jueves, 14 de noviembre de 2013

La posada del Ogro (Parte I)…

Hacía rato que no pasaba por la Posada del Ogro… Desde que tengo uso de memoria que siempre, al menos unas semanas, mi familia se hacía una escapada a la casa de mi tío Norberto y de mi tía Rosita en Álvarez, al oeste de la provincia. Generalmente durante el viaje iba jugando con mi viejo a decirle el nombre de las provincias y el nombre de sus capitales; él a veces me dejaba ganar, otras (generalmente cuando ya estaba cansado), empezaba a hacerme preguntas que no podía responder, pero estaba bueno, ya que después terminaba aprendiendo algo más. Otras veces le iba preguntando al respecto de las marcas sobre la Ruta Nacional 7, que distaba mucho de ser lo que es hoy... y es difícil olvidar el ruido del motor de aquel Dodge 1500 color amarillo; mi vieja adelante cebando mates y mi hermano al lado mío en el asiento trasero durmiendo. Llegar a la casa de los tíos no era fácil, la calle de tierra casi siempre estaba en muy mal estado y por lo general mi viejo rogaba que no haya llovido uno o dos días antes. Una vez me acuerdo que tuvimos que bajarnos todos en plena lluvia y tratar de empujar aquel auto amarillo, y aunque suene inverosímil, en esa ocasión aprendí cuando los adultos hablaban de la tracción trasera; fue aquella tracción trasera la que me llenó de barro hasta el pelo en esa ocasión y encima en vano por que no lo pudimos siquiera mover. Por suerte para nosotros pasó un tractor y nos “arrastró” hasta la puerta de la casa de los tíos. Me acuerdo la cara y los gritos de la tía cuando nos vió llenos de barro, enseguida nos metió en el baño para que nos peguemos una ducha con agua caliente y cuando salimos ya tenía preparada una taza de leche con cacao y empezaba a cocinar unos buñuelitos de manzana para nosotros y unas tortas fritas para los grandes. La casa de los tíos era enorme (tal vez lo siga siendo), con un parque muy grande adelante y uno aún más grande en la parte de atrás, en ambos había árboles por todos lados, y muchas flores (mi tía era fanática), solíamos correr con mi hermano y jugar a “ganar posiciones en el campo de batalla”. El escenario era idóneo, había muchos lugares donde esconderse y emboscar al otro. Nos hicimos amigos de unos chicos que vivían en la casa de al lado y jugábamos con ellos. A veces nos prestaban sus juguetes, otras jugábamos a las escondidas, eran tiempos deliciosísimos. Algunas veces con el tío Norber, íbamos al parque de atrás y elegíamos los mejores árboles (la selección se basaba en la frescura del lugar y de la sombra que proporcionaba el árbol) y allí armábamos la hamaca paraguaya. Yo me acostaba y el tío me contaba historias del campo, leyenda de los gauchos, me hablaba de los pueblos originarios y a veces de historia nacional; ya un poco más grande intercambiábamos ideas al respecto, siempre me felicitaba de lo mucho que sabía, calculo yo que para mi edad.Generalmente me quedaba dormido mientras él tomaba mates y me contaba las historias aquellas. Creo que con él fue que tomé mi primer mate, por supuesto que amargo. Con la tía Rosita la relación era distinta, siempre me estaba abrazando a mi y a mi hermano, nos regalaba caramelos, nos cocinaba cosas, pero nunca hablábamos tanto, o al menos no como con el tío, obviamente le contaba de la escuela, de los amigos, de alguna noviecita, siempre se reía cuando le contaba de eso, tenía una risa tan alegre, tan contagiosa, que era imposible no reírse cuando ella lo hacía. Siempre le decía que la quería y a ella se le llenaban los ojos de lágrimas por un segundo, aunque generalmente lo disimulaba diciendo que tenía que limpiar o cocinar algo. El tío continuamente se daba cuenta de ello; yo era muy observador ya desde entonces, pero nunca supe el por qué, aunque tiempo después me terminé enterando.

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