viernes, 24 de julio de 2026

Volver a casa…

A don Ricardo nunca le había gustado ir al centro. Demasiada gente, demasiados autos y demasiadas personas caminando sin mirar por dónde iban. Cada vez que tenía que hacer un trámite regresaba cansado, con dolor en las piernas y la sensación de haber perdido el día.
Aquella mañana debía cobrar la jubilación, llevar unos papeles a la obra social y retirar unos resultados médicos.
Su hija se había ofrecido a acompañarlo.
—No hace falta —le dijo—. Todavía puedo manejarme solo, no te preocupes.
Tenía ochenta y tres años y caminaba apoyándose en un bastón de madera que había pertenecido a su padre. Avanzaba lentamente, pero no le gustaba que lo ayudaran.
Antes de salir, su mujer le acomodó la bufanda y la boina.
—No te demores —le pidió.
—Al mediodía estoy de vuelta.
El perro permaneció sentado junto a la puerta. Era un mestizo viejo, de pelo marrón y hocico blanco, llamado León. Cuando Ricardo abrió, el animal intentó salir con él.
—Vos te quedás acá cuidando a la vieja —le reclamó.
León movió la cola.
El viaje hasta el centro fue largo. El colectivo iba lleno y durante varias cuadras tuvo que viajar parado. Una mujer joven finalmente le cedió el asiento.
—Gracias, señorita —le dijo.
—De nada, abuelo.
No le gustaba que le dijeran abuelo quienes no eran sus nietos, pero decidió no discutir.
En el banco había mucha gente. Sacó un número y se sentó a esperar. Delante de él faltaban cuarenta y tres personas.
Miró el reloj y pensó en su casa. A esa hora su mujer seguramente estaría preparando el almuerzo. Tal vez un guiso, porque el día estaba fresco. León debía estar acostado cerca de la cocina, esperando que algún pedazo de carne cayera al piso.
Cuando por fin lo atendieron, guardó el dinero en una pequeña billetera que llevaba atada al cinturón. Después caminó hasta la obra social.
Allí tuvo que subir una escalera.
Lo hizo despacio, apoyando primero el bastón y después el pie derecho. Al llegar arriba se quedó unos segundos recuperando el aire.
La empleada revisó los papeles.
—Le falta una fotocopia.
—¿Qué fotocopia?
—La del documento.
—Pero el documento lo tiene ahí.
—Necesito la fotocopia.
Don Ricardo estuvo a punto de enojarse, pero recordó que su mujer siempre le decía que discutir sólo servía para perder tiempo.
Bajó nuevamente las escaleras, cruzó la calle y buscó un local donde hacer la fotocopia.
Mientras esperaba, volvió a mirar el reloj. Ya era casi mediodía.
Imaginó a su mujer sentada junto a la ventana. Ella solía preocuparse cuando él demoraba. Desde hacía unos años, cada salida era una especie de aventura que ambos preferían evitar.
Regresó a la oficina, entregó la fotocopia y recibió una hoja sellada.
Sólo le faltaban los resultados médicos. El laboratorio quedaba a siete cuadras.
Podría haber tomado un colectivo, pero decidió caminar. Avanzó despacio, deteniéndose en cada esquina. Las personas lo esquivaban con cierta impaciencia. Algunas pasaban tan cerca que casi le golpeaban el bastón.
Cuando llegó, encontró la puerta cerrada y un cartel indicaba que atendían nuevamente a las dos de la tarde.
Don Ricardo apoyó la frente contra el vidrio. Se había olvidado el horario.
Durante unos segundos pensó en regresar otro día, pero no quería volver al centro, entonces, decidió esperar.
Entró a un bar y pidió un té.
—¿Para comer? —preguntó el mozo.
—Nada.
Tenía hambre, pero sabía que su mujer estaría esperando para almorzar con él.
Se sentó junto a la ventana. Afuera, las personas iban y venían cargando bolsas, carpetas y hablando por teléfono. Todos parecían tener un lugar al cual llegar.
Ricardo también.
Miró el reloj varias veces. A la una y media pidió la cuenta. A la una y cuarenta ya estaba parado frente al laboratorio. A la una y cincuenta volvió a leer el cartel de los horarios.
A las dos en punto golpeó la puerta.
Retiró los estudios y preguntó si estaba todo bien.
—Eso lo tiene que ver el médico —le respondió la recepcionista.
Guardó el sobre sin abrirlo.
Al salir, caminó hasta la parada. El colectivo tardó casi media hora. Después quedó detenido en medio del tránsito y tuvo que desviarse varias cuadras por una manifestación.
Don Ricardo miraba por la ventana con desesperación. Cada semáforo parecía durar más de lo normal. Cada parada era interminable. Cuando alguien subía y preguntaba algo al chofer, sentía deseos de pedirle que se apurara. Sólo quería llegar.
Finalmente bajó a cuatro cuadras de su casa.
Comenzó a caminar lo más rápido que pudo. El bastón golpeaba la vereda con un ritmo apurado. Le dolían las rodillas, la espalda y uno de los pies, pero no se detuvo.
Al doblar la esquina vio su casa. La cortina de la ventana se movió, después se abrió la puerta.
León salió corriendo. Ya no corría demasiado bien y sus patas traseras parecían ir más despacio que el resto del cuerpo, pero avanzó todo lo rápido que pudo.
Detrás apareció su mujer, apoyada en el marco de la puerta.
—¡Ricardo! —gritó—. ¿Dónde estabas?
Él se agachó con dificultad para acariciar al perro.
—Se me hizo tarde.
—Estaba preocupada.
—Te dije que iba a volver.
Su mujer lo tomó del brazo y entraron juntos.
Sobre la mesa había dos platos servidos. El guiso todavía estaba tibio.
Ricardo dejó el bastón junto a la puerta y se sentó en su lugar. León se acomodó debajo de la mesa, apoyando la cabeza sobre uno de sus zapatos.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
Ricardo miró el plato, después miró al perro y finalmente a la mujer con la que había compartido más de sesenta años.
—Bien —respondió—. Ahora que llegué, bien.
Ella le alcanzó el pan.
Don Ricardo había pasado toda la tarde intentando regresar a su casa, no porque estuviera cansado del centro, sino porque, a pesar de sus ochenta y tres años, todavía tenía la suerte de que alguien lo esperara.

viernes, 17 de julio de 2026

La última parada…

Don Ernesto salió del consultorio un poco después de las nueve de la mañana.
El médico le había dicho que estaba bien para su edad. Que tenía que caminar un poco más, comer con menos sal y no olvidarse de tomar las pastillas. Él guardó las recetas en el bolsillo interior del saco y agradeció con una sonrisa.
No tenía apuro.
En la esquina pasó el colectivo que lo dejaba a cuatro cuadras de su casa. Lo vio acercarse, levantar un poco de agua del cordón cuneta y detenerse frente a él.
Don Ernesto no subió.
Esperó el siguiente, uno que iba hacia el centro. Le preguntó al chofer si pasaba cerca de la plaza Rivadavia, aunque conocía perfectamente el recorrido. Había tomado ese colectivo cientos de veces.
Se sentó junto a la ventanilla. Durante el viaje miró los negocios en cada cuadra, los chicos entrando a la escuela y las personas que caminaban rápido, como si a todos los esperara algo importante. Él, en cambio, tenía todo el día por delante.
Bajó frente a la plaza y caminó despacio hasta uno de los bancos cercanos a la fuente. Compró el diario en el puesto de la esquina y se sentó a leerlo.
Primero leyó los títulos. Después volvió a leerlos.
Se detuvo especialmente en las páginas deportivas. Hacía años que no seguía demasiado el fútbol, pero esa mañana leyó la formación completa de todos los equipos. También repasó la tabla de posiciones, los promedios y hasta los resultados de las divisiones inferiores.
Cuando terminó, dobló el diario y lo dejó sobre sus rodillas.
Las palomas se amontonaban frente a una mujer que les tiraba migas de pan. Un chico corría detrás de ellas mientras su madre le pedía que no se alejara.
Don Ernesto miró la hora.
Todavía era temprano.
Caminó hasta un bar ubicado frente a la plaza. Se sentó junto a la ventana y pidió un café con leche con dos medialunas.
—¿Las medialunas de manteca o de grasa? —preguntó el mozo.
Don Ernesto lo pensó durante varios segundos.
—Una de cada una —respondió con la mirada perdida.
Tomó el café lentamente. Cortó las medialunas en pedazos pequeños y fue comiéndolos mientras miraba hacia la calle.
Cuando terminó, pidió otro café.
El mozo lo miró sorprendido.
—¿Otro igual, abuelo?
—No. Este cortado y en jarrito por favor —agradeció con una sonrisa.
El hombre anotó el pedido en su mente y se alejó.
Don Ernesto volvió a mirar la hora.
A esa altura podría haber regresado a su casa. Le alcanzaba con tomar un sólo colectivo. Incluso podía caminar algunas cuadras y aprovechar la recomendación del médico. Pero decidió entrar a una librería.
Recorrió los estantes sin buscar nada en particular. Leyó las contratapas de varias novelas, revisó unos libros de historia y hojeó un atlas enorme que mostraba países que nunca había visitado.
El vendedor se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda.
—Sólo estoy mirando, gracias —respondió.
Y siguió mirando durante casi una hora.
Al salir, el sol ya estaba alto. Caminó hasta la avenida y tomó otro colectivo. Eligió uno cuyo recorrido era largo y daba una vuelta innecesaria antes de acercarse a su barrio.
Se sentó en el último asiento, del lado de la puerta.
El colectivo avanzó por calles que él apenas conocía. Atravesó barrios nuevos, pasó frente a un hospital, bordeó las vías y se detuvo durante varios minutos en una barrera.
Don Ernesto no se impacientó. Al contrario.
Cuando finalmente llegó cerca de su casa, no bajó. Siguió dos paradas más y después regresó caminando.
En el camino entró a una farmacia para comprar las pastillas que le habían recetado. Luego pasó por una panadería y pidió cien gramos de masas secas.
—¿Algo más? —preguntó la empleada.
Don Ernesto observó las bandejas.
—Deme también dos vigilantes, por favor.
Al salir, volvió a consultar la hora. Faltaban diez minutos para las seis de la tarde.
Ya no quedaban más vueltas que dar.
Caminó despacio por la vereda, deteniéndose frente a cada vidriera. Saludó al hombre del kiosco, acomodó los cordones de uno de sus zapatos y permaneció unos minutos observando cómo un vecino lavaba el auto.
Cuando llegó a la esquina de su casa, se quedó quieto. Desde allí podía ver el techo, las persianas cerradas y el pequeño jardín que alguna vez había cuidado su mujer.
Respiró hondo y sacó las llaves del bolsillo.
La puerta se abrió con dificultad porque la madera se hinchaba los días de humedad.
Adentro no había nadie. El silencio lo recibió de la misma manera que todas las tardes desde que Elena ya no estaba entre nosotros.
Don Ernesto dejó las masas secas sobre la mesa, encendió la radio y colocó dos tazas. Después se sentó frente a la silla vacía.
Durante todo el día había evitado regresar a su casa, no porque no quisiera volver, sino porque sabía que nadie lo estaba esperando.

