martes, 9 de junio de 2026

El eco bajo el casco…



2 de mayo de 1982
No existe silencio más aturdidor que el que queda después de una explosión. Aquel domingo, el Atlántico Sur parecía un animal dormitando con un ojo abierto. El cielo estaba bajo, aplastado sobre nosotros, y el mar tenía esa respiración lenta, obscura, que anuncia desgracia antes de que los hombres podamos advertirla.
Estaba a bordo del ARA “Bouchard”, y hasta ese momento creía conocer todos los sonidos de un buque de guerra: el rumor de las máquinas, el crujido metálico de las cubiertas, el golpe del viento contra las estructuras, las voces secas de las órdenes, el zumbido de los equipos y el roce de las botas sobre el acero húmedo. Pero ese día escuché otro sonido. Fue un golpe sordo, brutal, como si algo enorme hubiese mordido el casco desde las profundidades.
No fue una explosión plena. Fue mucho peor. Porque no supimos qué había sido.
El buque vibró de proa a popa. Algunos se miraron sin decir nada. Otros, en cambio, corrieron a sus puestos. El olor llegó después: esa extraña mezcla, áspera de pólvora vieja y metal herido. Nadie quería pronunciar la palabra torpedo. Nadie quería pensarla. Pero todos la sentimos formarse en la garganta.
A lo lejos, el “General Belgrano” empezó a morir.
Primero vimos las señales. Tres bengalas blancas que subieron al cielo con una tristeza imposible de narrar. Parecían estrellas lanzadas desde un mundo que se hundía. Después, la distancia, la penumbra y el temporal empezaron a tragarse todo.
No había heroísmo posible en ese instante. Sólo obediencia, camaradería, miedo y una pregunta que golpeaba por dentro: ¿por qué ellos y no nosotros?
El “Belgrano”, aquel enorme crucero, se escoraba bajo un cielo sin misericordia. Nosotros debíamos buscar al submarino. El enemigo estaba abajo, invisible, oculto en la obscuridad del océano. Cada ola parecía esconder un periscopio. Cada sombra podía ser el comienzo de otro ataque.
Esa noche nadie durmió.
Los que hablaban lo hacían en voz baja. Los que rezaban lo hacían sin mover los labios. Recuerdo haber apoyado una mano sobre una baranda helada y haber sentido que el buque entero temblaba, no por las máquinas, sino por la conciencia de estar vivo cuando otros hombres, a pocas millas, peleaban contra el agua fría, el petróleo, la noche y la muerte.
 
3 de mayo
El amanecer no trajo alivio. Trajo balsas.
Al principio parecían manchas anaranjadas perdidas entre montañas de agua. Después empezamos a distinguir brazos, rostros y señales desesperadas. El viento cortaba la cara. Las olas levantaban las balsas y las hundían como si fueran juguetes. El mar estaba helado, furioso, ajeno a todo.
Nos acercamos con cuidado. Cada maniobra del buque era una lucha. Un error podía aplastar una balsa contra el casco. Un golpe de mar podía arrancar a un hombre de las manos de otro.
Cuando subió el primero, no parecía un sobreviviente. Parecía alguien regresado de otro mundo. Tenía la piel blanca, los labios partidos, los ojos abiertos de una manera que nunca olvidaré. No lloraba. No hablaba. Sólo apretaba una manta contra el pecho como si todavía estuviera en la balsa, como si la cubierta del “Bouchard” no fuera real.
Después subieron más.
Algunos preguntaban por compañeros. Otros repetían nombres. Muchos pedían agua. Un muchacho, casi un chico, me tomó del brazo con fuerza y temblando, me dijo:
—El crucero se fue abajo.
No supe qué contestar. Sólo lo abracé con fuerzas mientras lloraba. Porque todos lo sabíamos, pero escucharlo así, desde la boca de alguien que lo había visto desaparecer, era distinto. Era como si el hundimiento terminara recién en ese momento, sobre nuestra cubierta.
Durante horas rescatamos hombres del mar. Sesenta y cuatro fueron subiendo al “Bouchard”, uno por uno, con el peso invisible de todos los que no habían podido llegar.
Ese día comprendí que en la guerra la victoria y la derrota son palabras demasiado pequeñas. Hay días en los que sólo existe salvar a alguien. Darle una manta. Sostenerlo para que no caiga. Escuchar su respiración. Mirarlo a los ojos y entender que viene de un lugar donde uno no quisiera estar jamás.
 
4 de mayo
El mar siguió devolviendo silencio.
Buscamos más balsas. Miramos hasta que los ojos dolían. Cada punto en el horizonte parecía una posibilidad. Cada espuma blanca podía ser una mano. Cada sombra, un cuerpo.
Pero el océano sabe guardar sus secretos…
A bordo nadie decía demasiado. Los sobrevivientes permanecían envueltos en frazadas, cansados, hundidos en una quietud que no era descanso. Los nuestros caminaban como si fueran cargando un peso. Ya no éramos los mismos que habíamos zarpado.
La guerra, hasta entonces, había tenido mapas, órdenes, rutas, coordenadas. Después del “Belgrano”, tuvo rostros.
Esa noche, cuando el viento bajó apenas, creí escuchar voces en el agua. No eran voces reales, supongo. Era la memoria inmediata del horror. Era el sonido de los nombres que no habíamos podido rescatar.
Me quedé mirando la obscuridad y pensé que el Atlántico Sur no era un mar, sino que era una inmensa habitación cerrada, llena de cosas que nadie quería encontrar.
 
5 de mayo
Llegamos a Ushuaia con el alma destrozada.
Desde la cubierta vi la costa como se presiente una promesa dudosa. Tierra firme, luces lejanas y montañas. Algo que no se movía bajo nuestros pies. Pero la seguridad ya no significaba lo mismo.
Algunos de los rescatados fueron desembarcados. Hubo abrazos, camillas, médicos, órdenes y oficiales que iban y venían con papeles en la mano y nuestras caras endurecidas.
Bajé la vista y vi mis botas empapadas con el agua salada. Durante un rato pensé en los hombres que no habían vuelto. Pensé en los que se habían quedado encerrados en compartimentos sin luz. En los que habían caído al agua a escasos grados de estar congelada. También en los que habían mirado al cielo desde una balsa mientras la tormenta los separaba de todos.
Entonces sentí una tristeza que no era mía solamente. Era una tristeza nacional, muda, enorme. Como si en cada casa argentina hubiese quedado una silla vacía, aunque nadie supiera todavía el nombre del ausente.
Pero la guerra no se detenía para que pudiéramos llorar.
 
6 de mayo
Nos ordenaron mantenernos atentos.
El enemigo no sólo estaba en Malvinas. Estaba en el mar, en el aire, en las transmisiones, en los rumores hidrofónicos. A veces parecía estar también dentro de nuestras cabezas.
Se hablaba de submarinos nucleares, de comandos especiales, de ataques posibles contra el continente. “Río Grande” era una palabra que todos pronunciaban con cuidado. Allí estaban los aviones y los misiles que los británicos temían. Allí, en la Base Aeronaval, latía una amenaza para la flota enemiga.
Y si ellos temían algo, intentarían destruirlo.
Esa idea empezó a crecer entre nosotros como si fuera humedad en una pared.
El “Bouchard” ya no era un escolta marcado por la tragedia del “Belgrano”, ahora era también un centinela. Un perro viejo, cansado, pero con los dientes todavía apretados.
 
7 de mayo
El frío tenía otra textura cerca de Tierra del Fuego.
No era por la temperatura. Era por aquella presencia invisible que se metía por las mangas, por el cuello y por los pensamientos. El viento venía cargado de sal y de nevisca lejana. En los pasillos del buque, el metal condensaba humedad. Las manos se pegaban a las barandas si uno se descuidaba, mientras que de a ratos, la niebla bajaba como una cortina. Todo se volvía gris: el mar, el cielo, las caras.
Los radares giraban, incansables. Los operadores vigilaban pantallas donde una línea, un punto o un eco podían significar la diferencia entre una noche más y una catástrofe. Los hombres de sonar escuchaban el océano como quien apoya el oído contra una puerta detrás de la cual alguien respira.
Ese día no pasó nada.
Y justamente por eso fue inquietante. En la guerra, los días vacíos nunca están vacíos. Son días en los que algo se acerca sin mostrar todavía su forma.
 
8 de mayo
Uno aprende a desconfiar de la calma.
A bordo se hablaba poco del “Belgrano”, pero el “Belgrano” estaba en todas partes. Estaba en los silencios después de cada zafarrancho. En los cigarrillos fumados hasta el filtro. En las miradas temerosas hacia popa. En las cartas que algunos empezaban y no terminaban.
Intenté escribirle a mi familia. Puse la fecha. Después me quedé mirando la hoja.
¿Qué se puede contar? ¿Que el mar de noche parece una boca negra? ¿Que un torpedo puede golpear un casco y no explotar, y aun así dejarte marcado para siempre? ¿Que rescatamos hombres que traían el frío metido hasta los huesos? ¿Que uno siente culpa por estar vivo?
Rompí la hoja.
Esa tarde revisamos todos los equipos, cada uno de los puestos, y repasamos todo el armamento. Nada debía fallar. La rutina militar tiene algo de conjuro: limpiar, verificar, informar y cubrir guardia. Uno repite procedimientos para convencerse de que el mundo todavía tiene orden.
Pero bajo el casco, el mar seguía escuchando.
 
9 de mayo
Aparecieron rumores.
Que los británicos preparaban algo grande.
Que querían entrar al continente.
Que podían venir de noche.
Que podían hacerlo desde un submarino.
Que podían usar helicópteros.
Que podían cruzar hacia Chile.
Los rumores en un buque son como las corrientes submarinas: nadie sabe dónde empiezan, pero todos sienten su fuerza.
Los oficiales no confirmaban nada. Tampoco lo negaban con demasiada energía.
Eso bastaba.
En mi caso, observaba la costa fueguina y pensaba en lo extraño de aquella guerra. Peleábamos por unas islas lejanas, pero de pronto el peligro parecía estar ahí, a dos millas del continente, respirando entre la niebla, buscando una hendija.
Por primera vez desde el “Belgrano”, pensé que el enemigo podía tener un rostro cercano. No la de un buque en el horizonte. No un avión fugaz, tampoco un submarino invisible. Sino hombres, comandos. Sombras remando en silencio.
 
