jueves, 22 de enero de 2026

El patio que se llamó país...

María tenía cinco años y José seis cuando se conocieron en la escuela pública de El Cafetal, en 1999, el año en que el país decidió cambiarse el nombre como quien se cambia una camisa vieja esperando que la nueva lo abrace mejor. A ellos no les importó demasiado: a esa edad, los países son el patio del recreo y la Constitución cabe en un cuaderno rayado con olor a pegamento y tapa dura.
María iba siempre prolija. Zapatos limpios, mochila con rueditas, merienda envuelta en papel aluminio. José llegaba con los cordones desatados y una sonrisa que parecía haber aprendido a defenderse sola. Se hicieron amigos por una causa simple, pero muy importante: ambos sabían andar en bicicleta sin manos, y también, creían que el helado de coco era mejor que cualquier otro gusto en el mundo.
La familia de María tenía una posición cómoda. El papá trabajaba en una empresa grande y la mamá decía palabras largas en la mesa que siempre incluían: “prudencia”, “inflación”, “rumbo”. La de José era humilde y trabajadora: la abuela hacía milagros con el mercado, el papá, albañil, celebraba cada obra pública como si fuera una plaza nueva en la cuadra. En casa de José se brindaba por las iniciativas; en la de María se fruncía el ceño por las mismas razones. Las discusiones existían, sí, pero eran discusiones de sobremesa: nadie se iba dando un portazo.
Cuando terminaron la primaria, la vida hizo lo que sabe hacer: separar sin pedir permiso. A María la cambiaron a un bachillerato privado. A José le quedó el liceo público de siempre, el que estaba más cerca de su casa y de su mundo. Aun así, siguieron encontrándose. Se las rebuscaban con horarios imposibles para verse en el parque, andar en bicicleta hasta cansarse, recorrer el centro comercial como si fuera una ciudad extranjera. Los cambios del país les pasaban por al lado como el tránsito: ruidosos, constantes, normales. El petróleo hacía que las arcas estuvieran llenas y la ciudad se llenaba de obras, de barrios nuevos en la periferia y de promesas que sonaban a futuro.
El 5 de marzo de 2013, el día se volvió obscuro. Con el fallecimiento del comandante y la recesión que empezó a morder, la familia de María decidió emigrar a Brasil. Ellos, se encontraron horas antes de la partida. No hubo discursos. Hubo un banco de plaza y dos cartas dobladas muchas veces.

La carta de María decía:
“José: si te escribo es porque no me sale hablar. Me voy con miedo y con culpa, como si me estuviera yendo de vos y no de un país. Prometo no olvidar el camino al parque ni el helado de coco. Si algún día vuelvo, quiero que me lleves en bicicleta sin manos. Cuidá a los tuyos. Yo te llevo conmigo.”

La carta de José decía:
“María: no te enojes si no entiendo. Yo me quedo porque acá está todo lo que sé querer. Si te va bien, alegrate sin culpa. Si te va mal, escribime. Voy a guardar esto en el bolsillo de la campera. Cuando dudes, acordate que alguien te espera en El Cafetal.”

El tiempo hizo lo suyo con la tecnología. Primero MSN, después Facebook, más tarde Instagram y WhatsApp. Al principio hablaban todos los días: vidas nuevas, amigos nuevos, la dificultad de vivir en otro país, la dificultad de quedarse. Con los años, la frecuencia se volvió un saludo de cumpleaños, foto de una esquina, un “felices fiestas”. En los últimos tiempos, los mensajes se tensaron. Los dos discutían. José le decía que había abandonado el barco, que ahora le bastaba con ser mesera en un café de Buenos Aires. María le reprochaba el apoyo incondicional a una causa que —decía— no valía la pena. Se decían verdades con bronca y se olvidaban de las bicicletas y los helados de coco.
El 3 de enero de 2026, María festejaba en el Obelisco aquel rapto como si fuera el triunfo de un equipo propio. José, a miles de kilómetros, abrazaba el cuerpo de su hermano, mutilado por el bombardeo de otra nación sobre la suya. El mismo país, dos escenas que no se tocan.
No hay moraleja fácil ante estos hechos. Tal vez sólo esto: nada es eterno. Las personas pasan por nuestra vida, nos marcan con un gesto, un detalle, un recuerdo, y siguen. Hay que normalizar que el tiempo haga su trabajo, aceptar que la mayoría se irá. Y entender que, aun así, lo vivido —una bicicleta sin manos, una carta doblada— alcanza para explicar quiénes fuimos y en qué nos convertimos.