domingo, 27 de septiembre de 2026

Todos los días...

Micaela se levanta, como todos los días, a las siete menos cuarto. No necesita despertador.
A las siete menos diez escucha primero los pasos de Graciela por el pasillo y, cinco minutos después, los dos golpes suaves sobre la puerta.
Siempre dos.
—Buen día, Micaela.
Graciela entra con las cortinas todavía cerradas y esa dulzura suya que parece haber aprendido en algún manual para empleadas de casas importantes.
—Vamos, que se hace tarde.
Micaela abre los ojos.
Durante algunos segundos mira el techo. Conoce cada pequeña imperfección de aquella habitación. Una mancha casi invisible cerca de la araña, una línea en la pintura sobre la ventana y una pequeña grieta que nace detrás del placard y que nadie parece haber visto.
A veces piensa que podría dibujar el techo de memoria.
Se levanta.
Graciela abre las cortinas.
La mañana entra de golpe.
—Parece que va a estar lindo.
Todos los días Graciela tiene algo que decir sobre el tiempo.
Si hay sol, va a estar lindo. Si hay nubes, seguramente despeje. Si llueve, hacía falta.
Micaela nunca responde.
En el baño, el agua de la ducha tarda exactamente lo mismo en calentarse qué el día anterior. Sobre el lavatorio están preparados el cepillo de dientes, la pasta, el peine y una toalla doblada.
Cuando regresa a la habitación, la ropa ya está sobre la cama:  Pollera, camisa, saco, corbata, medias y zapatos. Todo perfectamente acomodado, como ella.
Abajo está esperando el desayuno: tostadas con manteca y dulce, y un café con leche que tiene bastante más leche que café.
Siempre igual.
Micaela se sienta y Graciela coloca la taza frente a ella.
—Está calentito.
Micaela toma una tostada.
Le pone un poco más de dulce y come la mitad.
Después otra.
Dos tostadas, nunca tres. Jamás una. Siempre dos.
Apura un poco el café con leche y deja casi un tercio dentro de la taza.
Graciela aparece detrás suyo con un cepillo pequeño y repasa el saco. Después acomoda la corbata. Da un paso hacia atrás para observar el resultado.
—Ahí está.
Micaela está impecable.
Lo está siempre. Quizás ése sea uno de los problemas.
Graciela la acompaña hasta la puerta principal y después atraviesan juntas el pequeño camino de piedras que cruza el jardín.
Afuera espera Oscar.
El Mercedes Benz E-320 está encendido, como todos los días.
Oscar baja, abre la puerta trasera y hace un pequeño movimiento con la cabeza.
—Buen día, señorita.
Micaela sube.
Oscar cierra la puerta.
—Buen día —repite cuando ocupa su lugar frente al volante.
Micaela lo mira por el espejo retrovisor y no responde.
Debe tener sueño, piensa Oscar. Siempre piensa que tiene sueño.
El Mercedes comienza a moverse lentamente por el camino de entrada. Las ruedas pasan sobre el empedrado, aunque dentro del auto apenas se siente.
Micaela mira por la ventanilla, como la casa va quedando atrás. Primero desaparece la fuente, después los árboles y finalmente, la mansión entera queda escondida detrás del paredón.
Con ella quedan también los gritos de la noche anterior.
No había entendido toda la discusión, tampoco hacía falta. Hacía mucho que las palabras habían dejado de ser importantes.
Reconocía los tonos. La voz de su madre, primero baja, después aguda. La de su padre intentando mantener una calma que nunca duraba demasiado, luego una puerta, un golpe y el silencio.
Después otra vez las voces.
Micaela había permanecido acostada mirando aquella pequeña grieta del techo.
Pensó en levantarse y en bajar. También en pedirles que se call aran, pero no hizo ninguna de las tres cosas. Ya sabía que por la mañana todo volvería a estar en su lugar.
Y así había sido: el desayuno, las tostadas, el café con leche, la corbata, Oscar, el Mercedes.
La vida tenía una capacidad extraordinaria para acomodar las cosas por fuera. El problema era lo que quedaba adentro.
—Parece que hoy va a estar pesado —dice Oscar mientras toma la avenida.
Micaela sigue mirando por la ventanilla.
También Oscar habla del tiempo. Debe ser una costumbre de los adultos cuando no saben qué decir.
La ciudad pasa detrás del vidrio. Personas esperando colectivos, un hombre levantando la persiana de un negocio, una mujer arrastrando a un chico de la mano, dos muchachos con guardapolvos que caminan comiendo algo de una bolsa de papel, o algo así.
Micaela los observa con cierta envidia. No sabe quiénes son, ni siquiera sabe si son felices. Pero van caminando solos. Sin Oscar, sin un Mercedes, sin alguien esperando en la puerta para acomodarles la corbata.
A las siete y cuarenta y cinco llega a la escuela.
Oscar estaciona siempre en el mismo lugar, baja y abre la puerta.
—Que tenga un buen día, señorita.
Micaela vuelve a mirarlo. Esta vez hace un pequeño gesto con la cabeza.
Oscar sonríe, para él eso alcanza.
En la entrada ya están algunas de sus compañeras, la saludan y una la abraza. Otra le pregunta por una fiesta del sábado. Una tercera quiere saber si finalmente irá al cumpleaños de alguien que Micaela apenas conoce.
Ella contesta, sonríe, e incluso se ríe.
Ha aprendido a hacerlo con el tiempo .
Tiene amigas, o eso diría cualquiera que la observara durante un recreo. Siempre hay alguien sentada junto a ella. Alguien que le pide una carpeta, que comenta algo sobre un profesor o que le cuenta quién se besó con quién durante el fin de semana. Pero Micaela sabe que una cosa es estar rodeada de personas y otra muy distinta tener un amigo.
Un amigo de verdad, alguien a quien pudiera decirle: Anoche mis padres volvieron a gritar.
Nada más, cinco palabras. Sin tener que explicar después que no pasa nada, sin escuchar que los padres de todos discuten. Sin que la miraran con curiosidad. Sin que la historia terminara circulando por toda la escuela. Alguien que simplemente escuchara.
No tenía a nadie.
Esa certeza le pesaba más que la mochila.
Las horas transcurrían lentamente.
Matemática, Historia, Literatura. Recreo. Geografía. Almuerzo y otra vez clase.
Los profesores hablaban ella copiaba. Los demás contestaban, ella también.
Todo parecía funcionar correctamente, como el Mercedes, como la casa, como Graciela. Como ella.
A veces pensaba que su vida era una enorme maquinaria perfectamente aceitada cuyo único defecto era no llevarla a ningún lado.
Los lunes se parecían a los martes. Los martes a los miércoles. Los miércoles tenían apenas la ventaja de anunciar que faltaba menos para el viernes. Después llegaba el sábado, alguna fiesta, algún almuerzo familiar, alguna juntada con amigas.
Y el domingo comenzaba esa tristeza inexplicable de saber que todo estaba a punto de empezar otra vez. Había llegado a odiar los domingos a la tarde, no sabía exactamente desde cuándo.
Tal vez la monotonía no aparece de golpe. Uno no se despierta una mañana cansado de su propia vida.
Va ocurriendo lentamente.
Primero deja de entusiasmar una canción, después una salida, luego un cumpleaños y finalmente comienza a dar lo mismo que sea lunes o sábado, verano o invierno.
Todo adquiere un color parecido.
Ese día, durante el segundo recreo, una compañera se sentó junto a ella.
—¿Te pasa algo?
Micaela la miró. Por un instante estuvo a punto de hablar. Pudo hacerlo.
Podía contarle que casi no había dormido. Que detrás de las paredes enormes de su casa las cosas no eran como todos imaginaban. Que estaba cansada de desayunar las mismas tostadas, viajar en el mismo auto y escuchar conversaciones que no significaban nada.
Podía decirle finalmente que se sentía sola.
Entonces, abrió la boca y dijo:
—No.
La compañera permaneció unos segundos mirándola.
—Ah.
Después comenzó a contarle sobre un chico.
Micaela escuchó. Asintió cuando correspondía, sonrió dos veces y notó que la conversación duró once minutos.
Cuando sonó el timbre volvieron juntas al aula.
A las cuatro y media Oscar estaba esperando en la puerta.
En el mismo lugar. Con el mismo auto.
—¿Cómo estuvo el día?
—Bien.
Era probablemente la primera palabra que le decía en toda la jornada.
Oscar sonrió.
—Me alegro.
Micaela apoyó la cabeza contra el vidrio y la ciudad comenzó a retroceder nuevamente.
Los mismos negocios, las mismas avenidas, los mismos semáforos.
Al llegar a casa, Graciela abrió la puerta.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Otra vez, esa palabra "Bien". Una palabra extraordinaria que servía para terminar casi cualquier conversación.
Subió a su habitación. Dejó la mochila sobre una silla y se quitó la corbata.
Por primera vez en mucho tiempo no escuchó música.
Se acostó sobre la cama y miró el techo.
La grieta seguía allí.
Pensó que las grietas tenían algo honesto. No intentaban parecer otra cosa. Estaban rotas y lo mostraban.
Se levantó y fue hasta el escritorio.
Abrió uno de los cajones y encontró un cuaderno que casi no utilizaba.
Tomó una lapicera y durante unos minutos no escribió nada.
Después puso la fecha y debajo escribió:
"Hoy una chica me preguntó si me pasaba algo." 
Se quedó mirando la oración y agregó:
"Le dije que no." 
Esperó unos segundos, y prosiguió:
"Mentí."
Apoyó la lapicera y desde abajo llegó la voz de Graciela hablando con alguien.
Más tarde llegaría su padre, después su madre.
Cenarían, tal vez hablarían. Quizás discutirían otra vez.
Y mañana, a las siete menos diez, volvería a escuchar los pasos en el pasillo.
Dos golpes en la puerta.
Buen día, Micaela.
Tostadas con manteca y dulce.
Café con leche.
La corbata.
Oscar.
El Mercedes.
La escuela.
"Bien." 
"Todo bien." 
Micaela volvió a tomar la lapicera y debajo de lo anterior escribió una última frase:
"Creo que necesito un amigo." 
La leyó varias veces. Le produjo vergüenza.
Estuvo a punto de arrancar la hoja, pero no lo hizo.
Cerró el cuaderno y lo guardó en el último cajón. Después se acercó a la ventana.
En la vereda de enfrente dos chicos estaban sentados sobre el cordón. Uno hablaba moviendo exageradamente las manos y el otro se reía.
No hacían nada extraordinario.
No tenían un Mercedes esperando, no había una fiesta, ni una casa enorme, ni alguien que les acomodara la ropa antes de salir.
Simplemente estaban ahí. Juntos.
Micaela los observó hasta que obscureció.
Esa noche sus padres volvieron a discutir. Ella escuchó las primeras palabras, una puerta y después el grito de su madre.
Pero esta vez no miró la grieta del techo. Pensó en el cuaderno guardado dentro del cajón.
Quizás escribir fuera una forma bastante pobre de hablar con alguien, pero por el momento era la única que tenía.
A la mañana siguiente Graciela golpeó dos veces.
—Buen día, Micaela.
Abrió las cortinas.
—Parece que va a estar lindo.
Micaela se levantó.
Bajó.
Comió dos tostadas.
Tomó un poco del café con leche.
Graciela repasó el saco y acomodó la corbata.
—Ahí está.
Afuera esperaba Oscar.
El Mercedes estaba encendido.
Micaela subió.
—Buen día, señorita.
El auto comenzó a bajar lentamente por el empedrado. Pero antes de que la mansión desapareciera detrás de los árboles, Micaela miró hacia la casa.
Por primera vez comprendió que no quería pasar el resto de su vida escapando de aquel lugar solamente por dentro.
Todavía no sabía cómo hacerlo.  Tampoco sabía cuándo.
Tenía una casa enorme, dinero, chofer, ropa impecable y personas encargadas de que jamás le faltara nada.
Nada, salvo lo único que comenzaba a necesitar de verdad. Alguien frente a quien pudiera dejar de decir que estaba bien.
Oscar la miró por el espejo.
—¿Todo bien, señorita?
Micaela sostuvo su mirada durante unos segundos.
La respuesta estaba preparada.
Era fácil.
La había pronunciado cientos de veces. Pero esa mañana no dijo nada.
Y aunque nadie pudiera saberlo todavía, aquel silencio fue la primera pequeña rebelión de su vida.