10 de mayo
La noche llegó sin luna.
En la cubierta, el aire olía a fueloil y mar. Un olor áspero, que mezclaba máquina y sal. El buque parecía más viejo bajo esa obscuridad. Cada remache, cada cable, cada chapa conservaba algo de las guerras anteriores en las que había participado.
Pensé en eso: en la edad del “Bouchard”. En su historia antes de llamarse “Bouchard”. En los mares que habría cruzado. En los hombres que lo habían tripulado antes que nosotros.
Un buque viejo tiene memoria.
Tal vez por eso aquella noche me pareció que también él estaba alerta.
No era una idea racional. Era una sensación. Como si el casco escuchara. Como si las máquinas contuvieran la respiración. Como si cada compartimento supiera que algo se estaba acercando, aunque todavía no hubiese eco, ni señal, ni orden de combate.
 
11 de mayo
Aquel día se revisaron procedimientos de defensa.
Los ejercicios tenían una tensión distinta. Nadie bromeaba demasiado. Los artilleros conocían sus movimientos con precisión. Los hombres del CIC parecían vivir dentro de las pantallas. Los de comunicaciones cuidaban cada palabra.
La “Base Aeronaval Río Grande” era un objetivo lógico. Eso lo comprendíamos todos, aun sin que nadie nos lo explicara abiertamente. Desde allí operaban medios que habían golpeado a la flota británica y podían volver a hacerlo.
El enemigo no iba a quedarse de brazos cruzados.
Por la noche, al pasar cerca de una escotilla, escuché a dos suboficiales hablar en voz baja.
—Si vienen, no tengas dudas, van a venir por abajo.
—O por el aire.
—O por los dos lados.
Después callaron al verme. No hacía falta que siguieran.
 
12 de mayo
Soñé con el “Belgrano”.
Soñé que las bengalas blancas subían otra vez, pero esta vez no caían. Quedaban suspendidas en el cielo como ojos abiertos. Debajo, el mar estaba quieto, y de pronto empezaban a aparecer cascos de hombres, uno tras otro, flotando sin hablar.
Me desperté con la garganta seca.
En cubierta, el viento golpeaba de costado. Amanecía despacio, con una luz grisácea que no calentaba nada. Alguien me ofreció un mate. Lo tomé sin ganas.
Ese día pensé que el miedo no siempre grita. A veces trabaja por dentro, silencioso, ordenado. Se instala en los músculos, en la mandíbula, en las manos que aprietan demasiado fuerte una taza. En la manera de mirar el mar, esperando que muestre algo que uno no quiere ver y lo aterra.
 
13 de mayo
Los equipos de escucha parecían más importantes que nunca.
El sonar era un oído metido en el abismo, escuchando donde no era fácil hacerlo. Los hombres que lo atendían tenían una concentración casi espiritual. Escuchaban ruidos que para otros serían nada. Golpes, pulsos, rumores, interferencias.
El océano nunca está callado. Cruje, vibra, arrastra. Devuelve ecos, y a veces engaña. Pero también delata.
Esa tarde, uno de los operadores levantó la cabeza de pronto. Nadie dijo nada. Sólo lo miramos. Él ajustó controles, escuchó, esperó. Después negó suavemente.
Falsa alarma.
Todos respiramos. Pero nadie se relajó.
Porque las falsas alarmas no tranquilizan. Al contrario. Enseñan al cuerpo a esperar la verdadera.
 
14 de mayo
La guerra siguió su curso lejos de nosotros, pero cada noticia llegaba deformada, incompleta, como si atravesara capas de niebla antes de tocar la cubierta.
Había acciones en las islas. Ataques. Pérdidas. Movimientos británicos. Nombres de lugares que empezaban a sonar como presagios.
Nosotros permanecíamos frente a Tierra del Fuego. Dos millas desde la costa podían parecer poco, pero de noche eran un universo. Entre el buque y la tierra se extendía una franja de agua negra donde cualquier cosa podía moverse. Una lancha, un bote. Un periscopio, un reflejo. Un fantasma.
Miré hacia la costa y vi apenas algunas luces débiles.
Pensé en los hombres de la base, en los pilotos, en los mecánicos, en los conscriptos, en todos los que tal vez dormían sin saber que alguien, desde el mar, podía estar intentando alcanzarlos.
Y pensé también en nosotros. En el “Bouchard”. En nuestro viejo destructor esperando en la obscuridad como un guardián al que todavía le quedaba una última advertencia por dar.
 
15 de mayo
La tensión se espesó.
No sabría decir por qué. Quizás fue el modo en que los oficiales hablaban entre ellos. Tal vez la insistencia en revisar ciertos sistemas. A lo mejor fue el silencio.
Hay silencios comunes y hay silencios previos.
El de aquel día era de los segundos…
A la tarde, el cielo se cerró. La costa quedó medio borrada por la bruma. El viento cambiaba de intensidad y traía ráfagas heladas desde tierra. El mar golpeaba el casco con una regularidad hipnótica.
“Pum. Pum. Pum.”
Cada golpe se asemejaba a una pregunta.
Por la noche me tocó guardia. La obscuridad era tan cerrada que costaba diferenciar el horizonte. Arriba no había estrellas. Abajo, el agua reflejaba apenas algunas luces del buque. Todo lo demás era una masa negra.
Sentí, sin poder explicarlo, que alguien nos observaba desde esa masa.
No vi nada.
Pero no dejé de mirar.
 
16 de mayo
Ese día empezó como empiezan los días que después se recuerdan para siempre: sin anunciarse. A media mañana, el “Bouchard” estaba fondeado frente a “Río Grande”. La costa se intuía cercana, pero el tiempo reinante la hacía parecer inalcanzable. Dos millas pueden ser una distancia mínima en un mapa y una eternidad en la niebla.
A las cuatro y media de la tarde ocurrió lo primero. Un sonido, un pulso.
Un “pim” metálico bajo el casco.
No todos lo oyeron, pero la noticia corrió a toda velocidad por el buque. El jefe de armas submarinas y otro oficial habían sentido una emisión sonar en la popa. Un pulso discontinuo, repetido, como si alguien allá abajo tocara una puerta de hierro cada pocos segundos.
“Pim. Pim. Pim.”
No era un ruido del buque. No era el mar. Tampoco era nuestra imaginación.
Algo nos estaba mirando desde abajo.
La orden fue clara: ¡Todos alerta!
Los vigías buscaron periscopios. Los operadores ajustaron equipos. El sonar quedó atento. El radar, limitado por los planes de emisión, se volvió un ojo que sólo podía abrirse por instantes.
A las cinco y diez, el fenómeno se repitió. Esta vez hubo escucha hidrofónica.
Entonces ya no fue sospecha. Fue presencia.
El enemigo estaba cerca.
No sabíamos si era un submarino, si había soltado comandos, si estaba midiendo distancias, si esperaba la obscuridad completa para avanzar hacia la costa. La incertidumbre era peor que la certeza. Un enemigo visible se combate con el arma que corresponde. Un enemigo invisible combate primero contra la mente.
Pasaron las horas. El cielo se apagó.
A las siete y cinco, el radarista vio un eco pequeño, intermitente, al azimut 070º. Algo mínimo, apenas una señal que aparecía y desaparecía. Se pidió autorización para continuar emitiendo. Había que confirmar.
Minutos después, el eco dejó de ser uno.
Fueron tres.
Tres contactos nítidos moviéndose sobre el agua. Tres sombras que el radar empezó a dibujar donde nuestros ojos no veían nada.
En el CIC se sintió un cambio en el aire. Nadie gritó. No hizo falta. Las voces se volvieron más cortas. Los movimientos, más precisos. Los artilleros cubrieron puestos. En proa se trabajaba para levar anclas. El buque necesitaba libertad de maniobra.
A las siete y veintidós, el radar de control de tiro adquirió los blancos.
A las siete y veinticinco llegó la autorización.
—Abran fuego.
La orden atravesó el buque como una descarga eléctrica.
Los cañones de 127 milímetros hablaron por primera vez con verdadera furia.
Aquel estampido sacudió nuestros cuerpos. Ese rugido consolidó una suerte de presión en el pecho de todos, causando vibración en los dientes, mientras bocanadas de fuego saliendo de la obscuridad iluminaban las aguas. La noche se iluminó por fracciones de segundo tras cada disparo y después volvió a cerrarse, más negra todavía.
Los primeros piques quedaron cortos. Se corrigió la trayectoria.
Los siguientes cayeron más cerca.
En la pantalla, los ecos cambiaron. Uno pareció desaparecer entre los impactos. Los otros se abrieron en abanico, alejándose, como animales sorprendidos por una luz repentina.
Nosotros no veíamos hombres, no veíamos botes, ni rostros. Sólo ecos.
Pero esos ecos podían llevar comandos, explosivos. Órdenes escritas lejos de allí. Una misión secreta para destruir aviones, misiles, vidas.
El “Bouchard” avanzó en la niebla, todavía con la maniobra de anclas inconclusa, como si el buque entero quisiera lanzarse sobre aquello que había osado acercarse a la costa.
Después, los contactos se fueron perdiendo. Intermitentes.
Lejanos.
Nada.
El silencio regresó, pero ya no era el mismo.
Ahora tenía olor a pólvora.
 
17 de mayo
Nadie durmió bien.
La noche anterior había dejado una pregunta flotando sobre el buque: ¿qué habíamos atacado?
Algunos decían gomones. Otros hablaban de comandos. Otros, de una maniobra de distracción. Otros no decían nada, pero miraban hacia el mar con los ojos perdidos.
La guerra tiene episodios que se escriben con tinta clara y otros que quedan en lápiz, medio borroneados, destinados a ser discutidos durante años. Nosotros estábamos dentro de uno de esos episodios.
Y eso lo hacía más inquietante.
Porque no había restos. No había prisioneros. No había una lancha capturada ni un cuerpo que confirmara la historia. Sólo registros, ecos, sonidos, órdenes, disparos y la certeza íntima de que algo había intentado pasar.
A media tarde, el mar pareció calmarse. La costa volvió a mostrarse un poco más definida. Pero nadie confundió claridad con seguridad.
Si habían venido una vez, podían volver. Y si el ataque del 16 había fallado, quizá intentarían otra vía.
El aire olía a espera.
 
