto con mis amigos Germán y Darío. Lo cierto es que nunca paró de llover y mientras nos besamos con Vicky, y nos decíamos promesas de esperanza y amor, el tiempo pasaba muy rápido.
Así llegaron las 21 hs. y debía, de algún modo partir. Mi melancolía mientras escribo esto, me obliga a quedarme en aquella terraza abrazado a ella, pero no fue así. La cuestión es que le pregunté si quería acompañarme y me dijo que no porque tenía tarea y al otro día iba temprano a la escuela. Tras un beso interminable de despedida y un fuerte abrazo en la puerta de su casa, salí corriendo bajo la lluvia. Atravesé todo el parque del centenario, eso me hacía acortar camino y llegar lo más pronto posible al lugar en el cual me encontraría con Vero y mis amigo. Como siempre, estaba llegando tarde.
Por esas cuestiones del destino, mis amigos Darío y Germán, llegaron tarde a la casa de Victoria, lugar donde nos íbamos a encontrar. En aquel entonces ninguno tenía teléfono celular y al ver que no llegaban, yo me fui. Ellos tocaron el timbre de donde vivía Victoria y ella les dijo que yo me había ido hacía un rato. Al igual que yo, cruzaron todo el parque, empapándose, para llegar al lugar donde nos íbamos a encontrar. No hace falta explicar por qué somos amigos…
Lo cierto, es que nos encontramos en algún momento en la entrada de aquel lugar, y nos abrazamos, todos mojados y felices de haber llegado, de haber podido atravesar aquel chaparrón, y también, me felicitaron por la belleza de aquella dama que, de algún modo, me supo conquistar en aquel entonces y que siempre recuerdo con mucho cariño.
Recuerdo en particular esta historia poque en la entrada, nos encontramos al baterista de la banda Pablo Tevez, y junto a Verónica, que me hizo la segunda, le pedí que tocaran un tema que me gusta mucho de ellos, que se llama “Balvanera”. Pablo acepto, con una sonrisa, mientras jugaba con lo palillos en sus manos.
Ingresamos al Marquee y la banda inauguró su presentación acústica con aquella canción.
Éramos jóvenes. Éramos adolescentes, mitad niños y mitad adultos, disfrutamos cantar, saltar abrazados, empapados beber mil cervezas, mientras sonaba la banda; respirábamos y nos mirábamos a los ojos, e indeciblemente, entendíamos que lo que estábamos haciendo estaba bien, siendo martes después de la medianoche y teniendo que entrar a trabajar al otro día a las ocho de la mañana.

jueves, 13 de abril de 2023

Concluyendo…

 
Después de muchos años llegué a una conclusión que me asusta y a la vez me sorprende. Amar a alguien que, por alguna razón, la que fuera, no puede corresponder a nuestro amor es extremadamente doloroso, es lo más parecido a la muerte de un ser querido, y sobran a lo largo de la historia obras y escritos respecto al tema en cuestión.
Pareciera que mientras más lea uno, mientras más se anime a escribir, o a sumergirse en la propia obscuridad, ahí donde habita lo que nos molesta, más espera encontrar respuestas – con una importante tasa de interés, de suspenso, que gradualmente y a la larga, nos embarga - buscamos de alguna manera descubrir un desenlace que cierra un ciclo y nos abre a otras páginas, ya no escritas, sino por escribirse. O a lo mejor, por vivirse.
La severidad y frialdad son propicias sólo para ciertos aspectos, no para los románticos y mucho menos para los poetas, o aquellos que tenemos pretensiones de serlo. Con el correr del tiempo hay que encontrar la manera para que no se conviertan en consejeras constantes, hay que aprender a dejarlas de lado, a intentar de algún modo la forma de no permitir que sus susurros lleguen lejos en nuestros oídos.
Amar a alguien que no te corresponde, muchas veces saca lo mejor de uno, toda vez que nos permite validar juegos de la imaginación, donde se presentan todo tipo de circunstancias; y
los poetas se la pasan escribiendo al respecto, aluden a ello como el dolor más grande que sintieron. Pero si se atreven a ver un poco más allá, si uno se anima a hacer caso a algunos poetas y artistas, a lo mejor encuentre cierta belleza en esa clase de amor. Un amor tan puro, una llama que quema y brilla y que no es alterada, fenecida o corrompida por la realidad cotidiana. Cada día es tan puro y perfecto como aquel día en que la llama comenzó a arder; y como ser melancólico y romántico que soy, prefiero aferrarme a eso cada vez que me sea posible.