jueves, 17 de septiembre de 2026

La primera fuga...

La primera vez que me escapé de casa tenía quince años. No fue una huida definitiva, ni una rebelión cuidadosamente planificada. No llevaba ropa en un bolso, ni había escrito una carta explicando que necesitaba encontrar mi lugar en el mundo. Tampoco tenía un destino lejano. Iba a un cumpleaños.
La fiesta era de una amiga de Gustavo. Apenas conocía a la cumpleañera, pero eso no importaba demasiado. Ella iba a estar ahí y, a los quince años, esa era una razón suficiente para cruzar la ciudad, desobedecer a mis viejos y arriesgarme a pasar el resto de mi adolescencia castigado.
Durante varios días pensé cómo hacerlo.
Mi habitación tenía una ventana que daba al pequeño jardín de adelante. Desde allí podía salir, atravesar el pasto, treparme a un cantero y alcanzar la pared que daba a la calle. No era una muralla infranqueable, pero tampoco era tan baja como para saltarla con elegancia. Especialmente de noche, tratando de no hacer ruido y con el corazón galopando tan fuerte que parecía dispuesto a despertar a toda la casa.
La ventana era el punto más importante del plan. Tenía que dejarla abierta para poder entrar cuando regresara, pero lo tenía que hacer sin despertar a mi hermano que dormía en la misma habitación. Así que la dejé apenas abierta, con un cartón doblado, lo suficiente para meter los dedos y abrirla desde afuera. La cortina, se encargaría de tapar la escena.
También había conseguido veinte pesos a lo largo de tres semanas. Hoy puede parecer poco, pero en aquella época veinte pesos eran una fortuna. Al menos para mí. Era dinero suficiente para viajar, comprar algo para tomar y todavía regresar a casa sintiéndome un hombre económicamente independiente.
Guardé los billetes en el bolsillo como si llevara los ahorros de toda una vida y esperé a que la casa quedara en silencio. No recuerdo la hora exacta. Seguramente no era demasiado tarde, aunque para mí parecía medianoche. A esa edad, salir después de que los padres se fueran a dormir tenía algo de operación clandestina. Cada ruido se amplificaba. Una puerta que crujía podía ser una alarma. Una tos desde otra habitación, una orden de captura.
Abrí la ventana lentamente. Primero saqué una pierna. Después la otra. Me sostuve del marco y caí sobre el pasto con menos gracia de la que había imaginado. Permanecí agachado unos segundos, esperando escuchar la voz de mi viejo preguntando qué estaba haciendo, o los ladridos de los perros.
No se escuchó nada. Crucé el pequeño jardín y llegué al cantero. Apoyé un pie sobre el borde y traté de impulsarme. La primera vez resbalé. Sentí que las piedras se movían debajo de la zapatilla y estuve a punto de caerme contra unas plantas. La segunda vez logré agarrarme de la parte superior de la pared.
Me quedé colgado unos segundos.
De un lado estaba mi casa. Del otro, la calle.
Tal vez todas las primeras fugas tengan ese momento. Un instante breve en el que todavía se puede volver atrás, entrar por la ventana y acostarse como si nada hubiera ocurrido.
Pero ella estaba en esa fiesta.
Así que pasé una pierna por encima de la pared y salté. Caí sobre la vereda tratando de hacer el menor ruido posible, me acomodé la ropa y comencé a caminar intentando parecer alguien tranquilo, sin persecutas. Si alguien me hubiera visto, probablemente habría pensado que era un chico volviendo a su casa. Nadie habría sospechado que acababa de conquistar mi libertad.
Caminé hasta la parada y me tomé el 5. El colectivo estaba casi vacío. Me senté junto a la ventana en la parte de atrás, del lado opuesto al chofer y miré cómo las calles conocidas iban quedando atrás. Llevaba los veinte pesos en el bolsillo y una mezcla de miedo y entusiasmo en el cuerpo.
Cada vez que el colectivo frenaba, pensaba que podía subir alguien conocido.
Un vecino, un amigo de mis viejos, algún pariente lejano con la capacidad de aparecer en el peor momento. Pero no subió nadie.
El 5 siguió avanzando hasta Flores, mientras yo ensayaba mentalmente las posibles explicaciones que daría si todo salía mal. Ninguna era demasiado convincente.
Cuando bajé, todavía tuve que caminar varias cuadras hasta la casa de la amiga de Gustavo. No conocía bien la zona y tuve que reconstruir las indicaciones que me habían dado. Doblar en una esquina, seguir hasta determinada avenida, buscar una casa con una puerta de cierto color.
En aquellos años no había un teléfono que indicara el camino ni un punto luminoso moviéndose sobre un mapa. Uno tenía una dirección escrita en un papel y la esperanza de no haberse equivocado de calle.
Finalmente encontré la casa.
Desde afuera se escuchaba música. Había luces encendidas, voces y algunas personas reunidas cerca de la entrada. Respiré profundo antes de tocar el timbre, como si necesitara recuperar la normalidad después de haber cruzado media ciudad en condición de prófugo.
Para mi sorpresa, me abrió Gustavo. Me saludó con un abrazo y un vaso de cerveza, sin comprender del todo la dimensión de mi hazaña. Para él yo simplemente había llegado a un cumpleaños. No sabía que había dejado una ventana abierta, cruzado un patio, escalado un cantero y saltado una pared para estar ahí.
Entré, saludé a la cumpleañera y a varias personas que no conocía. Alguien me alcanzó algo para tomar. Me quedé un rato cerca de Gustavo, tratando de disimular que en realidad buscaba a una sola persona.
Entonces la vi.
Estaba del otro lado de la habitación, hablando con unas amigas.
No ocurrió nada extraordinario. No se detuvo la música, ni las luces cambiaron de intensidad. Nadie señaló su presencia. Sin embargo, durante unos segundos, todo lo demás perdió importancia.
Ella también me vio. Luego de un rato nos acercamos y charlamos durante buena parte de la noche. Nos reímos mucho. Hablamos de cosas que seguramente entonces parecían importantes y que ahora no podría recordar. En algún momento bailamos algo, o al menos hice el intento, mientras ella disimulaba su vergüenza. Nunca fui demasiado bueno bailando. Probablemente pasé más tiempo tratando de no pisarla que siguiendo la música. Pero ella se reía y eso alcanzaba para que la noche tuviera sentido.
Lamentablemente no hubo un beso.
Durante años pensé aquella noche desde ese lugar. Como una oportunidad que no había terminado de concretarse, una historia a la que le faltaba la escena principal:  Había escapado de casa; había trepado una pared; había atravesado media ciudad; había llegado hasta Flores con veinte pesos en el bolsillo. Y, sin embargo, no la había besado.
Con el tiempo comprendí que el beso no era lo importante.
Lo importante había sucedido mucho antes, cuando dejé la ventana abierta y apoyé el pie sobre aquel cantero. O quizás cuando me quedé colgado de la pared, con mi casa de un lado y la calle del otro.
Aquella noche no la pude besar, pero aprendí que era capaz de escapar por algo que deseaba y que podía tomar un colectivo solo, cruzar barrios desconocidos y llegar hasta una fiesta siguiendo una dirección escrita en un papel. También, que algunas aventuras no tienen la recompensa que imaginamos, sino que a veces uno realiza un viaje enorme para conseguir apenas una conversación, unas risas y un baile torpe con la chica que le gusta.
Pero eso no significa que el viaje haya sido inútil. Durante mucho tiempo recordé aquella noche por el beso que no ocurrió. Ahora la recuerdo por el chico que fui. Ese que creyó que veinte pesos eran una fortuna, que una pared podía separar la obediencia de la libertad y que ver a una chica durante unas horas justificaba cualquier riesgo.
Después regresé a casa. Volví a tomar el 5, caminé por las mismas calles y salté nuevamente la pared, con la ayuda de una cuerda que había disimulado anteriormente. Crucé el pequeño jardín, abrí os postigos de la ventana que había dejado entreabierta e ingresé en mi habitación con mucha cuidado y lentitud.
Nadie se había despertado, ni siquiera mi hermano.
Me acosté sin prender la luz, todavía vestido, con el corazón lleno de una felicidad incompleta.
No hubo un beso, pero durante unas horas tuve quince años, veinte pesos en el bolsillo y toda la ciudad por delante. En aquel momento no lo sabía, pero pocas veces volvería a sentirme tan libre.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Aquella hora en que todo vuelve...