18 de mayo
A las cuatro de la mañana, la obscuridad todavía mandaba.
El buque seguía fondeado. El plan de silencio obligaba a cuidar cada emisión radial. Los operadores aprovechaban los minutos de radar como quien abre una ventana en una casa sitiada.
A las cuatro y ocho, apareció algo. Esta vez no venía sobre el agua.
Era un contacto aéreo.
El operador llamó al oficial. La señal tenía perfil de helicóptero y se movía hacia tierra firme. Un helicóptero en esa zona, a esa hora, sin aviso propio, no era una casualidad. Era una amenaza.
La información corrió. Se alertó a las unidades. Se consultó por aeronaves propias. No había ninguna aeronave nuestra en el aire.
El contacto descendió cerca de la estancia “La Sara”. Después volvió a elevarse y tomó rumbo hacia la frontera con Chile.
Lo seguimos con el radar hasta perderlo.
Durante un rato nadie dijo lo que todos pensábamos: la misión había fracasado. Algo, o varias cosas, habían impedido que avanzara. La presencia del “Bouchard” y del dispositivo nacional en la zona, había vuelto demasiado peligroso aquello que alguien había planeado en secreto.
La madrugada se fue aclarando lentamente.
Salí a cubierta cuando el cielo empezó a ponerse gris. El viento era frío, pero menos cruel. La costa apareció, baja y distante. Miré el agua entre nosotros y la tierra. Parecía tranquila.
Pensé en el “Belgrano”. En las bengalas blancas. En los hombres rescatados. En el golpe que habíamos sentido en nuestro propio casco. En los pulsos sonar del 16. En los ecos que se abrieron bajo nuestros disparos. En el helicóptero que entró y salió de la noche como un animal clandestino.
Entonces comprendí algo.
El misterio no siempre consiste en descubrir qué ocurrió.
A veces consiste en saber que ocurrió algo, haber estado allí, haber sentido su respiración cerca, y aun así no poder tocarlo nunca del todo.
El “Bouchard” siguió flotando frente a “Río Grande”, viejo, cansado, vigilante.
Y bajo su casco, el mar guardó otra historia.

miércoles, 27 de mayo de 2026

La misma fecha, distinto mes...

Nos conocimos en séptimo grado, ese año tan extraño en el que todavía sos un niño, pero empezás, sin darte del todo cuenta, a despedirte de la escuela primaria y a mirar de reojo la secundaria. Mis viejos me habían cambiado de escuela por segunda vez, y aunque nunca me costó demasiado vincularme con gente nueva, recuerdo que me molestó tener que adaptarme otra vez a un entorno desconocido. Al principio traté de hacer la mía, como si el resto del mundo pudiera seguir girando sin que yo tuviera que participar demasiado. Pero no se puede, muy temprano comprendí que el ser humano, por más que a veces reniegue, es un ser social.
Así me fui integrando al grupo de la tarde y conociendo también a los chicos de la mañana. Nos cruzábamos en educación física, en los recreos compartidos o en la plaza, cuando se armaban esos partidos de fútbol que parecían improvisados pero tenían la seriedad de una final de la libertadores.
Fue así como la conocí a Pame.
Desde el primer momento hubo una conexión rara, inmediata, de esas que uno no sabe explicar a esa edad. Compartíamos gustos, el humor, algunas películas y cierta forma de mirar las cosas. En la música, eso sí, éramos completamente incompatibles. Yo empezaba a descubrir el rock y el heavy metal; ella estaba metida de lleno en la movida tropical, que por aquellos años sonaba en todos lados. Ella cumplía años a fines de septiembre y yo a fines de julio. Siempre resaltaba eso: la misma fecha, distinto mes.
Con el tiempo nos fuimos conociendo más y convirtiéndonos en verdaderos amigos. A veces nos juntábamos en la plaza cuando salía de la escuela. Compartíamos un "Naranjú", aquel producto congelado, semirradiactivo, con colorante de los colores del arcoíris y una promesa de sabor jamás cumplida. Otras veces comprábamos "Mielcitas", ese jarabe a base de JMAF, improbable con gusto a infancia pegajosa, o algún alfajor Guaymallén acompañado por una cocucha bien helada.
Una tarde nos sorprendió una lluvia inesperada en la plaza. Primero se levantó viento; después bajó la temperatura; finalmente, el cielo se vino abajo. En lugar de correr a refugiarnos, inventamos un juego absurdo: ver quién aguantaba más tiempo bajo la lluvia. La primera vez gané yo. La segunda ganó ella. La tercera volví a ganar yo. La cuarta fue un empate, aunque sospecho que los dos hicimos trampa para no perder. Nos reíamos mucho, empapados, muertos de frío, y el que perdía salía corriendo a su casa. Ella tenía ventaja: vivía a seis cuadras de la escuela. Yo, en cambio, tenía que caminar —o correr— diez o doce cuadras más.
Recuerdo una tarde, al salir de la escuela, en la que Diego me preguntó si éramos novios. Mi respuesta fue instantánea, casi ofendida:
—Claro que no, somo amigos.
Él se rió y me contó que en la escuela todos pensaban que sí. También me dijo que yo le gustaba a Eva, a Belén, a Jennifer y a otra chica cuyo nombre no logro recordar (perdón, si alguna vez leés esto).
Con los meses llegaron los bailes de egresados. Eran esas noches de sábado, entre la tarde y la noche, en las que se reunía toda la escuela para juntar plata para el viaje. Yo nunca fui muy adepto al baile, pero había que participar para que se animaran los más chicos.
Una de esas noches, Pame me sacó a bailar cumbia. Mientras bailábamos —o, mejor dicho, mientras ella intentaba que yo la siguiera sin pisarla, ni arruinarle la canción cantando otras letras— le repetía que odiaba esa música. Ella se reía sin parar. Casi treinta años después, mi primo, el segundo, el menor, me confesó que aquel baile le había dado mucha bronca porque estaba enamorado de ella. Jamás lo supe, hasta hoy.
Dos bailes después vino Marquitos a mi escuela y sacó a bailar a la novia de uno de los chicos del turno mañana. Creo que era la novia de Hernán. La cosa derivó en una pequeña escaramuza y terminé interviniendo para defender a mi amigo. Espalda con espalda, como si supiéramos algo de la vida, dispuestos a bancarnos lo que se viniera. Por suerte no pasó a mayores gracias a la intervención de Diego y del Chicho.
Nos tuvimos que ir antes con Marquitos. El lunes siguiente me tocó explicar a todos los chicos del turno mañana por qué había defendido a alguien que no era de la escuela en vez de ponerme del lado de Hernán. La respuesta, aunque no supe decirla con claridad en ese momento, era sencilla: la lealtad no era algo que yo negociara, ni siquiera de chico.
Pasaron los días y una mañana, en una clase de teatro, nos tocó actuar en grupos de dos. A mí me tocó con Pame por puro azar. La notaba nerviosa, rara, distante. Cuando la profesora nos llamó para pasar al frente, Pame me agarró de la mano, me tiró apenas hacia atrás y me dijo al oído que no había estudiado la letra. Ni siquiera se acordaba bien de qué trataba la escena.
Pasamos al frente, la miré a los ojos. Después miré a la profesora, respiré hondo y dije:
—No estudié la letra. No me acuerdo nada del guion. No quiero perjudicar a mi compañera por mi culpa, les pido perdón a todos.
El regaño vino de inmediato. Después llegó una charla interminable sobre la responsabilidad, el compromiso y el trabajo en grupo. Pame me miró, se dio vuelta y empezó a llorar con disimulo. Yo creí que había hecho lo correcto. De esa manera, la libraba a ella del reto y, en mi caso, simplemente sumaba uno más a una larga lista de llamados de atención.
Aquel año terminó.
Ese verano me enamoré para siempre de Marcela Kloosterboer, como sólo puede enamorarse un chico de doce años de alguien que aparece en la televisión. La última vez que nos vimos con Pame, ella me trajo impresas dos fotos de Marcela. Nos quedamos charlando sobre los amores imposibles, sobre la secundaria que se venía y sobre todo eso que imaginábamos enorme, difícil y un poco misterioso.
Nos reímos mucho aquella tarde.
Después, no volvimos a vernos nunca más...
Pasaron muchos años hasta que entendí que algunas personas no llegan a la vida para quedarse, sino para iluminar un tramo muy preciso del camino. Pame fue eso: una amistad breve, sin grandes promesas, ni despedidas solemnes. Pame es la plaza, aquellas lluvias compartida, una risa en medio de una cumbia que odiaba y el recuerdo intacto de una edad en la que todavía no sabíamos que algunas tardes, sin saberlo, se vuelven eternas.

jueves, 7 de mayo de 2026

El idioma secreto...

