viernes, 24 de julio de 2026

Volver a casa…

A don Ricardo nunca le había gustado ir al centro. Demasiada gente, demasiados autos y demasiadas personas caminando sin mirar por dónde iban. Cada vez que tenía que hacer un trámite regresaba cansado, con dolor en las piernas y la sensación de haber perdido el día.
Aquella mañana debía cobrar la jubilación, llevar unos papeles a la obra social y retirar unos resultados médicos.
Su hija se había ofrecido a acompañarlo.
—No hace falta —le dijo—. Todavía puedo manejarme solo, no te preocupes.
Tenía ochenta y tres años y caminaba apoyándose en un bastón de madera que había pertenecido a su padre. Avanzaba lentamente, pero no le gustaba que lo ayudaran.
Antes de salir, su mujer le acomodó la bufanda y la boina.
—No te demores —le pidió.
—Al mediodía estoy de vuelta.
El perro permaneció sentado junto a la puerta. Era un mestizo viejo, de pelo marrón y hocico blanco, llamado León. Cuando Ricardo abrió, el animal intentó salir con él.
—Vos te quedás acá cuidando a la vieja —le reclamó.
León movió la cola.
El viaje hasta el centro fue largo. El colectivo iba lleno y durante varias cuadras tuvo que viajar parado. Una mujer joven finalmente le cedió el asiento.
—Gracias, señorita —le dijo.
—De nada, abuelo.
No le gustaba que le dijeran abuelo quienes no eran sus nietos, pero decidió no discutir.
En el banco había mucha gente. Sacó un número y se sentó a esperar. Delante de él faltaban cuarenta y tres personas.
Miró el reloj y pensó en su casa. A esa hora su mujer seguramente estaría preparando el almuerzo. Tal vez un guiso, porque el día estaba fresco. León debía estar acostado cerca de la cocina, esperando que algún pedazo de carne cayera al piso.
Cuando por fin lo atendieron, guardó el dinero en una pequeña billetera que llevaba atada al cinturón. Después caminó hasta la obra social.
Allí tuvo que subir una escalera.
Lo hizo despacio, apoyando primero el bastón y después el pie derecho. Al llegar arriba se quedó unos segundos recuperando el aire.
La empleada revisó los papeles.
—Le falta una fotocopia.
—¿Qué fotocopia?
—La del documento.
—Pero el documento lo tiene ahí.
—Necesito la fotocopia.
Don Ricardo estuvo a punto de enojarse, pero recordó que su mujer siempre le decía que discutir sólo servía para perder tiempo.
Bajó nuevamente las escaleras, cruzó la calle y buscó un local donde hacer la fotocopia.
Mientras esperaba, volvió a mirar el reloj. Ya era casi mediodía.
Imaginó a su mujer sentada junto a la ventana. Ella solía preocuparse cuando él demoraba. Desde hacía unos años, cada salida era una especie de aventura que ambos preferían evitar.
Regresó a la oficina, entregó la fotocopia y recibió una hoja sellada.
Sólo le faltaban los resultados médicos. El laboratorio quedaba a siete cuadras.
Podría haber tomado un colectivo, pero decidió caminar. Avanzó despacio, deteniéndose en cada esquina. Las personas lo esquivaban con cierta impaciencia. Algunas pasaban tan cerca que casi le golpeaban el bastón.
Cuando llegó, encontró la puerta cerrada y un cartel indicaba que atendían nuevamente a las dos de la tarde.
Don Ricardo apoyó la frente contra el vidrio. Se había olvidado el horario.
Durante unos segundos pensó en regresar otro día, pero no quería volver al centro, entonces, decidió esperar.
Entró a un bar y pidió un té.
—¿Para comer? —preguntó el mozo.
—Nada.
Tenía hambre, pero sabía que su mujer estaría esperando para almorzar con él.
Se sentó junto a la ventana. Afuera, las personas iban y venían cargando bolsas, carpetas y hablando por teléfono. Todos parecían tener un lugar al cual llegar.
Ricardo también.
Miró el reloj varias veces. A la una y media pidió la cuenta. A la una y cuarenta ya estaba parado frente al laboratorio. A la una y cincuenta volvió a leer el cartel de los horarios.
A las dos en punto golpeó la puerta.
Retiró los estudios y preguntó si estaba todo bien.
—Eso lo tiene que ver el médico —le respondió la recepcionista.
Guardó el sobre sin abrirlo.
Al salir, caminó hasta la parada. El colectivo tardó casi media hora. Después quedó detenido en medio del tránsito y tuvo que desviarse varias cuadras por una manifestación.
Don Ricardo miraba por la ventana con desesperación. Cada semáforo parecía durar más de lo normal. Cada parada era interminable. Cuando alguien subía y preguntaba algo al chofer, sentía deseos de pedirle que se apurara. Sólo quería llegar.
Finalmente bajó a cuatro cuadras de su casa.
Comenzó a caminar lo más rápido que pudo. El bastón golpeaba la vereda con un ritmo apurado. Le dolían las rodillas, la espalda y uno de los pies, pero no se detuvo.
Al doblar la esquina vio su casa. La cortina de la ventana se movió, después se abrió la puerta.
León salió corriendo. Ya no corría demasiado bien y sus patas traseras parecían ir más despacio que el resto del cuerpo, pero avanzó todo lo rápido que pudo.
Detrás apareció su mujer, apoyada en el marco de la puerta.
—¡Ricardo! —gritó—. ¿Dónde estabas?
Él se agachó con dificultad para acariciar al perro.
—Se me hizo tarde.
—Estaba preocupada.
—Te dije que iba a volver.
Su mujer lo tomó del brazo y entraron juntos.
Sobre la mesa había dos platos servidos. El guiso todavía estaba tibio.
Ricardo dejó el bastón junto a la puerta y se sentó en su lugar. León se acomodó debajo de la mesa, apoyando la cabeza sobre uno de sus zapatos.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
Ricardo miró el plato, después miró al perro y finalmente a la mujer con la que había compartido más de sesenta años.
—Bien —respondió—. Ahora que llegué, bien.
Ella le alcanzó el pan.
Don Ricardo había pasado toda la tarde intentando regresar a su casa, no porque estuviera cansado del centro, sino porque, a pesar de sus ochenta y tres años, todavía tenía la suerte de que alguien lo esperara.

viernes, 17 de julio de 2026

La última parada…

Don Ernesto salió del consultorio un poco después de las nueve de la mañana.
El médico le había dicho que estaba bien para su edad. Que tenía que caminar un poco más, comer con menos sal y no olvidarse de tomar las pastillas. Él guardó las recetas en el bolsillo interior del saco y agradeció con una sonrisa.
No tenía apuro.
En la esquina pasó el colectivo que lo dejaba a cuatro cuadras de su casa. Lo vio acercarse, levantar un poco de agua del cordón cuneta y detenerse frente a él.
Don Ernesto no subió.
Esperó el siguiente, uno que iba hacia el centro. Le preguntó al chofer si pasaba cerca de la plaza Rivadavia, aunque conocía perfectamente el recorrido. Había tomado ese colectivo cientos de veces.
Se sentó junto a la ventanilla. Durante el viaje miró los negocios en cada cuadra, los chicos entrando a la escuela y las personas que caminaban rápido, como si a todos los esperara algo importante. Él, en cambio, tenía todo el día por delante.
Bajó frente a la plaza y caminó despacio hasta uno de los bancos cercanos a la fuente. Compró el diario en el puesto de la esquina y se sentó a leerlo.
Primero leyó los títulos. Después volvió a leerlos.
Se detuvo especialmente en las páginas deportivas. Hacía años que no seguía demasiado el fútbol, pero esa mañana leyó la formación completa de todos los equipos. También repasó la tabla de posiciones, los promedios y hasta los resultados de las divisiones inferiores.
Cuando terminó, dobló el diario y lo dejó sobre sus rodillas.
Las palomas se amontonaban frente a una mujer que les tiraba migas de pan. Un chico corría detrás de ellas mientras su madre le pedía que no se alejara.
Don Ernesto miró la hora.
Todavía era temprano.
Caminó hasta un bar ubicado frente a la plaza. Se sentó junto a la ventana y pidió un café con leche con dos medialunas.
—¿Las medialunas de manteca o de grasa? —preguntó el mozo.
Don Ernesto lo pensó durante varios segundos.
—Una de cada una —respondió con la mirada perdida.
Tomó el café lentamente. Cortó las medialunas en pedazos pequeños y fue comiéndolos mientras miraba hacia la calle.
Cuando terminó, pidió otro café.
El mozo lo miró sorprendido.
—¿Otro igual, abuelo?
—No. Este cortado y en jarrito por favor —agradeció con una sonrisa.
El hombre anotó el pedido en su mente y se alejó.
Don Ernesto volvió a mirar la hora.
A esa altura podría haber regresado a su casa. Le alcanzaba con tomar un sólo colectivo. Incluso podía caminar algunas cuadras y aprovechar la recomendación del médico. Pero decidió entrar a una librería.
Recorrió los estantes sin buscar nada en particular. Leyó las contratapas de varias novelas, revisó unos libros de historia y hojeó un atlas enorme que mostraba países que nunca había visitado.
El vendedor se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda.
—Sólo estoy mirando, gracias —respondió.
Y siguió mirando durante casi una hora.
Al salir, el sol ya estaba alto. Caminó hasta la avenida y tomó otro colectivo. Eligió uno cuyo recorrido era largo y daba una vuelta innecesaria antes de acercarse a su barrio.
Se sentó en el último asiento, del lado de la puerta.
El colectivo avanzó por calles que él apenas conocía. Atravesó barrios nuevos, pasó frente a un hospital, bordeó las vías y se detuvo durante varios minutos en una barrera.
Don Ernesto no se impacientó. Al contrario.
Cuando finalmente llegó cerca de su casa, no bajó. Siguió dos paradas más y después regresó caminando.
En el camino entró a una farmacia para comprar las pastillas que le habían recetado. Luego pasó por una panadería y pidió cien gramos de masas secas.
—¿Algo más? —preguntó la empleada.
Don Ernesto observó las bandejas.
—Deme también dos vigilantes, por favor.
Al salir, volvió a consultar la hora. Faltaban diez minutos para las seis de la tarde.
Ya no quedaban más vueltas que dar.
Caminó despacio por la vereda, deteniéndose frente a cada vidriera. Saludó al hombre del kiosco, acomodó los cordones de uno de sus zapatos y permaneció unos minutos observando cómo un vecino lavaba el auto.
Cuando llegó a la esquina de su casa, se quedó quieto. Desde allí podía ver el techo, las persianas cerradas y el pequeño jardín que alguna vez había cuidado su mujer.
Respiró hondo y sacó las llaves del bolsillo.
La puerta se abrió con dificultad porque la madera se hinchaba los días de humedad.
Adentro no había nadie. El silencio lo recibió de la misma manera que todas las tardes desde que Elena ya no estaba entre nosotros.
Don Ernesto dejó las masas secas sobre la mesa, encendió la radio y colocó dos tazas. Después se sentó frente a la silla vacía.
Durante todo el día había evitado regresar a su casa, no porque no quisiera volver, sino porque sabía que nadie lo estaba esperando.

viernes, 3 de julio de 2026

Pausa…

No sé bien en qué momento dejé de mirar, pero el televisor seguía encendido al pie de la cama. Eso sí lo recuerdo. La luz azul golpeaba contra la pared y caía indefectiblemente sobre los muebles, el vaso de agua, el libro abierto boca abajo y el control remoto que había quedado retorcido entre las sábanas.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio completo, ningún silencio de noche lo es. Siempre queda algo, el motor lejano de un auto, el sonido de los perros acomodándose, la caída de una piña rodando sobre el techo y ese murmullo apenas audible de las cosas eléctricas que parecen seguir viviendo cuando uno ya no tiene fuerzas.
Estaba despierto, o casi. Hay un momento en que uno ya no está del todo despierto, pero todavía no se entregó al mundo de los sueños. Existe allí, una zona intermedia, una suerte de pasillo. Allí las imágenes no se miran, sino que se reciben. La pantalla habla y uno deja que hable. No porque importe lo que dice, sino porque a veces hace falta que algo permanezca encendido para no quedar solo con los pensamientos.
La historia que estaba mirando se cortó en la mitad de una frase… No recuerdo quién hablaba.
No recuerdo qué iba a pasar.
Tal vez era importante, o a lo mejor no. La televisión tiene esa costumbre: interrumpe una vida inventada para mostrar otras vidas todavía más breves. Uno acepta el corte como acepta tantas cosas, sin protesta, sin moverse. Sin apagar.
Entonces apareció el otro mundo. Más veloz, más iluminado que la noche real.
Primero fue el ruido. Dos autos rojos salieron disparados entre las calles de Mónaco. No parecían máquinas, eran más bien animales bajos, furiosos, hechos para morder el asfalto. La ciudad se cerraba sobre ellos como una garganta de piedra, vidrio y balcones. No había espacio, ni margen. Cada curva parecía pensada para recordarles a los hombres que la velocidad también es una forma de fragilidad.
Uno venía por afuera. El otro cerraba por adentro.
Tal vez se conocían, quizás se habían saludado minutos antes con una sonrisa, de esas que se usan cuando todos están mirando. A lo mejor, alguna vez, años atrás, habían compartido un circuito pequeño, un mecánico cansado, una lluvia de domingo, o una derrota. Pero en ese instante no había pasado. Sólo estaba el presente. Sólo el motor dándolo todo, sólo la línea blanca entrando en la curva del Casino.
Adentro del casco, el mundo debía ser otra cosa: un volante, dos espejos, la vibración constante y el pulso cerrado en la garganta.
El de adelante dudó apenas, fue casi nada. Una sombra en la maniobra, un movimiento imperceptible. Pero a cierta velocidad las dudas no son pequeñas y se agrandan, volviéndose puertas abiertas.
El otro lo vio y no levantó el pie.
Por un segundo pensé que ninguno iba a salir. La pantalla mostró las ruedas, el muro, el asfalto, una barrera de contención demasiado cerca. Sentí que yo también apretaba algo con las manos, tal vez la sábana.
Después pasaron, uno adelante. El otro detrás, separados por medio auto.
Hay distancias que en los mapas no significan nada y, sin embargo, pueden cambiar una vida entera.
Después vino otra imagen. Un balcón.
Cuatro hombres alrededor de una mesa chica. La luz era amarilla, tenue, pero suficiente apenas para ver las cartas y las caras. Sobre los bordes había vasos húmedos, una botella empezada y un cenicero que ninguno parecía reconocer como propio. Abajo seguía la ciudad.
Arriba, en cambio, el tiempo se había detenido.
Las monedas estaban en el centro. Pocas. Nadie iba a salvarse con eso. Nadie iba a arruinarse tampoco. Pero las miraban como si allí hubiera algo más que dinero. Y quizá lo había.
A veces se apuesta otra cosa. El orgullo, la memoria, el derecho a reírse del otro y la posibilidad de que la noche no termine todavía.
Se conocían demasiado.
Eso volvía peligroso el juego.
Uno mentía tocándose la oreja. Otro hablaba de más cuando tenía miedo. El tercero se reía antes de perder. El cuarto casi no decía nada. Y los hombres que callan en una mesa de juego siempre parecen guardar una carta que no está en la mano.
Alguien dijo:
—Una más.
Nadie respondió enseguida. Ese silencio fue importante, porque hay silencios que anuncian el final y silencios que lo demoran. El de ellos era de los segundos. Entonces una mano empujó monedas hacia el centro. Después otra. Las cartas volvieron a mezclarse. Alguien hizo una broma mala. Todos se rieron más de lo necesario.
No jugaban para ganar, sino que jugaban para quedarse.
Porque después cada uno tendría que volver a su casa, a sus cuentas, a los mensajes sin contestar, a la cama donde nadie pregunta cómo estuvo la noche, o donde alguien pregunta demasiado. La adultez no siempre separa a los amigos de golpe. A veces lo hace con suavidad, con horarios, con trabajo y cansancio.