No recuerdo por qué había llegado a aquella estación, tal vez porque buscaba refugio de la lluvia. Quizás necesitaba sentarme un momento, o simplemente había llegado hasta allí porque, algunas tardes, uno camina sin saber del todo hacia dónde va. El cuerpo sólo avanza y la cabeza se va quedando atrás, detenida en algún pensamiento que no termina de tomar forma.
La estación estaba casi vacía.
Había un hombre dormido sobre un banco, una mujer mirando el teléfono y dos chicos que corrían cerca de las vías mientras la madre les pedía que no se alejaran. En un rincón, un reloj no muy grande marcaba las seis y cuarto. No sé si funcionaba. Los relojes antiguos tienen esa particularidad: aun cuando están detenidos, uno les cree.
Me senté junto a una ventana.
Afuera llovía sobre los techos de chapa. El agua formaba pequeños caminos en el vidrio y deformaba las luces de la calle. Los autos pasaban despacio, levantando agua sobre el cordón. Cada tanto se escuchaba una bocina, el chillido de los frenos o el anuncio metálico de alguna formación que todavía estaba lejos.
Entonces vi a un hombre cruzando el andén con una valija.
Durante un segundo pensé que era mi padre. Aunque no se parecía demasiado. A lo mejor era la forma de caminar, ligeramente inclinado hacia adelante, o el modo en que sostenía la valija, con el brazo separado un poquito del cuerpo. Mi padre caminaba así cuando regresaba de algún viaje. Yo lo esperaba junto a mi madre y hermano, y apenas lo reconocía entre la gente, corría hacia él.
Aquella imagen apareció completa, para luego irse. 
La estación volvió a llenarse de voces. Sentí el olor del café que vendía un vendedor ambulante en vasos de plástico, el humo de los cigarrillos de las personas que iban y venían, la humedad de los abrigos y el perfume de mi madre. Me vi sentado sobre una valija, balanceando las piernas, mientras preguntaba cuánto faltaba para que llegara el tren.
Entonces aquel hombre cruzó frente a mí.
No era mi padre. Siguió caminando hasta perderse detrás de una columna, pero el recuerdo ya había quedado abierto.
La memoria funciona de esa manera. Uno cree que los días pasados están guardados en algún lugar profundo y ordenado, como fotografías dentro de una caja o álbum. Pero basta una forma de caminar, una canción o el olor de una estación mojada para que todo vuelva sin pedir permiso.
Y cuando vuelve, no lo hace solo, sino que regresa a la persona que fuimos.
Volvió aquel chico que esperaba trenes sin pensar que algún día dejaría de hacerlo. El que creía que los padres siempre regresarían y que las personas importantes permanecerían en el mismo lugar de siempre. El que todavía no sabía que la vida también estaba hecha de andenes, despedidas y valijas que terminan alejándose.
Miré mis manos.
Ya no eran las manos de aquel chico. Habían sostenido otras cosas. Herramientas, libros, volantes, vasos, otras manos. Habían saludado, trabajado, escrito, acariciado y también soltado.
Sobre ellas había pequeñas marcas que no recordaba haber ganado. Pensé entonces en la extraña acumulación que somos.
Dentro de nosotros viven todas las edades que tuvimos. El niño que espera, el adolescente que quiere irse, el joven que cree que puede cambiarlo todo y el adulto que, algunas noches, sólo quisiera comprender del todo qué pasó.
Ninguno desaparece por completo. Se van quedando en silencio, detrás de nuestros gestos, esperando que algo los despierte.
Afuera, la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Los chicos dejaron de correr y se acercaron a su madre. El hombre que dormía despertó, miró alrededor y volvió a cerrar los ojos. La mujer guardó el teléfono dentro de su bolso.
Durante unos minutos nadie habló.
La estación parecía suspendida entre dos tiempos. Ya no era solamente aquella construcción vieja, con sus bancos gastados y sus luces amarillas. También era la estación de mi infancia y todas las estaciones que habían existido antes de nosotros.
Pensé en quienes habían esperado allí durante décadas. Soldados, trabajadores, estudiantes, familias enteras. Personas que viajaban para empezar otra vida y otras que regresaban después de haber fracasado. Algunos habrían prometido escribir. Otros habrían jurado volver.
Probablemente muchos no cumplieron. 
Quizás en aquel mismo banco alguien recibió una noticia que le cambió la vida. Tal vez alguien se despidió para siempre sin saberlo. A lo mejor un padre, muchos años antes, había esperado a su hijo con la misma ansiedad con la que yo había esperado al mío.
Y, de pronto, sentí mi pequeñez. Yo no era más que un hombre sentado junto a una ventana, mirando llover. Un instante breve dentro de una historia demasiado extensa. Uno de los tantos que habían pasado por aquel lugar y que, tarde o temprano, serían olvidados.
Esa idea debería haberme entristecido. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Comprendí que no estaba solo.
Mi recuerdo no me pertenecía por completo. Formaba parte de algo más antiguo: la necesidad humana de esperar a quienes amamos, el miedo de que no regresen y la alegría de reconocerlos entre la multitud.
Antes de mí, otros habían sentido lo mismo. Después de mí, también lo sentirían.
Quizás pertenecer sea eso. No ocupar un lugar importante en la historia, sino descubrir que nuestras pequeñas emociones forman parte de una historia mucho más grande. Una historia escrita por millones de personas que se buscaron en estaciones, aeropuertos, puertos, plazas y puertas entreabiertas.
Personas que miraron un reloj. Que cargaron una valija. Que esperaron. Que finalmente vieron aparecer a alguien.
La voz de los altoparlantes anunció la llegada de un tren. La mujer se levantó. Los chicos se acercaron al borde del andén y su madre los tomó de las manos. El hombre dormido acomodó su saco y miró hacia las vías.
A lo lejos apareció una luz.
Primero fue apenas un punto entre la lluvia. Después creció lentamente, iluminando los rieles y las gotas suspendidas en el aire.
Por un instante, todos miramos en la misma dirección.
El presente, el pasado y la memoria parecieron reunirse bajo aquella luz. El chico que fui, el hombre que era y todas las personas que alguna vez habían esperado allí quedaron unidos en un mismo gesto... mirar hacia lo que llega.
El tren entró en la estación con su ruido de acero, agua desplazada y frenos. Las puertas se abrieron. Algunas personas bajaron. Otras comenzaron a subir. Hubo abrazos, saludos rápidos y miradas que buscaban entre la gente.
Permanecí sentado. No esperaba a nadie.
O tal vez sí.
Quizás había ido hasta aquella estación para encontrarme, durante unos minutos, con todos los que alguna vez había sido.
Después la lluvia comenzó a detenerse.
Me levanté, acomodé mi abrigo y caminé hacia la salida. Antes de cruzar la puerta miré una vez más el reloj.
Seguía marcando las seis y cuarto. Sonreí entendiendo que algunos relojes no están detenidos. Simplemente guardan una hora a la que, por alguna razón, todavía necesitamos volver.

jueves, 27 de agosto de 2026

Tienda de nostalgias...