Las miradas son una fuente inagotable de información. Muchas veces subestimadas, otras desestimadas y, últimamente, sobreestimadas. Podríamos hacer un enorme catálogo de miradas, pero en mi caso quiero hablar de determinadas miradas que, de alguna manera, vinieron a mi memoria cuando me senté a escribir esto. Cada mirada responde a un momento, a una situación y, en definitiva, a un contexto.
Una noche, durante una cena en la casa de un amigo del Rifle, la conversación fue derivando hacia aventuras personales de los más extrovertidos del grupo. Cada uno fue desarrollando distintas historias: un viaje en crucero, una isla paradisíaca del Caribe, unas aventuras en minas de Córdoba, entre otras. Hasta que uno empezó a narrar su experiencia ascendiendo al cerro Tres Picos, en el cordón de Sierra de la Ventana.
El tipo se lucía en su relato: los seiscientos kilómetros de distancia desde la ciudad central, la dificultad del ascenso, las horas que demandaba llegar a la cima. Entonces, el que había ido a Córdoba, para no ser menos, empezó a contar que él había ascendido al cerro Napostá, que está al lado del Tres Picos. A partir de ahí, todos comenzaron a hablar de las sierras del sistema de Ventania.
Era un sistema que yo conocía muy bien. Sin embargo, no quería demostrar que sabía del tema. No quería ser como ellos, ni tratar de destacarme con anécdotas o datos sobre la región. Así que decidí quedarme callado.
En un momento, mi mirada se cruzó con la del Rifle. Ambos sonreímos. No dijimos nada. Era mejor que todo siguiera así.
Otra vez veníamos en mi vehículo con el Tony, Lucas y el Buje, rumbo al dique Paso de las Piedras, por el camino del Abra de Rivera y luego por el Abra de los Vascos. Había una gran sequía y el camino de tierra, por momentos, se volvía espeso y arenoso. Eso obligaba a llevar el vehículo más fuerte de lo habitual, ya que contaba solamente con tracción delantera.
Con cada salto y cada curva, el Buje disfrutaba de la sensación de velocidad, mientras que el Tony y Lucas iban callados. En una curva amplia aceleré un poco más de la cuenta, haciendo que la camioneta derrapara suavemente. Lucas y Tony casi no lo notaron, pero el Buje sí. Al mirar por el espejo retrovisor, vi su sonrisa mientras su mirada buscaba la mía.
Una vez, el Rifle me pidió que le hiciera la segunda para poder salir con la amiga de una chica que estaba conociendo, porque a ella no la dejaban salir sola con él. Después de varios días de insistencias y sobornos, logró convencerme. Sabía muy bien que odio las citas a ciegas, pero también me conocía y, de algún modo, intuía que no lo iba a dejar de garpe. Además, siempre me fue bien en la labor de cómplice.
No me voy a extender demasiado. La chica nunca me gustó. La noche fue aburrida y las conversaciones con ella eran todas autorreferenciales, sobre todo por su pasión por el estudio de veterinaria. Al terminar la noche, nos tocó volver cada uno por su cuenta. En ese instante me enteré de que vivía a tres cuadras de mi casa. La acompañé hasta la puerta y nos despedimos.
Dos días más tarde, al volver de la Escuela, cansado y con frío, mientras merendaba un café con leche, sonó el teléfono. Atendió mi hermano y, tapando el micrófono con la mano, me dijo en voz baja que era una chica. Le indiqué que le dijera que no estaba y que le preguntara el nombre. Al hacerlo, lo repitió en voz alta. Con señas le insistí en que no estaba.
Pobre chica. Volvió a llamar tres veces más en el transcurso de tres semanas, hasta que finalmente desistió. Tiempo después me enteré de que le había pedido mi número a su amiga, y esta, a su vez, al Rifle, quien se lo terminó dando.
Pasaron unos años, hasta que tuve que llevar a una perra que teníamos en aquel entonces a la veterinaria que estaba a tres cuadras de casa. Al ingresar, me encontré con ella. Nuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron por un instante. Ambos nos reconocimos, pero no dijimos nada.
Otra mirada en vehículo ocurrió volviendo de Buenos Aires hacia Sierra de la Ventana, en el auto de Silvia. Ella iba a mi lado y Guada en el asiento de atrás. El viaje fue corto, se pasó volando, salvo en un tramo, después de Olavarría, cuando Guada empezó a hablar de su salud y de un tratamiento que estaba haciendo.
Silvia comenzó a dar su opinión y a contar sobre el tratamiento que hacía uno de sus hijos, hasta que lanzó un comentario sin maldad, pero muy desacertado. Enseguida miré por el retrovisor y me encontré con la mirada de Guada. Respiró profundo, contestó con total gentileza y cambió de tema con elegancia y astucia.
La última mirada que voy a narrar fue en una cena, en Tornquist. Ella había venido de visita y nos invitaron a cenar por el cumpleaños del hijo de un amigo. Había mucha gente, fuego, cordero, cerveza y vino. Yo conocía a pocas personas, más allá de la familia de mi amigo y algunos de sus conocidos. Ella no conocía a nadie.
Los dos veníamos con el corazón roto y, en esa cena, cada uno estuvo compartiendo con personas diferentes. En un instante la miré y ella me miró. Mientras hablaba con alguien, me sonrió. Yo levanté mi vaso, a modo de brindis.
Sonreímos.
No hacía falta nada más...
Quizás por eso algunas miradas permanecen tanto tiempo en la memoria. No porque hayan revelado una gran verdad, ni porque hayan cambiado el curso de los acontecimientos, sino porque condensaron algo que no necesitaba palabras. Una complicidad, una travesura, una incomodidad, una herida, una ternura.
Las palabras suelen ordenar los recuerdos, acomodarlos, darles forma. Pero las miradas tienen otra naturaleza. Aparecen intactas, de golpe, con la misma luz de aquel instante. Y cuando vuelven, traen con ellas no solo a las personas, sino también el clima, los silencios, el lugar, la edad que teníamos y aquello que no supimos, o no quisimos, decir.
Tal vez una mirada sea eso: una pequeña escena guardada en secreto. Un idioma fugaz que, por algún motivo, la memoria decide conservar.

jueves, 2 de abril de 2026

C’est la vie…

A veces pienso que el pasado me debe una verdad. Una verdad que necesito para poder continuar, para seguir adelante. Una deuda pendiente que se vuelve incobrable, una esperanza mínima para poder habitar el presente.
Nunca sabemos cuándo las personas que forman parte de nuestro presente van a pasar a formar parte de nuestro pasado. Venimos configurados desde chicos con una idea de perpetuidad que nos condiciona, que nos empuja a creer que todo debería durar para siempre.
Y no se trata de estar rotos, sino de estar incompletos. Como quien busca algo que desconoce, pero necesita de verdad, quizá con urgencia.
Ya no alcanzan las palabras, esas que a veces caen como una cucharada de azúcar en una realidad amarga. Cuando el pasado y el presente colisionan, lo único que uno puede hacer para redefinirse es enfrentarlos.
Todavía me acuerdo de mi amigo. Llevaba siempre el pelo corto y, a medida que crecíamos, teníamos problemas como todos, aunque no fueran los de los adultos. Para nosotros eran asuntos trascendentales, y el tiempo no parecía correr con la misma velocidad ni con el mismo ritmo que ahora. Hoy ya no nos vemos, pero estoy seguro de que, si nos encontráramos otra vez, seguiríamos hablando de aquellas cosas. Como si una parte de nosotros hubiera quedado atrapada allá, en ese pasado.
Seguramente los dos acumulamos nuevas experiencias, nuevas anécdotas, nuevos vínculos e historias. Probablemente ya no recordemos con exactitud aquellos días y, sin embargo, seguimos recordando a personas que tal vez ya nos han olvidado.
Hay días en que siento que no pertenezco a ningún sitio, y quizá por eso mismo no tengo un lugar adonde ir. Cada día sumo una capa más de maquillaje, no por tener cuentas pendientes con el pasado, sino por querer saber qué ocurrió, qué fue lo que pasó, para poder decidir hacia dónde ir.
Hay otros días en los que siento que perdí el rumbo y también el propósito de lo que hago. Es entonces cuando vuelvo sobre mis pasos y miro por encima del hombro hacia el pasado. No porque uno huya de él: el pasado vive siempre dentro de nosotros y vuelve, por más que intentemos dejarlo atrás. Y aunque no podamos cambiarlo, sí podemos aceptarlo. Aceptar ese dolor y procesarlo, vivirlo y mirarlo a la cara, porque hay dolores que persisten justamente porque nunca fueron del todo vistos.
Tal vez por eso, en nuestro último momento, recurrimos al pasado como a un testimonio final de nuestra existencia: un registro invisible de que alguna vez estuvimos aquí.
Sería tan fácil todo si tan solo pudiéramos olvidar…

lunes, 23 de marzo de 2026

Las estatuas…

Con Florencia nos conocíamos desde siempre. Era mi vecina de al lado y, después de la escuela, nos pasábamos las tardes jugando en su casa o en la mía, en El Palomar. Nuestras familias eran muy amigas y casi todos los fines de semana se juntaban para comer un asado o unas pastas. Su mamá, Patricia, solía pasar a tomar unos mates con mi vieja todos los días, y nos dejaban a nosotros jugando en el jardín de casa.
Aquel lugar era nuestro sitio de aventuras. Los árboles del fondo nos servían de escondite y jugábamos a que allí había un gran tesoro escondido. Nos escapábamos de los indios que nos perseguían y nos trepábamos bien alto para descubrir qué había más allá del horizonte. Los ligustros que separaban su patio del mío eran una muralla infranqueable: no se podía ir más allá de ellos, porque eran demasiado densos.
Todos los días inventábamos algo distinto. A veces ella traía sus muñecas y, con mis autos, armábamos aventuras sobre senderos inventados con tierra y barro. Claro que eso a veces enojaba a mi madre por el enchastre que dejábamos y por cómo ensuciábamos la ropa, pero a Patricia no le importaba y siempre se reía. También jugábamos al fútbol, al elástico, nos hacíamos adivinanzas, nos contábamos cuentos aprendidos en la escuela y pintábamos en cuadernos de dibujos.
El tiempo se pasaba volando y siempre nos quedábamos esperando el día siguiente para seguir jugando.
Un feriado vinieron mis primos y nos pasamos toda la tarde jugando a la escondida, a las bolitas y al fútbol. Florencia se había hecho muy amiga de mi prima Carolina y también de mi primo Ezequiel, que era dos años más grande. Ya cansados, hacia el final de la tarde, mi primo sacó de su mochila un libro y nos leyó un cuento de Cortázar: “Final del juego”. Lo escuchamos con atención, sin entender del todo lo que narraba, pero nos fascinó la idea de posar como estatuas y, a pesar de no comprender el verdadero sentido del juego, todos corrimos a buscar ropa y a escribir en un papel el papel que cumpliría cada uno.
Nos divertimos mucho aquella tarde. Florencia se ponía especialmente seria cuando le tocaba representar algo, como si de pronto todo fuese importante de verdad. Después volvió a su casa por la noche y nosotros nos quedamos dormidos en el sillón, con mis primos, mientras veíamos televisión. Ni siquiera llegamos a cenar.
Aquel verano fue el último de la primaria y con Florencia ya nos dejaban salir a la calle. Aquello era un mundo nuevo para nosotros. Montados en nuestras bicicletas, andábamos de acá para allá por el barrio, haciendo mandados, dando vueltas por la plaza y, a veces, yéndonos hasta la brigada aérea para ver despegar los Hércules de la Fuerza Aérea. Nos encantaba ver aquella mole de cuatro motores carretear a lo lejos, detenerse en la cabecera y, con el estruendo de los motores, ganar velocidad hasta que, de repente, saltaba al aire, dejando atrás la seguridad del suelo. Esa maniobra antigravitatoria nos dejaba con la boca abierta mientras nos aferrábamos a la reja con fuerza.
Obviamente, jamás les dijimos a nuestros padres que nos íbamos tan lejos a ver los aviones. Aquel era nuestro secreto.
Dos días antes de empezar el secundario, Florencia apareció con ropa en una mochila. Se mordía el labio como cada vez que tramaba algo y me dijo, en voz baja, que no dijera nada y que la siguiera. Por el camino que tomó, imaginé que íbamos a la brigada aérea. Una vez allí, sacó la ropa y me propuso que hiciéramos de estatuas para que nos vieran los pilotos. El plan me encantó. Me dio una sábana blanca y una corona hecha con ramas del ligustro de su casa: me había tocado ser una especie de romano. Ella llevaba una diadema de plástico y una sábana rosa. Ya vestidos, nos paramos junto a la reja, haciendo señas y saludando a mecánicos y pilotos que, con esfuerzo, llegaron a vernos y nos devolvieron el gesto. Cuando nos aseguramos de que nos habían visto, adoptamos nuestras posturas de estatuas vivientes.
Al Hércules le llevó un rato largo despegar, pero cuando lo hizo pasó por arriba de nosotros moviendo las alas de un lado al otro, como en señal de saludo. Estábamos eufóricos: nos habían visto, nos habían saludado. Volvimos sonriendo, comentando cada detalle de lo que habíamos visto y lo bien que habíamos cumplido nuestro papel de estatuas.
La secundaria empezó y ya no nos veíamos tanto como antes. Ella iba a una escuela religiosa y a mí me mandaron a la escuela técnica. Iba al turno mañana y yo, en cambio, tenía materias teóricas por la mañana y taller por la tarde. Según el día, podía volver a casa a las cuatro o a las seis.
Nuestros encuentros ya no eran para jugar como antes. A veces nos trepábamos a la medianera de mi casa y desde ahí subíamos al techo. Los fines de semana nos pasábamos horas conversando y mirando las estrellas mientras tomábamos mates. Otras veces iba a su casa y nos quedábamos leyendo novelas o libros de nuestros autores favoritos.
Una tarde de otoño, con el sol ya bajo y mucho viento, nos fuimos caminando hasta la brigada aérea. Nos quedamos en la reja, como cuando éramos chicos, pero hablando de cosas que ahora sí nos preocupaban: las materias, los grupos nuevos de amigos, las discusiones de nuestros viejos, la música que escuchábamos. Ya no jugábamos a la escondida; nos escondíamos un rato del mundo en esas charlas y en esas escapadas de fin de semana. La infancia no terminó de golpe, se fue retirando.
El tiempo siguió pasando y Florencia se puso de novia con mi primo Ezequiel. Fue de a poco que dejamos de vernos seguido, hasta que, con el tiempo, apenas nos saludábamos si nos cruzábamos en el centro del barrio o en algún boliche de Ramos Mejía o de San Martín. Ya no hacía falta una pelea para alejarnos; alcanzaba con la rutina.
Una tarde me hice la rata para no tener que rendir un examen de termodinámica y me fui para Haedo. El invierno se hacía sentir, pero el sol resultaba reconfortante. Ya en el centro, entré a un local de música y me quedé mirando durante un largo rato la variedad de discos. Entonces sentí una mano en el hombro. Era Florencia, que también se había rateado y andaba dando vueltas por ahí.
Nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas a una confitería cercana y nos pasamos horas conversando. Me contó que se había peleado con Ezequiel y que estaba mejor sola, que quería terminar la secundaria y estudiar Derecho. Yo le dije que no tenía ni idea de qué iba a ser de mi futuro, pero que todavía me quedaba un año más de escuela. Nos reímos de anécdotas de nuestras escuelas, nos contamos historias de nuestros amigos y también hablamos de la música que escuchábamos. Esa tarde volvimos juntos a casa y nos despedimos con un abrazo.
Meses después, mi viejo perdió el trabajo porque cerró la fábrica donde trabajaba. Aquel año 2000 fue muy duro para mi familia. Tuvimos que vender el auto y también la casa. Mi viejo consiguió un nuevo trabajo, pero quedaba lejos, en Mercedes, así que mis viejos se mudaron a la casa de una tía y a mí me dejaron en lo de mi abuela, en El Palomar, para que pudiera terminar la secundaria.
Una noche Florencia pasó a visitarme a la casa de mi abuela y le conté todo. Los dos nos pusimos a llorar y nos abrazamos. Nos quedamos un instante mirándonos a los ojos. Ninguno de los dos se animaba a moverse. Sentí una especie de vértigo en el estómago y me temblaron un poco las manos mientras empezaba a acercarme despacio, como pidiendo permiso. Vi cómo sus ojos se cerraban a medida que me aproximaba a sus labios. Entonces mi abuela nos llamó para cenar y aquel instante quedó suspendido en el aire.
Llegó diciembre y me recibí de técnico. Al día siguiente pasé por su casa para despedirme, pero no estaba. Me despedí de sus padres y me fui a lo de mi abuela.
A la mañana siguiente me despedí de mi abuela y tomé el bondi hasta la estación de Haedo. Me subí al tren con el bolso entre mis brazos y apoyé la frente contra el vidrio mientras la formación ganaba velocidad. Cuando el tren dejó atrás la estación, la vi a ella: a Florencia, adoptando una pose de estatua y vestida para la ocasión. Me quedé mirándola mientras el tren avanzaba y ella me seguía con la mirada, sin abandonar su postura, sin moverse aunque el tren ya casi la perdía. Como en el cuento de Cortázar. Como si de verdad hubiera llegado el final del juego.

martes, 27 de enero de 2026

Leeme

No escribo para llevármelo. Escribo para que lo busquen.
Una casa necesita un nombre para empezar a vaciarse. A veces es el de un hijo, a veces alcanza con una habitación cerrada y el recuerdo de alguien que debería estar ahí. No importa si estuvo.
La primera nota va en la puerta, siempre funciona. Después la cocina, el jardín, la casa de los abuelos, el baño. Los adultos creen que moverse es avanzar. No entienden que recorrer una casa es una forma lenta de obedecer.
El archivo no explica nada. Sólo devuelve lo que ya estaba. Cuando lo abran, van a reconocer cada gesto como propio y van a sentir alivio: la historia existe, entonces el niño también. O eso creen.
No necesito comprobarlo. Ustedes tampoco, todo se sabrá cuando termine, cuando crean haber llegado al final. La casa va a callarse otra vez. Y alguien va a abrir la puerta.

El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo. La nota estaba ahí, apoyada contra la madera, escrita con una letra demasiado prolija para traer algo bueno.
No gritó. No todavía. Leyó una vez. Dos. A la tercera, las palabras dejaron de ser letras y se volvieron un ruido seco en el pecho: “Tenemos a tu hijo.”
Entró a la casa con el corazón golpeándole en la garganta.
—Clara —llamó, sin reconocer su propia voz—. Clara, ¿dónde estás?
La encontró en el pasillo, con una taza de café tibio en la mano, como si el mundo no se hubiese corrido un centímetro de su lugar.
—¿Dónde está Lucas? —preguntó Tomás, ya sin aire.
—En su habitación —respondió ella, extrañada—. Estaba jugando recién.
Caminaron rápido, torpes, chocándose con las paredes. La puerta del cuarto estaba abierta. La cama deshecha. Los juguetes en el piso, abandonados como si alguien hubiese apagado la infancia de golpe. Lucas no estaba.
Sobre la almohada, un sobre blanco.
Clara lo abrió con manos que ya no le obedecían. Leyó en voz alta, porque el miedo necesita eco para existir:

“Si quieren volver a verlo, busquen la próxima pista en la cocina.”

La cocina se volvió un campo de batalla. Abrieron cajones, tiraron platos, revisaron alacenas como si el aire pudiera esconder papeles. Hasta que Tomás metió la mano en un tarro de azúcar y tocó algo que no era azúcar.
Otra nota.

“El jardín.”

Salieron descalzos, sin sentir el frío del piso. Revisaron macetas, levantaron las plantas de los canteros, hurgaron la tierra con las uñas. Clara fue la que encontró el sobre, atrapado entre dos plantas secas.

“La casa del abuelo.”

El llanto llegó ahí. Violento, casi animal. ¿Cuál abuelo? ¿El de él o el de ella? No discutieron. Se separaron como se separa el miedo: rápido y sin mirar atrás.
—Avisame —dijo Tomás—. Apenas encuentres algo.
La casa de su padre estaba vacía. Demasiado ordenada. Demasiado quieta. Recorrió habitaciones con el pulso desbocado hasta que vio el sobre sobre la cama.

“Volvé a tu casa. El baño.”

Tomás llamó a Clara mientras salía corriendo.
—Andá al baño de casa—le dijo—. Yo voy para allá.
Ella llegó primero. Entró como un vendaval. Abrió el vanitory, tiró toallas, revisó detrás del inodoro. En el botiquín, al fondo, estaba la nota.

“La computadora del living.”

Corrió hasta allí y s
e sentó sin pensar. Encendió la máquina justo cuando Tomás entraba, transpirado, con la cara rota de angustia.
—¿Qué hacés? —preguntó.
—Es lo que dice la nota —respondió ella, sin mirarlo.
En el escritorio había un solo archivo.
"leeme.txt"
Clara hizo doble clic.
El texto decía:

“El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo…”

Tomás sintió que el piso se desmoronaba. Clara siguió leyendo, reconociendo cada gesto, cada palabra, cada respiración. Cuando levantó la vista, la casa estaba en silencio.
—Tomás… —dijo, asustada.
Él no respondió.
Porque el primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo.

jueves, 22 de enero de 2026

El patio que se llamó país...

María tenía cinco años y José seis cuando se conocieron en la escuela pública de El Cafetal, en 1999, el año en que el país decidió cambiarse el nombre como quien se cambia una camisa vieja esperando que la nueva lo abrace mejor. A ellos no les importó demasiado: a esa edad, los países son el patio del recreo y la Constitución cabe en un cuaderno rayado con olor a pegamento y tapa dura.
María iba siempre prolija. Zapatos limpios, mochila con rueditas, merienda envuelta en papel aluminio. José llegaba con los cordones desatados y una sonrisa que parecía haber aprendido a defenderse sola. Se hicieron amigos por una causa simple, pero muy importante: ambos sabían andar en bicicleta sin manos, y también, creían que el helado de coco era mejor que cualquier otro gusto en el mundo.
La familia de María tenía una posición cómoda. El papá trabajaba en una empresa grande y la mamá decía palabras largas en la mesa que siempre incluían: “prudencia”, “inflación”, “rumbo”. La de José era humilde y trabajadora: la abuela hacía milagros con el mercado, el papá, albañil, celebraba cada obra pública como si fuera una plaza nueva en la cuadra. En casa de José se brindaba por las iniciativas; en la de María se fruncía el ceño por las mismas razones. Las discusiones existían, sí, pero eran discusiones de sobremesa: nadie se iba dando un portazo.
Cuando terminaron la primaria, la vida hizo lo que sabe hacer: separar sin pedir permiso. A María la cambiaron a un bachillerato privado. A José le quedó el liceo público de siempre, el que estaba más cerca de su casa y de su mundo. Aun así, siguieron encontrándose. Se las rebuscaban con horarios imposibles para verse en el parque, andar en bicicleta hasta cansarse, recorrer el centro comercial como si fuera una ciudad extranjera. Los cambios del país les pasaban por al lado como el tránsito: ruidosos, constantes, normales. El petróleo hacía que las arcas estuvieran llenas y la ciudad se llenaba de obras, de barrios nuevos en la periferia y de promesas que sonaban a futuro.
El 5 de marzo de 2013, el día se volvió obscuro. Con el fallecimiento del comandante y la recesión que empezó a morder, la familia de María decidió emigrar a Brasil. Ellos, se encontraron horas antes de la partida. No hubo discursos. Hubo un banco de plaza y dos cartas dobladas muchas veces.