viernes, 3 de julio de 2026

Pausa…

No sé bien en qué momento dejé de mirar, pero el televisor seguía encendido al pie de la cama. Eso sí lo recuerdo. La luz azul golpeaba contra la pared y caía indefectiblemente sobre los muebles, el vaso de agua, el libro abierto boca abajo y el control remoto que había quedado retorcido entre las sábanas.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio completo, ningún silencio de noche lo es. Siempre queda algo, el motor lejano de un auto, el sonido de los perros acomodándose, la caída de una piña rodando sobre el techo y ese murmullo apenas audible de las cosas eléctricas que parecen seguir viviendo cuando uno ya no tiene fuerzas.
Estaba despierto, o casi. Hay un momento en que uno ya no está del todo despierto, pero todavía no se entregó al mundo de los sueños. Existe allí, una zona intermedia, una suerte de pasillo. Allí las imágenes no se miran, sino que se reciben. La pantalla habla y uno deja que hable. No porque importe lo que dice, sino porque a veces hace falta que algo permanezca encendido para no quedar solo con los pensamientos.
La historia que estaba mirando se cortó en la mitad de una frase… No recuerdo quién hablaba.
No recuerdo qué iba a pasar.
Tal vez era importante, o a lo mejor no. La televisión tiene esa costumbre: interrumpe una vida inventada para mostrar otras vidas todavía más breves. Uno acepta el corte como acepta tantas cosas, sin protesta, sin moverse. Sin apagar.
Entonces apareció el otro mundo. Más veloz, más iluminado que la noche real.
Primero fue el ruido. Dos autos rojos salieron disparados entre las calles de Mónaco. No parecían máquinas, eran más bien animales bajos, furiosos, hechos para morder el asfalto. La ciudad se cerraba sobre ellos como una garganta de piedra, vidrio y balcones. No había espacio, ni margen. Cada curva parecía pensada para recordarles a los hombres que la velocidad también es una forma de fragilidad.
Uno venía por afuera. El otro cerraba por adentro.
Tal vez se conocían, quizás se habían saludado minutos antes con una sonrisa, de esas que se usan cuando todos están mirando. A lo mejor, alguna vez, años atrás, habían compartido un circuito pequeño, un mecánico cansado, una lluvia de domingo, o una derrota. Pero en ese instante no había pasado. Sólo estaba el presente. Sólo el motor dándolo todo, sólo la línea blanca entrando en la curva del Casino.
Adentro del casco, el mundo debía ser otra cosa: un volante, dos espejos, la vibración constante y el pulso cerrado en la garganta.
El de adelante dudó apenas, fue casi nada. Una sombra en la maniobra, un movimiento imperceptible. Pero a cierta velocidad las dudas no son pequeñas y se agrandan, volviéndose puertas abiertas.
El otro lo vio y no levantó el pie.
Por un segundo pensé que ninguno iba a salir. La pantalla mostró las ruedas, el muro, el asfalto, una barrera de contención demasiado cerca. Sentí que yo también apretaba algo con las manos, tal vez la sábana.
Después pasaron, uno adelante. El otro detrás, separados por medio auto.
Hay distancias que en los mapas no significan nada y, sin embargo, pueden cambiar una vida entera.
Después vino otra imagen. Un balcón.
Cuatro hombres alrededor de una mesa chica. La luz era amarilla, tenue, pero suficiente apenas para ver las cartas y las caras. Sobre los bordes había vasos húmedos, una botella empezada y un cenicero que ninguno parecía reconocer como propio. Abajo seguía la ciudad.
Arriba, en cambio, el tiempo se había detenido.
Las monedas estaban en el centro. Pocas. Nadie iba a salvarse con eso. Nadie iba a arruinarse tampoco. Pero las miraban como si allí hubiera algo más que dinero. Y quizá lo había.
A veces se apuesta otra cosa. El orgullo, la memoria, el derecho a reírse del otro y la posibilidad de que la noche no termine todavía.
Se conocían demasiado.
Eso volvía peligroso el juego.
Uno mentía tocándose la oreja. Otro hablaba de más cuando tenía miedo. El tercero se reía antes de perder. El cuarto casi no decía nada. Y los hombres que callan en una mesa de juego siempre parecen guardar una carta que no está en la mano.
Alguien dijo:
—Una más.
Nadie respondió enseguida. Ese silencio fue importante, porque hay silencios que anuncian el final y silencios que lo demoran. El de ellos era de los segundos. Entonces una mano empujó monedas hacia el centro. Después otra. Las cartas volvieron a mezclarse. Alguien hizo una broma mala. Todos se rieron más de lo necesario.
No jugaban para ganar, sino que jugaban para quedarse.
Porque después cada uno tendría que volver a su casa, a sus cuentas, a los mensajes sin contestar, a la cama donde nadie pregunta cómo estuvo la noche, o donde alguien pregunta demasiado. La adultez no siempre separa a los amigos de golpe. A veces lo hace con suavidad, con horarios, con trabajo y cansancio.
Por eso ellos seguían ahí.
Apostando poco y defendiendo mucho.
Uno mostró las cartas y los otros gritaron. Hubo acusaciones, insultos cariñosos, una mano golpeando la mesa. Alguien pidió revancha. Otro dijo que ahora sí era la última.
Nadie le creyó. Ni siquiera él.
Luego apareció una cocina.
Una mujer se dobló sobre la mesada. El cuchillo quedó quieto junto a una cebolla abierta. Había un tomate partido, una olla sin fuego, un repasador húmedo. Todo estaba preparado para una cena sin historia. Una de esas cenas que se hacen al volver tarde, con poco ánimo, con la cabeza todavía puesta en otra parte.
Pero el cuerpo interrumpe.
A veces el cuerpo decide hablar en un idioma brutal.
El dolor nació bajo las costillas. No fue un golpe, fue un nudo. Algo chico y cerrado, como un puño ajeno apretando desde adentro. La mujer apoyó una mano sobre la mesada.
Respiró mal.
La radio seguía sonando en algún rincón, aunque de pronto quedó lejos. Eso hacen algunos dolores: alejan el mundo. Primero la música, después los objetos y luego el aire.
No era la primera vez. Y eso era peor, porque cuando un dolor vuelve, no vuelve solo. Trae consigo todos los dolores anteriores. Las otras noches, los otros vasos de agua. La misma pregunta muda. La misma vergüenza de tener miedo por algo que tal vez no sea nada.
Abrió el botiquín.
Había gasas, frascos, curitas viejas, papeles doblados, remedios sin caja. Ese pequeño desorden donde las casas guardan una forma humilde de esperanza.
Encontró la pastilla y llenó un vaso con agua fría.
La tomó mirando el vidrio obscuro de la ventana. Del otro lado no se veía la calle, sólo su reflejo. Una mujer cansada, apenas encorvada, esperando que algo invisible hiciera su trabajo.
Pasaron unos minutos. Primero volvió el aire. Después aflojó la mandíbula.
Luego el dolor empezó a retirarse lentamente. Esas cosas no se van de golpe. Se fue como se retira una amenaza cuando entiende que ha perdido fuerza, dejando todavía un resto de miedo en el cuerpo.
La cocina recuperó su tamaño. La radio volvió a sonar. El agua goteó una vez más desde la canilla.
La mujer miró la cebolla a medio cortar. Sonrió apenas, como si le diera vergüenza haber sido vencida por algo tan íntimo. Tomó otra vez el cuchillo y siguió picando.
Afuera, la noche no se enteró de nada.
Después vi un perro.
Entró a un departamento como entran los vencedores luego de una batalla. Traía barro en las patas, lluvia en el lomo y esa alegría torpe de los animales que no conocen la culpa. Cruzó el piso encerado dejando huellas obscuras. Una, otra. Otra más. Era un camino perfecto desde la puerta hasta el sillón nuevo.
El hombre quedó inmóvil. No gritó.
A veces la derrota necesita unos segundos para ser comprendida.
El sillón tenía pocos días. Todavía olía a tela nueva, a compra reciente, a esfuerzo pagado en cuotas. El hombre lo había elegido con cuidado. Había medido el living. Había comparado colores. Había pensado, ingenuamente, que ciertas cosas podían permanecer limpias.
El perro saltó y entonces todo terminó.
El barro quedó sobre el apoyabrazos, sobre el asiento y el respaldo. El animal lo miró con la lengua afuera, orgulloso de su propia catástrofe.
—No puede ser —dijo el hombre.
Pero sí podía.
La vida doméstica está llena de cosas que no pueden ser y, sin embargo, ocurren.
Fue hasta un estante. Sacó un aerosol. Lo agitó como quien prepara un arma para una guerra pequeña. Roció la tela y pasó un paño. Esperó.
Una mancha desapareció. Después otra y otra.
El sillón fue recuperando su aspecto de objeto nuevo, de promesa intacta. El hombre se quedó mirando el resultado con una sorpresa muda. El perro movió la cola.
Fue perdonado por falta de mérito.
Después el hombre se sentó a su lado. El perro apoyó la cabeza húmeda sobre sus piernas. Olía a lluvia, a pasto, a calle. El sillón no guardaba rastros.
El hombre sí.
Y quizá por eso no lo corrió.
La última imagen fue más silenciosa.
Una mujer despierta en un edificio dormido. No se levantó de golpe. Primero intentó quedarse en la cama. Boca arriba., luego de costado. Con una pierna fuera de la sábana. Cerró los ojos con disciplina, como si dormir fuera una orden que el cuerpo debía obedecer.
No era hambre. Se lo dijo antes de levantarse.
No era hambre, pero fue a la cocina.
Caminó descalza, sin prender la luz del pasillo. La heladera abrió una claridad blanca sobre el piso. A esa hora, la luz de una heladera parece una confesión.
Sacó un vaso alto y sirvió algo espeso, frío, obscuro.
El líquido cayó despacio. El hielo crujió. Ella sostuvo el vaso con las dos manos, como si necesitara abrigarse con algo helado.
Tomó el primer sorbo y cerró los ojos.
No era hambre. Era otra cosa, un hueco, una pequeña ansiedad. El resto de un día demasiado largo. Una tristeza sin motivo suficiente para llamarse tristeza.
Hay dolores que no justifican una lágrima, pero sí una madrugada en la cocina.
Bebió en silencio.
Desde la ventana vio una sola luz encendida en el edificio de enfrente. Pensó que tal vez alguien más estaba despierto. Quizás otra persona con un vaso en la mano. A lo mejor alguien mirando una pantalla, tal vez nadie.
Las luces ajenas permiten imaginar compañías que no existen.
Cuando terminó, lavó el vaso con cuidado para no hacer ruido. Después volvió a la cama.
La obscuridad la recibió como si nunca se hubiera ido.
Entonces la historia principal regresó.
Al principio no entendí dónde estaba. Había un hombre hablando en una habitación. Una mujer lo escuchaba desde una ventana. La música intentaba convencerme de que esa escena era importante.
Pero yo había perdido el hilo, o el hilo se había perdido solo.
Me quedé mirando la pantalla. La luz azulada seguía respirando al pie de la cama. Los personajes continuaban como si nada hubiese pasado, como si durante su ausencia no hubieran doblado dos autos en Mónaco, como si nadie hubiera apostado durante la noche sobre una mesa, como si ningún dolor se hubiera cerrado bajo unas costillas, como si un perro no hubiese ensuciado un sillón nuevo, como si una mujer no hubiera bebido sola para apagar algo que no sabía nombrar.
Pensé en ese tiempo raro entre una cosa y otra.
El tiempo de la pausa.
No pertenece a la película. Tampoco pertenece del todo a la realidad. Es una tierra breve, sobrante, donde aparecen fragmentos que nadie retiene demasiado. Pero acaso la vida esté hecha de eso. No de las escenas principales, sino de lo que ocurre mientras esperamos que vuelvan.
Esperamos que vuelva la historia, que hierva el agua. Que pase el dolor. Que alguien muestre las cartas, que una curva no termine contra el muro, que una mancha desaparezca. Que la noche afloje, que el sueño llegue.
La televisión seguía hablando. Cada vez más lejos. Busqué el control remoto, pero no la apagué. Sólo bajé un poco el volumen.
Antes de dormirme pensé que uno recuerda muy pocas cosas completas, más bien recuerda pedazos. Una luz, una frase. Una mano sobre una mesa, un motor.
Un vaso, una mancha. Una respiración.
Tal vez entre la programación y las pausas haya una verdad escondida. La historia principal pretende avanzar. Loa pausas, en cambio, muestran apenas destellos. Cosas que empiezan y terminan antes de que podamos defendernos.
Después la habitación empezó a borrarse junto al vaso de agua, al libro abierto, el control remoto y la pantalla.
Todo entró despacio en la misma obscuridad.
Y me dormí con la sensación de haber visto, entre una cosa y otra, algo parecido al mundo.

