miércoles, 27 de mayo de 2026

La misma fecha, distinto mes...

Nos conocimos en séptimo grado, ese año tan extraño en el que todavía sos un niño, pero empezás, sin darte del todo cuenta, a despedirte de la escuela primaria y a mirar de reojo la secundaria. Mis viejos me habían cambiado de escuela por segunda vez, y aunque nunca me costó demasiado vincularme con gente nueva, recuerdo que me molestó tener que adaptarme otra vez a un entorno desconocido. Al principio traté de hacer la mía, como si el resto del mundo pudiera seguir girando sin que yo tuviera que participar demasiado. Pero no se puede, muy temprano comprendí que el ser humano, por más que a veces reniegue, es un ser social.
Así me fui integrando al grupo de la tarde y conociendo también a los chicos de la mañana. Nos cruzábamos en educación física, en los recreos compartidos o en la plaza, cuando se armaban esos partidos de fútbol que parecían improvisados pero tenían la seriedad de una final de la libertadores.
Fue así como la conocí a Pame.
Desde el primer momento hubo una conexión rara, inmediata, de esas que uno no sabe explicar a esa edad. Compartíamos gustos, el humor, algunas películas y cierta forma de mirar las cosas. En la música, eso sí, éramos completamente incompatibles. Yo empezaba a descubrir el rock y el heavy metal; ella estaba metida de lleno en la movida tropical, que por aquellos años sonaba en todos lados. Ella cumplía años a fines de septiembre y yo a fines de julio. Siempre resaltaba eso: la misma fecha, distinto mes.
Con el tiempo nos fuimos conociendo más y convirtiéndonos en verdaderos amigos. A veces nos juntábamos en la plaza cuando salía de la escuela. Compartíamos un "Naranjú", aquel producto congelado, semirradiactivo, con colorante de los colores del arcoíris y una promesa de sabor jamás cumplida. Otras veces comprábamos "Mielcitas", ese jarabe a base de JMAF, improbable con gusto a infancia pegajosa, o algún alfajor Guaymallén acompañado por una cocucha bien helada.
Una tarde nos sorprendió una lluvia inesperada en la plaza. Primero se levantó viento; después bajó la temperatura; finalmente, el cielo se vino abajo. En lugar de correr a refugiarnos, inventamos un juego absurdo: ver quién aguantaba más tiempo bajo la lluvia. La primera vez gané yo. La segunda ganó ella. La tercera volví a ganar yo. La cuarta fue un empate, aunque sospecho que los dos hicimos trampa para no perder. Nos reíamos mucho, empapados, muertos de frío, y el que perdía salía corriendo a su casa. Ella tenía ventaja: vivía a seis cuadras de la escuela. Yo, en cambio, tenía que caminar —o correr— diez o doce cuadras más.
Recuerdo una tarde, al salir de la escuela, en la que Diego me preguntó si éramos novios. Mi respuesta fue instantánea, casi ofendida:
—Claro que no, somo amigos.
Él se rió y me contó que en la escuela todos pensaban que sí. También me dijo que yo le gustaba a Eva, a Belén, a Jennifer y a otra chica cuyo nombre no logro recordar (perdón, si alguna vez leés esto).
Con los meses llegaron los bailes de egresados. Eran esas noches de sábado, entre la tarde y la noche, en las que se reunía toda la escuela para juntar plata para el viaje. Yo nunca fui muy adepto al baile, pero había que participar para que se animaran los más chicos.
