La primera vez que me escapé de casa tenía quince años. No
fue una huida definitiva, ni una rebelión cuidadosamente planificada. No
llevaba ropa en un bolso, ni había escrito una carta explicando que necesitaba
encontrar mi lugar en el mundo. Tampoco tenía un destino lejano. Iba a un
cumpleaños.
La fiesta era de una amiga de Gustavo. Apenas conocía a
la cumpleañera, pero eso no importaba demasiado. Ella iba a estar ahí y, a los
quince años, esa era una razón suficiente para cruzar la ciudad, desobedecer a
mis viejos y arriesgarme a pasar el resto de mi adolescencia castigado.
Durante varios días pensé cómo hacerlo.
Mi habitación tenía una ventana que daba al pequeño jardín
de adelante. Desde allí podía salir, atravesar el pasto, treparme a un cantero
y alcanzar la pared que daba a la calle. No era una muralla infranqueable, pero
tampoco era tan baja como para saltarla con elegancia. Especialmente de noche,
tratando de no hacer ruido y con el corazón galopando tan fuerte que parecía
dispuesto a despertar a toda la casa.
La ventana era el punto más importante del plan. Tenía
que dejarla abierta para poder entrar cuando regresara, pero lo tenía que hacer
sin despertar a mi hermano que dormía en la misma habitación. Así que la dejé
apenas abierta, con un cartón doblado, lo suficiente para meter los dedos y abrirla
desde afuera. La cortina, se encargaría de tapar la escena.
También había conseguido veinte pesos a lo largo de tres
semanas. Hoy puede parecer poco, pero en aquella época veinte pesos eran una
fortuna. Al menos para mí. Era dinero suficiente para viajar, comprar algo para
tomar y todavía regresar a casa sintiéndome un hombre económicamente
independiente.
Guardé los billetes en el bolsillo como si llevara los
ahorros de toda una vida y esperé a que la casa quedara en silencio. No
recuerdo la hora exacta. Seguramente no era demasiado tarde, aunque para mí
parecía medianoche. A esa edad, salir después de que los padres se fueran a
dormir tenía algo de operación clandestina. Cada ruido se amplificaba. Una
puerta que crujía podía ser una alarma. Una tos desde otra habitación, una
orden de captura.
Abrí la ventana lentamente. Primero saqué una pierna.
Después la otra. Me sostuve del marco y caí sobre el pasto con menos gracia de
la que había imaginado. Permanecí agachado unos segundos, esperando escuchar la
voz de mi viejo preguntando qué estaba haciendo, o los ladridos de los perros.
No se escuchó nada. Crucé el pequeño jardín y llegué al
cantero. Apoyé un pie sobre el borde y traté de impulsarme. La primera vez
resbalé. Sentí que las piedras se movían debajo de la zapatilla y estuve a
punto de caerme contra unas plantas. La segunda vez logré agarrarme de la parte
superior de la pared.
Me quedé colgado unos segundos.
De un lado estaba mi casa. Del otro, la calle.
Tal vez todas las primeras fugas tengan ese momento. Un
instante breve en el que todavía se puede volver atrás, entrar por la ventana y
acostarse como si nada hubiera ocurrido.
Pero ella estaba en esa fiesta.
Así que pasé una pierna por encima de la pared y salté. Caí
sobre la vereda tratando de hacer el menor ruido posible, me acomodé la ropa y
comencé a caminar intentando parecer alguien tranquilo, sin persecutas. Si
alguien me hubiera visto, probablemente habría pensado que era un chico
volviendo a su casa. Nadie habría sospechado que acababa de conquistar mi
libertad.
Caminé hasta la parada y me tomé el 5. El colectivo
estaba casi vacío. Me senté junto a la ventana en la parte de atrás, del lado
opuesto al chofer y miré cómo las calles conocidas iban quedando atrás. Llevaba
los veinte pesos en el bolsillo y una mezcla de miedo y entusiasmo en el
cuerpo.
Cada vez que el colectivo frenaba, pensaba que podía
subir alguien conocido.
Un vecino, un amigo de mis viejos, algún pariente lejano
con la capacidad de aparecer en el peor momento. Pero no subió nadie.
El 5 siguió avanzando hasta Flores, mientras yo ensayaba
mentalmente las posibles explicaciones que daría si todo salía mal. Ninguna era
demasiado convincente.