martes, 9 de junio de 2026

El eco bajo el casco…



2 de mayo de 1982
No existe silencio más aturdidor que el que queda después de una explosión. Aquel domingo, el Atlántico Sur parecía un animal dormitando con un ojo abierto. El cielo estaba bajo, aplastado sobre nosotros, y el mar tenía esa respiración lenta, obscura, que anuncia desgracia antes de que los hombres podamos advertirla.
Estaba a bordo del ARA “Bouchard”, y hasta ese momento creía conocer todos los sonidos de un buque de guerra: el rumor de las máquinas, el crujido metálico de las cubiertas, el golpe del viento contra las estructuras, las voces secas de las órdenes, el zumbido de los equipos y el roce de las botas sobre el acero húmedo. Pero ese día escuché otro sonido. Fue un golpe sordo, brutal, como si algo enorme hubiese mordido el casco desde las profundidades.
No fue una explosión plena. Fue mucho peor. Porque no supimos qué había sido.
El buque vibró de proa a popa. Algunos se miraron sin decir nada. Otros, en cambio, corrieron a sus puestos. El olor llegó después: esa extraña mezcla, áspera de pólvora vieja y metal herido. Nadie quería pronunciar la palabra torpedo. Nadie quería pensarla. Pero todos la sentimos formarse en la garganta.
A lo lejos, el “General Belgrano” empezó a morir.
Primero vimos las señales. Tres bengalas blancas que subieron al cielo con una tristeza imposible de narrar. Parecían estrellas lanzadas desde un mundo que se hundía. Después, la distancia, la penumbra y el temporal empezaron a tragarse todo.
No había heroísmo posible en ese instante. Sólo obediencia, camaradería, miedo y una pregunta que golpeaba por dentro: ¿por qué ellos y no nosotros?
El “Belgrano”, aquel enorme crucero, se escoraba bajo un cielo sin misericordia. Nosotros debíamos buscar al submarino. El enemigo estaba abajo, invisible, oculto en la obscuridad del océano. Cada ola parecía esconder un periscopio. Cada sombra podía ser el comienzo de otro ataque.
Esa noche nadie durmió.
Los que hablaban lo hacían en voz baja. Los que rezaban lo hacían sin mover los labios. Recuerdo haber apoyado una mano sobre una baranda helada y haber sentido que el buque entero temblaba, no por las máquinas, sino por la conciencia de estar vivo cuando otros hombres, a pocas millas, peleaban contra el agua fría, el petróleo, la noche y la muerte.
 
3 de mayo
El amanecer no trajo alivio. Trajo balsas.
Al principio parecían manchas anaranjadas perdidas entre montañas de agua. Después empezamos a distinguir brazos, rostros y señales desesperadas. El viento cortaba la cara. Las olas levantaban las balsas y las hundían como si fueran juguetes. El mar estaba helado, furioso, ajeno a todo.
Nos acercamos con cuidado. Cada maniobra del buque era una lucha. Un error podía aplastar una balsa contra el casco. Un golpe de mar podía arrancar a un hombre de las manos de otro.
Cuando subió el primero, no parecía un sobreviviente. Parecía alguien regresado de otro mundo. Tenía la piel blanca, los labios partidos, los ojos abiertos de una manera que nunca olvidaré. No lloraba. No hablaba. Sólo apretaba una manta contra el pecho como si todavía estuviera en la balsa, como si la cubierta del “Bouchard” no fuera real.
Después subieron más.
Algunos preguntaban por compañeros. Otros repetían nombres. Muchos pedían agua. Un muchacho, casi un chico, me tomó del brazo con fuerza y temblando, me dijo:
—El crucero se fue abajo.
No supe qué contestar. Sólo lo abracé con fuerzas mientras lloraba. Porque todos lo sabíamos, pero escucharlo así, desde la boca de alguien que lo había visto desaparecer, era distinto. Era como si el hundimiento terminara recién en ese momento, sobre nuestra cubierta.
Durante horas rescatamos hombres del mar. Sesenta y cuatro fueron subiendo al “Bouchard”, uno por uno, con el peso invisible de todos los que no habían podido llegar.
Ese día comprendí que en la guerra la victoria y la derrota son palabras demasiado pequeñas. Hay días en los que sólo existe salvar a alguien. Darle una manta. Sostenerlo para que no caiga. Escuchar su respiración. Mirarlo a los ojos y entender que viene de un lugar donde uno no quisiera estar jamás.
 
