jueves, 2 de abril de 2026

C’est la vie…

A veces pienso que el pasado me debe una verdad. Una verdad que necesito para poder continuar, para seguir adelante. Una deuda pendiente que se vuelve incobrable, una esperanza mínima para poder habitar el presente.
Nunca sabemos cuándo las personas que forman parte de nuestro presente van a pasar a formar parte de nuestro pasado. Venimos configurados desde chicos con una idea de perpetuidad que nos condiciona, que nos empuja a creer que todo debería durar para siempre.
Y no se trata de estar rotos, sino de estar incompletos. Como quien busca algo que desconoce, pero necesita de verdad, quizá con urgencia.
Ya no alcanzan las palabras, esas que a veces caen como una cucharada de azúcar en una realidad amarga. Cuando el pasado y el presente colisionan, lo único que uno puede hacer para redefinirse es enfrentarlos.
Todavía me acuerdo de mi amigo. Llevaba siempre el pelo corto y, a medida que crecíamos, teníamos problemas como todos, aunque no fueran los de los adultos. Para nosotros eran asuntos trascendentales, y el tiempo no parecía correr con la misma velocidad ni con el mismo ritmo que ahora. Hoy ya no nos vemos, pero estoy seguro de que, si nos encontráramos otra vez, seguiríamos hablando de aquellas cosas. Como si una parte de nosotros hubiera quedado atrapada allá, en ese pasado.
Seguramente los dos acumulamos nuevas experiencias, nuevas anécdotas, nuevos vínculos e historias. Probablemente ya no recordemos con exactitud aquellos días y, sin embargo, seguimos recordando a personas que tal vez ya nos han olvidado.
Hay días en que siento que no pertenezco a ningún sitio, y quizá por eso mismo no tengo un lugar adonde ir. Cada día sumo una capa más de maquillaje, no por tener cuentas pendientes con el pasado, sino por querer saber qué ocurrió, qué fue lo que pasó, para poder decidir hacia dónde ir.
Hay otros días en los que siento que perdí el rumbo y también el propósito de lo que hago. Es entonces cuando vuelvo sobre mis pasos y miro por encima del hombro hacia el pasado. No porque uno huya de él: el pasado vive siempre dentro de nosotros y vuelve, por más que intentemos dejarlo atrás. Y aunque no podamos cambiarlo, sí podemos aceptarlo. Aceptar ese dolor y procesarlo, vivirlo y mirarlo a la cara, porque hay dolores que persisten justamente porque nunca fueron del todo vistos.
Tal vez por eso, en nuestro último momento, recurrimos al pasado como a un testimonio final de nuestra existencia: un registro invisible de que alguna vez estuvimos aquí.
Sería tan fácil todo si tan solo pudiéramos olvidar…