viernes, 7 de abril de 2023

Milagros VII…

No sé si fue por la torrencial lluvia del fin de semana, o por la situación anímica que estoy atravesando, pero ayer a la tarde me acordé de Milagros; y eso es raro porque ya nunca pasa eso. Tal vez sea porque últimamente estuve recordando algunos sucesos del pasado con Vero, o será que quiero distraerme pensando en otras cosas, para no pensar en lo que me desvela desde hace algún tiempo.
Si bien es cierto que mi relación con Milagros fue siempre crepuscular, creo que nunca conté nuestro último encuentro tras aquella despedida en “Onelli”. No es que sea muy importante, pero a lo mejor, esto, también es una forma de cerrar una persiana, porque sin lugar a dudas eso fue lo que pasó con ella en aquel entonces.
Tras quedarme pensando en lo difícil que resultó nuestro último encuentro, y quizás demasiado apegado a mis principios, tomé valor y escribí a Milagro para saber como estaba. El ida y vuelta fue cortante y sólo a los fines de responder lo que se interrogaba, sin detalles, sin ánimos de continuar una conversación. Debo reconocer que se me volvía frustrante la tarea de sostenes una comunicación con alguien que evidentemente no tenía intenciones de mantener un diálogo.
Dejé pasar unos días, repetí la misma operación, con el mismo resultado. Por lo que no le escribí más. A veces es mejor distanciarse para ver con otra perspectiva, o desde una loma más alta lo que ocurre.
Esas semanas eran traumáticas, porque cerraba los cuatrimestres en el instituto, mis horarios eran insoportables, entre el trabajo y el profesorado. Lo único que me daba ánimos era un viaje a Ventania, con mi amigo Lucas; el mismo era necesario e imperioso. Al llegar a mi casa, un jueves cerca de medianoche, revisé el correo electrónico, como era mi costumbre y tenía un e-mail de ella. Era escueto en su contenido: (Sin asunto) “Si tenés ganas de que nos veamos, te espero en el planetario el sábado a las 15 hs. Confirmame por este medio.”
Así fue como aquel sábado al salir del profesorado, y violando las velocidades máximas en avenidas y calles, logré llegar un par de minutos antes que ella al punto de encuentro. Me senté en un banco mientras miraba unos gansos en el lago del bosque de Palermo, y de atrás, al oído, me trepanó los sentidos con su “Hola Roberto”. Me dí vuelta, asustado, y ella se largó a reír mientras hacía chistes de mi susto. Al instante yo también estallé en carcajadas. Todo parecía como siempre.
Un rato después, me tomó del brazo y comenzamos a caminar, mientras, charlábamos de esas cosas que no tienen mucho sentido cuando uno recién se encuentra con alguien que hace mucho que no vé, pero que sirve como para reconectar y sostener una charla. Lo cierto es que no duró mucho, enseguida la noté apagada y con su mirada perdida, buscando esquivarme. Traté de sostener la conversación un instante más, pero también me apagué.
Caminamos un largo rato en silencio. Nos detuvimos frente a unos patos, nos miramos y me abrazó muy fuerte, fue un abrazo largo. Entonces, sentí que empezó a llorar.
– ¿Qué pasa Milagros? ¿Por qué lloras? – Le dije mientras nos abrazamos.
No me respondió. Su llanto era tal, que se me hizo imposible sostenerme incólume y también me rompí, y me largué a sollozar. Era como que necesitaba descargar de esa manera. Creo que las personas que pasaban cerca nunca entendieron lo que estaba ocurriendo. Era el llanto de dos personas desesperadas, desencontradas, perdidas.
– Lloro porque realmente me gustas, y yo a vos no te gusto, y eso me da mucha bronca. – finalmente respondió, mientras yo intentaba calmarla con palmadas en la espalda, acariciándole la cabeza y dándole algunos besos allí también.
– No es que no me gustas, el tema es que tengo a otra persona atravesada en mi cabeza y la verdad es que no quiero empezar nada sin antes cerrar ese capítulo. Siento que pegó en el palo y la verdad es que sé que no se va a concretar, pero no pierdo las esperanzas y eso no me permite encarar nada. Vivo con freno de mano. Me tenés que perdonar. – Atiné a responder entre lágrimas y mocos. Sin dudas lo mío era un espectáculo deplorable.
Interrumpió el abrazo para aceptar el pañuelo que le ofrecí. Los dos estábamos destruidos por el llanto. Le acaricié las mejillas para secarle el rastro que sus lágrimas habían surcado en su rostro.
– Bueno, no queda más que decir entonces Roberto. Al final es como te dije la otra vez, todo lo arruinas, todo lo rompés. Sos un desastre chabón. – Levantó el tono mientras caminaba.
– ¡Pará Milagros! Te estoy siendo re sincero, no entiendo por qué reaccionás así. Después de todo, ya sabés como soy. No puedo renunciar a mis principios.
– ¿Tus principios? ¿Cuáles? ¿Los del amor ideal romántico? ¿Los principios de los amores nunca resueltos? ¿O los principios de los amores imposibles? ¿No te das cuenta que vivís en espiral? Tus principios son finales, nene. Siempre vas a terminar igual vos ¿Y sabés qué? Yo no quiero que me arrastres. Yo estoy para más que esto. – Bramó enfurecida, a la vez que la interrumpí.
– Perdón, pero jamás te propuse nada, ni siquiera una amistad, porque sabía como estaba, y vos también sabías de mi condición. Lo hablamos más de una vez. Te pedí que no me pidas nada, y sin embargo, acá estamos. – Respondí a modo de defensa.
– ¿Pero sabés? Ya no vamos a estar más, morite Roberto, vos con tu melancolía, con tus ideas románticas y tu nostalgia, no vales nada flaco. Olvidate de mi. – Fulminó sus palabras con un suspiro y emprendió su caminata a paso veloz y siguiendo el sendero.
Atiné a seguirla, para tratar de calmarla y enmendar la situación, pero me detuve. A veces hay situaciones que no tienen forma de ser enmendadas. Situaciones como la mía con Milagros.
A veces en otoño, me pongo a pensar y aterriza ella en mi cabeza. Me pregunto qué será de su vida, mientras imagino realidades posibles. A lo mejor se fue a vivir a Ushuaia. Quizás tiene familia con un tipo de esos, que se merecen minas como ella.
Esa fue la última vez que ví a Milagros. Esa fue la última situación que viví con ella, en los bosques de Palermo, en otoño… Aunque hay un detalle más que sólo quedará en la memoria.