Por eso ellos seguían ahí.
Apostando poco y defendiendo mucho.
Uno mostró las cartas y los otros gritaron. Hubo acusaciones, insultos cariñosos, una mano golpeando la mesa. Alguien pidió revancha. Otro dijo que ahora sí era la última.
Nadie le creyó. Ni siquiera él.
Luego apareció una cocina.
Una mujer se dobló sobre la mesada. El cuchillo quedó quieto junto a una cebolla abierta. Había un tomate partido, una olla sin fuego, un repasador húmedo. Todo estaba preparado para una cena sin historia. Una de esas cenas que se hacen al volver tarde, con poco ánimo, con la cabeza todavía puesta en otra parte.
Pero el cuerpo interrumpe.
A veces el cuerpo decide hablar en un idioma brutal.
El dolor nació bajo las costillas. No fue un golpe, fue un nudo. Algo chico y cerrado, como un puño ajeno apretando desde adentro. La mujer apoyó una mano sobre la mesada.
Respiró mal.
La radio seguía sonando en algún rincón, aunque de pronto quedó lejos. Eso hacen algunos dolores: alejan el mundo. Primero la música, después los objetos y luego el aire.
No era la primera vez. Y eso era peor, porque cuando un dolor vuelve, no vuelve solo. Trae consigo todos los dolores anteriores. Las otras noches, los otros vasos de agua. La misma pregunta muda. La misma vergüenza de tener miedo por algo que tal vez no sea nada.
Abrió el botiquín.
Había gasas, frascos, curitas viejas, papeles doblados, remedios sin caja. Ese pequeño desorden donde las casas guardan una forma humilde de esperanza.
Encontró la pastilla y llenó un vaso con agua fría.
La tomó mirando el vidrio obscuro de la ventana. Del otro lado no se veía la calle, sólo su reflejo. Una mujer cansada, apenas encorvada, esperando que algo invisible hiciera su trabajo.
Pasaron unos minutos. Primero volvió el aire. Después aflojó la mandíbula.
Luego el dolor empezó a retirarse lentamente. Esas cosas no se van de golpe. Se fue como se retira una amenaza cuando entiende que ha perdido fuerza, dejando todavía un resto de miedo en el cuerpo.
La cocina recuperó su tamaño. La radio volvió a sonar. El agua goteó una vez más desde la canilla.
La mujer miró la cebolla a medio cortar. Sonrió apenas, como si le diera vergüenza haber sido vencida por algo tan íntimo. Tomó otra vez el cuchillo y siguió picando.
Afuera, la noche no se enteró de nada.
Después vi un perro.
Entró a un departamento como entran los vencedores luego de una batalla. Traía barro en las patas, lluvia en el lomo y esa alegría torpe de los animales que no conocen la culpa. Cruzó el piso encerado dejando huellas obscuras. Una, otra. Otra más. Era un camino perfecto desde la puerta hasta el sillón nuevo.
El hombre quedó inmóvil. No gritó.
A veces la derrota necesita unos segundos para ser comprendida.
El sillón tenía pocos días. Todavía olía a tela nueva, a compra reciente, a esfuerzo pagado en cuotas. El hombre lo había elegido con cuidado. Había medido el living. Había comparado colores. Había pensado, ingenuamente, que ciertas cosas podían permanecer limpias.
El perro saltó y entonces todo terminó.
El barro quedó sobre el apoyabrazos, sobre el asiento y el respaldo. El animal lo miró con la lengua afuera, orgulloso de su propia catástrofe.
—No puede ser —dijo el hombre.
Pero sí podía.
La vida doméstica está llena de cosas que no pueden ser y, sin embargo, ocurren.
Fue hasta un estante. Sacó un aerosol. Lo agitó como quien prepara un arma para una guerra pequeña. Roció la tela y pasó un paño. Esperó.
Una mancha desapareció. Después otra y otra.
El sillón fue recuperando su aspecto de objeto nuevo, de promesa intacta. El hombre se quedó mirando el resultado con una sorpresa muda. El perro movió la cola.