lunes, 23 de marzo de 2026

Las estatuas…

Con Florencia nos conocíamos desde siempre. Era mi vecina de al lado y, después de la escuela, nos pasábamos las tardes jugando en su casa o en la mía, en El Palomar. Nuestras familias eran muy amigas y casi todos los fines de semana se juntaban para comer un asado o unas pastas. Su mamá, Patricia, solía pasar a tomar unos mates con mi vieja todos los días, y nos dejaban a nosotros jugando en el jardín de casa.
Aquel lugar era nuestro sitio de aventuras. Los árboles del fondo nos servían de escondite y jugábamos a que allí había un gran tesoro escondido. Nos escapábamos de los indios que nos perseguían y nos trepábamos bien alto para descubrir qué había más allá del horizonte. Los ligustros que separaban su patio del mío eran una muralla infranqueable: no se podía ir más allá de ellos, porque eran demasiado densos.
Todos los días inventábamos algo distinto. A veces ella traía sus muñecas y, con mis autos, armábamos aventuras sobre senderos inventados con tierra y barro. Claro que eso a veces enojaba a mi madre por el enchastre que dejábamos y por cómo ensuciábamos la ropa, pero a Patricia no le importaba y siempre se reía. También jugábamos al fútbol, al elástico, nos hacíamos adivinanzas, nos contábamos cuentos aprendidos en la escuela y pintábamos en cuadernos de dibujos.
El tiempo se pasaba volando y siempre nos quedábamos esperando el día siguiente para seguir jugando.
Un feriado vinieron mis primos y nos pasamos toda la tarde jugando a la escondida, a las bolitas y al fútbol. Florencia se había hecho muy amiga de mi prima Carolina y también de mi primo Ezequiel, que era dos años más grande. Ya cansados, hacia el final de la tarde, mi primo sacó de su mochila un libro y nos leyó un cuento de Cortázar: “Final del juego”. Lo escuchamos con atención, sin entender del todo lo que narraba, pero nos fascinó la idea de posar como estatuas y, a pesar de no comprender el verdadero sentido del juego, todos corrimos a buscar ropa y a escribir en un papel el papel que cumpliría cada uno.
Nos divertimos mucho aquella tarde. Florencia se ponía especialmente seria cuando le tocaba representar algo, como si de pronto todo fuese importante de verdad. Después volvió a su casa por la noche y nosotros nos quedamos dormidos en el sillón, con mis primos, mientras veíamos televisión. Ni siquiera llegamos a cenar.
Aquel verano fue el último de la primaria y con Florencia ya nos dejaban salir a la calle. Aquello era un mundo nuevo para nosotros. Montados en nuestras bicicletas, andábamos de acá para allá por el barrio, haciendo mandados, dando vueltas por la plaza y, a veces, yéndonos hasta la brigada aérea para ver despegar los Hércules de la Fuerza Aérea. Nos encantaba ver aquella mole de cuatro motores carretear a lo lejos, detenerse en la cabecera y, con el estruendo de los motores, ganar velocidad hasta que, de repente, saltaba al aire, dejando atrás la seguridad del suelo. Esa maniobra antigravitatoria nos dejaba con la boca abierta mientras nos aferrábamos a la reja con fuerza.
Obviamente, jamás les dijimos a nuestros padres que nos íbamos tan lejos a ver los aviones. Aquel era nuestro secreto.
Dos días antes de empezar el secundario, Florencia apareció con ropa en una mochila. Se mordía el labio como cada vez que tramaba algo y me dijo, en voz baja, que no dijera nada y que la siguiera. Por el camino que tomó, imaginé que íbamos a la brigada aérea. Una vez allí, sacó la ropa y me propuso que hiciéramos de estatuas para que nos vieran los pilotos. El plan me encantó. Me dio una sábana blanca y una corona hecha con ramas del ligustro de su casa: me había tocado ser una especie de romano. Ella llevaba una diadema de plástico y una sábana rosa. Ya vestidos, nos paramos junto a la reja, haciendo señas y saludando a mecánicos y pilotos que, con esfuerzo, llegaron a vernos y nos devolvieron el gesto. Cuando nos aseguramos de que nos habían visto, adoptamos nuestras posturas de estatuas vivientes.
Al Hércules le llevó un rato largo despegar, pero cuando lo hizo pasó por arriba de nosotros moviendo las alas de un lado al otro, como en señal de saludo. Estábamos eufóricos: nos habían visto, nos habían saludado. Volvimos sonriendo, comentando cada detalle de lo que habíamos visto y lo bien que habíamos cumplido nuestro papel de estatuas.