La carta de María decía:
“José: si te escribo es porque no me sale hablar. Me voy con miedo y con culpa, como si me estuviera yendo de vos y no de un país. Prometo no olvidar el camino al parque ni el helado de coco. Si algún día vuelvo, quiero que me lleves en bicicleta sin manos. Cuidá a los tuyos. Yo te llevo conmigo.”

La carta de José decía:
“María: no te enojes si no entiendo. Yo me quedo porque acá está todo lo que sé querer. Si te va bien, alegrate sin culpa. Si te va mal, escribime. Voy a guardar esto en el bolsillo de la campera. Cuando dudes, acordate que alguien te espera en El Cafetal.”

El tiempo hizo lo suyo con la tecnología. Primero MSN, después Facebook, más tarde Instagram y WhatsApp. Al principio hablaban todos los días: vidas nuevas, amigos nuevos, la dificultad de vivir en otro país, la dificultad de quedarse. Con los años, la frecuencia se volvió un saludo de cumpleaños, foto de una esquina, un “felices fiestas”. En los últimos tiempos, los mensajes se tensaron. Los dos discutían. José le decía que había abandonado el barco, que ahora le bastaba con ser mesera en un café de Buenos Aires. María le reprochaba el apoyo incondicional a una causa que —decía— no valía la pena. Se decían verdades con bronca y se olvidaban de las bicicletas y los helados de coco.
El 3 de enero de 2026, María festejaba en el Obelisco aquel rapto como si fuera el triunfo de un equipo propio. José, a miles de kilómetros, abrazaba el cuerpo de su hermano, mutilado por el bombardeo de otra nación sobre la suya. El mismo país, dos escenas que no se tocan.
No hay moraleja fácil ante estos hechos. Tal vez sólo esto: nada es eterno. Las personas pasan por nuestra vida, nos marcan con un gesto, un detalle, un recuerdo, y siguen. Hay que normalizar que el tiempo haga su trabajo, aceptar que la mayoría se irá. Y entender que, aun así, lo vivido —una bicicleta sin manos, una carta doblada— alcanza para explicar quiénes fuimos y en qué nos convertimos.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El hijo del abedul…

El joven Mykola Danylenko miraba por la ventana con una sensación enorme de agotamiento y resignación. Afuera, la nieve comenzaba a amontonarse sobre los techos derruidos de Petrovpavlivka, aquella aldea perdida entre los campos helados del óblast de Járkov. Todo parecía quieto, detenido, como si el tiempo hubiera renunciado a avanzar. Desde hacía meses, sólo veía lo mismo: casas ennegrecidas por el fuego, árboles mutilados, bolas de fuego, y banderas que cambiaba de color según quién empuñara las armas.
Su aldea había sido tomada por las tropas rusas al inicio de las operaciones, luego liberada por el ejército ucraniano en septiembre de 2022. Pero la paz fue un espejismo. En 2024, las explosiones volvieron a escucharse desde el oeste, y este año —como una condena que se repite— los soldados enemigos regresaron. Nadie festejó, ni lloró. Ya no quedaban lágrimas en aquella región del mundo.
Mykola respiró hondo, buscando un olor distinto al del polvo y la leña húmeda. No lo halló. Desde la otra habitación escuchó la voz gastada de su abuelo Yevgueni Petrovich, hablándole al perro como si fuera una persona. Era un murmullo cansado, casi un rezo.
—Tranquilo, Sharik... tranquilo, viejo amigo...
Mykola giró. Lo vio: aquel hombre encorvado, con las manos temblorosas sobre el lomo del animal, abrazándolo con una ternura que dolía. Yevgueni parecía hablarle al perro, pero en realidad le hablaba a su propio pasado. A los días en que aún había pan, música, y vecinos que reían bajo el sol. Aquellos días donde esos dos países en conflicto eran uno…
El muchacho sintió un nudo en la garganta. No había esperanza en esa mirada. Sólo un cansancio absoluto, una entrega muda al destino. Afuera, el viento levantaba polvo de nieve, llevando consigo el olor a pólvora sobre los restos de una escuela bombardeada. Adentro, el silencio era tan denso que si uno contenía la respiración, podía oír el latido del corazón.
Mykola explotó.
El grito salió sin aviso, como si hubiera estado retenido durante años, comprimido en la garganta, oxidado. Destrozó el silencio de la casa con un puñetazo contra la pared de madera. No podía más. Ni una noche más con los vidrios rotos tapados por cartones, ni un amanecer más escuchando el rugido distante de los cañonazos, tampoco quería oír más el zumbido de los drones, ni un día más viendo a su abuelo acariciar al perro como si fuera lo único vivo que quedara en el mundo.
Sus amigos, sus vecinos, sus maestras, todos se habían ido. Cruzaron la línea de contacto con lo puesto, algunos rumbo a Polonia, otros hacia Rusia, buscando parientes, buscando cualquier cosa que no fuera esa quietud de muerte.
Petrovpavlivka ya no era una aldea. Era un cementerio sin lápidas.
Cada día quedaban menos. Sólo los viejos, aferrados a sus casas como los árboles viejos a la tierra: raíces retorcidas que se niegan a morir.
Mykola se levantó de golpe. Abrió el armario y empezó a preparar las mochilas. Una para él, otra para su abuelo. Metió lo esencial: una muda de ropa, una manta raída, un par de medias gruesas. En la cocina recogió lo poco que quedaba —un pedazo de pan negro endurecido, dos cebollas, una cabeza de ajo, medio frasco de pepinos en salmuera, tres papas arrugadas, y una bolsita con granos de trigo—. Nada más. Lo miró todo sobre la mesa y sintió vergüenza: no por la pobreza, sino por haberse acostumbrado a ella.
Salió al patio. El aire cortaba la piel. El árbol del fondo, un viejo abedul, temblaba con el viento. Se trepó, buscó una rama recta, la quebró con esfuerzo y bajó jadeando. Volvió a su habitación, desgarró un pedazo de sábana blanca y lo anudó cuidadosamente al extremo del palo.
Una bandera improvisada. No de rendición, sino de esperanza.
Entró donde estaba su abuelo.
Yevgueni lo miró sin entender. Acariciaba a Sharik, el perro, como si no quisiera soltarlo nunca.
—Abuelo… tenemos que irnos —dijo Mykola, con la voz quebrada—. No queda nada aquí. Nada.
El viejo negó con la cabeza.
—No me iré. Aquí nací. Aquí moriré. ¿Y él? —preguntó, señalando al perro.
—Vendrá con nosotros. Los tres juntos, despacio. Buscaremos a la tía Nadezhda, allá, del otro lado.
Yevgueni lo miró largo rato, sin decir palabra. Su rostro era una máscara de arrugas, cansada, resignada. Pero en sus ojos se encendió algo, apenas un brillo tenue, como una chispa que se resiste a apagarse.
Finalmente, tras un largo y tenso silencio, con la mirada perdida, asintió.
Mykola se acercó y lo abrazó fuerte. Sintió el olor del humo y la piel envejecida, y también el temblor del cuerpo frágil bajo la lana del abrigo.
Afuera, el viento soplaba con la furia de todos los inviernos del mundo.
Adentro, un nieto preparaba el último viaje de su familia.
No muy lejos de allí, en un sótano húmedo reforzado con planchas metálicas y cables que colgaban del techo como venas eléctricas, la unidad de Aerorozvidka se preparaba para otro amanecer de vigilancia. El aire olía a tabaco y a humedad.
El teniente Andrii Kovalenko, de apenas treinta años, frotaba sus manos frente a una estufa improvisada mientras esperaba el relevo. Había dormido dos horas, con el zumbido de los generadores resonando en su cabeza. Al escuchar los pasos descendiendo por la escalera, se enderezó.
Su superior, el teniente Oleksiy Baran, lo recibió con un saludo breve, con un semblante de rutina y cansancio.
—Todo tuyo, Andrii. Nada nuevo por ahora, pero el mando quiere vigilancia constante sobre Petrovpavlivka. Hay movimientos extraños. Puede que los rusos estén preparando un avance o posicionando artillería.
—Entendido.
—Si identificás tropas, tenés autorización para actuar. El dron está configurado en modo ataque y listo, las coordenadas están programadas.
Kovalenko asintió. Sabía lo que “actuar” significaba. En la pantalla, los mapas digitales mostraban manchas térmicas, líneas verdes y sectores rojos. El silencio en la sala sólo era interrumpido por el clic de los interruptores y el leve zumbido de los ventiladores del sistema.
A las 06:47, el dron "Vyriy" despegó desde la terraza del edificio semiderruido. Subió con un zumbido agudo, recortándose contra el cielo color plomo. Andrii lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre las nubes bajas. Luego, fijó los ojos en sus lentes de realidad virtual. El horizonte virtual mostraba la silueta rota de la aldea, los campos de trigo calcinado, los caminos cubiertos de de polvo.
Mientras tanto, del otro lado de la línea de contacto, en una improvisada estación de control camuflada bajo una estructura metálica, el teniente Serguei Makarov ajustaba los controles de su dron de reconocimiento “UAV400T”.
El aparato sobrevolaba las mismas tierras devastadas, pero desde otra bandera.
Makarov, con la mandíbula apretada y las ojeras de quien lleva demasiado tiempo viendo el mundo a través de una pantalla, observaba en silencio. Los puntos de calor, los vehículos ocultos entre ruinas, las sombras que se movían en los patios abandonados.
—Subí a doscientos metros y hacé barrido en abanico. No te quedes fijo —ordenó su operador técnico.
—Ya lo tengo. Variando cota. Sigamos el curso del río... —respondió Makarov con voz seca.
El dron ruso y el ucraniano volaban casi sobre el mismo cielo, separados por unos pocos kilómetros de aire helado y un abismo de ideologías. Ninguno sabía que abajo, entre esas ruinas y aquel polvo, un muchacho con una bandera blanca preparaba su huida.
Ambos drones, sin saberlo, se acercaban a él.
Uno vigilaba para proteger. El otro, para eliminar.
El viento soplaba entre los álamos como un lamento entre el horror.
Mykola caminaba adelante, con el rostro curtido por el frío y los ojos fijos en la línea del horizonte, allí donde los campos se fundían con el humo. Cada paso sobre el barro helado sonaba a despedida.
A su espalda, su abuelo Yevgueni avanzaba con lentitud, apoyándose en un palo, respirando con dificultad. Sharik trotaba entre ambos, husmeando la tierra, moviendo apenas la cola, como si intuyera que algo no estaba bien.
El muchacho no hablaba. No podía.
Sabía que ir hacia el oeste era morir. Que los rumores —aquellos que decían que el ejército ucraniano reclutaba a los campesinos y jóvenes por la fuerza— eran lo suficientemente reales como para no tentar al destino. Así que sólo quedaba una dirección: el este. Hacia Rusia, hacia su tía.
Hacia el otro lado de la guerra.
El cielo estaba gris, y el aire olía a hierro oxidado. Mykola llevaba la bandera blanca en alto, improvisada con la sábana de su cama. La sostenía firme, como si en ella estuviera su salvación. Caminaban hacía horas. Ni una voz humana, ni un pájaro. Sólo el crujido del hielo bajo las botas y el sonido de sus propias respiraciones.
Yevgueni se detuvo.
—Mykola... no puedo más... —dijo con un hilo de voz.
El joven le ofreció una botella de agua. El viejo bebió un sorbo y acarició al perro. Por un instante, el mundo pareció detenerse. Pero entonces, llegó el zumbido.
Al principio, lejano. Un murmullo en el aire, como una abeja metálica.
Mykola se tensó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Los nervios lo traicionaron: el pulso se aceleró, el pecho se contrajo. Tomó del brazo a su abuelo y le susurró:
—Al suelo, abuelo. ¡Agáchese!
Yevgueni obedeció, cayendo de rodillas en el barro. Abrazó a Sharik con fuerza.
Mykola avanzó unos metros, con la bandera alzada. El sonido crecía. De pronto, lo vio. Un dron “Vyriy”, suspendido en el aire, a unos diez metros frente a él.
El joven tragó saliva. Levantó la mirada, levantó la bandera. Quiso gritar algo, pero el miedo le secó la garganta.
El dron se elevó lentamente, giró, observó al anciano y al perro a la distancia, y volvió a su posición inicial. Luego comenzó a girar alrededor de Mykola, como un buitre curioso.
El muchacho se dejó caer de rodillas, moviendo la bandera con desesperación.
—¡No dispares! ¡No dispares, por favor! —susurró, sabiendo que nadie lo escuchaba.
Entonces Sharik, confundido por el pánico, corrió hacia él. El animal ladraba, daba vueltas, buscaba su mirada.
Y en ese instante, apareció otro dron, idéntico, alineándose al primero. Dos sombras mecánicas en el cielo.
Mykola levantó las manos, implorando. Las lágrimas le empañaban la vista.
El primero descendió unos metros, titubeó... y se lanzó.
Una luz blanca, un rugido seco, un destello.
El cuerpo del joven se desplomó sin rostro, la bandera blanca cayó ardiendo a su lado.
El eco de la explosión se perdió entre los pastizales.
Sharik corrió hacia el cuerpo, gimiendo, rascando la tierra ennegrecida, buscando el olor del jóven entre el humo.
Yevgueni, de rodillas, se persignó una y otra vez, temblando, con el alma hecha cenizas.
Miró al cielo.
El segundo dron seguía allí, inmóvil, observando.
Luego descendió con violencia, repitiendo el mismo gesto asesino, el mismo rugido seco.
El anciano y el perro desaparecieron bajo la misma luz.
La tierra, que había sido campo de trigo, quedó cubierta de silencio y de polvo.
En otro lado, en las pantallas, Andrii Kovalenko y Serguei Makarov observaban las imágenes confusas del impacto.
Uno creyó que había eliminado un grupo enemigo.
El otro grabó el video, sin intervenir.
Ninguno supo jamás que lo que habían borrado del mapa no era un blanco, sino una familia.
Sólo tres manchas rojas que se apagaron en la pantalla, y una bandera blanca ardiendo bajo el cielo.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Entre frenadas y miradas…

