domingo, 27 de septiembre de 2026

Todos los días...

Micaela se levanta, como todos los días, a las siete menos cuarto. No necesita despertador.
A las siete menos diez escucha primero los pasos de Graciela por el pasillo y, cinco minutos después, los dos golpes suaves sobre la puerta.
Siempre dos.
—Buen día, Micaela.
Graciela entra con las cortinas todavía cerradas y esa dulzura suya que parece haber aprendido en algún manual para empleadas de casas importantes.
—Vamos, que se hace tarde.
Micaela abre los ojos.
Durante algunos segundos mira el techo. Conoce cada pequeña imperfección de aquella habitación. Una mancha casi invisible cerca de la araña, una línea en la pintura sobre la ventana y una pequeña grieta que nace detrás del placard y que nadie parece haber visto.
A veces piensa que podría dibujar el techo de memoria.
Se levanta.
Graciela abre las cortinas.
La mañana entra de golpe.
—Parece que va a estar lindo.
Todos los días Graciela tiene algo que decir sobre el tiempo.
Si hay sol, va a estar lindo. Si hay nubes, seguramente despeje. Si llueve, hacía falta.
Micaela nunca responde.
En el baño, el agua de la ducha tarda exactamente lo mismo en calentarse qué el día anterior. Sobre el lavatorio están preparados el cepillo de dientes, la pasta, el peine y una toalla doblada.
Cuando regresa a la habitación, la ropa ya está sobre la cama:  Pollera, camisa, saco, corbata, medias y zapatos. Todo perfectamente acomodado, como ella.
Abajo está esperando el desayuno: tostadas con manteca y dulce, y un café con leche que tiene bastante más leche que café.
Siempre igual.
Micaela se sienta y Graciela coloca la taza frente a ella.
—Está calentito.
Micaela toma una tostada.
Le pone un poco más de dulce y come la mitad.
Después otra.
Dos tostadas, nunca tres. Jamás una. Siempre dos.
Apura un poco el café con leche y deja casi un tercio dentro de la taza.
Graciela aparece detrás suyo con un cepillo pequeño y repasa el saco. Después acomoda la corbata. Da un paso hacia atrás para observar el resultado.
—Ahí está.
Micaela está impecable.
Lo está siempre. Quizás ése sea uno de los problemas.
Graciela la acompaña hasta la puerta principal y después atraviesan juntas el pequeño camino de piedras que cruza el jardín.
Afuera espera Oscar.
El Mercedes Benz E-320 está encendido, como todos los días.
Oscar baja, abre la puerta trasera y hace un pequeño movimiento con la cabeza.
—Buen día, señorita.
Micaela sube.
Oscar cierra la puerta.
—Buen día —repite cuando ocupa su lugar frente al volante.
Micaela lo mira por el espejo retrovisor y no responde.
Debe tener sueño, piensa Oscar. Siempre piensa que tiene sueño.
El Mercedes comienza a moverse lentamente por el camino de entrada. Las ruedas pasan sobre el empedrado, aunque dentro del auto apenas se siente.
Micaela mira por la ventanilla, como la casa va quedando atrás. Primero desaparece la fuente, después los árboles y finalmente, la mansión entera queda escondida detrás del paredón.
Con ella quedan también los gritos de la noche anterior.
No había entendido toda la discusión, tampoco hacía falta. Hacía mucho que las palabras habían dejado de ser importantes.
Reconocía los tonos. La voz de su madre, primero baja, después aguda. La de su padre intentando mantener una calma que nunca duraba demasiado, luego una puerta, un golpe y el silencio.
Después otra vez las voces.
Micaela había permanecido acostada mirando aquella pequeña grieta del techo.
Pensó en levantarse y en bajar. También en pedirles que se call aran, pero no hizo ninguna de las tres cosas. Ya sabía que por la mañana todo volvería a estar en su lugar.
Y así había sido: el desayuno, las tostadas, el café con leche, la corbata, Oscar, el Mercedes.
La vida tenía una capacidad extraordinaria para acomodar las cosas por fuera. El problema era lo que quedaba adentro.
—Parece que hoy va a estar pesado —dice Oscar mientras toma la avenida.
Micaela sigue mirando por la ventanilla.
