No sé bien en qué momento dejé de mirar, pero el televisor
seguía encendido al pie de la cama. Eso sí lo recuerdo. La luz azul golpeaba
contra la pared y caía indefectiblemente sobre los muebles, el vaso de agua, el
libro abierto boca abajo y el control remoto que había quedado retorcido entre
las sábanas.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio
completo, ningún silencio de noche lo es. Siempre queda algo, el motor lejano
de un auto, el sonido de los perros acomodándose, la caída de una piña rodando sobre
el techo y ese murmullo apenas audible de las cosas eléctricas que parecen
seguir viviendo cuando uno ya no tiene fuerzas.
Estaba despierto, o casi. Hay un momento en que uno ya no
está del todo despierto, pero todavía no se entregó al mundo de los sueños. Existe
allí, una zona intermedia, una suerte de pasillo. Allí las imágenes no se miran,
sino que se reciben. La pantalla habla y uno deja que hable. No porque importe
lo que dice, sino porque a veces hace falta que algo permanezca encendido para
no quedar solo con los pensamientos.
La historia que estaba mirando se cortó en la mitad de
una frase… No recuerdo quién hablaba.
No recuerdo qué iba a pasar.
Tal vez era importante, o a lo mejor no. La televisión
tiene esa costumbre: interrumpe una vida inventada para mostrar otras vidas
todavía más breves. Uno acepta el corte como acepta tantas cosas, sin protesta,
sin moverse. Sin apagar.
Entonces apareció el otro mundo. Más veloz, más iluminado
que la noche real.
Primero fue el ruido. Dos autos rojos salieron disparados
entre las calles de Mónaco. No parecían máquinas, eran más bien animales bajos,
furiosos, hechos para morder el asfalto. La ciudad se cerraba sobre ellos como
una garganta de piedra, vidrio y balcones. No había espacio, ni margen. Cada
curva parecía pensada para recordarles a los hombres que la velocidad también
es una forma de fragilidad.
Uno venía por afuera. El otro cerraba por adentro.
Tal vez se conocían, quizás se habían saludado minutos
antes con una sonrisa, de esas que se usan cuando todos están mirando. A lo
mejor, alguna vez, años atrás, habían compartido un circuito pequeño, un
mecánico cansado, una lluvia de domingo, o una derrota. Pero en ese instante no
había pasado. Sólo estaba el presente. Sólo el motor dándolo todo, sólo la
línea blanca entrando en la curva del Casino.
Adentro del casco, el mundo debía ser otra cosa: un
volante, dos espejos, la vibración constante y el pulso cerrado en la garganta.
El de adelante dudó apenas, fue casi nada. Una sombra en
la maniobra, un movimiento imperceptible. Pero a cierta velocidad las dudas no
son pequeñas y se agrandan, volviéndose puertas abiertas.
El otro lo vio y no levantó el pie.
Por un segundo pensé que ninguno iba a salir. La pantalla
mostró las ruedas, el muro, el asfalto, una barrera de contención demasiado
cerca. Sentí que yo también apretaba algo con las manos, tal vez la sábana.
Después pasaron, uno adelante. El otro detrás, separados
por medio auto.
Hay distancias que en los mapas no significan nada y, sin
embargo, pueden cambiar una vida entera.
Después vino otra imagen. Un balcón.
Cuatro hombres alrededor de una mesa chica. La luz era
amarilla, tenue, pero suficiente apenas para ver las cartas y las caras. Sobre
los bordes había vasos húmedos, una botella empezada y un cenicero que ninguno
parecía reconocer como propio. Abajo seguía la ciudad.
Arriba, en cambio, el tiempo se había detenido.
Las monedas estaban en el centro. Pocas. Nadie iba a
salvarse con eso. Nadie iba a arruinarse tampoco. Pero las miraban como si allí
hubiera algo más que dinero. Y quizá lo había.
A veces se apuesta otra cosa. El orgullo, la memoria, el
derecho a reírse del otro y la posibilidad de que la noche no termine todavía.
Se conocían demasiado.
Eso volvía peligroso el juego.
Uno mentía tocándose la oreja. Otro hablaba de más cuando
tenía miedo. El tercero se reía antes de perder. El cuarto casi no decía nada.
Y los hombres que callan en una mesa de juego siempre parecen guardar una carta
que no está en la mano.
Alguien dijo:
—Una más.