Creo que estaba en segundo año de la secundaria cuando la vi por primera vez en el 5. Sí, era segundo, porque a la mañana teníamos los talleres y a la tarde las materias generales.
Recuerdo bien el ejercicio de ajuste: un tormento para casi todos nosotros. Consistía en trazar y marcar un hexágono en el centro de una base rectangular con bordes redondeados a lima; luego, con la agujereadora de pie, hacer los agujeros tan precisos como fuera posible. Si tenías suerte, el sobrante se caía solo con un golpe de maza. Si no, a seguir perforando y limando.
Después venía lo más laborioso: desbastar la superficie hasta dejarla plana. Al menos un mes tardábamos en lograr que el hexágono ajustara perfectamente con el rectángulo. Meta azul de Prusia sobre el mármol de ajuste. Al final, se trazaba el centro, se practicaba un nuevo agujero, se roscaba con el macho, y en el torno se hacía, con bronce, un tirador o pomo (nunca supe el nombre exacto de esa pieza).
Las limas de la escuela estaban gastadas, tras años de intenso uso y eso hacía eterno nuestro trabajo. A menos, claro, que fueras lo bastante rápido para estar junto al profe cuando abría el armario: ahí, si eras veloz, conseguías la “bastarda”, la mejor de todas las limas, pero sólo había una.
Yo no tenía esa suerte. Así que más de una vez me guardaba la pieza en el bolsillo del overol y me la llevaba a la casa de Ariel, “el Ángel Verde”, un personaje del grupo de radio con los que hablábamos por la banda ciudadana. En su taller había limas buenas y una morsa. No necesitaba más nada.
Salíamos siempre rápido de la escuela por la tarde, hartos de estar todo el día adentro, caminando hasta la esquina de la Av. Olivera y la calle Rodó. Si hacías el trayecto a buen ritmo, alcanzabas a subir al interno 721 de la línea 5, que era el primero que pasaba, sino teníamos que esperar diez o quince minutos al próximos. El que manejaba “el loco”.
Le decíamos así por cómo aceleraba y frenaba. Tenía la última unidad palanquera que quedaba en servicio, chasis Mercedes Benz, tres puertas laterales y piso alto. En la primera acelerada, la inercia te dejaba a mitad del bondi. Las señoras se quejaban, pero para nosotros era una bendición: en diez minutos estábamos en casa, aunque termináramos golpeados y amontonados al frente o atrás por sus aceleradas o frenazos bruscos.
En una de esas sacudidas, mientras escuchaba Hermética en el walkman, me llevé puesta a una chica. Le pedí disculpas al instante, sin verla todavía. Cuando me giré, quedamos frente a frente, en silencio.
—No pasa nada —me dijo, sonriendo con gentileza.
Se me cayó el auricular izquierdo —siempre se me caía—, pero no podía salir de ese letargo. Era rubia, de unos 1,68m, ojos marrones, pelo hasta los hombros, jeans obscuros y un pulóver gris, simple. El resto del viaje lo hice atontado, con la mirada perdida en ella. Al bajar, por alguna razón, guardé el boleto.
Esa noche, hablando con Facundo por radio, le conté lo que me había pasado. Después de un rato de cargadas, entendió que hablaba en serio.
—Tranqui, boludo, no te la vas a cruzar más. Miles de personas viajan en el bondi —dijo entre cambio y cambio.
—Pero llevaba mochila… capaz que estudia por acá cerca.
—Olvidate, no la vas a ver más.
Y tuvo razón: no la vi por un mes.
El recorrido en bicicleta era siempre el mismo cuando iba a lo del “Ángel Verde”: Albariño hasta Zuviría, de allí derecho hasta el Pasaje Güiraldes, y de allí, por Crisóstomo Álvarez hasta Murguiondo. Una tarde, yendo hacia allá, la vi cruzando la plaza de Crisóstomo Álvarez y Güiraldes. Me quedé tan pasmado que casi me atropella un taxi. Ese día supe que vivíamos cerca.
Un mediodía, salimos del taller con Facu y Gustavo y fuimos caminando por Av. Alberdi hasta la calle Pola, donde trabajaba Miguel, un viejo loco de la radio que había vuelto a poner en funcionamiento el equipo después de 10 años y nos encontró a nosotros en frecuencia. Vivía cerca nuestro, en Monte y Pola.
En la intercepción de Alberdi y Olivera, la vi bajar del colectivo. Cruzó y siguió caminando por Alberdi. Como íbamos en la misma dirección, no parecía que la siguiera, aunque por dentro sentía que sí. Iba con los chicos hablando de heavy metal y guitarristas, cuando la vi entrar en la Escuela Yrurtia. Ahora todo tenía sentido: vivíamos y estudiábamos cerca.
Esa tarde no llegamos a tiempo para las clases de teoría, así que pasamos el resto del día en el parque Avellaneda, riendo, tomando sol y escuchando música.
Cuando volví, de lejos vi venir el bondi del loco. Corrí y logré subir. Apretado entre la gente, me fui abriendo paso hacia el fondo… y ahí estaba ella.
Viajamos juntos hasta que bajé. Ese día también guardé el boleto.
Con el tiempo se volvió una especie de ritual: cada vez que la veía, el boleto iba al bolsillo y del bolsillo a mi escondite.
A veces compartíamos una sonrisa cómplice cuando cruzábamos miradas y alguno de los dos se distraía con los arranques o frenazos violentos del colectivo. Una tarde, alguien se levantó de un asiento individual; le hice un gesto para que se sentara, pero ella negó con una sonrisa y señaló a una señora que, como un rayo, se adelantó. Me encogí de hombros, sonreí, y noté que no me habló porque llevaba los auriculares puestos. Me sentí un idiota.
Así fueron pasando los meses. Nunca me animé a hablarle. Llegó diciembre y con él, el fin de clases. El verano se asomaba, aunque empañado por mi materia previa de matemática. Me pasaba las noches hablando por radio y las tardes andando en bici o jugando al fútbol.
El año siguiente fue distinto. Casi no la veía, salvo algún martes o jueves. Yo estaba en otra, saliendo con Mariana.
Una tarde de lluvia, el piso del colectivo estaba muy resbaloso. El loco frenó de golpe y la inercia la trajo directo a mis brazos. Casi caemos los dos, pero la sostuve de milagro.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí, gracias. Casi me mato —respondió sonriendo, mientras separaba su cara de mi pecho.
—Está espantoso esto —dije, buscando prolongar el momento.
Pero una vocecita infantil la llamó desde atrás:
—¡Ceci! Vení, ¿estás bien?
—Perdoná, mi hermanita —me dijo con dulzura y una sonrisa.
—Por favor —respondí, haciendo un ademán con la mano, señalando en dirección a la pequeña. Otra vez el destino jugando en mi contra.
Cuando el colectivo frenó, caminé hacia la puerta y me miró por última vez. Sin hablar, sólo movió los labios, diciendo: “gracias”. Respondí bajando levemente la cabeza y cerrando los ojos, como un acto de caballerosidad. En ese instante supe su nombre: Cecilia.
Después de eso, nunca más coincidimos en aquel año. Sólo una tarde, cuando estaba en sexto año, la vi subir mientras yo bajaba. Guardé también ese boleto.
Pasaron los años. Una mañana de sábado, camino a rendir un final, la vi de nuevo. Era obvio que era ella, aunque distinta: más grande, el pelo más corto, con reflejos más claros que le iluminaban su cara. Leía unos apuntes con expresiones algebraicas de interés compuesto; supuse que estudiaba administración o contaduría. No me vio. Bajó en Once, en Bartolomé Mitre y Pasco. Yo, unas cuadras más adelante, en Montevideo.
Desde entonces, nunca más la volví a ver.
Hace un tiempo, revolviendo mi baúl de los recuerdos, encontré los boletos que había guardado. La impresión térmica se había borrado, igual que su rostro en mi memoria.
Y pensé en cómo el tiempo, paciente y silencioso, se encarga de limar las aristas de todo: los amores, los rostros, las calles, los olores. Igual que en el taller, donde la lima gastada borra las marcas del metal hasta dejarlo liso, el tiempo también desgasta lo que alguna vez fue importante.
Quizás eso sea crecer: aprender a aceptar que algunas huellas, por más que las guardemos, se borran para siempre, como aquellos boletos.