La secundaria empezó y ya no nos veíamos tanto como antes. Ella iba a una escuela religiosa y a mí me mandaron a la escuela técnica. Iba al turno mañana y yo, en cambio, tenía materias teóricas por la mañana y taller por la tarde. Según el día, podía volver a casa a las cuatro o a las seis.
Nuestros encuentros ya no eran para jugar como antes. A veces nos trepábamos a la medianera de mi casa y desde ahí subíamos al techo. Los fines de semana nos pasábamos horas conversando y mirando las estrellas mientras tomábamos mates. Otras veces iba a su casa y nos quedábamos leyendo novelas o libros de nuestros autores favoritos.
Una tarde de otoño, con el sol ya bajo y mucho viento, nos fuimos caminando hasta la brigada aérea. Nos quedamos en la reja, como cuando éramos chicos, pero hablando de cosas que ahora sí nos preocupaban: las materias, los grupos nuevos de amigos, las discusiones de nuestros viejos, la música que escuchábamos. Ya no jugábamos a la escondida; nos escondíamos un rato del mundo en esas charlas y en esas escapadas de fin de semana. La infancia no terminó de golpe, se fue retirando.
El tiempo siguió pasando y Florencia se puso de novia con mi primo Ezequiel. Fue de a poco que dejamos de vernos seguido, hasta que, con el tiempo, apenas nos saludábamos si nos cruzábamos en el centro del barrio o en algún boliche de Ramos Mejía o de San Martín. Ya no hacía falta una pelea para alejarnos; alcanzaba con la rutina.
Una tarde me hice la rata para no tener que rendir un examen de termodinámica y me fui para Haedo. El invierno se hacía sentir, pero el sol resultaba reconfortante. Ya en el centro, entré a un local de música y me quedé mirando durante un largo rato la variedad de discos. Entonces sentí una mano en el hombro. Era Florencia, que también se había rateado y andaba dando vueltas por ahí.
Nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas a una confitería cercana y nos pasamos horas conversando. Me contó que se había peleado con Ezequiel y que estaba mejor sola, que quería terminar la secundaria y estudiar Derecho. Yo le dije que no tenía ni idea de qué iba a ser de mi futuro, pero que todavía me quedaba un año más de escuela. Nos reímos de anécdotas de nuestras escuelas, nos contamos historias de nuestros amigos y también hablamos de la música que escuchábamos. Esa tarde volvimos juntos a casa y nos despedimos con un abrazo.
Meses después, mi viejo perdió el trabajo porque cerró la fábrica donde trabajaba. Aquel año 2000 fue muy duro para mi familia. Tuvimos que vender el auto y también la casa. Mi viejo consiguió un nuevo trabajo, pero quedaba lejos, en Mercedes, así que mis viejos se mudaron a la casa de una tía y a mí me dejaron en lo de mi abuela, en El Palomar, para que pudiera terminar la secundaria.
Una noche Florencia pasó a visitarme a la casa de mi abuela y le conté todo. Los dos nos pusimos a llorar y nos abrazamos. Nos quedamos un instante mirándonos a los ojos. Ninguno de los dos se animaba a moverse. Sentí una especie de vértigo en el estómago y me temblaron un poco las manos mientras empezaba a acercarme despacio, como pidiendo permiso. Vi cómo sus ojos se cerraban a medida que me aproximaba a sus labios. Entonces mi abuela nos llamó para cenar y aquel instante quedó suspendido en el aire.
Llegó diciembre y me recibí de técnico. Al día siguiente pasé por su casa para despedirme, pero no estaba. Me despedí de sus padres y me fui a lo de mi abuela.
A la mañana siguiente me despedí de mi abuela y tomé el bondi hasta la estación de Haedo. Me subí al tren con el bolso entre mis brazos y apoyé la frente contra el vidrio mientras la formación ganaba velocidad. Cuando el tren dejó atrás la estación, la vi a ella: a Florencia, adoptando una pose de estatua y vestida para la ocasión. Me quedé mirándola mientras el tren avanzaba y ella me seguía con la mirada, sin abandonar su postura, sin moverse aunque el tren ya casi la perdía. Como en el cuento de Cortázar. Como si de verdad hubiera llegado el final del juego.