Fue perdonado por falta de mérito.
Después el hombre se sentó a su lado. El perro apoyó la cabeza húmeda sobre sus piernas. Olía a lluvia, a pasto, a calle. El sillón no guardaba rastros.
El hombre sí.
Y quizá por eso no lo corrió.
La última imagen fue más silenciosa.
Una mujer despierta en un edificio dormido. No se levantó de golpe. Primero intentó quedarse en la cama. Boca arriba., luego de costado. Con una pierna fuera de la sábana. Cerró los ojos con disciplina, como si dormir fuera una orden que el cuerpo debía obedecer.
No era hambre. Se lo dijo antes de levantarse.
No era hambre, pero fue a la cocina.
Caminó descalza, sin prender la luz del pasillo. La heladera abrió una claridad blanca sobre el piso. A esa hora, la luz de una heladera parece una confesión.
Sacó un vaso alto y sirvió algo espeso, frío, obscuro.
El líquido cayó despacio. El hielo crujió. Ella sostuvo el vaso con las dos manos, como si necesitara abrigarse con algo helado.
Tomó el primer sorbo y cerró los ojos.
No era hambre. Era otra cosa, un hueco, una pequeña ansiedad. El resto de un día demasiado largo. Una tristeza sin motivo suficiente para llamarse tristeza.
Hay dolores que no justifican una lágrima, pero sí una madrugada en la cocina.
Bebió en silencio.
Desde la ventana vio una sola luz encendida en el edificio de enfrente. Pensó que tal vez alguien más estaba despierto. Quizás otra persona con un vaso en la mano. A lo mejor alguien mirando una pantalla, tal vez nadie.
Las luces ajenas permiten imaginar compañías que no existen.
Cuando terminó, lavó el vaso con cuidado para no hacer ruido. Después volvió a la cama.
La obscuridad la recibió como si nunca se hubiera ido.
Entonces la historia principal regresó.
Al principio no entendí dónde estaba. Había un hombre hablando en una habitación. Una mujer lo escuchaba desde una ventana. La música intentaba convencerme de que esa escena era importante.
Pero yo había perdido el hilo, o el hilo se había perdido solo.
Me quedé mirando la pantalla. La luz azulada seguía respirando al pie de la cama. Los personajes continuaban como si nada hubiese pasado, como si durante su ausencia no hubieran doblado dos autos en Mónaco, como si nadie hubiera apostado durante la noche sobre una mesa, como si ningún dolor se hubiera cerrado bajo unas costillas, como si un perro no hubiese ensuciado un sillón nuevo, como si una mujer no hubiera bebido sola para apagar algo que no sabía nombrar.
Pensé en ese tiempo raro entre una cosa y otra.
El tiempo de la pausa.
No pertenece a la película. Tampoco pertenece del todo a la realidad. Es una tierra breve, sobrante, donde aparecen fragmentos que nadie retiene demasiado. Pero acaso la vida esté hecha de eso. No de las escenas principales, sino de lo que ocurre mientras esperamos que vuelvan.
Esperamos que vuelva la historia, que hierva el agua. Que pase el dolor. Que alguien muestre las cartas, que una curva no termine contra el muro, que una mancha desaparezca. Que la noche afloje, que el sueño llegue.
La televisión seguía hablando. Cada vez más lejos. Busqué el control remoto, pero no la apagué. Sólo bajé un poco el volumen.
Antes de dormirme pensé que uno recuerda muy pocas cosas completas, más bien recuerda pedazos. Una luz, una frase. Una mano sobre una mesa, un motor.
Un vaso, una mancha. Una respiración.
Tal vez entre la programación y las pausas haya una verdad escondida. La historia principal pretende avanzar. Loa pausas, en cambio, muestran apenas destellos. Cosas que empiezan y terminan antes de que podamos defendernos.
Después la habitación empezó a borrarse junto al vaso de agua, al libro abierto, el control remoto y la pantalla.
Todo entró despacio en la misma obscuridad.
Y me dormí con la sensación de haber visto, entre una cosa y otra, algo parecido al mundo.