Cuando bajé, todavía tuve que caminar varias cuadras
hasta la casa de la amiga de Gustavo. No conocía bien la zona y tuve que
reconstruir las indicaciones que me habían dado. Doblar en una esquina, seguir
hasta determinada avenida, buscar una casa con una puerta de cierto color.
En aquellos años no había un teléfono que indicara el
camino ni un punto luminoso moviéndose sobre un mapa. Uno tenía una dirección
escrita en un papel y la esperanza de no haberse equivocado de calle.
Finalmente encontré la casa.
Desde afuera se escuchaba música. Había luces encendidas,
voces y algunas personas reunidas cerca de la entrada. Respiré profundo antes
de tocar el timbre, como si necesitara recuperar la normalidad después de haber
cruzado media ciudad en condición de prófugo.
Para mi sorpresa, me abrió Gustavo. Me saludó con un
abrazo y un vaso de cerveza, sin comprender del todo la dimensión de mi hazaña.
Para él yo simplemente había llegado a un cumpleaños. No sabía que había dejado
una ventana abierta, cruzado un patio, escalado un cantero y saltado una pared
para estar ahí.
Entré, saludé a la cumpleañera y a varias personas que no
conocía. Alguien me alcanzó algo para tomar. Me quedé un rato cerca de Gustavo,
tratando de disimular que en realidad buscaba a una sola persona.
Entonces la vi.
Estaba del otro lado de la habitación, hablando con unas
amigas.
No ocurrió nada extraordinario. No se detuvo la música,
ni las luces cambiaron de intensidad. Nadie señaló su presencia. Sin embargo,
durante unos segundos, todo lo demás perdió importancia.
Ella también me vio. Luego de un rato nos acercamos y charlamos
durante buena parte de la noche. Nos reímos mucho. Hablamos de cosas que
seguramente entonces parecían importantes y que ahora no podría recordar. En
algún momento bailamos algo, o al menos hice el intento, mientras ella
disimulaba su vergüenza. Nunca fui demasiado bueno bailando. Probablemente pasé
más tiempo tratando de no pisarla que siguiendo la música. Pero ella se reía y
eso alcanzaba para que la noche tuviera sentido.
Lamentablemente no hubo un beso.
Durante años pensé aquella noche desde ese lugar. Como
una oportunidad que no había terminado de concretarse, una historia a la que le
faltaba la escena principal: Había
escapado de casa; había trepado una pared; había atravesado media ciudad; había
llegado hasta Flores con veinte pesos en el bolsillo. Y, sin embargo, no la
había besado.
Con el tiempo comprendí que el beso no era lo importante.
Lo importante había sucedido mucho antes, cuando dejé la
ventana abierta y apoyé el pie sobre aquel cantero. O quizás cuando me quedé
colgado de la pared, con mi casa de un lado y la calle del otro.
Aquella noche no la pude besar, pero aprendí que era
capaz de escapar por algo que deseaba y que podía tomar un colectivo solo,
cruzar barrios desconocidos y llegar hasta una fiesta siguiendo una dirección
escrita en un papel. También, que algunas aventuras no tienen la recompensa que
imaginamos, sino que a veces uno realiza un viaje enorme para conseguir apenas
una conversación, unas risas y un baile torpe con la chica que le gusta.
Pero eso no significa que el viaje haya sido inútil. Durante
mucho tiempo recordé aquella noche por el beso que no ocurrió. Ahora la
recuerdo por el chico que fui. Ese que creyó que veinte pesos eran una fortuna,
que una pared podía separar la obediencia de la libertad y que ver a una chica
durante unas horas justificaba cualquier riesgo.
Después regresé a casa. Volví a tomar el 5, caminé por
las mismas calles y salté nuevamente la pared, con la ayuda de una cuerda que
había disimulado anteriormente. Crucé el pequeño jardín, abrí os postigos de la
ventana que había dejado entreabierta e ingresé en mi habitación con mucha
cuidado y lentitud.
Nadie se había despertado, ni siquiera mi hermano.
Me acosté sin prender la luz, todavía vestido, con el
corazón lleno de una felicidad incompleta.
No hubo un beso, pero durante unas horas tuve quince
años, veinte pesos en el bolsillo y toda la ciudad por delante. En aquel
momento no lo sabía, pero pocas veces volvería a sentirme tan libre.