Encontré la tienda una tarde de lluvia.
Estaba entre una relojería que siempre tenía la persiana baja y un antiguo estudio fotográfico donde todavía se exhibían retratos de comuniones, casamientos y niños que seguramente ya eran viejos.
El local no tenía nombre.
En la vidriera había una pelota gastada, una entrada de cine, dos copas de cristal y una pequeña valija marrón. Ninguno de esos objetos parecía tener valor. Sin embargo, me detuve a mirarlos como si reconociera algo.
Adentro olía a madera encerada, polvo y mandarinas.
Detrás del mostrador había un hombre delgado, con un chaleco gris y unos anteojos demasiado grandes. No me preguntó qué buscaba. Las personas que trabajan en ciertos lugares saben que uno nunca entra por casualidad.
Las paredes estaban cubiertas de estantes. Sobre ellos había cajas de diferentes tamaños. Algunas llevaban nombres escritos a mano:
"El verano en que te quedaste." 
"La llamada que atendiste a tiempo." 
"El viaje que finalmente hicimos." 
"La tarde en que dijiste que sí." 
Le pregunté qué vendía.
—Recuerdos —respondió.
—Pero esas cosas nunca ocurrieron.
El hombre acomodó sus anteojos.
—Por eso cuestan más.
Abrió una caja pequeña. Dentro había una playa desierta, dos bicicletas apoyadas contra una pared y una mujer riéndose bajo el sol. No reconocí el lugar, pero sentí que alguna vez había sido feliz allí.
Después abrió otra. Vi una casa con un jardín. Había una mesa bajo un árbol, juguetes sobre el pasto y dos personas envejeciendo juntas. La imagen duró apenas unos segundos, pero cuando desapareció sentí una tristeza antigua, como si me hubieran arrebatado algo que siempre había sido mío.
—La nostalgia no necesita hechos —explicó el vendedor—. También podemos extrañar aquello que no sucedió.
Seguí recorriendo el local.
Había recuerdos de hijos que nunca nacieron, libros que no fueron escritos, goles que pegaron en el palo y amores que terminaron antes de comenzar. En un rincón guardaban las palabras que dijimos demasiado tarde. En otro, las disculpas que nunca nos animamos a pedir.
No eran recuerdos verdaderos. Pero dolían como si lo fueran.
Entonces comprendí que no vendían el pasado. Vendían versiones de nosotros mismos. La persona que habríamos sido si tomábamos aquel tren, si cruzábamos aquella puerta o si permanecíamos cinco minutos más en una conversación.
Antes de irme vi una caja azul que tenía mi nombre. Debajo, con una letra pequeña, alguien había escrito:
"La vida que imaginaste con ella." 
Extendí la mano, pero no llegué a tocarla.
Pregunté cuánto costaba.
El vendedor me observó durante unos segundos.
—Una memoria verdadera ¿está seguro de quererla?. 
Miré nuevamente la caja.
Pensé en las tardes que sí habían ocurrido. En las calles que habíamos caminado, en las palabras pronunciadas, en una canción escuchada dentro de un auto y en cierta forma de despedirse sin mirar hacia atrás.
Eran pocas cosas, pero eran mías.
Salí sin comprar nada.
La lluvia había terminado y las luces de la calle se reflejaban sobre el asfalto mojado. Cuando volví la mirada, la tienda ya no estaba. Sólo quedaban la relojería cerrada y el viejo estudio fotográfico.
Metí las manos en los bolsillos y comencé a caminar. Durante varias cuadras pensé en aquella caja azul.
Tal vez todavía lo hago.
Porque algunas ilusiones no necesitan haber ocurrido para acompañarnos. Permanecen a nuestro lado, envejecen con nosotros y ocupan silenciosamente el lugar de una vida que jamás existió.
Acaso la nostalgia sea también eso: recordar con tristeza algo que nunca tuvimos, pero que, por un momento, estuvimos seguros de merecer.

lunes, 17 de agosto de 2026

Lo que nadie sabe...

¿Se puede tener un amor inconfesable?
En mi caso, sí.
Y no hablo de un amor prohibido por grandes tragedias, por familias enfrentadas o distancias imposibles (de esos si que los hay). Tampoco de uno de esos secretos que, al descubrirse, cambian el destino de muchas personas. Lo mío es algo bastante más sencillo. Y tal vez por eso, más difícil de explicar.
Es un amor de muchos años. De esos que aprenden a convivir con el paso del tiempo, con las obligaciones, las ausencias y las vidas que continúan por caminos diferentes. Un amor que no ocupa un lugar visible, pero que permanece, allí, acurrucado en un rincón. 
Nadie lo sabe, excepto yo.
Durante mucho tiempo creí que los sentimientos necesitaban ser expresados para existir. Que amar implicaba decirlo, buscar una respuesta, intentar transformar aquello en una historia.
Pero después comprendí que no siempre es así.
Hay amores que viven mejor en silencio.
Uno aprende a guardarlos en pequeños lugares: una canción  que suena mientras manejas, una fecha que todavía uno recuerda sin necesidad de anotarla, una calle por la que uno evita pasar o esa foto que nunca me animé a borrar.
A veces alcanza con escuchar su nombre para que todo vuelva. Pero no vuelve solamente la persona. También vuelve la edad que teníamos, el lugar, el tiempo de aquella tarde y las palabras que no dijimos. Regresa aquella versión de nosotros mismos que todavía creía que el tiempo era infinito y que siempre habría otra oportunidad.
Parece difícil vivir así. Pero se puede.
Uno trabaja, conversa, se ríe, hace planes y continúa adelante. Nadie nota que, en alguna parte, permanece encendida una luz que nunca se apagó del todo.
Ya no es una espera, tampoco una promesa.
Es simplemente la aceptación de que alguien puede ocupar un lugar dentro de nosotros sin saberlo. Que no todos los amores necesitan convertirse en pareja, en recuerdo compartido o en fotografía sobre un mueble.
Algunos sólo necesitan existir.
Quizás confesarlo cambiaría las cosas. Seguramente las volvería peores. O quizá destruiría esa pequeña construcción que los años levantaron en silencio.
Nunca lo sabré.
Por eso continúo guardándolo.
No por cobardía, aunque seguramente algo de eso existe. Lo guardo porque también hay sentimientos que, al ser pronunciados, pierden parte de su verdad. Como esos sueños que parecen perfectos hasta que intentamos contarlos y descubrimos que las palabras no alcanzan.
Ella no sabe que la amo desde hace tantos años.
No sabe que algunas veces apareció en mis pensamientos sin haber sido llamada, ni que ciertas canciones todavía parecen hablar de nosotros, aunque ese nosotros nunca haya existido.
Tal vez ésa sea la parte más extraña... Amar también lo que no ocurrió.
La conversación que no tuvimos, el viaje que no hicimos, la casa en la que nunca vivimos y todas esas pequeñas escenas que la imaginación construyó con los restos de una historia incompleta.
¿Se puede tener un amor inconfesable?
Sí.
Se puede llevar durante años sin que nadie lo descubra. Se puede aprender a convivir con él, darle un lugar y continuar viviendo.
Sólo hay que aceptar que algunos amores no llegan para convertirse en una historia. Llegan para acompañarnos en secreto.