También Oscar habla del tiempo. Debe ser una costumbre de los adultos cuando no saben qué decir.
La ciudad pasa detrás del vidrio. Personas esperando colectivos, un hombre levantando la persiana de un negocio, una mujer arrastrando a un chico de la mano, dos muchachos con guardapolvos que caminan comiendo algo de una bolsa de papel, o algo así.
Micaela los observa con cierta envidia. No sabe quiénes son, ni siquiera sabe si son felices. Pero van caminando solos. Sin Oscar, sin un Mercedes, sin alguien esperando en la puerta para acomodarles la corbata.
A las siete y cuarenta y cinco llega a la escuela.
Oscar estaciona siempre en el mismo lugar, baja y abre la puerta.
—Que tenga un buen día, señorita.
Micaela vuelve a mirarlo. Esta vez hace un pequeño gesto con la cabeza.
Oscar sonríe, para él eso alcanza.
En la entrada ya están algunas de sus compañeras, la saludan y una la abraza. Otra le pregunta por una fiesta del sábado. Una tercera quiere saber si finalmente irá al cumpleaños de alguien que Micaela apenas conoce.
Ella contesta, sonríe, e incluso se ríe.
Ha aprendido a hacerlo con el tiempo .
Tiene amigas, o eso diría cualquiera que la observara durante un recreo. Siempre hay alguien sentada junto a ella. Alguien que le pide una carpeta, que comenta algo sobre un profesor o que le cuenta quién se besó con quién durante el fin de semana. Pero Micaela sabe que una cosa es estar rodeada de personas y otra muy distinta tener un amigo.
Un amigo de verdad, alguien a quien pudiera decirle: Anoche mis padres volvieron a gritar.
Nada más, cinco palabras. Sin tener que explicar después que no pasa nada, sin escuchar que los padres de todos discuten. Sin que la miraran con curiosidad. Sin que la historia terminara circulando por toda la escuela. Alguien que simplemente escuchara.
No tenía a nadie.
Esa certeza le pesaba más que la mochila.
Las horas transcurrían lentamente.
Matemática, Historia, Literatura. Recreo. Geografía. Almuerzo y otra vez clase.
Los profesores hablaban ella copiaba. Los demás contestaban, ella también.
Todo parecía funcionar correctamente, como el Mercedes, como la casa, como Graciela. Como ella.
A veces pensaba que su vida era una enorme maquinaria perfectamente aceitada cuyo único defecto era no llevarla a ningún lado.
Los lunes se parecían a los martes. Los martes a los miércoles. Los miércoles tenían apenas la ventaja de anunciar que faltaba menos para el viernes. Después llegaba el sábado, alguna fiesta, algún almuerzo familiar, alguna juntada con amigas.
Y el domingo comenzaba esa tristeza inexplicable de saber que todo estaba a punto de empezar otra vez. Había llegado a odiar los domingos a la tarde, no sabía exactamente desde cuándo.
Tal vez la monotonía no aparece de golpe. Uno no se despierta una mañana cansado de su propia vida.
Va ocurriendo lentamente.
Primero deja de entusiasmar una canción, después una salida, luego un cumpleaños y finalmente comienza a dar lo mismo que sea lunes o sábado, verano o invierno.
Todo adquiere un color parecido.
Ese día, durante el segundo recreo, una compañera se sentó junto a ella.
—¿Te pasa algo?
Micaela la miró. Por un instante estuvo a punto de hablar. Pudo hacerlo.
Podía contarle que casi no había dormido. Que detrás de las paredes enormes de su casa las cosas no eran como todos imaginaban. Que estaba cansada de desayunar las mismas tostadas, viajar en el mismo auto y escuchar conversaciones que no significaban nada.
Podía decirle finalmente que se sentía sola.
Entonces, abrió la boca y dijo:
—No.
La compañera permaneció unos segundos mirándola.
—Ah.
Después comenzó a contarle sobre un chico.
Micaela escuchó. Asintió cuando correspondía, sonrió dos veces y notó que la conversación duró once minutos.
Cuando sonó el timbre volvieron juntas al aula.
A las cuatro y media Oscar estaba esperando en la puerta.
En el mismo lugar. Con el mismo auto.
—¿Cómo estuvo el día?