4 de mayo
El mar siguió devolviendo silencio.
Buscamos más balsas. Miramos hasta que los ojos dolían. Cada punto en el horizonte parecía una posibilidad. Cada espuma blanca podía ser una mano. Cada sombra, un cuerpo.
Pero el océano sabe guardar sus secretos…
A bordo nadie decía demasiado. Los sobrevivientes permanecían envueltos en frazadas, cansados, hundidos en una quietud que no era descanso. Los nuestros caminaban como si fueran cargando un peso. Ya no éramos los mismos que habíamos zarpado.
La guerra, hasta entonces, había tenido mapas, órdenes, rutas, coordenadas. Después del “Belgrano”, tuvo rostros.
Esa noche, cuando el viento bajó apenas, creí escuchar voces en el agua. No eran voces reales, supongo. Era la memoria inmediata del horror. Era el sonido de los nombres que no habíamos podido rescatar.
Me quedé mirando la obscuridad y pensé que el Atlántico Sur no era un mar, sino que era una inmensa habitación cerrada, llena de cosas que nadie quería encontrar.
 
5 de mayo
Llegamos a Ushuaia con el alma destrozada.
Desde la cubierta vi la costa como se presiente una promesa dudosa. Tierra firme, luces lejanas y montañas. Algo que no se movía bajo nuestros pies. Pero la seguridad ya no significaba lo mismo.
Algunos de los rescatados fueron desembarcados. Hubo abrazos, camillas, médicos, órdenes y oficiales que iban y venían con papeles en la mano y nuestras caras endurecidas.
Bajé la vista y vi mis botas empapadas con el agua salada. Durante un rato pensé en los hombres que no habían vuelto. Pensé en los que se habían quedado encerrados en compartimentos sin luz. En los que habían caído al agua a escasos grados de estar congelada. También en los que habían mirado al cielo desde una balsa mientras la tormenta los separaba de todos.
Entonces sentí una tristeza que no era mía solamente. Era una tristeza nacional, muda, enorme. Como si en cada casa argentina hubiese quedado una silla vacía, aunque nadie supiera todavía el nombre del ausente.
Pero la guerra no se detenía para que pudiéramos llorar.
 
6 de mayo
Nos ordenaron mantenernos atentos.
El enemigo no sólo estaba en Malvinas. Estaba en el mar, en el aire, en las transmisiones, en los rumores hidrofónicos. A veces parecía estar también dentro de nuestras cabezas.
Se hablaba de submarinos nucleares, de comandos especiales, de ataques posibles contra el continente. “Río Grande” era una palabra que todos pronunciaban con cuidado. Allí estaban los aviones y los misiles que los británicos temían. Allí, en la Base Aeronaval, latía una amenaza para la flota enemiga.
Y si ellos temían algo, intentarían destruirlo.
Esa idea empezó a crecer entre nosotros como si fuera humedad en una pared.
El “Bouchard” ya no era un escolta marcado por la tragedia del “Belgrano”, ahora era también un centinela. Un perro viejo, cansado, pero con los dientes todavía apretados.
 
7 de mayo
El frío tenía otra textura cerca de Tierra del Fuego.
No era por la temperatura. Era por aquella presencia invisible que se metía por las mangas, por el cuello y por los pensamientos. El viento venía cargado de sal y de nevisca lejana. En los pasillos del buque, el metal condensaba humedad. Las manos se pegaban a las barandas si uno se descuidaba, mientras que de a ratos, la niebla bajaba como una cortina. Todo se volvía gris: el mar, el cielo, las caras.
Los radares giraban, incansables. Los operadores vigilaban pantallas donde una línea, un punto o un eco podían significar la diferencia entre una noche más y una catástrofe. Los hombres de sonar escuchaban el océano como quien apoya el oído contra una puerta detrás de la cual alguien respira.
Ese día no pasó nada.
Y justamente por eso fue inquietante. En la guerra, los días vacíos nunca están vacíos. Son días en los que algo se acerca sin mostrar todavía su forma.
 
8 de mayo
Uno aprende a desconfiar de la calma.
A bordo se hablaba poco del “Belgrano”, pero el “Belgrano” estaba en todas partes. Estaba en los silencios después de cada zafarrancho. En los cigarrillos fumados hasta el filtro. En las miradas temerosas hacia popa. En las cartas que algunos empezaban y no terminaban.
Intenté escribirle a mi familia. Puse la fecha. Después me quedé mirando la hoja.
¿Qué se puede contar? ¿Que el mar de noche parece una boca negra? ¿Que un torpedo puede golpear un casco y no explotar, y aun así dejarte marcado para siempre? ¿Que rescatamos hombres que traían el frío metido hasta los huesos? ¿Que uno siente culpa por estar vivo?
Rompí la hoja.
Esa tarde revisamos todos los equipos, cada uno de los puestos, y repasamos todo el armamento. Nada debía fallar. La rutina militar tiene algo de conjuro: limpiar, verificar, informar y cubrir guardia. Uno repite procedimientos para convencerse de que el mundo todavía tiene orden.
Pero bajo el casco, el mar seguía escuchando.
 
9 de mayo
Aparecieron rumores.
Que los británicos preparaban algo grande.
Que querían entrar al continente.
Que podían venir de noche.
Que podían hacerlo desde un submarino.
Que podían usar helicópteros.
Que podían cruzar hacia Chile.
Los rumores en un buque son como las corrientes submarinas: nadie sabe dónde empiezan, pero todos sienten su fuerza.
Los oficiales no confirmaban nada. Tampoco lo negaban con demasiada energía.
Eso bastaba.
En mi caso, observaba la costa fueguina y pensaba en lo extraño de aquella guerra. Peleábamos por unas islas lejanas, pero de pronto el peligro parecía estar ahí, a dos millas del continente, respirando entre la niebla, buscando una hendija.
Por primera vez desde el “Belgrano”, pensé que el enemigo podía tener un rostro cercano. No la de un buque en el horizonte. No un avión fugaz, tampoco un submarino invisible. Sino hombres, comandos. Sombras remando en silencio.
 
10 de mayo
La noche llegó sin luna.
En la cubierta, el aire olía a fueloil y mar. Un olor áspero, que mezclaba máquina y sal. El buque parecía más viejo bajo esa obscuridad. Cada remache, cada cable, cada chapa conservaba algo de las guerras anteriores en las que había participado.
Pensé en eso: en la edad del “Bouchard”. En su historia antes de llamarse “Bouchard”. En los mares que habría cruzado. En los hombres que lo habían tripulado antes que nosotros.
Un buque viejo tiene memoria.
Tal vez por eso aquella noche me pareció que también él estaba alerta.
No era una idea racional. Era una sensación. Como si el casco escuchara. Como si las máquinas contuvieran la respiración. Como si cada compartimento supiera que algo se estaba acercando, aunque todavía no hubiese eco, ni señal, ni orden de combate.
 
11 de mayo
Aquel día se revisaron procedimientos de defensa.
Los ejercicios tenían una tensión distinta. Nadie bromeaba demasiado. Los artilleros conocían sus movimientos con precisión. Los hombres del CIC parecían vivir dentro de las pantallas. Los de comunicaciones cuidaban cada palabra.
La “Base Aeronaval Río Grande” era un objetivo lógico. Eso lo comprendíamos todos, aun sin que nadie nos lo explicara abiertamente. Desde allí operaban medios que habían golpeado a la flota británica y podían volver a hacerlo.
El enemigo no iba a quedarse de brazos cruzados.
Por la noche, al pasar cerca de una escotilla, escuché a dos suboficiales hablar en voz baja.
—Si vienen, no tengas dudas, van a venir por abajo.
—O por el aire.
—O por los dos lados.
Después callaron al verme. No hacía falta que siguieran.
 
12 de mayo
Soñé con el “Belgrano”.
Soñé que las bengalas blancas subían otra vez, pero esta vez no caían. Quedaban suspendidas en el cielo como ojos abiertos. Debajo, el mar estaba quieto, y de pronto empezaban a aparecer cascos de hombres, uno tras otro, flotando sin hablar.
Me desperté con la garganta seca.
En cubierta, el viento golpeaba de costado. Amanecía despacio, con una luz grisácea que no calentaba nada. Alguien me ofreció un mate. Lo tomé sin ganas.
Ese día pensé que el miedo no siempre grita. A veces trabaja por dentro, silencioso, ordenado. Se instala en los músculos, en la mandíbula, en las manos que aprietan demasiado fuerte una taza. En la manera de mirar el mar, esperando que muestre algo que uno no quiere ver y lo aterra.
 
13 de mayo
Los equipos de escucha parecían más importantes que nunca.
El sonar era un oído metido en el abismo, escuchando donde no era fácil hacerlo. Los hombres que lo atendían tenían una concentración casi espiritual. Escuchaban ruidos que para otros serían nada. Golpes, pulsos, rumores, interferencias.
El océano nunca está callado. Cruje, vibra, arrastra. Devuelve ecos, y a veces engaña. Pero también delata.
Esa tarde, uno de los operadores levantó la cabeza de pronto. Nadie dijo nada. Sólo lo miramos. Él ajustó controles, escuchó, esperó. Después negó suavemente.
Falsa alarma.
Todos respiramos. Pero nadie se relajó.
Porque las falsas alarmas no tranquilizan. Al contrario. Enseñan al cuerpo a esperar la verdadera.
 