Una de esas noches, Pame me sacó a bailar cumbia. Mientras bailábamos —o, mejor dicho, mientras ella intentaba que yo la siguiera sin pisarla, ni arruinarle la canción cantando otras letras— le repetía que odiaba esa música. Ella se reía sin parar. Casi treinta años después, mi primo, el segundo, el menor, me confesó que aquel baile le había dado mucha bronca porque estaba enamorado de ella. Jamás lo supe, hasta hoy.
Dos bailes después vino Marquitos a mi escuela y sacó a bailar a la novia de uno de los chicos del turno mañana. Creo que era la novia de Hernán. La cosa derivó en una pequeña escaramuza y terminé interviniendo para defender a mi amigo. Espalda con espalda, como si supiéramos algo de la vida, dispuestos a bancarnos lo que se viniera. Por suerte no pasó a mayores gracias a la intervención de Diego y del Chicho.
Nos tuvimos que ir antes con Marquitos. El lunes siguiente me tocó explicar a todos los chicos del turno mañana por qué había defendido a alguien que no era de la escuela en vez de ponerme del lado de Hernán. La respuesta, aunque no supe decirla con claridad en ese momento, era sencilla: la lealtad no era algo que yo negociara, ni siquiera de chico.
Pasaron los días y una mañana, en una clase de teatro, nos tocó actuar en grupos de dos. A mí me tocó con Pame por puro azar. La notaba nerviosa, rara, distante. Cuando la profesora nos llamó para pasar al frente, Pame me agarró de la mano, me tiró apenas hacia atrás y me dijo al oído que no había estudiado la letra. Ni siquiera se acordaba bien de qué trataba la escena.
Pasamos al frente, la miré a los ojos. Después miré a la profesora, respiré hondo y dije:
—No estudié la letra. No me acuerdo nada del guion. No quiero perjudicar a mi compañera por mi culpa, les pido perdón a todos.
El regaño vino de inmediato. Después llegó una charla interminable sobre la responsabilidad, el compromiso y el trabajo en grupo. Pame me miró, se dio vuelta y empezó a llorar con disimulo. Yo creí que había hecho lo correcto. De esa manera, la libraba a ella del reto y, en mi caso, simplemente sumaba uno más a una larga lista de llamados de atención.
Aquel año terminó.
Ese verano me enamoré para siempre de Marcela Kloosterboer, como sólo puede enamorarse un chico de doce años de alguien que aparece en la televisión. La última vez que nos vimos con Pame, ella me trajo impresas dos fotos de Marcela. Nos quedamos charlando sobre los amores imposibles, sobre la secundaria que se venía y sobre todo eso que imaginábamos enorme, difícil y un poco misterioso.
Nos reímos mucho aquella tarde.
Después, no volvimos a vernos nunca más...
Pasaron muchos años hasta que entendí que algunas personas no llegan a la vida para quedarse, sino para iluminar un tramo muy preciso del camino. Pame fue eso: una amistad breve, sin grandes promesas, ni despedidas solemnes. Pame es la plaza, aquellas lluvias compartida, una risa en medio de una cumbia que odiaba y el recuerdo intacto de una edad en la que todavía no sabíamos que algunas tardes, sin saberlo, se vuelven eternas.

