A don Ricardo nunca le había gustado ir al centro. Demasiada gente,
demasiados autos y demasiadas personas caminando sin mirar por dónde iban. Cada
vez que tenía que hacer un trámite regresaba cansado, con dolor en las piernas
y la sensación de haber perdido el día.
Aquella mañana debía cobrar la jubilación, llevar unos papeles a la obra social y retirar unos resultados médicos.
Su hija se había ofrecido a acompañarlo.
—No hace falta —le dijo—. Todavía puedo manejarme solo, no te preocupes.
Tenía ochenta y tres años y caminaba apoyándose en un bastón de madera que había pertenecido a su padre. Avanzaba lentamente, pero no le gustaba que lo ayudaran.
Antes de salir, su mujer le acomodó la bufanda y la boina.
—No te demores —le pidió.
—Al mediodía estoy de vuelta.
El perro permaneció sentado junto a la puerta. Era un mestizo viejo, de pelo marrón y hocico blanco, llamado León. Cuando Ricardo abrió, el animal intentó salir con él.
—Vos te quedás acá cuidando a la vieja —le reclamó.
León movió la cola.
El viaje hasta el centro fue largo. El colectivo iba lleno y durante varias cuadras tuvo que viajar parado. Una mujer joven finalmente le cedió el asiento.
—Gracias, señorita —le dijo.
—De nada, abuelo.
No le gustaba que le dijeran abuelo quienes no eran sus nietos, pero decidió no discutir.
En el banco había mucha gente. Sacó un número y se sentó a esperar. Delante de él faltaban cuarenta y tres personas.
Miró el reloj y pensó en su casa. A esa hora su mujer seguramente estaría preparando el almuerzo. Tal vez un guiso, porque el día estaba fresco. León debía estar acostado cerca de la cocina, esperando que algún pedazo de carne cayera al piso.
Cuando por fin lo atendieron, guardó el dinero en una pequeña billetera que llevaba atada al cinturón. Después caminó hasta la obra social.
Allí tuvo que subir una escalera.
Lo hizo despacio, apoyando primero el bastón y después el pie derecho. Al llegar arriba se quedó unos segundos recuperando el aire.
La empleada revisó los papeles.
—Le falta una fotocopia.
—¿Qué fotocopia?
—La del documento.
—Pero el documento lo tiene ahí.
—Necesito la fotocopia.
Don Ricardo estuvo a punto de enojarse, pero recordó que su mujer siempre le decía que discutir sólo servía para perder tiempo.
Bajó nuevamente las escaleras, cruzó la calle y buscó un local donde hacer la fotocopia.
Mientras esperaba, volvió a mirar el reloj. Ya era casi mediodía.
Imaginó a su mujer sentada junto a la ventana. Ella solía preocuparse cuando él demoraba. Desde hacía unos años, cada salida era una especie de aventura que ambos preferían evitar.
Regresó a la oficina, entregó la fotocopia y recibió una hoja sellada.
Sólo le faltaban los resultados médicos. El laboratorio quedaba a siete cuadras.
Podría haber tomado un colectivo, pero decidió caminar. Avanzó despacio, deteniéndose en cada esquina. Las personas lo esquivaban con cierta impaciencia. Algunas pasaban tan cerca que casi le golpeaban el bastón.
Cuando llegó, encontró la puerta cerrada y un cartel indicaba que atendían nuevamente a las dos de la tarde.
Don Ricardo apoyó la frente contra el vidrio. Se había olvidado el horario.
Durante unos segundos pensó en regresar otro día, pero no quería volver al centro, entonces, decidió esperar.
Entró a un bar y pidió un té.
—¿Para comer? —preguntó el mozo.
—Nada.
Tenía hambre, pero sabía que su mujer estaría esperando para almorzar con él.
Se sentó junto a la ventana. Afuera, las personas iban y venían cargando bolsas, carpetas y hablando por teléfono. Todos parecían tener un lugar al cual llegar.
Ricardo también.
Miró el reloj varias veces. A la una y media pidió la cuenta. A la una y cuarenta ya estaba parado frente al laboratorio. A la una y cincuenta volvió a leer el cartel de los horarios.