Nadie respondió enseguida. Ese silencio fue importante,
porque hay silencios que anuncian el final y silencios que lo demoran. El de
ellos era de los segundos. Entonces una mano empujó monedas hacia el centro.
Después otra. Las cartas volvieron a mezclarse. Alguien hizo una broma mala.
Todos se rieron más de lo necesario.
No jugaban para ganar, sino que jugaban para quedarse.
Porque después cada uno tendría que volver a su casa, a
sus cuentas, a los mensajes sin contestar, a la cama donde nadie pregunta cómo
estuvo la noche, o donde alguien pregunta demasiado. La adultez no siempre
separa a los amigos de golpe. A veces lo hace con suavidad, con horarios, con
trabajo y cansancio.
Por eso ellos seguían ahí.
Apostando poco y defendiendo mucho.
Uno mostró las cartas y los otros gritaron. Hubo
acusaciones, insultos cariñosos, una mano golpeando la mesa. Alguien pidió
revancha. Otro dijo que ahora sí era la última.
Nadie le creyó. Ni siquiera él.
Luego apareció una cocina.
Una mujer se dobló sobre la mesada. El cuchillo quedó
quieto junto a una cebolla abierta. Había un tomate partido, una olla sin
fuego, un repasador húmedo. Todo estaba preparado para una cena sin historia.
Una de esas cenas que se hacen al volver tarde, con poco ánimo, con la cabeza
todavía puesta en otra parte.
Pero el cuerpo interrumpe.
A veces el cuerpo decide hablar en un idioma brutal.
El dolor nació bajo las costillas. No fue un golpe, fue
un nudo. Algo chico y cerrado, como un puño ajeno apretando desde adentro. La
mujer apoyó una mano sobre la mesada.
Respiró mal.
La radio seguía sonando en algún rincón, aunque de pronto
quedó lejos. Eso hacen algunos dolores: alejan el mundo. Primero la música, después
los objetos y luego el aire.
No era la primera vez. Y eso era peor, porque cuando un
dolor vuelve, no vuelve solo. Trae consigo todos los dolores anteriores. Las
otras noches, los otros vasos de agua. La misma pregunta muda. La misma
vergüenza de tener miedo por algo que tal vez no sea nada.
Abrió el botiquín.
Había gasas, frascos, curitas viejas, papeles doblados,
remedios sin caja. Ese pequeño desorden donde las casas guardan una forma
humilde de esperanza.
Encontró la pastilla y llenó un vaso con agua fría.
La tomó mirando el vidrio obscuro de la ventana. Del otro
lado no se veía la calle, sólo su reflejo. Una mujer cansada, apenas encorvada,
esperando que algo invisible hiciera su trabajo.
Pasaron unos minutos. Primero volvió el aire. Después
aflojó la mandíbula.
Luego el dolor empezó a retirarse lentamente. Esas cosas
no se van de golpe. Se fue como se retira una amenaza cuando entiende que ha
perdido fuerza, dejando todavía un resto de miedo en el cuerpo.
La cocina recuperó su tamaño. La radio volvió a sonar. El
agua goteó una vez más desde la canilla.
La mujer miró la cebolla a medio cortar. Sonrió apenas,
como si le diera vergüenza haber sido vencida por algo tan íntimo. Tomó otra
vez el cuchillo y siguió picando.
Afuera, la noche no se enteró de nada.
Después vi un perro.
Entró a un departamento como entran los vencedores luego
de una batalla. Traía barro en las patas, lluvia en el lomo y esa alegría torpe
de los animales que no conocen la culpa. Cruzó el piso encerado dejando huellas
obscuras. Una, otra. Otra más. Era un camino perfecto desde la puerta hasta el
sillón nuevo.
El hombre quedó inmóvil. No gritó.
A veces la derrota necesita unos segundos para ser
comprendida.
El sillón tenía pocos días. Todavía olía a tela nueva, a
compra reciente, a esfuerzo pagado en cuotas. El hombre lo había elegido con
cuidado. Había medido el living. Había comparado colores. Había pensado,
ingenuamente, que ciertas cosas podían permanecer limpias.
El perro saltó y entonces todo terminó.
El barro quedó sobre el apoyabrazos, sobre el asiento y
el respaldo. El animal lo miró con la lengua afuera, orgulloso de su propia
catástrofe.
—No puede ser —dijo el hombre.
Pero sí podía.
La vida doméstica está llena de cosas que no pueden ser
y, sin embargo, ocurren.
Fue hasta un estante. Sacó un aerosol. Lo agitó como
quien prepara un arma para una guerra pequeña. Roció la tela y pasó un paño.