14 de mayo
La guerra siguió su curso lejos de nosotros, pero cada noticia llegaba deformada, incompleta, como si atravesara capas de niebla antes de tocar la cubierta.
Había acciones en las islas. Ataques. Pérdidas. Movimientos británicos. Nombres de lugares que empezaban a sonar como presagios.
Nosotros permanecíamos frente a Tierra del Fuego. Dos millas desde la costa podían parecer poco, pero de noche eran un universo. Entre el buque y la tierra se extendía una franja de agua negra donde cualquier cosa podía moverse. Una lancha, un bote. Un periscopio, un reflejo. Un fantasma.
Miré hacia la costa y vi apenas algunas luces débiles.
Pensé en los hombres de la base, en los pilotos, en los mecánicos, en los conscriptos, en todos los que tal vez dormían sin saber que alguien, desde el mar, podía estar intentando alcanzarlos.
Y pensé también en nosotros. En el “Bouchard”. En nuestro viejo destructor esperando en la obscuridad como un guardián al que todavía le quedaba una última advertencia por dar.
 
15 de mayo
La tensión se espesó.
No sabría decir por qué. Quizás fue el modo en que los oficiales hablaban entre ellos. Tal vez la insistencia en revisar ciertos sistemas. A lo mejor fue el silencio.
Hay silencios comunes y hay silencios previos.
El de aquel día era de los segundos…
A la tarde, el cielo se cerró. La costa quedó medio borrada por la bruma. El viento cambiaba de intensidad y traía ráfagas heladas desde tierra. El mar golpeaba el casco con una regularidad hipnótica.
“Pum. Pum. Pum.”
Cada golpe se asemejaba a una pregunta.
Por la noche me tocó guardia. La obscuridad era tan cerrada que costaba diferenciar el horizonte. Arriba no había estrellas. Abajo, el agua reflejaba apenas algunas luces del buque. Todo lo demás era una masa negra.
Sentí, sin poder explicarlo, que alguien nos observaba desde esa masa.
No vi nada.
Pero no dejé de mirar.
 
16 de mayo
Ese día empezó como empiezan los días que después se recuerdan para siempre: sin anunciarse. A media mañana, el “Bouchard” estaba fondeado frente a “Río Grande”. La costa se intuía cercana, pero el tiempo reinante la hacía parecer inalcanzable. Dos millas pueden ser una distancia mínima en un mapa y una eternidad en la niebla.
A las cuatro y media de la tarde ocurrió lo primero. Un sonido, un pulso.
Un “pim” metálico bajo el casco.
No todos lo oyeron, pero la noticia corrió a toda velocidad por el buque. El jefe de armas submarinas y otro oficial habían sentido una emisión sonar en la popa. Un pulso discontinuo, repetido, como si alguien allá abajo tocara una puerta de hierro cada pocos segundos.
“Pim. Pim. Pim.”
No era un ruido del buque. No era el mar. Tampoco era nuestra imaginación.
Algo nos estaba mirando desde abajo.
La orden fue clara: ¡Todos alerta!
Los vigías buscaron periscopios. Los operadores ajustaron equipos. El sonar quedó atento. El radar, limitado por los planes de emisión, se volvió un ojo que sólo podía abrirse por instantes.
A las cinco y diez, el fenómeno se repitió. Esta vez hubo escucha hidrofónica.
Entonces ya no fue sospecha. Fue presencia.
El enemigo estaba cerca.
No sabíamos si era un submarino, si había soltado comandos, si estaba midiendo distancias, si esperaba la obscuridad completa para avanzar hacia la costa. La incertidumbre era peor que la certeza. Un enemigo visible se combate con el arma que corresponde. Un enemigo invisible combate primero contra la mente.
Pasaron las horas. El cielo se apagó.
A las siete y cinco, el radarista vio un eco pequeño, intermitente, al azimut 070º. Algo mínimo, apenas una señal que aparecía y desaparecía. Se pidió autorización para continuar emitiendo. Había que confirmar.
Minutos después, el eco dejó de ser uno.
Fueron tres.
Tres contactos nítidos moviéndose sobre el agua. Tres sombras que el radar empezó a dibujar donde nuestros ojos no veían nada.
En el CIC se sintió un cambio en el aire. Nadie gritó. No hizo falta. Las voces se volvieron más cortas. Los movimientos, más precisos. Los artilleros cubrieron puestos. En proa se trabajaba para levar anclas. El buque necesitaba libertad de maniobra.
A las siete y veintidós, el radar de control de tiro adquirió los blancos.
A las siete y veinticinco llegó la autorización.
—Abran fuego.
La orden atravesó el buque como una descarga eléctrica.
Los cañones de 127 milímetros hablaron por primera vez con verdadera furia.
Aquel estampido sacudió nuestros cuerpos. Ese rugido consolidó una suerte de presión en el pecho de todos, causando vibración en los dientes, mientras bocanadas de fuego saliendo de la obscuridad iluminaban las aguas. La noche se iluminó por fracciones de segundo tras cada disparo y después volvió a cerrarse, más negra todavía.
Los primeros piques quedaron cortos. Se corrigió la trayectoria.
Los siguientes cayeron más cerca.
En la pantalla, los ecos cambiaron. Uno pareció desaparecer entre los impactos. Los otros se abrieron en abanico, alejándose, como animales sorprendidos por una luz repentina.
Nosotros no veíamos hombres, no veíamos botes, ni rostros. Sólo ecos.
Pero esos ecos podían llevar comandos, explosivos. Órdenes escritas lejos de allí. Una misión secreta para destruir aviones, misiles, vidas.
El “Bouchard” avanzó en la niebla, todavía con la maniobra de anclas inconclusa, como si el buque entero quisiera lanzarse sobre aquello que había osado acercarse a la costa.
Después, los contactos se fueron perdiendo. Intermitentes.
Lejanos.
Nada.
El silencio regresó, pero ya no era el mismo.
Ahora tenía olor a pólvora.
 
17 de mayo
Nadie durmió bien.
La noche anterior había dejado una pregunta flotando sobre el buque: ¿qué habíamos atacado?
Algunos decían gomones. Otros hablaban de comandos. Otros, de una maniobra de distracción. Otros no decían nada, pero miraban hacia el mar con los ojos perdidos.
La guerra tiene episodios que se escriben con tinta clara y otros que quedan en lápiz, medio borroneados, destinados a ser discutidos durante años. Nosotros estábamos dentro de uno de esos episodios.
Y eso lo hacía más inquietante.
Porque no había restos. No había prisioneros. No había una lancha capturada ni un cuerpo que confirmara la historia. Sólo registros, ecos, sonidos, órdenes, disparos y la certeza íntima de que algo había intentado pasar.
A media tarde, el mar pareció calmarse. La costa volvió a mostrarse un poco más definida. Pero nadie confundió claridad con seguridad.
Si habían venido una vez, podían volver. Y si el ataque del 16 había fallado, quizá intentarían otra vía.
El aire olía a espera.
 
18 de mayo
A las cuatro de la mañana, la obscuridad todavía mandaba.
El buque seguía fondeado. El plan de silencio obligaba a cuidar cada emisión radial. Los operadores aprovechaban los minutos de radar como quien abre una ventana en una casa sitiada.
A las cuatro y ocho, apareció algo. Esta vez no venía sobre el agua.
Era un contacto aéreo.
El operador llamó al oficial. La señal tenía perfil de helicóptero y se movía hacia tierra firme. Un helicóptero en esa zona, a esa hora, sin aviso propio, no era una casualidad. Era una amenaza.
La información corrió. Se alertó a las unidades. Se consultó por aeronaves propias. No había ninguna aeronave nuestra en el aire.
El contacto descendió cerca de la estancia “La Sara”. Después volvió a elevarse y tomó rumbo hacia la frontera con Chile.
Lo seguimos con el radar hasta perderlo.
Durante un rato nadie dijo lo que todos pensábamos: la misión había fracasado. Algo, o varias cosas, habían impedido que avanzara. La presencia del “Bouchard” y del dispositivo nacional en la zona, había vuelto demasiado peligroso aquello que alguien había planeado en secreto.
La madrugada se fue aclarando lentamente.
Salí a cubierta cuando el cielo empezó a ponerse gris. El viento era frío, pero menos cruel. La costa apareció, baja y distante. Miré el agua entre nosotros y la tierra. Parecía tranquila.
Pensé en el “Belgrano”. En las bengalas blancas. En los hombres rescatados. En el golpe que habíamos sentido en nuestro propio casco. En los pulsos sonar del 16. En los ecos que se abrieron bajo nuestros disparos. En el helicóptero que entró y salió de la noche como un animal clandestino.
Entonces comprendí algo.
El misterio no siempre consiste en descubrir qué ocurrió.
A veces consiste en saber que ocurrió algo, haber estado allí, haber sentido su respiración cerca, y aun así no poder tocarlo nunca del todo.
El “Bouchard” siguió flotando frente a “Río Grande”, viejo, cansado, vigilante.
Y bajo su casco, el mar guardó otra historia.

miércoles, 27 de mayo de 2026

La misma fecha, distinto mes...