A las dos en punto golpeó la puerta.
Retiró los estudios y preguntó si estaba todo bien.
—Eso lo tiene que ver el médico —le respondió la recepcionista.
Guardó el sobre sin abrirlo.
Al salir, caminó hasta la parada. El colectivo tardó casi media hora. Después quedó detenido en medio del tránsito y tuvo que desviarse varias cuadras por una manifestación.
Don Ricardo miraba por la ventana con desesperación. Cada semáforo parecía durar más de lo normal. Cada parada era interminable. Cuando alguien subía y preguntaba algo al chofer, sentía deseos de pedirle que se apurara. Sólo quería llegar.
Finalmente bajó a cuatro cuadras de su casa.
Comenzó a caminar lo más rápido que pudo. El bastón golpeaba la vereda con un ritmo apurado. Le dolían las rodillas, la espalda y uno de los pies, pero no se detuvo.
Al doblar la esquina vio su casa. La cortina de la ventana se movió, después se abrió la puerta.
León salió corriendo. Ya no corría demasiado bien y sus patas traseras parecían ir más despacio que el resto del cuerpo, pero avanzó todo lo rápido que pudo.
Detrás apareció su mujer, apoyada en el marco de la puerta.
—¡Ricardo! —gritó—. ¿Dónde estabas?
Él se agachó con dificultad para acariciar al perro.
—Se me hizo tarde.
—Estaba preocupada.
—Te dije que iba a volver.
Su mujer lo tomó del brazo y entraron juntos.
Sobre la mesa había dos platos servidos. El guiso todavía estaba tibio.
Ricardo dejó el bastón junto a la puerta y se sentó en su lugar. León se acomodó debajo de la mesa, apoyando la cabeza sobre uno de sus zapatos.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
Ricardo miró el plato, después miró al perro y finalmente a la mujer con la que había compartido más de sesenta años.
—Bien —respondió—. Ahora que llegué, bien.
Ella le alcanzó el pan.
Don Ricardo había pasado toda la tarde intentando regresar a su casa, no porque estuviera cansado del centro, sino porque, a pesar de sus ochenta y tres años, todavía tenía la suerte de que alguien lo esperara.
Aquella mañana debía cobrar la jubilación, llevar unos papeles a la obra social y retirar unos resultados médicos.
Su hija se había ofrecido a acompañarlo.
—No hace falta —le dijo—. Todavía puedo manejarme solo, no te preocupes.
Tenía ochenta y tres años y caminaba apoyándose en un bastón de madera que había pertenecido a su padre. Avanzaba lentamente, pero no le gustaba que lo ayudaran.
Antes de salir, su mujer le acomodó la bufanda y la boina.
—No te demores —le pidió.
—Al mediodía estoy de vuelta.
El perro permaneció sentado junto a la puerta. Era un mestizo viejo, de pelo marrón y hocico blanco, llamado León. Cuando Ricardo abrió, el animal intentó salir con él.
—Vos te quedás acá cuidando a la vieja —le reclamó.
León movió la cola.
El viaje hasta el centro fue largo. El colectivo iba lleno y durante varias cuadras tuvo que viajar parado. Una mujer joven finalmente le cedió el asiento.
—Gracias, señorita —le dijo.
—De nada, abuelo.
No le gustaba que le dijeran abuelo quienes no eran sus nietos, pero decidió no discutir.
En el banco había mucha gente. Sacó un número y se sentó a esperar. Delante de él faltaban cuarenta y tres personas.
Miró el reloj y pensó en su casa. A esa hora su mujer seguramente estaría preparando el almuerzo. Tal vez un guiso, porque el día estaba fresco. León debía estar acostado cerca de la cocina, esperando que algún pedazo de carne cayera al piso.
Cuando por fin lo atendieron, guardó el dinero en una pequeña billetera que llevaba atada al cinturón. Después caminó hasta la obra social.
Allí tuvo que subir una escalera.
Lo hizo despacio, apoyando primero el bastón y después el pie derecho. Al llegar arriba se quedó unos segundos recuperando el aire.
La empleada revisó los papeles.
—Le falta una fotocopia.
—¿Qué fotocopia?
—La del documento.
—Pero el documento lo tiene ahí.
—Necesito la fotocopia.
Don Ricardo estuvo a punto de enojarse, pero recordó que su mujer siempre le decía que discutir sólo servía para perder tiempo.
Bajó nuevamente las escaleras, cruzó la calle y buscó un local donde hacer la fotocopia.
Mientras esperaba, volvió a mirar el reloj. Ya era casi mediodía.
Imaginó a su mujer sentada junto a la ventana. Ella solía preocuparse cuando él demoraba. Desde hacía unos años, cada salida era una especie de aventura que ambos preferían evitar.
Regresó a la oficina, entregó la fotocopia y recibió una hoja sellada.
Sólo le faltaban los resultados médicos. El laboratorio quedaba a siete cuadras.
Podría haber tomado un colectivo, pero decidió caminar. Avanzó despacio, deteniéndose en cada esquina. Las personas lo esquivaban con cierta impaciencia. Algunas pasaban tan cerca que casi le golpeaban el bastón.
Cuando llegó, encontró la puerta cerrada y un cartel indicaba que atendían nuevamente a las dos de la tarde.
Don Ricardo apoyó la frente contra el vidrio. Se había olvidado el horario.
Durante unos segundos pensó en regresar otro día, pero no quería volver al centro, entonces, decidió esperar.
Entró a un bar y pidió un té.
—¿Para comer? —preguntó el mozo.
—Nada.
Tenía hambre, pero sabía que su mujer estaría esperando para almorzar con él.
Se sentó junto a la ventana. Afuera, las personas iban y venían cargando bolsas, carpetas y hablando por teléfono. Todos parecían tener un lugar al cual llegar.
Ricardo también.
Miró el reloj varias veces. A la una y media pidió la cuenta. A la una y cuarenta ya estaba parado frente al laboratorio. A la una y cincuenta volvió a leer el cartel de los horarios.
A las dos en punto golpeó la puerta.
Retiró los estudios y preguntó si estaba todo bien.
—Eso lo tiene que ver el médico —le respondió la recepcionista.
Guardó el sobre sin abrirlo.
Al salir, caminó hasta la parada. El colectivo tardó casi media hora. Después quedó detenido en medio del tránsito y tuvo que desviarse varias cuadras por una manifestación.
Don Ricardo miraba por la ventana con desesperación. Cada semáforo parecía durar más de lo normal. Cada parada era interminable. Cuando alguien subía y preguntaba algo al chofer, sentía deseos de pedirle que se apurara. Sólo quería llegar.
Finalmente bajó a cuatro cuadras de su casa.
Comenzó a caminar lo más rápido que pudo. El bastón golpeaba la vereda con un ritmo apurado. Le dolían las rodillas, la espalda y uno de los pies, pero no se detuvo.
Al doblar la esquina vio su casa. La cortina de la ventana se movió, después se abrió la puerta.
León salió corriendo. Ya no corría demasiado bien y sus patas traseras parecían ir más despacio que el resto del cuerpo, pero avanzó todo lo rápido que pudo.
Detrás apareció su mujer, apoyada en el marco de la puerta.
—¡Ricardo! —gritó—. ¿Dónde estabas?
Él se agachó con dificultad para acariciar al perro.
—Se me hizo tarde.
—Estaba preocupada.
—Te dije que iba a volver.
Su mujer lo tomó del brazo y entraron juntos.
Sobre la mesa había dos platos servidos. El guiso todavía estaba tibio.
Ricardo dejó el bastón junto a la puerta y se sentó en su lugar. León se acomodó debajo de la mesa, apoyando la cabeza sobre uno de sus zapatos.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
Ricardo miró el plato, después miró al perro y finalmente a la mujer con la que había compartido más de sesenta años.
—Bien —respondió—. Ahora que llegué, bien.
Ella le alcanzó el pan.
Don Ricardo había pasado toda la tarde intentando regresar a su casa, no porque estuviera cansado del centro, sino porque, a pesar de sus ochenta y tres años, todavía tenía la suerte de que alguien lo esperara.