Esperó.
Una mancha desapareció. Después otra y otra.
El sillón fue recuperando su aspecto de objeto nuevo, de
promesa intacta. El hombre se quedó mirando el resultado con una sorpresa muda.
El perro movió la cola.
Fue perdonado por falta de mérito.
Después el hombre se sentó a su lado. El perro apoyó la
cabeza húmeda sobre sus piernas. Olía a lluvia, a pasto, a calle. El sillón no
guardaba rastros.
El hombre sí.
Y quizá por eso no lo corrió.
La última imagen fue más silenciosa.
Una mujer despierta en un edificio dormido. No se levantó
de golpe. Primero intentó quedarse en la cama. Boca arriba., luego de costado.
Con una pierna fuera de la sábana. Cerró los ojos con disciplina, como si
dormir fuera una orden que el cuerpo debía obedecer.
No era hambre. Se lo dijo antes de levantarse.
No era hambre, pero fue a la cocina.
Caminó descalza, sin prender la luz del pasillo. La
heladera abrió una claridad blanca sobre el piso. A esa hora, la luz de una
heladera parece una confesión.
Sacó un vaso alto y sirvió algo espeso, frío, obscuro.
El líquido cayó despacio. El hielo crujió. Ella sostuvo
el vaso con las dos manos, como si necesitara abrigarse con algo helado.
Tomó el primer sorbo y cerró los ojos.
No era hambre. Era otra cosa, un hueco, una pequeña ansiedad.
El resto de un día demasiado largo. Una tristeza sin motivo suficiente para
llamarse tristeza.
Hay dolores que no justifican una lágrima, pero sí una
madrugada en la cocina.
Bebió en silencio.
Desde la ventana vio una sola luz encendida en el
edificio de enfrente. Pensó que tal vez alguien más estaba despierto. Quizás
otra persona con un vaso en la mano. A lo mejor alguien mirando una pantalla, tal
vez nadie.
Las luces ajenas permiten imaginar compañías que no
existen.
Cuando terminó, lavó el vaso con cuidado para no hacer
ruido. Después volvió a la cama.
La obscuridad la recibió como si nunca se hubiera ido.
Entonces la historia principal regresó.
Al principio no entendí dónde estaba. Había un hombre
hablando en una habitación. Una mujer lo escuchaba desde una ventana. La música
intentaba convencerme de que esa escena era importante.
Pero yo había perdido el hilo, o el hilo se había perdido
solo.
Me quedé mirando la pantalla. La luz azulada seguía
respirando al pie de la cama. Los personajes continuaban como si nada hubiese
pasado, como si durante su ausencia no hubieran doblado dos autos en Mónaco,
como si nadie hubiera apostado durante la noche sobre una mesa, como si ningún
dolor se hubiera cerrado bajo unas costillas, como si un perro no hubiese
ensuciado un sillón nuevo, como si una mujer no hubiera bebido sola para apagar
algo que no sabía nombrar.
Pensé en ese tiempo raro entre una cosa y otra.
El tiempo de la pausa.
No pertenece a la película. Tampoco pertenece del todo a
la realidad. Es una tierra breve, sobrante, donde aparecen fragmentos que nadie
retiene demasiado. Pero acaso la vida esté hecha de eso. No de las escenas
principales, sino de lo que ocurre mientras esperamos que vuelvan.
Esperamos que vuelva la historia, que hierva el agua. Que
pase el dolor. Que alguien muestre las cartas, que una curva no termine contra
el muro, que una mancha desaparezca. Que la noche afloje, que el sueño llegue.
La televisión seguía hablando. Cada vez más lejos. Busqué
el control remoto, pero no la apagué. Sólo bajé un poco el volumen.
Antes de dormirme pensé que uno recuerda muy pocas cosas
completas, más bien recuerda pedazos. Una luz, una frase. Una mano sobre una
mesa, un motor.
Un vaso, una mancha. Una respiración.
Tal vez entre la programación y las pausas haya una
verdad escondida. La historia principal pretende avanzar. Loa pausas, en
cambio, muestran apenas destellos. Cosas que empiezan y terminan antes de que
podamos defendernos.
Después la habitación empezó a borrarse junto al vaso de
agua, al libro abierto, el control remoto y la pantalla.
Todo entró despacio en la misma obscuridad.
Y me dormí con la sensación de haber visto, entre una
cosa y otra, algo parecido al mundo.