viernes, 7 de noviembre de 2025

El pastel de papas…

No es novedad para todo aquel que me conoce un poco que el pastel de papas es mi comida favorita. Durante un tiempo quise jugar al arqueólogo y buscar, capa tras capa, el origen de aquella predilección. Pero todo intento fue en vano.
Aunque, en una de esas exploraciones, me encontré con un recuerdo que pensé que se había perdido en las profundidades...
Lo habíamos planeado durante toda aquella semana, desde el lunes en que me llamó por teléfono. Siempre lo hacía después de cenar, al volver de la técnica, antes de irse a dormir. Esa noche me contó que sus padres viajarían a Necochea junto a su hermano y que saldrían el viernes por la tarde.
—Entonces vos también vas —respondí con un dejo de tristeza.
—No, bobo —me dijo entre risas—. Me quedo. Les dije que teníamos el cumpleaños de Érica, en el Tigre, con lancha y esas cosas.
Se hizo un silencio.
—¿Te dejaron? —pregunté con profunda curiosidad.
—Sí, es re loco, pero me dijeron que no había problema, siempre y cuando vaya con Cinthia.
Bueno, genial —dije, intentando sonar neutral. Ella comenzó a reír.
—¿Ves que no entendés? —me dijo, bajando la voz—. No hay ningún cumpleaños de Érica. Mañana arreglo todo con Cinthia para armar un plan juntas, por si la llaman desde la costa.
Una sonrisa se me dibujó de lado a lado. Si algo me gustó siempre fue ser cómplice, y más aún cuando se trataba de que ella me hiciera la segunda… o viceversa.
Desde hacía tiempo veníamos buscando una oportunidad para estar solos, para tener mayor intimidad, y todo parecía indicar que el viernes sería esa oportunidad tan esperada. Los días fueron pasando uno a uno: por la mañana, la fábrica; por la tarde-noche, la escuela. Recuerdo bien el miedo que me producían materias como Hidráulica y Máquinas Hidráulicas, Resistencia de los Materiales y Termodinámica. Me demandaban mucho tiempo entre semana, y ni hablar los fines de semana. Por eso me propuse no dejar nada pendiente y llegar al viernes sin obligaciones.
No sé si les pasa, pero hay algo en el viernes. Una sensación, una promesa de que todo puede cumplirse. Llega el viernes, tipo 17 hs, y el cuerpo sabe que un milagro puede ocurrir.
Por eso, ese viernes, salí de la fábrica y me fui a casa. Como siempre, me saqué la ropa del trabajo y la puse para lavar, y de ahí me fui directo al baño para darme una larga ducha. Todo tenía que salir bien.
Me afeité hasta quedar suave como colita de bebé y me puse un poco del buen perfume que tenía mi viejo en un cajón. Luego elegí bien la ropa: quería que fuera cómoda, pero no muy informal. Tampoco quería demasiada formalidad.
El calor todavía estaba presente a finales de aquel marzo, así que la elección recayó en una remera de mangas cortas, un pantalón de jean claro y una campera, también de jean, un poco más obscura.
Miré la billetera: tenía algo de plata de la quincena anterior. Agarré la mochila que había preparado con un cambio de ropa y otros menesteres, y le avisé a mi madre que pasaría el fin de semana en Del Viso con Germán. Luego del clásico interrogatorio, logré aniquilar cada una de sus dudas y estaba presto para continuar con el plan.
Salí despacio hacia la parada del colectivo cuando noté que no tenía cigarrillos. Crucé la avenida, compré un box y unos chicles. A ella no le gustaba el olor a cigarro, por eso siempre llevaba chicles de menta fuerte, que a veces reforzaba con caramelos de mentol.
Le pregunté la hora a Maxi, el kiosquero, y me dijo que eran las 18:40hs. Le agradecí y pensé que no quería llegar demasiado temprano; no quería que se notara mi ansiedad. En nuestro llamado de la noche anterior habíamos quedado en que llegaría rondando las 20 hs. Así que encendí un cigarrillo y caminé hasta la parada del 5. Me apoyé en la esquina, como siempre, mientras fumaba y esperaba. Saludé a Luquitas, que se iba al club, y a Norma, que me dijo que me abrigara, que seguro refrescaba a la noche.
Trataba de disimular, pero no podía. Entonces llegó el primer bondi y me subí.
El viaje hasta Caballito demandaba poco más de treinta minutos. En vez de bajar en Acoyte, prefería hacerlo en la siguiente parada, atravesar el siempre inquietante Parque Rivadavia, llegar a la avenida del mismo nombre, cruzarla, pasar por el puente y así desembocar en la esquina de su casa.
Le pregunté la hora a un hombre al pasar: 19:20hs, pibe —me respondió con sequedad. Caminé hasta enfrente de su esquina y prendí otro cigarrillo. Cuando iba por la mitad, escuché desde la ventana de arriba que alguien me chistaba. Miré: era ella.
—¡Chhh! Apagá eso y vení, que te abro —me dijo.
Enseguida me puse un chicle en la boca, tiré el cigarrillo y crucé.
—¡Contraseña! —se escuchó del otro lado de la puerta.
No sabía qué decir, así que dije lo primero que se me vino a la cabeza:
—Pastel de papas.
La puerta se abrió y me abrazó. Me recibió con un beso interminable. Luego me tomó de la mano y, yendo ella adelante, subimos la escalera. Ver su figura desde atrás, subiendo con tanta naturalidad, es algo que aún hoy atesoro en mis recuerdos.
Entramos. Dejé la mochila en su habitación y, al volver, me dijo:
—Poné algo de música que nos guste a los dos.
Nunca le gustó el heavy metal que yo escuchaba, pero tampoco quise imponerle nada. Por otro lado, su gusto musical no iba más allá de lo que sonaba en las FM de la ciudad. Me dirigí al mueble con CDs y, tras una larga búsqueda, encontré algo que podía no ser tan malo: ¿Dónde jugarán los niños?, de Maná. Con un poco de dudas y angustia lo puse en el minicomponente. En instantes, la música comenzó a sonar.
Entonces noté que ella estaba en la cocina. Fui hasta allá y la vi en plena acción.
Apoyé el mentón sobre su hombro, abrazándola por la cintura, y observé cómo cortaba una cebolla morada, pero también había blancas.
En la mesada había un morrón colorado, otro verde, aceitunas, cebolla de verdeo… y papas. Eso último me llamó la atención, pero me impacientaba verla trabajar y yo sin hacer nada.
—¿Dónde están los huevos? —pregunté.
—En la heladera —respondió.
—¿Tres están bien?
—Mejor uno más —dijo, y me guiñó un ojo.
Sonreí y busqué un jarro para hervirlos. Luego tomé un cuchillo y me dispuse a cortar los morrones. Creo que devolvíamos una imagen hermosa: los dos tomando mate, charlando, haciendo chistes, riendo, trabajando al unísono mientras preparábamos la cena.
Terminé con los morrones y saqué la jarra del fuego. Ella seguía concentrada, cortando el verdeo.
—¿Querés que pele y corte las papas? —le pregunté.
—Dale, haceme ese favor —me dijo.
Sonaba Cómo te deseo cuando la vi sacar dos zanahorias de la heladera, pelarlas y comenzar a rallarlas. Extrañado, le pregunté:
—¿Para qué eso?
Ella me miró sobre el hombro, con una mueca pícara.
—¿Todavía no sabés lo que vamos a comer, no?
La miré desafiante.
—¡Empanadas! —aventuré.
Ella estalló en una carcajada.
—Ay, Roberto, a veces sos un tontito —dijo, y siguió en lo suyo, cocinando la carne picada.
Le cebé un mate y me pidió que rallara el queso que había en la heladera; después, que cortara un poco de cuartirolo en dados. Imaginé que sería para empanadas de jamón y queso, pero no fue así.
Sacó las papas del fuego, las escurrió con cuidado, buscó la manteca y la leche. Mientras lo hacía, me mandó al comedor a poner la mesa, y luego me pidió que fuera al almacén de la vuelta a comprar unas cervezas.
Al volver, el olor lo revelaba todo: era inconfundible. Subiendo las escaleras, podía saborear la cena antes de llegar.
Cuando nos sentamos, sonrió con ese gesto tan suyo y me dijo, casi en secreto:  —El truco está en agregarle zanahoria rallada.
La miré con ternura y le dí un beso. Ella jamás supo cuál era mi secreto, ni cómo preparo el pastel de papas. Nuca más volvimos a coincidir en la cocina como aquella vez, ni nos reímos como con aquella película de sobremesa…
A veces pienso que la vida se parece a ese plato: una capa de cosas que se van mezclando, de dulces y saladas, de lo que fue y de lo que todavía podría ser.
El tiempo pasa, ninguno de los dos estamos en la vida del otro, claro, pero hay sabores que resisten al olvido. Y uno se da cuenta de que, al final, no era la comida lo que más le gustaba, sino el haber compartido aquel momento, el nosotros, el milagro simple de haber estado ahí, juntos.