Nos conocimos en séptimo grado, ese año tan extraño en el que todavía sos un niño, pero empezás, sin darte del todo cuenta, a despedirte de la escuela primaria y a mirar de reojo la secundaria. Mis viejos me habían cambiado de escuela por segunda vez, y aunque nunca me costó demasiado vincularme con gente nueva, recuerdo que me molestó tener que adaptarme otra vez a un entorno desconocido. Al principio traté de hacer la mía, como si el resto del mundo pudiera seguir girando sin que yo tuviera que participar demasiado. Pero no se puede, muy temprano comprendí que el ser humano, por más que a veces reniegue, es un ser social.
Así me fui integrando al grupo de la tarde y conociendo también a los chicos de la mañana. Nos cruzábamos en educación física, en los recreos compartidos o en la plaza, cuando se armaban esos partidos de fútbol que parecían improvisados pero tenían la seriedad de una final de la libertadores.
Fue así como la conocí a Pame.
Desde el primer momento hubo una conexión rara, inmediata, de esas que uno no sabe explicar a esa edad. Compartíamos gustos, el humor, algunas películas y cierta forma de mirar las cosas. En la música, eso sí, éramos completamente incompatibles. Yo empezaba a descubrir el rock y el heavy metal; ella estaba metida de lleno en la movida tropical, que por aquellos años sonaba en todos lados. Ella cumplía años a fines de septiembre y yo a fines de julio. Siempre resaltaba eso: la misma fecha, distinto mes.
Con el tiempo nos fuimos conociendo más y convirtiéndonos en verdaderos amigos. A veces nos juntábamos en la plaza cuando salía de la escuela. Compartíamos un "Naranjú", aquel producto congelado, semirradiactivo, con colorante de los colores del arcoíris y una promesa de sabor jamás cumplida. Otras veces comprábamos "Mielcitas", ese jarabe a base de JMAF, improbable con gusto a infancia pegajosa, o algún alfajor Guaymallén acompañado por una cocucha bien helada.
Una tarde nos sorprendió una lluvia inesperada en la plaza. Primero se levantó viento; después bajó la temperatura; finalmente, el cielo se vino abajo. En lugar de correr a refugiarnos, inventamos un juego absurdo: ver quién aguantaba más tiempo bajo la lluvia. La primera vez gané yo. La segunda ganó ella. La tercera volví a ganar yo. La cuarta fue un empate, aunque sospecho que los dos hicimos trampa para no perder. Nos reíamos mucho, empapados, muertos de frío, y el que perdía salía corriendo a su casa. Ella tenía ventaja: vivía a seis cuadras de la escuela. Yo, en cambio, tenía que caminar —o correr— diez o doce cuadras más.
Recuerdo una tarde, al salir de la escuela, en la que Diego me preguntó si éramos novios. Mi respuesta fue instantánea, casi ofendida:
—Claro que no, somo amigos.
Él se rió y me contó que en la escuela todos pensaban que sí. También me dijo que yo le gustaba a Eva, a Belén, a Jennifer y a otra chica cuyo nombre no logro recordar (perdón, si alguna vez leés esto).
Con los meses llegaron los bailes de egresados. Eran esas noches de sábado, entre la tarde y la noche, en las que se reunía toda la escuela para juntar plata para el viaje. Yo nunca fui muy adepto al baile, pero había que participar para que se animaran los más chicos.
Una de esas noches, Pame me sacó a bailar cumbia. Mientras bailábamos —o, mejor dicho, mientras ella intentaba que yo la siguiera sin pisarla, ni arruinarle la canción cantando otras letras— le repetía que odiaba esa música. Ella se reía sin parar. Casi treinta años después, mi primo, el segundo, el menor, me confesó que aquel baile le había dado mucha bronca porque estaba enamorado de ella. Jamás lo supe, hasta hoy.
Dos bailes después vino Marquitos a mi escuela y sacó a bailar a la novia de uno de los chicos del turno mañana. Creo que era la novia de Hernán. La cosa derivó en una pequeña escaramuza y terminé interviniendo para defender a mi amigo. Espalda con espalda, como si supiéramos algo de la vida, dispuestos a bancarnos lo que se viniera. Por suerte no pasó a mayores gracias a la intervención de Diego y del Chicho.
Nos tuvimos que ir antes con Marquitos. El lunes siguiente me tocó explicar a todos los chicos del turno mañana por qué había defendido a alguien que no era de la escuela en vez de ponerme del lado de Hernán. La respuesta, aunque no supe decirla con claridad en ese momento, era sencilla: la lealtad no era algo que yo negociara, ni siquiera de chico.
Pasaron los días y una mañana, en una clase de teatro, nos tocó actuar en grupos de dos. A mí me tocó con Pame por puro azar. La notaba nerviosa, rara, distante. Cuando la profesora nos llamó para pasar al frente, Pame me agarró de la mano, me tiró apenas hacia atrás y me dijo al oído que no había estudiado la letra. Ni siquiera se acordaba bien de qué trataba la escena.
Pasamos al frente, la miré a los ojos. Después miré a la profesora, respiré hondo y dije:
—No estudié la letra. No me acuerdo nada del guion. No quiero perjudicar a mi compañera por mi culpa, les pido perdón a todos.
El regaño vino de inmediato. Después llegó una charla interminable sobre la responsabilidad, el compromiso y el trabajo en grupo. Pame me miró, se dio vuelta y empezó a llorar con disimulo. Yo creí que había hecho lo correcto. De esa manera, la libraba a ella del reto y, en mi caso, simplemente sumaba uno más a una larga lista de llamados de atención.
Aquel año terminó.
Ese verano me enamoré para siempre de Marcela Kloosterboer, como sólo puede enamorarse un chico de doce años de alguien que aparece en la televisión. La última vez que nos vimos con Pame, ella me trajo impresas dos fotos de Marcela. Nos quedamos charlando sobre los amores imposibles, sobre la secundaria que se venía y sobre todo eso que imaginábamos enorme, difícil y un poco misterioso.
Nos reímos mucho aquella tarde.
Después, no volvimos a vernos nunca más...
Pasaron muchos años hasta que entendí que algunas personas no llegan a la vida para quedarse, sino para iluminar un tramo muy preciso del camino. Pame fue eso: una amistad breve, sin grandes promesas, ni despedidas solemnes. Pame es la plaza, aquellas lluvias compartida, una risa en medio de una cumbia que odiaba y el recuerdo intacto de una edad en la que todavía no sabíamos que algunas tardes, sin saberlo, se vuelven eternas.

jueves, 7 de mayo de 2026

El idioma secreto...

Las miradas son una fuente inagotable de información. Muchas veces subestimadas, otras desestimadas y, últimamente, sobreestimadas. Podríamos hacer un enorme catálogo de miradas, pero en mi caso quiero hablar de determinadas miradas que, de alguna manera, vinieron a mi memoria cuando me senté a escribir esto. Cada mirada responde a un momento, a una situación y, en definitiva, a un contexto.
Una noche, durante una cena en la casa de un amigo del Rifle, la conversación fue derivando hacia aventuras personales de los más extrovertidos del grupo. Cada uno fue desarrollando distintas historias: un viaje en crucero, una isla paradisíaca del Caribe, unas aventuras en minas de Córdoba, entre otras. Hasta que uno empezó a narrar su experiencia ascendiendo al cerro Tres Picos, en el cordón de Sierra de la Ventana.
El tipo se lucía en su relato: los seiscientos kilómetros de distancia desde la ciudad central, la dificultad del ascenso, las horas que demandaba llegar a la cima. Entonces, el que había ido a Córdoba, para no ser menos, empezó a contar que él había ascendido al cerro Napostá, que está al lado del Tres Picos. A partir de ahí, todos comenzaron a hablar de las sierras del sistema de Ventania.
Era un sistema que yo conocía muy bien. Sin embargo, no quería demostrar que sabía del tema. No quería ser como ellos, ni tratar de destacarme con anécdotas o datos sobre la región. Así que decidí quedarme callado.
En un momento, mi mirada se cruzó con la del Rifle. Ambos sonreímos. No dijimos nada. Era mejor que todo siguiera así.
Otra vez veníamos en mi vehículo con el Tony, Lucas y el Buje, rumbo al dique Paso de las Piedras, por el camino del Abra de Rivera y luego por el Abra de los Vascos. Había una gran sequía y el camino de tierra, por momentos, se volvía espeso y arenoso. Eso obligaba a llevar el vehículo más fuerte de lo habitual, ya que contaba solamente con tracción delantera.
Con cada salto y cada curva, el Buje disfrutaba de la sensación de velocidad, mientras que el Tony y Lucas iban callados. En una curva amplia aceleré un poco más de la cuenta, haciendo que la camioneta derrapara suavemente. Lucas y Tony casi no lo notaron, pero el Buje sí. Al mirar por el espejo retrovisor, vi su sonrisa mientras su mirada buscaba la mía.
Una vez, el Rifle me pidió que le hiciera la segunda para poder salir con la amiga de una chica que estaba conociendo, porque a ella no la dejaban salir sola con él. Después de varios días de insistencias y sobornos, logró convencerme. Sabía muy bien que odio las citas a ciegas, pero también me conocía y, de algún modo, intuía que no lo iba a dejar de garpe. Además, siempre me fue bien en la labor de cómplice.
No me voy a extender demasiado. La chica nunca me gustó. La noche fue aburrida y las conversaciones con ella eran todas autorreferenciales, sobre todo por su pasión por el estudio de veterinaria. Al terminar la noche, nos tocó volver cada uno por su cuenta. En ese instante me enteré de que vivía a tres cuadras de mi casa. La acompañé hasta la puerta y nos despedimos.
Dos días más tarde, al volver de la Escuela, cansado y con frío, mientras merendaba un café con leche, sonó el teléfono. Atendió mi hermano y, tapando el micrófono con la mano, me dijo en voz baja que era una chica. Le indiqué que le dijera que no estaba y que le preguntara el nombre. Al hacerlo, lo repitió en voz alta. Con señas le insistí en que no estaba.
Pobre chica. Volvió a llamar tres veces más en el transcurso de tres semanas, hasta que finalmente desistió. Tiempo después me enteré de que le había pedido mi número a su amiga, y esta, a su vez, al Rifle, quien se lo terminó dando.
Pasaron unos años, hasta que tuve que llevar a una perra que teníamos en aquel entonces a la veterinaria que estaba a tres cuadras de casa. Al ingresar, me encontré con ella. Nuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron por un instante. Ambos nos reconocimos, pero no dijimos nada.
Otra mirada en vehículo ocurrió volviendo de Buenos Aires hacia Sierra de la Ventana, en el auto de Silvia. Ella iba a mi lado y Guada en el asiento de atrás. El viaje fue corto, se pasó volando, salvo en un tramo, después de Olavarría, cuando Guada empezó a hablar de su salud y de un tratamiento que estaba haciendo.
Silvia comenzó a dar su opinión y a contar sobre el tratamiento que hacía uno de sus hijos, hasta que lanzó un comentario sin maldad, pero muy desacertado. Enseguida miré por el retrovisor y me encontré con la mirada de Guada. Respiró profundo, contestó con total gentileza y cambió de tema con elegancia y astucia.
La última mirada que voy a narrar fue en una cena, en Tornquist. Ella había venido de visita y nos invitaron a cenar por el cumpleaños del hijo de un amigo. Había mucha gente, fuego, cordero, cerveza y vino. Yo conocía a pocas personas, más allá de la familia de mi amigo y algunos de sus conocidos. Ella no conocía a nadie.
Los dos veníamos con el corazón roto y, en esa cena, cada uno estuvo compartiendo con personas diferentes. En un instante la miré y ella me miró. Mientras hablaba con alguien, me sonrió. Yo levanté mi vaso, a modo de brindis.
Sonreímos.
No hacía falta nada más...
Quizás por eso algunas miradas permanecen tanto tiempo en la memoria. No porque hayan revelado una gran verdad, ni porque hayan cambiado el curso de los acontecimientos, sino porque condensaron algo que no necesitaba palabras. Una complicidad, una travesura, una incomodidad, una herida, una ternura.
Las palabras suelen ordenar los recuerdos, acomodarlos, darles forma. Pero las miradas tienen otra naturaleza. Aparecen intactas, de golpe, con la misma luz de aquel instante. Y cuando vuelven, traen con ellas no solo a las personas, sino también el clima, los silencios, el lugar, la edad que teníamos y aquello que no supimos, o no quisimos, decir.
Tal vez una mirada sea eso: una pequeña escena guardada en secreto. Un idioma fugaz que, por algún motivo, la memoria decide conservar.

jueves, 2 de abril de 2026

C’est la vie…

A veces pienso que el pasado me debe una verdad. Una verdad que necesito para poder continuar, para seguir adelante. Una deuda pendiente que se vuelve incobrable, una esperanza mínima para poder habitar el presente.
Nunca sabemos cuándo las personas que forman parte de nuestro presente van a pasar a formar parte de nuestro pasado. Venimos configurados desde chicos con una idea de perpetuidad que nos condiciona, que nos empuja a creer que todo debería durar para siempre.
Y no se trata de estar rotos, sino de estar incompletos. Como quien busca algo que desconoce, pero necesita de verdad, quizá con urgencia.
Ya no alcanzan las palabras, esas que a veces caen como una cucharada de azúcar en una realidad amarga. Cuando el pasado y el presente colisionan, lo único que uno puede hacer para redefinirse es enfrentarlos.
Todavía me acuerdo de mi amigo. Llevaba siempre el pelo corto y, a medida que crecíamos, teníamos problemas como todos, aunque no fueran los de los adultos. Para nosotros eran asuntos trascendentales, y el tiempo no parecía correr con la misma velocidad ni con el mismo ritmo que ahora. Hoy ya no nos vemos, pero estoy seguro de que, si nos encontráramos otra vez, seguiríamos hablando de aquellas cosas. Como si una parte de nosotros hubiera quedado atrapada allá, en ese pasado.
Seguramente los dos acumulamos nuevas experiencias, nuevas anécdotas, nuevos vínculos e historias. Probablemente ya no recordemos con exactitud aquellos días y, sin embargo, seguimos recordando a personas que tal vez ya nos han olvidado.
Hay días en que siento que no pertenezco a ningún sitio, y quizá por eso mismo no tengo un lugar adonde ir. Cada día sumo una capa más de maquillaje, no por tener cuentas pendientes con el pasado, sino por querer saber qué ocurrió, qué fue lo que pasó, para poder decidir hacia dónde ir.
Hay otros días en los que siento que perdí el rumbo y también el propósito de lo que hago. Es entonces cuando vuelvo sobre mis pasos y miro por encima del hombro hacia el pasado. No porque uno huya de él: el pasado vive siempre dentro de nosotros y vuelve, por más que intentemos dejarlo atrás. Y aunque no podamos cambiarlo, sí podemos aceptarlo. Aceptar ese dolor y procesarlo, vivirlo y mirarlo a la cara, porque hay dolores que persisten justamente porque nunca fueron del todo vistos.
Tal vez por eso, en nuestro último momento, recurrimos al pasado como a un testimonio final de nuestra existencia: un registro invisible de que alguna vez estuvimos aquí.
Sería tan fácil todo si tan solo pudiéramos olvidar…

lunes, 23 de marzo de 2026

Las estatuas…

Con Florencia nos conocíamos desde siempre. Era mi vecina de al lado y, después de la escuela, nos pasábamos las tardes jugando en su casa o en la mía, en El Palomar. Nuestras familias eran muy amigas y casi todos los fines de semana se juntaban para comer un asado o unas pastas. Su mamá, Patricia, solía pasar a tomar unos mates con mi vieja todos los días, y nos dejaban a nosotros jugando en el jardín de casa.
Aquel lugar era nuestro sitio de aventuras. Los árboles del fondo nos servían de escondite y jugábamos a que allí había un gran tesoro escondido. Nos escapábamos de los indios que nos perseguían y nos trepábamos bien alto para descubrir qué había más allá del horizonte. Los ligustros que separaban su patio del mío eran una muralla infranqueable: no se podía ir más allá de ellos, porque eran demasiado densos.
Todos los días inventábamos algo distinto. A veces ella traía sus muñecas y, con mis autos, armábamos aventuras sobre senderos inventados con tierra y barro. Claro que eso a veces enojaba a mi madre por el enchastre que dejábamos y por cómo ensuciábamos la ropa, pero a Patricia no le importaba y siempre se reía. También jugábamos al fútbol, al elástico, nos hacíamos adivinanzas, nos contábamos cuentos aprendidos en la escuela y pintábamos en cuadernos de dibujos.
El tiempo se pasaba volando y siempre nos quedábamos esperando el día siguiente para seguir jugando.
Un feriado vinieron mis primos y nos pasamos toda la tarde jugando a la escondida, a las bolitas y al fútbol. Florencia se había hecho muy amiga de mi prima Carolina y también de mi primo Ezequiel, que era dos años más grande. Ya cansados, hacia el final de la tarde, mi primo sacó de su mochila un libro y nos leyó un cuento de Cortázar: “Final del juego”. Lo escuchamos con atención, sin entender del todo lo que narraba, pero nos fascinó la idea de posar como estatuas y, a pesar de no comprender el verdadero sentido del juego, todos corrimos a buscar ropa y a escribir en un papel el papel que cumpliría cada uno.
Nos divertimos mucho aquella tarde. Florencia se ponía especialmente seria cuando le tocaba representar algo, como si de pronto todo fuese importante de verdad. Después volvió a su casa por la noche y nosotros nos quedamos dormidos en el sillón, con mis primos, mientras veíamos televisión. Ni siquiera llegamos a cenar.
Aquel verano fue el último de la primaria y con Florencia ya nos dejaban salir a la calle. Aquello era un mundo nuevo para nosotros. Montados en nuestras bicicletas, andábamos de acá para allá por el barrio, haciendo mandados, dando vueltas por la plaza y, a veces, yéndonos hasta la brigada aérea para ver despegar los Hércules de la Fuerza Aérea. Nos encantaba ver aquella mole de cuatro motores carretear a lo lejos, detenerse en la cabecera y, con el estruendo de los motores, ganar velocidad hasta que, de repente, saltaba al aire, dejando atrás la seguridad del suelo. Esa maniobra antigravitatoria nos dejaba con la boca abierta mientras nos aferrábamos a la reja con fuerza.
Obviamente, jamás les dijimos a nuestros padres que nos íbamos tan lejos a ver los aviones. Aquel era nuestro secreto.
Dos días antes de empezar el secundario, Florencia apareció con ropa en una mochila. Se mordía el labio como cada vez que tramaba algo y me dijo, en voz baja, que no dijera nada y que la siguiera. Por el camino que tomó, imaginé que íbamos a la brigada aérea. Una vez allí, sacó la ropa y me propuso que hiciéramos de estatuas para que nos vieran los pilotos. El plan me encantó. Me dio una sábana blanca y una corona hecha con ramas del ligustro de su casa: me había tocado ser una especie de romano. Ella llevaba una diadema de plástico y una sábana rosa. Ya vestidos, nos paramos junto a la reja, haciendo señas y saludando a mecánicos y pilotos que, con esfuerzo, llegaron a vernos y nos devolvieron el gesto. Cuando nos aseguramos de que nos habían visto, adoptamos nuestras posturas de estatuas vivientes.
Al Hércules le llevó un rato largo despegar, pero cuando lo hizo pasó por arriba de nosotros moviendo las alas de un lado al otro, como en señal de saludo. Estábamos eufóricos: nos habían visto, nos habían saludado. Volvimos sonriendo, comentando cada detalle de lo que habíamos visto y lo bien que habíamos cumplido nuestro papel de estatuas.
La secundaria empezó y ya no nos veíamos tanto como antes. Ella iba a una escuela religiosa y a mí me mandaron a la escuela técnica. Iba al turno mañana y yo, en cambio, tenía materias teóricas por la mañana y taller por la tarde. Según el día, podía volver a casa a las cuatro o a las seis.
Nuestros encuentros ya no eran para jugar como antes. A veces nos trepábamos a la medianera de mi casa y desde ahí subíamos al techo. Los fines de semana nos pasábamos horas conversando y mirando las estrellas mientras tomábamos mates. Otras veces iba a su casa y nos quedábamos leyendo novelas o libros de nuestros autores favoritos.
Una tarde de otoño, con el sol ya bajo y mucho viento, nos fuimos caminando hasta la brigada aérea. Nos quedamos en la reja, como cuando éramos chicos, pero hablando de cosas que ahora sí nos preocupaban: las materias, los grupos nuevos de amigos, las discusiones de nuestros viejos, la música que escuchábamos. Ya no jugábamos a la escondida; nos escondíamos un rato del mundo en esas charlas y en esas escapadas de fin de semana. La infancia no terminó de golpe, se fue retirando.
El tiempo siguió pasando y Florencia se puso de novia con mi primo Ezequiel. Fue de a poco que dejamos de vernos seguido, hasta que, con el tiempo, apenas nos saludábamos si nos cruzábamos en el centro del barrio o en algún boliche de Ramos Mejía o de San Martín. Ya no hacía falta una pelea para alejarnos; alcanzaba con la rutina.
Una tarde me hice la rata para no tener que rendir un examen de termodinámica y me fui para Haedo. El invierno se hacía sentir, pero el sol resultaba reconfortante. Ya en el centro, entré a un local de música y me quedé mirando durante un largo rato la variedad de discos. Entonces sentí una mano en el hombro. Era Florencia, que también se había rateado y andaba dando vueltas por ahí.
Nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas a una confitería cercana y nos pasamos horas conversando. Me contó que se había peleado con Ezequiel y que estaba mejor sola, que quería terminar la secundaria y estudiar Derecho. Yo le dije que no tenía ni idea de qué iba a ser de mi futuro, pero que todavía me quedaba un año más de escuela. Nos reímos de anécdotas de nuestras escuelas, nos contamos historias de nuestros amigos y también hablamos de la música que escuchábamos. Esa tarde volvimos juntos a casa y nos despedimos con un abrazo.
Meses después, mi viejo perdió el trabajo porque cerró la fábrica donde trabajaba. Aquel año 2000 fue muy duro para mi familia. Tuvimos que vender el auto y también la casa. Mi viejo consiguió un nuevo trabajo, pero quedaba lejos, en Mercedes, así que mis viejos se mudaron a la casa de una tía y a mí me dejaron en lo de mi abuela, en El Palomar, para que pudiera terminar la secundaria.
Una noche Florencia pasó a visitarme a la casa de mi abuela y le conté todo. Los dos nos pusimos a llorar y nos abrazamos. Nos quedamos un instante mirándonos a los ojos. Ninguno de los dos se animaba a moverse. Sentí una especie de vértigo en el estómago y me temblaron un poco las manos mientras empezaba a acercarme despacio, como pidiendo permiso. Vi cómo sus ojos se cerraban a medida que me aproximaba a sus labios. Entonces mi abuela nos llamó para cenar y aquel instante quedó suspendido en el aire.
Llegó diciembre y me recibí de técnico. Al día siguiente pasé por su casa para despedirme, pero no estaba. Me despedí de sus padres y me fui a lo de mi abuela.
A la mañana siguiente me despedí de mi abuela y tomé el bondi hasta la estación de Haedo. Me subí al tren con el bolso entre mis brazos y apoyé la frente contra el vidrio mientras la formación ganaba velocidad. Cuando el tren dejó atrás la estación, la vi a ella: a Florencia, adoptando una pose de estatua y vestida para la ocasión. Me quedé mirándola mientras el tren avanzaba y ella me seguía con la mirada, sin abandonar su postura, sin moverse aunque el tren ya casi la perdía. Como en el cuento de Cortázar. Como si de verdad hubiera llegado el final del juego.

martes, 27 de enero de 2026

Leeme

No escribo para llevármelo. Escribo para que lo busquen.
Una casa necesita un nombre para empezar a vaciarse. A veces es el de un hijo, a veces alcanza con una habitación cerrada y el recuerdo de alguien que debería estar ahí. No importa si estuvo.
La primera nota va en la puerta, siempre funciona. Después la cocina, el jardín, la casa de los abuelos, el baño. Los adultos creen que moverse es avanzar. No entienden que recorrer una casa es una forma lenta de obedecer.
El archivo no explica nada. Sólo devuelve lo que ya estaba. Cuando lo abran, van a reconocer cada gesto como propio y van a sentir alivio: la historia existe, entonces el niño también. O eso creen.
No necesito comprobarlo. Ustedes tampoco, todo se sabrá cuando termine, cuando crean haber llegado al final. La casa va a callarse otra vez. Y alguien va a abrir la puerta.

El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo. La nota estaba ahí, apoyada contra la madera, escrita con una letra demasiado prolija para traer algo bueno.
No gritó. No todavía. Leyó una vez. Dos. A la tercera, las palabras dejaron de ser letras y se volvieron un ruido seco en el pecho: “Tenemos a tu hijo.”
Entró a la casa con el corazón golpeándole en la garganta.
—Clara —llamó, sin reconocer su propia voz—. Clara, ¿dónde estás?
La encontró en el pasillo, con una taza de café tibio en la mano, como si el mundo no se hubiese corrido un centímetro de su lugar.
—¿Dónde está Lucas? —preguntó Tomás, ya sin aire.
—En su habitación —respondió ella, extrañada—. Estaba jugando recién.
Caminaron rápido, torpes, chocándose con las paredes. La puerta del cuarto estaba abierta. La cama deshecha. Los juguetes en el piso, abandonados como si alguien hubiese apagado la infancia de golpe. Lucas no estaba.
Sobre la almohada, un sobre blanco.
Clara lo abrió con manos que ya no le obedecían. Leyó en voz alta, porque el miedo necesita eco para existir:

“Si quieren volver a verlo, busquen la próxima pista en la cocina.”

La cocina se volvió un campo de batalla. Abrieron cajones, tiraron platos, revisaron alacenas como si el aire pudiera esconder papeles. Hasta que Tomás metió la mano en un tarro de azúcar y tocó algo que no era azúcar.
Otra nota.

“El jardín.”

Salieron descalzos, sin sentir el frío del piso. Revisaron macetas, levantaron las plantas de los canteros, hurgaron la tierra con las uñas. Clara fue la que encontró el sobre, atrapado entre dos plantas secas.

“La casa del abuelo.”

El llanto llegó ahí. Violento, casi animal. ¿Cuál abuelo? ¿El de él o el de ella? No discutieron. Se separaron como se separa el miedo: rápido y sin mirar atrás.
—Avisame —dijo Tomás—. Apenas encuentres algo.
La casa de su padre estaba vacía. Demasiado ordenada. Demasiado quieta. Recorrió habitaciones con el pulso desbocado hasta que vio el sobre sobre la cama.

“Volvé a tu casa. El baño.”

Tomás llamó a Clara mientras salía corriendo.
—Andá al baño de casa—le dijo—. Yo voy para allá.
Ella llegó primero. Entró como un vendaval. Abrió el vanitory, tiró toallas, revisó detrás del inodoro. En el botiquín, al fondo, estaba la nota.

“La computadora del living.”

Corrió hasta allí y s
e sentó sin pensar. Encendió la máquina justo cuando Tomás entraba, transpirado, con la cara rota de angustia.
—¿Qué hacés? —preguntó.
—Es lo que dice la nota —respondió ella, sin mirarlo.
En el escritorio había un solo archivo.
"leeme.txt"
Clara hizo doble clic.
El texto decía:

“El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo…”

Tomás sintió que el piso se desmoronaba. Clara siguió leyendo, reconociendo cada gesto, cada palabra, cada respiración. Cuando levantó la vista, la casa estaba en silencio.
—Tomás… —dijo, asustada.
Él no respondió.
Porque el primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo.