martes, 27 de enero de 2026

Leeme

No escribo para llevármelo. Escribo para que lo busquen.
Una casa necesita un nombre para empezar a vaciarse. A veces es el de un hijo, a veces alcanza con una habitación cerrada y el recuerdo de alguien que debería estar ahí. No importa si estuvo.
La primera nota va en la puerta, siempre funciona. Después la cocina, el jardín, la casa de los abuelos, el baño. Los adultos creen que moverse es avanzar. No entienden que recorrer una casa es una forma lenta de obedecer.
El archivo no explica nada. Sólo devuelve lo que ya estaba. Cuando lo abran, van a reconocer cada gesto como propio y van a sentir alivio: la historia existe, entonces el niño también. O eso creen.
No necesito comprobarlo. Ustedes tampoco, todo se sabrá cuando termine, cuando crean haber llegado al final. La casa va a callarse otra vez. Y alguien va a abrir la puerta.

El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo. La nota estaba ahí, apoyada contra la madera, escrita con una letra demasiado prolija para traer algo bueno.
No gritó. No todavía. Leyó una vez. Dos. A la tercera, las palabras dejaron de ser letras y se volvieron un ruido seco en el pecho: “Tenemos a tu hijo.”
Entró a la casa con el corazón golpeándole en la garganta.
—Clara —llamó, sin reconocer su propia voz—. Clara, ¿dónde estás?
La encontró en el pasillo, con una taza de café tibio en la mano, como si el mundo no se hubiese corrido un centímetro de su lugar.
—¿Dónde está Lucas? —preguntó Tomás, ya sin aire.
—En su habitación —respondió ella, extrañada—. Estaba jugando recién.
Caminaron rápido, torpes, chocándose con las paredes. La puerta del cuarto estaba abierta. La cama deshecha. Los juguetes en el piso, abandonados como si alguien hubiese apagado la infancia de golpe. Lucas no estaba.
Sobre la almohada, un sobre blanco.
Clara lo abrió con manos que ya no le obedecían. Leyó en voz alta, porque el miedo necesita eco para existir:

“Si quieren volver a verlo, busquen la próxima pista en la cocina.”

La cocina se volvió un campo de batalla. Abrieron cajones, tiraron platos, revisaron alacenas como si el aire pudiera esconder papeles. Hasta que Tomás metió la mano en un tarro de azúcar y tocó algo que no era azúcar.
Otra nota.

“El jardín.”

Salieron descalzos, sin sentir el frío del piso. Revisaron macetas, levantaron las plantas de los canteros, hurgaron la tierra con las uñas. Clara fue la que encontró el sobre, atrapado entre dos plantas secas.

“La casa del abuelo.”

El llanto llegó ahí. Violento, casi animal. ¿Cuál abuelo? ¿El de él o el de ella? No discutieron. Se separaron como se separa el miedo: rápido y sin mirar atrás.
—Avisame —dijo Tomás—. Apenas encuentres algo.
La casa de su padre estaba vacía. Demasiado ordenada. Demasiado quieta. Recorrió habitaciones con el pulso desbocado hasta que vio el sobre sobre la cama.

“Volvé a tu casa. El baño.”

Tomás llamó a Clara mientras salía corriendo.
—Andá al baño de casa—le dijo—. Yo voy para allá.
Ella llegó primero. Entró como un vendaval. Abrió el vanitory, tiró toallas, revisó detrás del inodoro. En el botiquín, al fondo, estaba la nota.

“La computadora del living.”

Corrió hasta allí y s
e sentó sin pensar. Encendió la máquina justo cuando Tomás entraba, transpirado, con la cara rota de angustia.
—¿Qué hacés? —preguntó.
—Es lo que dice la nota —respondió ella, sin mirarlo.
En el escritorio había un solo archivo.
"leeme.txt"
Clara hizo doble clic.
El texto decía:

“El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo…”

Tomás sintió que el piso se desmoronaba. Clara siguió leyendo, reconociendo cada gesto, cada palabra, cada respiración. Cuando levantó la vista, la casa estaba en silencio.
—Tomás… —dijo, asustada.
Él no respondió.
Porque el primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo.