Con Florencia nos conocíamos desde siempre. Era
mi vecina de al lado y, después de la escuela, nos pasábamos las tardes jugando
en su casa o en la mía, en El Palomar. Nuestras familias eran muy amigas y casi
todos los fines de semana se juntaban para comer un asado o unas pastas. Su
mamá, Patricia, solía pasar a tomar unos mates con mi vieja todos los días, y
nos dejaban a nosotros jugando en el jardín de casa.
Aquel lugar era nuestro sitio de aventuras. Los árboles del fondo nos servían de escondite y jugábamos a que allí había un gran tesoro escondido. Nos escapábamos de los indios que nos perseguían y nos trepábamos bien alto para descubrir qué había más allá del horizonte. Los ligustros que separaban su patio del mío eran una muralla infranqueable: no se podía ir más allá de ellos, porque eran demasiado densos.
Todos los días inventábamos algo distinto. A veces ella traía sus muñecas y, con mis autos, armábamos aventuras sobre senderos inventados con tierra y barro. Claro que eso a veces enojaba a mi madre por el enchastre que dejábamos y por cómo ensuciábamos la ropa, pero a Patricia no le importaba y siempre se reía. También jugábamos al fútbol, al elástico, nos hacíamos adivinanzas, nos contábamos cuentos aprendidos en la escuela y pintábamos en cuadernos de dibujos.
El tiempo se pasaba volando y siempre nos quedábamos esperando el día siguiente para seguir jugando.
Un feriado vinieron mis primos y nos pasamos toda la tarde jugando a la escondida, a las bolitas y al fútbol. Florencia se había hecho muy amiga de mi prima Carolina y también de mi primo Ezequiel, que era dos años más grande. Ya cansados, hacia el final de la tarde, mi primo sacó de su mochila un libro y nos leyó un cuento de Cortázar: “Final del juego”. Lo escuchamos con atención, sin entender del todo lo que narraba, pero nos fascinó la idea de posar como estatuas y, a pesar de no comprender el verdadero sentido del juego, todos corrimos a buscar ropa y a escribir en un papel el papel que cumpliría cada uno.
Nos divertimos mucho aquella tarde. Florencia se ponía especialmente seria cuando le tocaba representar algo, como si de pronto todo fuese importante de verdad. Después volvió a su casa por la noche y nosotros nos quedamos dormidos en el sillón, con mis primos, mientras veíamos televisión. Ni siquiera llegamos a cenar.
Aquel verano fue el último de la primaria y con Florencia ya nos dejaban salir a la calle. Aquello era un mundo nuevo para nosotros. Montados en nuestras bicicletas, andábamos de acá para allá por el barrio, haciendo mandados, dando vueltas por la plaza y, a veces, yéndonos hasta la brigada aérea para ver despegar los Hércules de la Fuerza Aérea. Nos encantaba ver aquella mole de cuatro motores carretear a lo lejos, detenerse en la cabecera y, con el estruendo de los motores, ganar velocidad hasta que, de repente, saltaba al aire, dejando atrás la seguridad del suelo. Esa maniobra antigravitatoria nos dejaba con la boca abierta mientras nos aferrábamos a la reja con fuerza.
Obviamente, jamás les dijimos a nuestros padres que nos íbamos tan lejos a ver los aviones. Aquel era nuestro secreto.
Dos días antes de empezar el secundario, Florencia apareció con ropa en una mochila. Se mordía el labio como cada vez que tramaba algo y me dijo, en voz baja, que no dijera nada y que la siguiera. Por el camino que tomó, imaginé que íbamos a la brigada aérea. Una vez allí, sacó la ropa y me propuso que hiciéramos de estatuas para que nos vieran los pilotos. El plan me encantó. Me dio una sábana blanca y una corona hecha con ramas del ligustro de su casa: me había tocado ser una especie de romano. Ella llevaba una diadema de plástico y una sábana rosa. Ya vestidos, nos paramos junto a la reja, haciendo señas y saludando a mecánicos y pilotos que, con esfuerzo, llegaron a vernos y nos devolvieron el gesto. Cuando nos aseguramos de que nos habían visto, adoptamos nuestras posturas de estatuas vivientes.
Al Hércules le llevó un rato largo despegar, pero cuando lo hizo pasó por arriba de nosotros moviendo las alas de un lado al otro, como en señal de saludo. Estábamos eufóricos: nos habían visto, nos habían saludado. Volvimos sonriendo, comentando cada detalle de lo que habíamos visto y lo bien que habíamos cumplido nuestro papel de estatuas.
La secundaria empezó y ya no nos veíamos tanto como antes. Ella iba a una escuela religiosa y a mí me mandaron a la escuela técnica. Iba al turno mañana y yo, en cambio, tenía materias teóricas por la mañana y taller por la tarde. Según el día, podía volver a casa a las cuatro o a las seis.
Nuestros encuentros ya no eran para jugar como antes. A veces nos trepábamos a la medianera de mi casa y desde ahí subíamos al techo. Los fines de semana nos pasábamos horas conversando y mirando las estrellas mientras tomábamos mates. Otras veces iba a su casa y nos quedábamos leyendo novelas o libros de nuestros autores favoritos.
Una tarde de otoño, con el sol ya bajo y mucho viento, nos fuimos caminando hasta la brigada aérea. Nos quedamos en la reja, como cuando éramos chicos, pero hablando de cosas que ahora sí nos preocupaban: las materias, los grupos nuevos de amigos, las discusiones de nuestros viejos, la música que escuchábamos. Ya no jugábamos a la escondida; nos escondíamos un rato del mundo en esas charlas y en esas escapadas de fin de semana. La infancia no terminó de golpe, se fue retirando.
El tiempo siguió pasando y Florencia se puso de novia con mi primo Ezequiel. Fue de a poco que dejamos de vernos seguido, hasta que, con el tiempo, apenas nos saludábamos si nos cruzábamos en el centro del barrio o en algún boliche de Ramos Mejía o de San Martín. Ya no hacía falta una pelea para alejarnos; alcanzaba con la rutina.
Una tarde me hice la rata para no tener que rendir un examen de termodinámica y me fui para Haedo. El invierno se hacía sentir, pero el sol resultaba reconfortante. Ya en el centro, entré a un local de música y me quedé mirando durante un largo rato la variedad de discos. Entonces sentí una mano en el hombro. Era Florencia, que también se había rateado y andaba dando vueltas por ahí.
Nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas a una confitería cercana y nos pasamos horas conversando. Me contó que se había peleado con Ezequiel y que estaba mejor sola, que quería terminar la secundaria y estudiar Derecho. Yo le dije que no tenía ni idea de qué iba a ser de mi futuro, pero que todavía me quedaba un año más de escuela. Nos reímos de anécdotas de nuestras escuelas, nos contamos historias de nuestros amigos y también hablamos de la música que escuchábamos. Esa tarde volvimos juntos a casa y nos despedimos con un abrazo.
Meses después, mi viejo perdió el trabajo porque cerró la fábrica donde trabajaba. Aquel año 2000 fue muy duro para mi familia. Tuvimos que vender el auto y también la casa. Mi viejo consiguió un nuevo trabajo, pero quedaba lejos, en Mercedes, así que mis viejos se mudaron a la casa de una tía y a mí me dejaron en lo de mi abuela, en El Palomar, para que pudiera terminar la secundaria.
Una noche Florencia pasó a visitarme a la casa de mi abuela y le conté todo. Los dos nos pusimos a llorar y nos abrazamos. Nos quedamos un instante mirándonos a los ojos. Ninguno de los dos se animaba a moverse. Sentí una especie de vértigo en el estómago y me temblaron un poco las manos mientras empezaba a acercarme despacio, como pidiendo permiso. Vi cómo sus ojos se cerraban a medida que me aproximaba a sus labios. Entonces mi abuela nos llamó para cenar y aquel instante quedó suspendido en el aire.
Llegó diciembre y me recibí de técnico. Al día siguiente pasé por su casa para despedirme, pero no estaba. Me despedí de sus padres y me fui a lo de mi abuela.
A la mañana siguiente me despedí de mi abuela y tomé el bondi hasta la estación de Haedo. Me subí al tren con el bolso entre mis brazos y apoyé la frente contra el vidrio mientras la formación ganaba velocidad. Cuando el tren dejó atrás la estación, la vi a ella: a Florencia, adoptando una pose de estatua y vestida para la ocasión. Me quedé mirándola mientras el tren avanzaba y ella me seguía con la mirada, sin abandonar su postura, sin moverse aunque el tren ya casi la perdía. Como en el cuento de Cortázar. Como si de verdad hubiera llegado el final del juego.
Aquel lugar era nuestro sitio de aventuras. Los árboles del fondo nos servían de escondite y jugábamos a que allí había un gran tesoro escondido. Nos escapábamos de los indios que nos perseguían y nos trepábamos bien alto para descubrir qué había más allá del horizonte. Los ligustros que separaban su patio del mío eran una muralla infranqueable: no se podía ir más allá de ellos, porque eran demasiado densos.
Todos los días inventábamos algo distinto. A veces ella traía sus muñecas y, con mis autos, armábamos aventuras sobre senderos inventados con tierra y barro. Claro que eso a veces enojaba a mi madre por el enchastre que dejábamos y por cómo ensuciábamos la ropa, pero a Patricia no le importaba y siempre se reía. También jugábamos al fútbol, al elástico, nos hacíamos adivinanzas, nos contábamos cuentos aprendidos en la escuela y pintábamos en cuadernos de dibujos.
El tiempo se pasaba volando y siempre nos quedábamos esperando el día siguiente para seguir jugando.
Un feriado vinieron mis primos y nos pasamos toda la tarde jugando a la escondida, a las bolitas y al fútbol. Florencia se había hecho muy amiga de mi prima Carolina y también de mi primo Ezequiel, que era dos años más grande. Ya cansados, hacia el final de la tarde, mi primo sacó de su mochila un libro y nos leyó un cuento de Cortázar: “Final del juego”. Lo escuchamos con atención, sin entender del todo lo que narraba, pero nos fascinó la idea de posar como estatuas y, a pesar de no comprender el verdadero sentido del juego, todos corrimos a buscar ropa y a escribir en un papel el papel que cumpliría cada uno.
Nos divertimos mucho aquella tarde. Florencia se ponía especialmente seria cuando le tocaba representar algo, como si de pronto todo fuese importante de verdad. Después volvió a su casa por la noche y nosotros nos quedamos dormidos en el sillón, con mis primos, mientras veíamos televisión. Ni siquiera llegamos a cenar.
Aquel verano fue el último de la primaria y con Florencia ya nos dejaban salir a la calle. Aquello era un mundo nuevo para nosotros. Montados en nuestras bicicletas, andábamos de acá para allá por el barrio, haciendo mandados, dando vueltas por la plaza y, a veces, yéndonos hasta la brigada aérea para ver despegar los Hércules de la Fuerza Aérea. Nos encantaba ver aquella mole de cuatro motores carretear a lo lejos, detenerse en la cabecera y, con el estruendo de los motores, ganar velocidad hasta que, de repente, saltaba al aire, dejando atrás la seguridad del suelo. Esa maniobra antigravitatoria nos dejaba con la boca abierta mientras nos aferrábamos a la reja con fuerza.
Obviamente, jamás les dijimos a nuestros padres que nos íbamos tan lejos a ver los aviones. Aquel era nuestro secreto.
Dos días antes de empezar el secundario, Florencia apareció con ropa en una mochila. Se mordía el labio como cada vez que tramaba algo y me dijo, en voz baja, que no dijera nada y que la siguiera. Por el camino que tomó, imaginé que íbamos a la brigada aérea. Una vez allí, sacó la ropa y me propuso que hiciéramos de estatuas para que nos vieran los pilotos. El plan me encantó. Me dio una sábana blanca y una corona hecha con ramas del ligustro de su casa: me había tocado ser una especie de romano. Ella llevaba una diadema de plástico y una sábana rosa. Ya vestidos, nos paramos junto a la reja, haciendo señas y saludando a mecánicos y pilotos que, con esfuerzo, llegaron a vernos y nos devolvieron el gesto. Cuando nos aseguramos de que nos habían visto, adoptamos nuestras posturas de estatuas vivientes.
Al Hércules le llevó un rato largo despegar, pero cuando lo hizo pasó por arriba de nosotros moviendo las alas de un lado al otro, como en señal de saludo. Estábamos eufóricos: nos habían visto, nos habían saludado. Volvimos sonriendo, comentando cada detalle de lo que habíamos visto y lo bien que habíamos cumplido nuestro papel de estatuas.
La secundaria empezó y ya no nos veíamos tanto como antes. Ella iba a una escuela religiosa y a mí me mandaron a la escuela técnica. Iba al turno mañana y yo, en cambio, tenía materias teóricas por la mañana y taller por la tarde. Según el día, podía volver a casa a las cuatro o a las seis.
Nuestros encuentros ya no eran para jugar como antes. A veces nos trepábamos a la medianera de mi casa y desde ahí subíamos al techo. Los fines de semana nos pasábamos horas conversando y mirando las estrellas mientras tomábamos mates. Otras veces iba a su casa y nos quedábamos leyendo novelas o libros de nuestros autores favoritos.
Una tarde de otoño, con el sol ya bajo y mucho viento, nos fuimos caminando hasta la brigada aérea. Nos quedamos en la reja, como cuando éramos chicos, pero hablando de cosas que ahora sí nos preocupaban: las materias, los grupos nuevos de amigos, las discusiones de nuestros viejos, la música que escuchábamos. Ya no jugábamos a la escondida; nos escondíamos un rato del mundo en esas charlas y en esas escapadas de fin de semana. La infancia no terminó de golpe, se fue retirando.
El tiempo siguió pasando y Florencia se puso de novia con mi primo Ezequiel. Fue de a poco que dejamos de vernos seguido, hasta que, con el tiempo, apenas nos saludábamos si nos cruzábamos en el centro del barrio o en algún boliche de Ramos Mejía o de San Martín. Ya no hacía falta una pelea para alejarnos; alcanzaba con la rutina.
Una tarde me hice la rata para no tener que rendir un examen de termodinámica y me fui para Haedo. El invierno se hacía sentir, pero el sol resultaba reconfortante. Ya en el centro, entré a un local de música y me quedé mirando durante un largo rato la variedad de discos. Entonces sentí una mano en el hombro. Era Florencia, que también se había rateado y andaba dando vueltas por ahí.
Nos fuimos a tomar un café con leche con medialunas a una confitería cercana y nos pasamos horas conversando. Me contó que se había peleado con Ezequiel y que estaba mejor sola, que quería terminar la secundaria y estudiar Derecho. Yo le dije que no tenía ni idea de qué iba a ser de mi futuro, pero que todavía me quedaba un año más de escuela. Nos reímos de anécdotas de nuestras escuelas, nos contamos historias de nuestros amigos y también hablamos de la música que escuchábamos. Esa tarde volvimos juntos a casa y nos despedimos con un abrazo.
Meses después, mi viejo perdió el trabajo porque cerró la fábrica donde trabajaba. Aquel año 2000 fue muy duro para mi familia. Tuvimos que vender el auto y también la casa. Mi viejo consiguió un nuevo trabajo, pero quedaba lejos, en Mercedes, así que mis viejos se mudaron a la casa de una tía y a mí me dejaron en lo de mi abuela, en El Palomar, para que pudiera terminar la secundaria.
Una noche Florencia pasó a visitarme a la casa de mi abuela y le conté todo. Los dos nos pusimos a llorar y nos abrazamos. Nos quedamos un instante mirándonos a los ojos. Ninguno de los dos se animaba a moverse. Sentí una especie de vértigo en el estómago y me temblaron un poco las manos mientras empezaba a acercarme despacio, como pidiendo permiso. Vi cómo sus ojos se cerraban a medida que me aproximaba a sus labios. Entonces mi abuela nos llamó para cenar y aquel instante quedó suspendido en el aire.
Llegó diciembre y me recibí de técnico. Al día siguiente pasé por su casa para despedirme, pero no estaba. Me despedí de sus padres y me fui a lo de mi abuela.
A la mañana siguiente me despedí de mi abuela y tomé el bondi hasta la estación de Haedo. Me subí al tren con el bolso entre mis brazos y apoyé la frente contra el vidrio mientras la formación ganaba velocidad. Cuando el tren dejó atrás la estación, la vi a ella: a Florencia, adoptando una pose de estatua y vestida para la ocasión. Me quedé mirándola mientras el tren avanzaba y ella me seguía con la mirada, sin abandonar su postura, sin moverse aunque el tren ya casi la perdía. Como en el cuento de Cortázar. Como si de verdad hubiera llegado el final del juego.
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