martes, 27 de enero de 2026

Leeme

No escribo para llevármelo. Escribo para que lo busquen.
Una casa necesita un nombre para empezar a vaciarse. A veces es el de un hijo, a veces alcanza con una habitación cerrada y el recuerdo de alguien que debería estar ahí. No importa si estuvo.
La primera nota va en la puerta, siempre funciona. Después la cocina, el jardín, la casa de los abuelos, el baño. Los adultos creen que moverse es avanzar. No entienden que recorrer una casa es una forma lenta de obedecer.
El archivo no explica nada. Sólo devuelve lo que ya estaba. Cuando lo abran, van a reconocer cada gesto como propio y van a sentir alivio: la historia existe, entonces el niño también. O eso creen.
No necesito comprobarlo. Ustedes tampoco, todo se sabrá cuando termine, cuando crean haber llegado al final. La casa va a callarse otra vez. Y alguien va a abrir la puerta.

El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo. La nota estaba ahí, apoyada contra la madera, escrita con una letra demasiado prolija para traer algo bueno.
No gritó. No todavía. Leyó una vez. Dos. A la tercera, las palabras dejaron de ser letras y se volvieron un ruido seco en el pecho: “Tenemos a tu hijo.”
Entró a la casa con el corazón golpeándole en la garganta.
—Clara —llamó, sin reconocer su propia voz—. Clara, ¿dónde estás?
La encontró en el pasillo, con una taza de café tibio en la mano, como si el mundo no se hubiese corrido un centímetro de su lugar.
—¿Dónde está Lucas? —preguntó Tomás, ya sin aire.
—En su habitación —respondió ella, extrañada—. Estaba jugando recién.
Caminaron rápido, torpes, chocándose con las paredes. La puerta del cuarto estaba abierta. La cama deshecha. Los juguetes en el piso, abandonados como si alguien hubiese apagado la infancia de golpe. Lucas no estaba.
Sobre la almohada, un sobre blanco.
Clara lo abrió con manos que ya no le obedecían. Leyó en voz alta, porque el miedo necesita eco para existir:

“Si quieren volver a verlo, busquen la próxima pista en la cocina.”

La cocina se volvió un campo de batalla. Abrieron cajones, tiraron platos, revisaron alacenas como si el aire pudiera esconder papeles. Hasta que Tomás metió la mano en un tarro de azúcar y tocó algo que no era azúcar.
Otra nota.

“El jardín.”

Salieron descalzos, sin sentir el frío del piso. Revisaron macetas, levantaron las plantas de los canteros, hurgaron la tierra con las uñas. Clara fue la que encontró el sobre, atrapado entre dos plantas secas.

“La casa del abuelo.”

El llanto llegó ahí. Violento, casi animal. ¿Cuál abuelo? ¿El de él o el de ella? No discutieron. Se separaron como se separa el miedo: rápido y sin mirar atrás.
—Avisame —dijo Tomás—. Apenas encuentres algo.
La casa de su padre estaba vacía. Demasiado ordenada. Demasiado quieta. Recorrió habitaciones con el pulso desbocado hasta que vio el sobre sobre la cama.

“Volvé a tu casa. El baño.”

Tomás llamó a Clara mientras salía corriendo.
—Andá al baño de casa—le dijo—. Yo voy para allá.
Ella llegó primero. Entró como un vendaval. Abrió el vanitory, tiró toallas, revisó detrás del inodoro. En el botiquín, al fondo, estaba la nota.

“La computadora del living.”

Corrió hasta allí y s
e sentó sin pensar. Encendió la máquina justo cuando Tomás entraba, transpirado, con la cara rota de angustia.
—¿Qué hacés? —preguntó.
—Es lo que dice la nota —respondió ella, sin mirarlo.
En el escritorio había un solo archivo.
"leeme.txt"
Clara hizo doble clic.
El texto decía:

“El primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo…”

Tomás sintió que el piso se desmoronaba. Clara siguió leyendo, reconociendo cada gesto, cada palabra, cada respiración. Cuando levantó la vista, la casa estaba en silencio.
—Tomás… —dijo, asustada.
Él no respondió.
Porque el primero en verlo fue Tomás. No porque fuera más atento que nadie, sino porque esa mañana el silencio tenía un peso raro y lo empujó hasta la puerta antes incluso de sacarse el abrigo.

jueves, 22 de enero de 2026

El patio que se llamó país...