jueves, 7 de mayo de 2026

El idioma secreto...

Las miradas son una fuente inagotable de información. Muchas veces subestimadas, otras desestimadas y, últimamente, sobreestimadas. Podríamos hacer un enorme catálogo de miradas, pero en mi caso quiero hablar de determinadas miradas que, de alguna manera, vinieron a mi memoria cuando me senté a escribir esto. Cada mirada responde a un momento, a una situación y, en definitiva, a un contexto.
Una noche, durante una cena en la casa de un amigo del Rifle, la conversación fue derivando hacia aventuras personales de los más extrovertidos del grupo. Cada uno fue desarrollando distintas historias: un viaje en crucero, una isla paradisíaca del Caribe, unas aventuras en minas de Córdoba, entre otras. Hasta que uno empezó a narrar su experiencia ascendiendo al cerro Tres Picos, en el cordón de Sierra de la Ventana.
El tipo se lucía en su relato: los seiscientos kilómetros de distancia desde la ciudad central, la dificultad del ascenso, las horas que demandaba llegar a la cima. Entonces, el que había ido a Córdoba, para no ser menos, empezó a contar que él había ascendido al cerro Napostá, que está al lado del Tres Picos. A partir de ahí, todos comenzaron a hablar de las sierras del sistema de Ventania.
Era un sistema que yo conocía muy bien. Sin embargo, no quería demostrar que sabía del tema. No quería ser como ellos, ni tratar de destacarme con anécdotas o datos sobre la región. Así que decidí quedarme callado.
En un momento, mi mirada se cruzó con la del Rifle. Ambos sonreímos. No dijimos nada. Era mejor que todo siguiera así.
Otra vez veníamos en mi vehículo con el Tony, Lucas y el Buje, rumbo al dique Paso de las Piedras, por el camino del Abra de Rivera y luego por el Abra de los Vascos. Había una gran sequía y el camino de tierra, por momentos, se volvía espeso y arenoso. Eso obligaba a llevar el vehículo más fuerte de lo habitual, ya que contaba solamente con tracción delantera.
Con cada salto y cada curva, el Buje disfrutaba de la sensación de velocidad, mientras que el Tony y Lucas iban callados. En una curva amplia aceleré un poco más de la cuenta, haciendo que la camioneta derrapara suavemente. Lucas y Tony casi no lo notaron, pero el Buje sí. Al mirar por el espejo retrovisor, vi su sonrisa mientras su mirada buscaba la mía.
Una vez, el Rifle me pidió que le hiciera la segunda para poder salir con la amiga de una chica que estaba conociendo, porque a ella no la dejaban salir sola con él. Después de varios días de insistencias y sobornos, logró convencerme. Sabía muy bien que odio las citas a ciegas, pero también me conocía y, de algún modo, intuía que no lo iba a dejar de garpe. Además, siempre me fue bien en la labor de cómplice.
No me voy a extender demasiado. La chica nunca me gustó. La noche fue aburrida y las conversaciones con ella eran todas autorreferenciales, sobre todo por su pasión por el estudio de veterinaria. Al terminar la noche, nos tocó volver cada uno por su cuenta. En ese instante me enteré de que vivía a tres cuadras de mi casa. La acompañé hasta la puerta y nos despedimos.
Dos días más tarde, al volver de la Escuela, cansado y con frío, mientras merendaba un café con leche, sonó el teléfono. Atendió mi hermano y, tapando el micrófono con la mano, me dijo en voz baja que era una chica. Le indiqué que le dijera que no estaba y que le preguntara el nombre. Al hacerlo, lo repitió en voz alta. Con señas le insistí en que no estaba.
Pobre chica. Volvió a llamar tres veces más en el transcurso de tres semanas, hasta que finalmente desistió. Tiempo después me enteré de que le había pedido mi número a su amiga, y esta, a su vez, al Rifle, quien se lo terminó dando.
Pasaron unos años, hasta que tuve que llevar a una perra que teníamos en aquel entonces a la veterinaria que estaba a tres cuadras de casa. Al ingresar, me encontré con ella. Nuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron por un instante. Ambos nos reconocimos, pero no dijimos nada.
Otra mirada en vehículo ocurrió volviendo de Buenos Aires hacia Sierra de la Ventana, en el auto de Silvia. Ella iba a mi lado y Guada en el asiento de atrás. El viaje fue corto, se pasó volando, salvo en un tramo, después de Olavarría, cuando Guada empezó a hablar de su salud y de un tratamiento que estaba haciendo.
Silvia comenzó a dar su opinión y a contar sobre el tratamiento que hacía uno de sus hijos, hasta que lanzó un comentario sin maldad, pero muy desacertado. Enseguida miré por el retrovisor y me encontré con la mirada de Guada. Respiró profundo, contestó con total gentileza y cambió de tema con elegancia y astucia.
La última mirada que voy a narrar fue en una cena, en Tornquist. Ella había venido de visita y nos invitaron a cenar por el cumpleaños del hijo de un amigo. Había mucha gente, fuego, cordero, cerveza y vino. Yo conocía a pocas personas, más allá de la familia de mi amigo y algunos de sus conocidos. Ella no conocía a nadie.
Los dos veníamos con el corazón roto y, en esa cena, cada uno estuvo compartiendo con personas diferentes. En un instante la miré y ella me miró. Mientras hablaba con alguien, me sonrió. Yo levanté mi vaso, a modo de brindis.
Sonreímos.
No hacía falta nada más...
Quizás por eso algunas miradas permanecen tanto tiempo en la memoria. No porque hayan revelado una gran verdad, ni porque hayan cambiado el curso de los acontecimientos, sino porque condensaron algo que no necesitaba palabras. Una complicidad, una travesura, una incomodidad, una herida, una ternura.
Las palabras suelen ordenar los recuerdos, acomodarlos, darles forma. Pero las miradas tienen otra naturaleza. Aparecen intactas, de golpe, con la misma luz de aquel instante. Y cuando vuelven, traen con ellas no solo a las personas, sino también el clima, los silencios, el lugar, la edad que teníamos y aquello que no supimos, o no quisimos, decir.
Tal vez una mirada sea eso: una pequeña escena guardada en secreto. Un idioma fugaz que, por algún motivo, la memoria decide conservar.