jueves, 30 de marzo de 2023

Nocturno III...

Agasajado por el más sereno de los silencios, y pese al frío reinante en la habitación, recapituló un viejo manuscrito que yacía abandonado a la vera de su velador; hastiado por el paso del tiempo y con varias tachaduras que reflejaban lo complejo de escribir ideas cuando las mismas son fugaces, como las estrellas observadas desde la ruta minutos antes de arribar a su hogar. Molesto por ello, se levantó de su cama y se dispuso a sentarse en su sillón habitual, su cuartel general, donde solitario, siempre se hallaba y reencontraba. Previo a sentarse, tuvo a bien servirse un vaso completo de escocés de una malta, con tres rocas de hielo. Ya hacía tiempo que había dejado al tabaco, pero siempre tuvo escondido un box de su marca favorita por si la noche lo invitaba a recordar otros tiempos. El procedimiento siempre es el mismo, salvo que Händel esta vez se dispuso a armonizar al lugar. Con el velador encendido y de abajo del sillón, sacó aquel viejo libro que cada tanto sabe consultar. Esta vez lo miró por un buen rato, como meditando si era correcto lo que estaba por iniciar. La mirada fija en la tapa, el vaso al alcance de la mano, como el cenicero y el paquete cerrado de cigarrillos. Respiró hondo y cerró los ojos, el azar sería el encargado de seleccionar la página donde debería comenzar su lectura, y así fue. Con un cigarrillo encendido y con la garganta humedecida por el escocés, comenzó a leer, casi al borde del llanto por las imágenes que volvían una tras otra. Ese hachazo cual puñal, esos golpes recibidos de manera inesperada en aquel sillón y la medianera como método de escape. Todo era muy intenso, demasiada tormenta, no lo toleró… quiso salir corriendo de allí. Migró, entonces, a páginas mas serenas, donde se halló con esquinas y escondites. Un encuentro pactado en la avenida en diagonal con aquel amigo que también sufría insomnio, sólo para charlar, sólo para encontrarse con el sueño mientras el Sol les cubría el rostro y les decía: ya está bueno de andar parloteando. Otro salto de página, la noche estaba ahí; no pretendía ser prolijo, como tampoco lo fue para escoger los atajos para hallar a los recuerdos, que estocásticos, se presentaban como una sucesión de párrafos e imágenes de una vida que hacía tiempo tenía como color preponderante al gris. La bocanada de humo profunda, luego, exhalar el residuo de la combustión para beber un trago grande y aspirar por la boca. La combinación de alcohol y aire le sentía bien. De allí, al dique que supo fotografiar y al parque, donde dedicó una de sus primeras fotografías nocturnas. Pero nunca alcanza cuando uno brinca de recuerdo en recuerdo. Por eso buscó el calor de recitales, de abrazos con amistades y también de parques y lluvias. Así, llegaron los besos y humedades; los sombreros y viajes en autos; los bares y canciones, y también aquel llanto bajo la lluvia en esa estación de tren, sin trenes. Un golpe seco bastó para cerrar aquel libro y quedarse mirando la nada desde el ventanal. Una lechuza lo miró compadeciéndose de quien está atrapado en un pensamiento. Un pensamiento de quién pareciera haber comenzado a comprender que no hay mucho más que esto, y que nada especial espera a las personas. Es en vano pedir una señal, o disponerse a esperar por cuestiones que uno sabe que jamás van a ocurrir, ni se van a presentar para ser documentadas en las hojas libres que aún quedan en el libro de bitácoras aquel.