María tenía cinco años y José seis cuando se conocieron en la escuela pública de El Cafetal, en 1999, el año en que el país decidió cambiarse el nombre como quien se cambia una camisa vieja esperando que la nueva lo abrace mejor. A ellos no les importó demasiado: a esa edad, los países son el patio del recreo y la Constitución cabe en un cuaderno rayado con olor a pegamento y tapa dura.
María iba siempre prolija. Zapatos limpios, mochila con rueditas, merienda envuelta en papel aluminio. José llegaba con los cordones desatados y una sonrisa que parecía haber aprendido a defenderse sola. Se hicieron amigos por una causa simple, pero muy importante: ambos sabían andar en bicicleta sin manos, y también, creían que el helado de coco era mejor que cualquier otro gusto en el mundo.
La familia de María tenía una posición cómoda. El papá trabajaba en una empresa grande y la mamá decía palabras largas en la mesa que siempre incluían: “prudencia”, “inflación”, “rumbo”. La de José era humilde y trabajadora: la abuela hacía milagros con el mercado, el papá, albañil, celebraba cada obra pública como si fuera una plaza nueva en la cuadra. En casa de José se brindaba por las iniciativas; en la de María se fruncía el ceño por las mismas razones. Las discusiones existían, sí, pero eran discusiones de sobremesa: nadie se iba dando un portazo.
Cuando terminaron la primaria, la vida hizo lo que sabe hacer: separar sin pedir permiso. A María la cambiaron a un bachillerato privado. A José le quedó el liceo público de siempre, el que estaba más cerca de su casa y de su mundo. Aun así, siguieron encontrándose. Se las rebuscaban con horarios imposibles para verse en el parque, andar en bicicleta hasta cansarse, recorrer el centro comercial como si fuera una ciudad extranjera. Los cambios del país les pasaban por al lado como el tránsito: ruidosos, constantes, normales. El petróleo hacía que las arcas estuvieran llenas y la ciudad se llenaba de obras, de barrios nuevos en la periferia y de promesas que sonaban a futuro.
El 5 de marzo de 2013, el día se volvió obscuro. Con el fallecimiento del comandante y la recesión que empezó a morder, la familia de María decidió emigrar a Brasil. Ellos, se encontraron horas antes de la partida. No hubo discursos. Hubo un banco de plaza y dos cartas dobladas muchas veces.

La carta de María decía:
“José: si te escribo es porque no me sale hablar. Me voy con miedo y con culpa, como si me estuviera yendo de vos y no de un país. Prometo no olvidar el camino al parque ni el helado de coco. Si algún día vuelvo, quiero que me lleves en bicicleta sin manos. Cuidá a los tuyos. Yo te llevo conmigo.”

La carta de José decía:
“María: no te enojes si no entiendo. Yo me quedo porque acá está todo lo que sé querer. Si te va bien, alegrate sin culpa. Si te va mal, escribime. Voy a guardar esto en el bolsillo de la campera. Cuando dudes, acordate que alguien te espera en El Cafetal.”

El tiempo hizo lo suyo con la tecnología. Primero MSN, después Facebook, más tarde Instagram y WhatsApp. Al principio hablaban todos los días: vidas nuevas, amigos nuevos, la dificultad de vivir en otro país, la dificultad de quedarse. Con los años, la frecuencia se volvió un saludo de cumpleaños, foto de una esquina, un “felices fiestas”. En los últimos tiempos, los mensajes se tensaron. Los dos discutían. José le decía que había abandonado el barco, que ahora le bastaba con ser mesera en un café de Buenos Aires. María le reprochaba el apoyo incondicional a una causa que —decía— no valía la pena. Se decían verdades con bronca y se olvidaban de las bicicletas y los helados de coco.
El 3 de enero de 2026, María festejaba en el Obelisco aquel rapto como si fuera el triunfo de un equipo propio. José, a miles de kilómetros, abrazaba el cuerpo de su hermano, mutilado por el bombardeo de otra nación sobre la suya. El mismo país, dos escenas que no se tocan.
No hay moraleja fácil ante estos hechos. Tal vez sólo esto: nada es eterno. Las personas pasan por nuestra vida, nos marcan con un gesto, un detalle, un recuerdo, y siguen. Hay que normalizar que el tiempo haga su trabajo, aceptar que la mayoría se irá. Y entender que, aun así, lo vivido —una bicicleta sin manos, una carta doblada— alcanza para explicar quiénes fuimos y en qué nos convertimos.