viernes, 7 de agosto de 2026

Las últimas fotos del naufragio…

Primero aparecieron los mensajes de quienes todavía recordaban la fecha sin que una red social tuviera que recordársela. Después llegaron los otros, los que escribieron porque una pantalla les avisó que debían hacerlo. Hubo saludos afectuosos, algunos signos de exclamación por demás, fotografías viejas compartidas, promesas de encuentros y esa clase de frases que se repiten todos los años, aunque nadie sepa muy bien qué significan: “Que seas feliz”; “Que se cumplan todos tus deseos”; ”Que la vida te devuelva todo lo bueno que merecés”.
A cierta edad, uno deja de pedir deseos cuando sopla las velas. No porque ya no los tenga, sino porque uno intuye que algunos deseos no se cumplen y otros, cuando finalmente lo hacen, llegan tan tarde que ya no encuentran a la misma persona esperándolos.
Aquella noche había poca gente en casa. Una torta sobre la mesa, dos botellas de vino, platos que no combinaban entre sí y una vela con forma de número que seguramente volvería a utilizarse en otro cumpleaños. Afuera llovía con suavidad. Las gotas resbalaban por el vidrio y deformaban las luces de la calle.
Fue entonces cuando llegó su mensaje.
No decía demasiado.
—Feliz cumpleaños. Gracias por guardar mi secreto, incluso ahora que estamos separados.
Lo leí varias veces. Después dejé el teléfono boca abajo, junto a mi copa.
Hay palabras que no necesitan ser extensas para abrir una puerta. Algunas apenas empujan el picaporte y dejan entrar de golpe una habitación, una calle, una escuela, una edad que creíamos perdida.
Volví a verla en el salón de actos.
Era julio y hacía frío. Los calefactores de la escuela funcionaban mal y todos ensayábamos con las camperas puestas. Las ventanas estaban empañadas y el piso de madera crujía cada vez que alguien atravesaba el escenario. Olía a témpera, a guardapolvos húmedos y a ese polvo antiguo que parecía vivir detrás de los telones.
Nos preparábamos para el acto del 9 de Julio. A ella y a mí nos había tocado representar una pequeña escena. Yo hacía de un muchacho que anunciaba la Independencia y ella interpretaba a una mujer del pueblo. No recuerdo exactamente quién había escrito aquel diálogo. Probablemente la maestra de Lengua o algún profesor con más entusiasmo patriótico que talento teatral.
Mi parlamento era largo. El de ella tenía apenas dos líneas.
Yo me sabía las mías desde hacía una semana. Las había repetido mientras caminaba a la escuela, mientras me bañaba y hasta durante la cena, para desesperación de mi hermano, que ya no quería escuchar nada sobre congresales, cadenas, ni pueblos libres.
Ella, en cambio, no sabía la suya.
El día del ensayo general estaba más inquieta que de costumbre. Caminaba de un lado para el otro, se acomodaba el pelo y miraba el papel como si las palabras fueran a ordenarse solas por lástima. Su personalidad era atávica. Había en ella algo antiguo, una forma de defenderse, de desconfiar y de resistir que parecía heredada de mujeres que habían cruzado inviernos, guerras y despedidas mucho antes de que nosotros naciéramos. Pero aquella mañana tenía miedo.
No era miedo al escenario, era miedo al reto.
Cuando llegó nuestro turno, nos paramos frente al profesor. Detrás de nosotros había un dibujo enorme de la Casa de Tucumán, hecho con cartulinas blancas y temperas que tenía las columnas torcidas. En un costado, una bandera nacional se sostenía con cinta adhesiva. Cada tanto, una punta se despegaba y alguien debía volver a pegarla.
El profesor levantó la mano.
Yo dije mi primera línea.
Ella debía responder, pero se quedó callada.
Esperó unos segundos. Miró hacia el piso y después me miró a mí.
El profesor golpeó el guion contra la palma de su mano.
—Otra vez —dijo.
Empezamos de nuevo.
Dije mi línea con más fuerza. Ella abrió la boca, pero las palabras no salieron. El silencio se extendió sobre el escenario y algunos compañeros empezaron a reírse por lo bajo.
Entonces el profesor la retó. Le habló de responsabilidad, de compromiso y de respeto por el trabajo de los demás. Ella intentó explicar lo que pasaba, pero cada palabra parecía empeorar la anterior. Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y comprendí que ya no estaba escuchando el reto, sino que solamente esperaba que terminara.
Volvimos a empezar.
Dije la primera parte. Cuando llegó el momento de continuar, me quedé callado.
El profesor me miró.
—¿Y ahora qué te pasa a vos?
Bajé la vista.
—No me acuerdo.
—¿Cómo que no te acordás?
—No estudié profe, perdón.
Era mentira, me sabía cada palabra.
El segundo reto fue para mí. Fue más largo que el primero porque, según el profesor, de mí esperaba otra cosa. Habló de decepción, de falta de interés y de todo el esfuerzo que estaba desperdiciando. Mientras lo escuchaba, miré de reojo hacia ella.
Ya no estaba llorando, incluso sonrió apenas.
De aquella forma, el peso del reto se había repartido entre los dos. No desapareció, pero se volvió más liviano. Años después aprendí que algunas cargas no pueden evitarse. Lo único que podemos hacer es poner el hombro para que otra persona no tenga que llevarlas sola.
El día del acto salió bien. Ella dijo su línea y yo también dije la mía.
Nuestros padres aplaudieron, el profesor quedó conforme y la bandera volvió a despegarse justo cuando empezamos a cantar el himno. Nada de aquello parecía importante. Era apenas una ceremonia escolar, una mañana fría y dos chicos interpretando personajes que no comprendían.
Sin embargo, cuando terminó, ella me alcanzó en el patio.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Vos sabés.
No hablamos más del asunto.
A esa edad uno cree que pertenecer significa conocer las calles, las casas y los nombres de los vecinos. Creemos que pertenecemos a una escuela porque reconocemos el sonido del timbre, a un barrio porque sabemos qué vereda se inunda cuando llueve o a una ciudad porque aprendimos a regresar incluso de noche.
Mucho después entendí que pertenecer no radica en los lugares, sino en las personas.
Un lugar puede permanecer intacto y volverse completamente extraño cuando ya no está quien le daba sentido. En cambio, una persona puede convertir en hogar una estación, una habitación de hotel, un banco de plaza o el asiento trasero de un auto.
Ella fue durante mucho tiempo uno de esos lugares.
Crecimos.
Nos despedimos de la escuela primaria sin saber que aquella despedida era verdadera. Después vinieron los horarios distintos, las nuevas amistades, las materias que se acumulaban y los fines de semana en los que cada uno empezó a construir su propio mundo.
Durante un tiempo nos escribimos cartas. Nunca fueron cartas importantes. Hablábamos de profesores, de música, de compañeros y de los primeros amores, esos que parecen definitivos porque todavía no conocemos la cantidad de veces que puede equivocarse el corazón.
En una de aquellas cartas me escribió que quería conocer el mundo. Yo le contesté que quería cambiarlo.
Los dos éramos ridículos, pero también éramos sinceros.
Primero creamos las cosas en el pensamiento y después intentamos llevarlas al mundo físico. Imaginamos una casa antes de levantar sus paredes. Vemos un viaje antes de comprar el pasaje. Amamos una vida antes de vivirla. Quizás por eso pasamos tantos años buscando una estrella que nunca alcanzaríamos.
Nos reencontramos muchos años después. Fue en otro cumpleaños, aunque no recuerdo de quién. Había música demasiado fuerte, gente conversando en grupos y una mesa larga donde se acumulaban vasos, servilletas usadas y botellas vacías. La vi del otro lado del patio. Estaba hablando con alguien, pero en un momento levantó la mirada y me encontró.
Nos reconocimos enseguida.
Hay personas a las que el tiempo modifica sin conseguir borrarlas. Seguía teniendo aquel gesto antiguo, aquella manera de observar como si detrás de cada palabra existiera otra intención. Tenía algunas arrugas alrededor de los ojos y una cicatriz pequeña junto a la ceja. Yo también había cambiado. Llevaba encima mis propias derrotas, aunque todavía intentaba disimularlas.
Nos acercamos.
—¿Todavía te sabés la línea? —preguntó.
—Nunca dejé de saberla.
Se rio y después nos abrazamos. No fue un abrazo largo, pero alcanzó para que regresara el salón de actos, el telón, el profesor y aquella bandera sostenida con cinta adhesiva.
Con el correr de los días, empezamos a vernos. Al principio fueron cafés. Después cenas, caminatas y viajes sin demasiado propósito. Hablábamos de las vidas que habíamos tenido lejos del otro y, al hacerlo, intentábamos descubrir si todavía quedaba algún lugar donde pudieran encontrarse.
Ella había vivido de muchas maneras. Había cambiado de ciudad, de trabajo y de amores. Coleccionaba miradas y besos que no tenían dirección ni lugar. No porque fuera incapaz de amar, sino porque había aprendido a retirarse antes de que alguien pudiera abandonarla.
Yo, en cambio, había permanecido demasiado tiempo en los mismos sitios. Me había acostumbrado a combatir. Era un contraste extraño: estar en la vanguardia, peleando la batalla de mi vida, mientras una parte de mí seguía esperando en aquel escenario escolar.
Nos quisimos como pudimos, tal vez incluso nos amamos.
Todo amor nace en una zona profunda del corazón, un lugar al que no llegan las explicaciones. Por eso, cuando somos rechazados, el dolor se parece a una flecha. No atraviesa una idea, ni una ilusión. Nos atraviesa a nosotros.
Había noches en las que ella se quedaba dormida sobre mi pecho. Yo escuchaba su respiración y pensaba que tal vez habíamos llegado, que después de tantos caminos habíamos encontrado el sitio al que pertenecíamos.
Pero las historias no se terminan cuando uno lo desea. Se escriben con cada decisión tomada y también con aquellas que postergamos hasta que ya no hay nada que decidir.
Un día ella recibió una propuesta de trabajo en otra provincia. Era una oportunidad importante. La clase de oportunidad que había esperado durante años. Yo le dije que debía aceptarla. Ella me preguntó si iría con ella.
No supe responder.
Tenía mi trabajo, mi casa, mis viejos y aquella batalla personal que todavía no había terminado. Pensé que el amor debía comprenderlo. Ella pensó exactamente lo mismo y nos dejamos arrastrar por la corriente.
Primero fueron discusiones pequeñas. Después llegaron los silencios, que siempre son los que ocupan más espacio. Finalmente, empezamos a hablarnos como dos náufragos que se gritan desde tablas diferentes, mientras el mar decide hacia dónde llevarlos.
Antes de que se marchara, preparé una caja. Guardé fotografías de nuestros viajes, entradas de cine, un boleto de colectivo, una servilleta donde ella había escrito una frase y el programa amarillento del acto del 9 de Julio. No sé cómo había logrado conservarlo durante tantos años.
Se la entregué en la estación.
—¿Qué es? —preguntó.
—Las últimas fotos de este naufragio.
Abrió la caja. Miró cada cosa en silencio. Cuando encontró el programa del acto, pasó los dedos por el papel como si tocara algo frágil.
—Guardaste el secreto —dijo.
—Siempre.
El tren llegó unos minutos después.
No hubo una despedida cinematográfica. No corrí junto al vagón ni golpeé la ventana. Ella no bajó en el último instante. Nos abrazamos, nos dijimos algunas palabras inútiles y después cada uno hizo aquello que había decidido hacer.
Ella subió. Yo me quedé.
Durante mucho tiempo creí que quedarme había sido una forma de cobardía. Después pensé que dejarla ir había sido un acto de amor. Finalmente comprendí que quizá no había sido ninguna de las dos cosas. Simplemente había elegido.
Y toda elección salva una parte de nosotros mientras condena otra.
Muchas veces busqué respuestas en el pasado. Volví a las fotografías, a las cartas y a los lugares donde habíamos estado. Intenté descubrir el instante exacto en que comenzó la despedida. Quise saber qué palabra podría haber dicho, qué tren debería haber tomado o qué vida habría comenzado al acompañarla.
Pero el pasado rara vez ofrece respuestas. La mayoría de las veces sólo devuelve nuevas preguntas: ¿Habríamos sido felices?; ¿Nos habríamos separado de todos modos?; ¿Ella necesitaba que fuera con ella o necesitaba saber que estaba dispuesto a hacerlo?; ¿Yo me quedé por mis responsabilidades o porque tenía miedo?
No lo sé.
Hay que hacer las paces con la vida que no fue. No para negarla, sino para permitirle descansar. Las vidas imaginadas también envejecen. También se llenan de polvo y también terminan habitando una habitación cerrada dentro de nosotros.
Y los besos nunca se mendigan… El amor que necesita ser suplicado ya ha empezado a convertirse en otra cosa desde ese mismo momento.
La noche de mi cumpleaños, después de leer su mensaje, salí al patio. La lluvia había terminado. Sobre las baldosas quedaban pequeños charcos donde se reflejaban las luces de la casa. Adentro, alguien cortaba la torta. Escuché risas, platos y una botella descorchándose.
Miré al cielo. No había estrellas.
Durante algunos años pensé que el mundo era un desierto de cenizas. Un lugar donde todo aquello que amábamos estaba destinado a arder y a ser llevado por el viento. Tal vez sea cierto. Quizás el mundo sea eso y nosotros apenas caminemos sobre los restos de cosas que alguna vez tuvieron forma. Sin embargo, incluso en un desierto alguien puede encender un fuego. Incluso entre las cenizas puede aparecer una planta. Aún un pobre “yo” quiere vivir, aunque sus angustias sean supremas.
Tomé el teléfono y respondí:
—Nunca fue solamente tu secreto.
No agregué nada más.
Ella tampoco contestó, quizás no hacía falta.
Regresé a la casa. Soplé la vela y todos los presentes aplaudieron mientras los perros ladraban y saltaban. Alguien preguntó qué deseo había pedido.
Dije que no podía contarlo porque entonces no se cumpliría. Era otra de esas mentiras piadosas que repetimos para conservar cierto orden en el mundo.
En realidad, no había pedido nada. Más bien, había comprendido que algunas historias permanecen inacabadas porque ésa es su verdadera forma. Continúan escribiéndose en las decisiones que tomamos, en los lugares a los que no fuimos, en las personas que elegimos ser después de la pérdida.
Ella había seguido su corriente. Yo me había dejado arrastrar por la mía para poder seguir siendo yo. Y aunque nunca alcanzamos aquella estrella que imaginamos cuando éramos jóvenes, al menos levantamos las manos hacia ella. Durante un instante creímos que era posible y ese gesto, aun inútil, terminó transformándonos.
Antes de acostarme volví a mirar la cicatriz que tenía en una de mis manos. Me la había hecho durante uno de nuestros viajes, intentando reparar una ventana rota. Durante años la consideré el recuerdo de algo que se había quebrado.
Esa noche entendí que estaba equivocado.
Las cicatrices no son recuerdos de lo que se rompió, son la forma que adquiere aquello que logramos crear en medio del dolor.

viernes, 24 de julio de 2026

Volver a casa…

A don Ricardo nunca le había gustado ir al centro. Demasiada gente, demasiados autos y demasiadas personas caminando sin mirar por dónde iban. Cada vez que tenía que hacer un trámite regresaba cansado, con dolor en las piernas y la sensación de haber perdido el día.
Aquella mañana debía cobrar la jubilación, llevar unos papeles a la obra social y retirar unos resultados médicos.
Su hija se había ofrecido a acompañarlo.
—No hace falta —le dijo—. Todavía puedo manejarme solo, no te preocupes.
Tenía ochenta y tres años y caminaba apoyándose en un bastón de madera que había pertenecido a su padre. Avanzaba lentamente, pero no le gustaba que lo ayudaran.
Antes de salir, su mujer le acomodó la bufanda y la boina.
—No te demores —le pidió.
—Al mediodía estoy de vuelta.
El perro permaneció sentado junto a la puerta. Era un mestizo viejo, de pelo marrón y hocico blanco, llamado León. Cuando Ricardo abrió, el animal intentó salir con él.
—Vos te quedás acá cuidando a la vieja —le reclamó.
León movió la cola.
El viaje hasta el centro fue largo. El colectivo iba lleno y durante varias cuadras tuvo que viajar parado. Una mujer joven finalmente le cedió el asiento.
—Gracias, señorita —le dijo.
—De nada, abuelo.
No le gustaba que le dijeran abuelo quienes no eran sus nietos, pero decidió no discutir.
En el banco había mucha gente. Sacó un número y se sentó a esperar. Delante de él faltaban cuarenta y tres personas.
Miró el reloj y pensó en su casa. A esa hora su mujer seguramente estaría preparando el almuerzo. Tal vez un guiso, porque el día estaba fresco. León debía estar acostado cerca de la cocina, esperando que algún pedazo de carne cayera al piso.
Cuando por fin lo atendieron, guardó el dinero en una pequeña billetera que llevaba atada al cinturón. Después caminó hasta la obra social.
Allí tuvo que subir una escalera.
Lo hizo despacio, apoyando primero el bastón y después el pie derecho. Al llegar arriba se quedó unos segundos recuperando el aire.
La empleada revisó los papeles.
—Le falta una fotocopia.
—¿Qué fotocopia?
—La del documento.
—Pero el documento lo tiene ahí.
—Necesito la fotocopia.
Don Ricardo estuvo a punto de enojarse, pero recordó que su mujer siempre le decía que discutir sólo servía para perder tiempo.
Bajó nuevamente las escaleras, cruzó la calle y buscó un local donde hacer la fotocopia.
Mientras esperaba, volvió a mirar el reloj. Ya era casi mediodía.
Imaginó a su mujer sentada junto a la ventana. Ella solía preocuparse cuando él demoraba. Desde hacía unos años, cada salida era una especie de aventura que ambos preferían evitar.
Regresó a la oficina, entregó la fotocopia y recibió una hoja sellada.
Sólo le faltaban los resultados médicos. El laboratorio quedaba a siete cuadras.
Podría haber tomado un colectivo, pero decidió caminar. Avanzó despacio, deteniéndose en cada esquina. Las personas lo esquivaban con cierta impaciencia. Algunas pasaban tan cerca que casi le golpeaban el bastón.
Cuando llegó, encontró la puerta cerrada y un cartel indicaba que atendían nuevamente a las dos de la tarde.
Don Ricardo apoyó la frente contra el vidrio. Se había olvidado el horario.
Durante unos segundos pensó en regresar otro día, pero no quería volver al centro, entonces, decidió esperar.
Entró a un bar y pidió un té.
—¿Para comer? —preguntó el mozo.
—Nada.
Tenía hambre, pero sabía que su mujer estaría esperando para almorzar con él.
Se sentó junto a la ventana. Afuera, las personas iban y venían cargando bolsas, carpetas y hablando por teléfono. Todos parecían tener un lugar al cual llegar.
Ricardo también.
Miró el reloj varias veces. A la una y media pidió la cuenta. A la una y cuarenta ya estaba parado frente al laboratorio. A la una y cincuenta volvió a leer el cartel de los horarios.
A las dos en punto golpeó la puerta.
Retiró los estudios y preguntó si estaba todo bien.
—Eso lo tiene que ver el médico —le respondió la recepcionista.
Guardó el sobre sin abrirlo.
Al salir, caminó hasta la parada. El colectivo tardó casi media hora. Después quedó detenido en medio del tránsito y tuvo que desviarse varias cuadras por una manifestación.
Don Ricardo miraba por la ventana con desesperación. Cada semáforo parecía durar más de lo normal. Cada parada era interminable. Cuando alguien subía y preguntaba algo al chofer, sentía deseos de pedirle que se apurara. Sólo quería llegar.
Finalmente bajó a cuatro cuadras de su casa.
Comenzó a caminar lo más rápido que pudo. El bastón golpeaba la vereda con un ritmo apurado. Le dolían las rodillas, la espalda y uno de los pies, pero no se detuvo.
Al doblar la esquina vio su casa. La cortina de la ventana se movió, después se abrió la puerta.
León salió corriendo. Ya no corría demasiado bien y sus patas traseras parecían ir más despacio que el resto del cuerpo, pero avanzó todo lo rápido que pudo.
Detrás apareció su mujer, apoyada en el marco de la puerta.
—¡Ricardo! —gritó—. ¿Dónde estabas?
Él se agachó con dificultad para acariciar al perro.
—Se me hizo tarde.
—Estaba preocupada.
—Te dije que iba a volver.
Su mujer lo tomó del brazo y entraron juntos.
Sobre la mesa había dos platos servidos. El guiso todavía estaba tibio.
Ricardo dejó el bastón junto a la puerta y se sentó en su lugar. León se acomodó debajo de la mesa, apoyando la cabeza sobre uno de sus zapatos.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
Ricardo miró el plato, después miró al perro y finalmente a la mujer con la que había compartido más de sesenta años.
—Bien —respondió—. Ahora que llegué, bien.
Ella le alcanzó el pan.
Don Ricardo había pasado toda la tarde intentando regresar a su casa, no porque estuviera cansado del centro, sino porque, a pesar de sus ochenta y tres años, todavía tenía la suerte de que alguien lo esperara.

viernes, 17 de julio de 2026

La última parada…

Don Ernesto salió del consultorio un poco después de las nueve de la mañana.
El médico le había dicho que estaba bien para su edad. Que tenía que caminar un poco más, comer con menos sal y no olvidarse de tomar las pastillas. Él guardó las recetas en el bolsillo interior del saco y agradeció con una sonrisa.
No tenía apuro.
En la esquina pasó el colectivo que lo dejaba a cuatro cuadras de su casa. Lo vio acercarse, levantar un poco de agua del cordón cuneta y detenerse frente a él.
Don Ernesto no subió.
Esperó el siguiente, uno que iba hacia el centro. Le preguntó al chofer si pasaba cerca de la plaza Rivadavia, aunque conocía perfectamente el recorrido. Había tomado ese colectivo cientos de veces.
Se sentó junto a la ventanilla. Durante el viaje miró los negocios en cada cuadra, los chicos entrando a la escuela y las personas que caminaban rápido, como si a todos los esperara algo importante. Él, en cambio, tenía todo el día por delante.
Bajó frente a la plaza y caminó despacio hasta uno de los bancos cercanos a la fuente. Compró el diario en el puesto de la esquina y se sentó a leerlo.
Primero leyó los títulos. Después volvió a leerlos.
Se detuvo especialmente en las páginas deportivas. Hacía años que no seguía demasiado el fútbol, pero esa mañana leyó la formación completa de todos los equipos. También repasó la tabla de posiciones, los promedios y hasta los resultados de las divisiones inferiores.
Cuando terminó, dobló el diario y lo dejó sobre sus rodillas.
Las palomas se amontonaban frente a una mujer que les tiraba migas de pan. Un chico corría detrás de ellas mientras su madre le pedía que no se alejara.
Don Ernesto miró la hora.
Todavía era temprano.
Caminó hasta un bar ubicado frente a la plaza. Se sentó junto a la ventana y pidió un café con leche con dos medialunas.
—¿Las medialunas de manteca o de grasa? —preguntó el mozo.
Don Ernesto lo pensó durante varios segundos.
—Una de cada una —respondió con la mirada perdida.
Tomó el café lentamente. Cortó las medialunas en pedazos pequeños y fue comiéndolos mientras miraba hacia la calle.
Cuando terminó, pidió otro café.
El mozo lo miró sorprendido.
—¿Otro igual, abuelo?
—No. Este cortado y en jarrito por favor —agradeció con una sonrisa.
El hombre anotó el pedido en su mente y se alejó.
Don Ernesto volvió a mirar la hora.
A esa altura podría haber regresado a su casa. Le alcanzaba con tomar un sólo colectivo. Incluso podía caminar algunas cuadras y aprovechar la recomendación del médico. Pero decidió entrar a una librería.
Recorrió los estantes sin buscar nada en particular. Leyó las contratapas de varias novelas, revisó unos libros de historia y hojeó un atlas enorme que mostraba países que nunca había visitado.
El vendedor se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda.
—Sólo estoy mirando, gracias —respondió.
Y siguió mirando durante casi una hora.
Al salir, el sol ya estaba alto. Caminó hasta la avenida y tomó otro colectivo. Eligió uno cuyo recorrido era largo y daba una vuelta innecesaria antes de acercarse a su barrio.
Se sentó en el último asiento, del lado de la puerta.
El colectivo avanzó por calles que él apenas conocía. Atravesó barrios nuevos, pasó frente a un hospital, bordeó las vías y se detuvo durante varios minutos en una barrera.
Don Ernesto no se impacientó. Al contrario.
Cuando finalmente llegó cerca de su casa, no bajó. Siguió dos paradas más y después regresó caminando.
En el camino entró a una farmacia para comprar las pastillas que le habían recetado. Luego pasó por una panadería y pidió cien gramos de masas secas.
—¿Algo más? —preguntó la empleada.
Don Ernesto observó las bandejas.
—Deme también dos vigilantes, por favor.
Al salir, volvió a consultar la hora. Faltaban diez minutos para las seis de la tarde.
Ya no quedaban más vueltas que dar.
Caminó despacio por la vereda, deteniéndose frente a cada vidriera. Saludó al hombre del kiosco, acomodó los cordones de uno de sus zapatos y permaneció unos minutos observando cómo un vecino lavaba el auto.
Cuando llegó a la esquina de su casa, se quedó quieto. Desde allí podía ver el techo, las persianas cerradas y el pequeño jardín que alguna vez había cuidado su mujer.
Respiró hondo y sacó las llaves del bolsillo.
La puerta se abrió con dificultad porque la madera se hinchaba los días de humedad.
Adentro no había nadie. El silencio lo recibió de la misma manera que todas las tardes desde que Elena ya no estaba entre nosotros.
Don Ernesto dejó las masas secas sobre la mesa, encendió la radio y colocó dos tazas. Después se sentó frente a la silla vacía.
Durante todo el día había evitado regresar a su casa, no porque no quisiera volver, sino porque sabía que nadie lo estaba esperando.