—Bien.
Era probablemente la primera palabra que le decía en toda la jornada.
Oscar sonrió.
—Me alegro.
Micaela apoyó la cabeza contra el vidrio y la ciudad comenzó a retroceder nuevamente.
Los mismos negocios, las mismas avenidas, los mismos semáforos.
Al llegar a casa, Graciela abrió la puerta.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Otra vez, esa palabra "Bien". Una palabra extraordinaria que servía para terminar casi cualquier conversación.
Subió a su habitación. Dejó la mochila sobre una silla y se quitó la corbata.
Por primera vez en mucho tiempo no escuchó música.
Se acostó sobre la cama y miró el techo.
La grieta seguía allí.
Pensó que las grietas tenían algo honesto. No intentaban parecer otra cosa. Estaban rotas y lo mostraban.
Se levantó y fue hasta el escritorio.
Abrió uno de los cajones y encontró un cuaderno que casi no utilizaba.
Tomó una lapicera y durante unos minutos no escribió nada.
Después puso la fecha y debajo escribió:
"Hoy una chica me preguntó si me pasaba algo." 
Se quedó mirando la oración y agregó:
"Le dije que no." 
Esperó unos segundos, y prosiguió:
"Mentí."
Apoyó la lapicera y desde abajo llegó la voz de Graciela hablando con alguien.
Más tarde llegaría su padre, después su madre.
Cenarían, tal vez hablarían. Quizás discutirían otra vez.
Y mañana, a las siete menos diez, volvería a escuchar los pasos en el pasillo.
Dos golpes en la puerta.
Buen día, Micaela.
Tostadas con manteca y dulce.
Café con leche.
La corbata.
Oscar.
El Mercedes.
La escuela.
"Bien." 
"Todo bien." 
Micaela volvió a tomar la lapicera y debajo de lo anterior escribió una última frase:
"Creo que necesito un amigo." 
La leyó varias veces. Le produjo vergüenza.
Estuvo a punto de arrancar la hoja, pero no lo hizo.
Cerró el cuaderno y lo guardó en el último cajón. Después se acercó a la ventana.
En la vereda de enfrente dos chicos estaban sentados sobre el cordón. Uno hablaba moviendo exageradamente las manos y el otro se reía.
No hacían nada extraordinario.
No tenían un Mercedes esperando, no había una fiesta, ni una casa enorme, ni alguien que les acomodara la ropa antes de salir.
Simplemente estaban ahí. Juntos.
Micaela los observó hasta que obscureció.
Esa noche sus padres volvieron a discutir. Ella escuchó las primeras palabras, una puerta y después el grito de su madre.
Pero esta vez no miró la grieta del techo. Pensó en el cuaderno guardado dentro del cajón.
Quizás escribir fuera una forma bastante pobre de hablar con alguien, pero por el momento era la única que tenía.
A la mañana siguiente Graciela golpeó dos veces.
—Buen día, Micaela.
Abrió las cortinas.
—Parece que va a estar lindo.
Micaela se levantó.
Bajó.
Comió dos tostadas.
Tomó un poco del café con leche.
Graciela repasó el saco y acomodó la corbata.
—Ahí está.
Afuera esperaba Oscar.
El Mercedes estaba encendido.
Micaela subió.
—Buen día, señorita.
El auto comenzó a bajar lentamente por el empedrado. Pero antes de que la mansión desapareciera detrás de los árboles, Micaela miró hacia la casa.
Por primera vez comprendió que no quería pasar el resto de su vida escapando de aquel lugar solamente por dentro.
Todavía no sabía cómo hacerlo.  Tampoco sabía cuándo.
Tenía una casa enorme, dinero, chofer, ropa impecable y personas encargadas de que jamás le faltara nada.
Nada, salvo lo único que comenzaba a necesitar de verdad. Alguien frente a quien pudiera dejar de decir que estaba bien.
Oscar la miró por el espejo.
—¿Todo bien, señorita?
Micaela sostuvo su mirada durante unos segundos.
La respuesta estaba preparada.
Era fácil.
La había pronunciado cientos de veces. Pero esa mañana no dijo nada.
Y aunque nadie pudiera saberlo todavía, aquel silencio fue la primera pequeña rebelión de su vida.