jueves, 23 de marzo de 2023

Sueños...

Comencé esta madrugada un viaje en jaque mate, sobre una alfombra embarrada de vidrios rotos que está ahuellada y que me lleva indefectiblemente a casa. Te extraño y me molesta un poco que no te enteres. Te pienso, todo el tiempo lo hago, y no lo sabés.
Hoy soñé que me escribías a las cinco de la mañana, cuando te ibas a trabajar, y yo como de costumbre, no podía dormir porque mi cabeza no paraba de hablar de las cosas que ya sabemos: la tesis; la operación y sus estudios clínicos; mi viejo; el trabajo y también un poco de vos…
Nadie entiende cómo te hace sentir el otro. Nadie sabe realmente lo que significa eso. Voy a tratar de explicártelo de una manera sencilla: al pensarte, estás ahí, me acompañas, y eso es lo que me hace un poco fuerte, eso es lo que necesito, que estés ahí, que me acompañes, que me ayudes cuando se me hace difícil; que me aconsejes a tu manera cuando no entiendo algo o alguna cuestión me supera, que seas mi apoyo, mi bastón cuando ando torcido y no puedo hacer pie.
Leí, creo que decenas de veces, tu último mensaje, aquel que borraste, me llevó tiempo poder interpretarlo porque hay noches complicadas cuando uno anda herido. Lo cierto es que lo leí por vez primera saliendo de Sierra de la Ventana y no lo comprendí, lo mismo pasó al llegar a casa… “estoy donde estás” pero sabemos que no… la esperanza de “poder compartir la vida” como si eso fuera posible, sabiendo lo que siento. Pero sin dudas, lo más hermoso es saber que te gustó el regalo y que tengo un huequito en aquel espacio reservado sólo para los privilegiados que se han ganado allí un lugar.
Uno enfrenta, o evita el pasado para afrontar todo lo que venga, buscamos a ciegas que el presente no pese por culpa de ese pasado y que algunos trozos del pasado puedan de algún modo impulsarnos a avanzar al futuro, sin pretensiones de aprender cómo hacerlo. En definitiva, se trata de enfrentar al pasado de ser necesarios, para estar en paz con el futuro.
No sólo debemos huir del pasado para no salir heridos, sino también sortear las dificultades de dejar todo atrás. Sabemos que el pasado aplasta y uno no se libra de los recuerdos más dolorosos, lo sabemos bien y pagamos bien caro ese precio.
En el presente, al no tener nada del pasado, debemos enfrentarlo y no huir, pero a veces es doloroso y cuesta. Y ahí cada tanto asomás vos, con tu sonrisa que tanto extraño, otra vez.
Hace una semana soñé que venías a conocer mi casa... De la nada un mensaje, después de ciento once noches, lo hacías en ese día que sabes que coincidimos. Entonces yo me preparaba para esperarte y recibirte. El sueño era muy real, porque recuero sentir esa sensación en el estómago, como cuando estás en una caída libre, el pulso acelerado y el tiempo avanzando con el freno de mano puesto. Tras la limpieza y acomodar un poco lo inacomodable, se me ocurrió preparar algo para acompañar los mates. Unos buñuelos fue la elección.
Entonces llegaste vos, bajaste del auto y me abrazaste, raro porque pocas veces fue así, te pusiste a jugar con Chevy y Homero que te saltaban y ensuciaban con sus patas. Reías, como me encanta que hagas siempre y por un instante nuestras miradas se conectaron… los silencios también hablan. No era necesario decir nada.
Cruzamos la calle, fuimos al arroyo a respirar, a tomar mate y ver el atardecer.
Mientras el Sol se escondía dejaba al desnudo la simple y horrible definición de lo que soy frente a quien me escuchaba con los ojos cerrados.