viernes, 3 de julio de 2026

Pausa…

No sé bien en qué momento dejé de mirar, pero el televisor seguía encendido al pie de la cama. Eso sí lo recuerdo. La luz azul golpeaba contra la pared y caía indefectiblemente sobre los muebles, el vaso de agua, el libro abierto boca abajo y el control remoto que había quedado retorcido entre las sábanas.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio completo, ningún silencio de noche lo es. Siempre queda algo, el motor lejano de un auto, el sonido de los perros acomodándose, la caída de una piña rodando sobre el techo y ese murmullo apenas audible de las cosas eléctricas que parecen seguir viviendo cuando uno ya no tiene fuerzas.
Estaba despierto, o casi. Hay un momento en que uno ya no está del todo despierto, pero todavía no se entregó al mundo de los sueños. Existe allí, una zona intermedia, una suerte de pasillo. Allí las imágenes no se miran, sino que se reciben. La pantalla habla y uno deja que hable. No porque importe lo que dice, sino porque a veces hace falta que algo permanezca encendido para no quedar solo con los pensamientos.
La historia que estaba mirando se cortó en la mitad de una frase… No recuerdo quién hablaba.
No recuerdo qué iba a pasar.
Tal vez era importante, o a lo mejor no. La televisión tiene esa costumbre: interrumpe una vida inventada para mostrar otras vidas todavía más breves. Uno acepta el corte como acepta tantas cosas, sin protesta, sin moverse. Sin apagar.
Entonces apareció el otro mundo. Más veloz, más iluminado que la noche real.
Primero fue el ruido. Dos autos rojos salieron disparados entre las calles de Mónaco. No parecían máquinas, eran más bien animales bajos, furiosos, hechos para morder el asfalto. La ciudad se cerraba sobre ellos como una garganta de piedra, vidrio y balcones. No había espacio, ni margen. Cada curva parecía pensada para recordarles a los hombres que la velocidad también es una forma de fragilidad.
Uno venía por afuera. El otro cerraba por adentro.
Tal vez se conocían, quizás se habían saludado minutos antes con una sonrisa, de esas que se usan cuando todos están mirando. A lo mejor, alguna vez, años atrás, habían compartido un circuito pequeño, un mecánico cansado, una lluvia de domingo, o una derrota. Pero en ese instante no había pasado. Sólo estaba el presente. Sólo el motor dándolo todo, sólo la línea blanca entrando en la curva del Casino.
Adentro del casco, el mundo debía ser otra cosa: un volante, dos espejos, la vibración constante y el pulso cerrado en la garganta.
El de adelante dudó apenas, fue casi nada. Una sombra en la maniobra, un movimiento imperceptible. Pero a cierta velocidad las dudas no son pequeñas y se agrandan, volviéndose puertas abiertas.
El otro lo vio y no levantó el pie.
Por un segundo pensé que ninguno iba a salir. La pantalla mostró las ruedas, el muro, el asfalto, una barrera de contención demasiado cerca. Sentí que yo también apretaba algo con las manos, tal vez la sábana.
Después pasaron, uno adelante. El otro detrás, separados por medio auto.
Hay distancias que en los mapas no significan nada y, sin embargo, pueden cambiar una vida entera.
Después vino otra imagen. Un balcón.
Cuatro hombres alrededor de una mesa chica. La luz era amarilla, tenue, pero suficiente apenas para ver las cartas y las caras. Sobre los bordes había vasos húmedos, una botella empezada y un cenicero que ninguno parecía reconocer como propio. Abajo seguía la ciudad.
Arriba, en cambio, el tiempo se había detenido.
Las monedas estaban en el centro. Pocas. Nadie iba a salvarse con eso. Nadie iba a arruinarse tampoco. Pero las miraban como si allí hubiera algo más que dinero. Y quizá lo había.
A veces se apuesta otra cosa. El orgullo, la memoria, el derecho a reírse del otro y la posibilidad de que la noche no termine todavía.
Se conocían demasiado.
Eso volvía peligroso el juego.
Uno mentía tocándose la oreja. Otro hablaba de más cuando tenía miedo. El tercero se reía antes de perder. El cuarto casi no decía nada. Y los hombres que callan en una mesa de juego siempre parecen guardar una carta que no está en la mano.
Alguien dijo:
—Una más.
Nadie respondió enseguida. Ese silencio fue importante, porque hay silencios que anuncian el final y silencios que lo demoran. El de ellos era de los segundos. Entonces una mano empujó monedas hacia el centro. Después otra. Las cartas volvieron a mezclarse. Alguien hizo una broma mala. Todos se rieron más de lo necesario.
No jugaban para ganar, sino que jugaban para quedarse.
Porque después cada uno tendría que volver a su casa, a sus cuentas, a los mensajes sin contestar, a la cama donde nadie pregunta cómo estuvo la noche, o donde alguien pregunta demasiado. La adultez no siempre separa a los amigos de golpe. A veces lo hace con suavidad, con horarios, con trabajo y cansancio.
Por eso ellos seguían ahí.
Apostando poco y defendiendo mucho.
Uno mostró las cartas y los otros gritaron. Hubo acusaciones, insultos cariñosos, una mano golpeando la mesa. Alguien pidió revancha. Otro dijo que ahora sí era la última.
Nadie le creyó. Ni siquiera él.
Luego apareció una cocina.
Una mujer se dobló sobre la mesada. El cuchillo quedó quieto junto a una cebolla abierta. Había un tomate partido, una olla sin fuego, un repasador húmedo. Todo estaba preparado para una cena sin historia. Una de esas cenas que se hacen al volver tarde, con poco ánimo, con la cabeza todavía puesta en otra parte.
Pero el cuerpo interrumpe.
A veces el cuerpo decide hablar en un idioma brutal.
El dolor nació bajo las costillas. No fue un golpe, fue un nudo. Algo chico y cerrado, como un puño ajeno apretando desde adentro. La mujer apoyó una mano sobre la mesada.
Respiró mal.
La radio seguía sonando en algún rincón, aunque de pronto quedó lejos. Eso hacen algunos dolores: alejan el mundo. Primero la música, después los objetos y luego el aire.
No era la primera vez. Y eso era peor, porque cuando un dolor vuelve, no vuelve solo. Trae consigo todos los dolores anteriores. Las otras noches, los otros vasos de agua. La misma pregunta muda. La misma vergüenza de tener miedo por algo que tal vez no sea nada.
Abrió el botiquín.
Había gasas, frascos, curitas viejas, papeles doblados, remedios sin caja. Ese pequeño desorden donde las casas guardan una forma humilde de esperanza.
Encontró la pastilla y llenó un vaso con agua fría.
La tomó mirando el vidrio obscuro de la ventana. Del otro lado no se veía la calle, sólo su reflejo. Una mujer cansada, apenas encorvada, esperando que algo invisible hiciera su trabajo.
Pasaron unos minutos. Primero volvió el aire. Después aflojó la mandíbula.
Luego el dolor empezó a retirarse lentamente. Esas cosas no se van de golpe. Se fue como se retira una amenaza cuando entiende que ha perdido fuerza, dejando todavía un resto de miedo en el cuerpo.
La cocina recuperó su tamaño. La radio volvió a sonar. El agua goteó una vez más desde la canilla.
La mujer miró la cebolla a medio cortar. Sonrió apenas, como si le diera vergüenza haber sido vencida por algo tan íntimo. Tomó otra vez el cuchillo y siguió picando.
Afuera, la noche no se enteró de nada.
Después vi un perro.
Entró a un departamento como entran los vencedores luego de una batalla. Traía barro en las patas, lluvia en el lomo y esa alegría torpe de los animales que no conocen la culpa. Cruzó el piso encerado dejando huellas obscuras. Una, otra. Otra más. Era un camino perfecto desde la puerta hasta el sillón nuevo.
El hombre quedó inmóvil. No gritó.
A veces la derrota necesita unos segundos para ser comprendida.
El sillón tenía pocos días. Todavía olía a tela nueva, a compra reciente, a esfuerzo pagado en cuotas. El hombre lo había elegido con cuidado. Había medido el living. Había comparado colores. Había pensado, ingenuamente, que ciertas cosas podían permanecer limpias.
El perro saltó y entonces todo terminó.
El barro quedó sobre el apoyabrazos, sobre el asiento y el respaldo. El animal lo miró con la lengua afuera, orgulloso de su propia catástrofe.
—No puede ser —dijo el hombre.
Pero sí podía.
La vida doméstica está llena de cosas que no pueden ser y, sin embargo, ocurren.
Fue hasta un estante. Sacó un aerosol. Lo agitó como quien prepara un arma para una guerra pequeña. Roció la tela y pasó un paño. Esperó.
Una mancha desapareció. Después otra y otra.
El sillón fue recuperando su aspecto de objeto nuevo, de promesa intacta. El hombre se quedó mirando el resultado con una sorpresa muda. El perro movió la cola.
Fue perdonado por falta de mérito.
Después el hombre se sentó a su lado. El perro apoyó la cabeza húmeda sobre sus piernas. Olía a lluvia, a pasto, a calle. El sillón no guardaba rastros.
El hombre sí.
Y quizá por eso no lo corrió.
La última imagen fue más silenciosa.
Una mujer despierta en un edificio dormido. No se levantó de golpe. Primero intentó quedarse en la cama. Boca arriba., luego de costado. Con una pierna fuera de la sábana. Cerró los ojos con disciplina, como si dormir fuera una orden que el cuerpo debía obedecer.
No era hambre. Se lo dijo antes de levantarse.
No era hambre, pero fue a la cocina.
Caminó descalza, sin prender la luz del pasillo. La heladera abrió una claridad blanca sobre el piso. A esa hora, la luz de una heladera parece una confesión.
Sacó un vaso alto y sirvió algo espeso, frío, obscuro.
El líquido cayó despacio. El hielo crujió. Ella sostuvo el vaso con las dos manos, como si necesitara abrigarse con algo helado.
Tomó el primer sorbo y cerró los ojos.
No era hambre. Era otra cosa, un hueco, una pequeña ansiedad. El resto de un día demasiado largo. Una tristeza sin motivo suficiente para llamarse tristeza.
Hay dolores que no justifican una lágrima, pero sí una madrugada en la cocina.
Bebió en silencio.
Desde la ventana vio una sola luz encendida en el edificio de enfrente. Pensó que tal vez alguien más estaba despierto. Quizás otra persona con un vaso en la mano. A lo mejor alguien mirando una pantalla, tal vez nadie.
Las luces ajenas permiten imaginar compañías que no existen.
Cuando terminó, lavó el vaso con cuidado para no hacer ruido. Después volvió a la cama.
La obscuridad la recibió como si nunca se hubiera ido.
Entonces la historia principal regresó.
Al principio no entendí dónde estaba. Había un hombre hablando en una habitación. Una mujer lo escuchaba desde una ventana. La música intentaba convencerme de que esa escena era importante.
Pero yo había perdido el hilo, o el hilo se había perdido solo.
Me quedé mirando la pantalla. La luz azulada seguía respirando al pie de la cama. Los personajes continuaban como si nada hubiese pasado, como si durante su ausencia no hubieran doblado dos autos en Mónaco, como si nadie hubiera apostado durante la noche sobre una mesa, como si ningún dolor se hubiera cerrado bajo unas costillas, como si un perro no hubiese ensuciado un sillón nuevo, como si una mujer no hubiera bebido sola para apagar algo que no sabía nombrar.
Pensé en ese tiempo raro entre una cosa y otra.
El tiempo de la pausa.
No pertenece a la película. Tampoco pertenece del todo a la realidad. Es una tierra breve, sobrante, donde aparecen fragmentos que nadie retiene demasiado. Pero acaso la vida esté hecha de eso. No de las escenas principales, sino de lo que ocurre mientras esperamos que vuelvan.
Esperamos que vuelva la historia, que hierva el agua. Que pase el dolor. Que alguien muestre las cartas, que una curva no termine contra el muro, que una mancha desaparezca. Que la noche afloje, que el sueño llegue.
La televisión seguía hablando. Cada vez más lejos. Busqué el control remoto, pero no la apagué. Sólo bajé un poco el volumen.
Antes de dormirme pensé que uno recuerda muy pocas cosas completas, más bien recuerda pedazos. Una luz, una frase. Una mano sobre una mesa, un motor.
Un vaso, una mancha. Una respiración.
Tal vez entre la programación y las pausas haya una verdad escondida. La historia principal pretende avanzar. Loa pausas, en cambio, muestran apenas destellos. Cosas que empiezan y terminan antes de que podamos defendernos.
Después la habitación empezó a borrarse junto al vaso de agua, al libro abierto, el control remoto y la pantalla.
Todo entró despacio en la misma obscuridad.
Y me dormí con la sensación de haber visto, entre una cosa y otra, algo parecido al mundo.