Las miradas son una fuente inagotable de información. Muchas veces subestimadas, otras desestimadas y, últimamente, sobreestimadas. Podríamos hacer un enorme catálogo de miradas, pero en mi caso quiero hablar de determinadas miradas que, de alguna manera, vinieron a mi memoria cuando me senté a escribir esto. Cada mirada responde a un momento, a una situación y, en definitiva, a un contexto.
Una noche, durante una cena en la casa de un amigo del Rifle, la conversación fue derivando hacia aventuras personales de los más extrovertidos del grupo. Cada uno fue desarrollando distintas historias: un viaje en crucero, una isla paradisíaca del Caribe, unas aventuras en minas de Córdoba, entre otras. Hasta que uno empezó a narrar su experiencia ascendiendo al cerro Tres Picos, en el cordón de Sierra de la Ventana.El tipo se lucía en su relato: los seiscientos kilómetros de distancia desde la ciudad central, la dificultad del ascenso, las horas que demandaba llegar a la cima. Entonces, el que había ido a Córdoba, para no ser menos, empezó a contar que él había ascendido al cerro Napostá, que está al lado del Tres Picos. A partir de ahí, todos comenzaron a hablar de las sierras del sistema de Ventania.
Era un sistema que yo conocía muy bien. Sin embargo, no quería demostrar que sabía del tema. No quería ser como ellos, ni tratar de destacarme con anécdotas o datos sobre la región. Así que decidí quedarme callado.
En un momento, mi mirada se cruzó con la del Rifle. Ambos sonreímos. No dijimos nada. Era mejor que todo siguiera así.
Otra vez veníamos en mi vehículo con el Tony, Lucas y el Buje, rumbo al dique Paso de las Piedras, por el camino del Abra de Rivera y luego por el Abra de los Vascos. Había una gran sequía y el camino de tierra, por momentos, se volvía espeso y arenoso. Eso obligaba a llevar el vehículo más fuerte de lo habitual, ya que contaba solamente con tracción delantera.
Con cada salto y cada curva, el Buje disfrutaba de la sensación de velocidad, mientras que el Tony y Lucas iban callados. En una curva amplia aceleré un poco más de la cuenta, haciendo que la camioneta derrapara suavemente. Lucas y Tony casi no lo notaron, pero el Buje sí. Al mirar por el espejo retrovisor, vi su sonrisa mientras su mirada buscaba la mía.
Una vez, el Rifle me pidió que le hiciera la segunda para poder salir con la amiga de una chica que estaba conociendo, porque a ella no la dejaban salir sola con él. Después de varios días de insistencias y sobornos, logró convencerme. Sabía muy bien que odio las citas a ciegas, pero también me conocía y, de algún modo, intuía que no lo iba a dejar de garpe. Además, siempre me fue bien en la labor de cómplice.
No me voy a extender demasiado. La chica nunca me gustó. La noche fue aburrida y las conversaciones con ella eran todas autorreferenciales, sobre todo por su pasión por el estudio de veterinaria. Al terminar la noche, nos tocó volver cada uno por su cuenta. En ese instante me enteré de que vivía a tres cuadras de mi casa. La acompañé hasta la puerta y nos despedimos.
Dos días más tarde, al volver de la Escuela, cansado y con frío, mientras merendaba un café con leche, sonó el teléfono. Atendió mi hermano y, tapando el micrófono con la mano, me dijo en voz baja que era una chica. Le indiqué que le dijera que no estaba y que le preguntara el nombre. Al hacerlo, lo repitió en voz alta. Con señas le insistí en que no estaba.
Pobre chica. Volvió a llamar tres veces más en el transcurso de tres semanas, hasta que finalmente desistió. Tiempo después me enteré de que le había pedido mi número a su amiga, y esta, a su vez, al Rifle, quien se lo terminó dando.
Pasaron unos años, hasta que tuve que llevar a una perra que teníamos en aquel entonces a la veterinaria que estaba a tres cuadras de casa. Al ingresar, me encontré con ella. Nuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron por un instante. Ambos nos reconocimos, pero no dijimos nada.
Otra mirada en vehículo ocurrió volviendo de Buenos Aires hacia Sierra de la Ventana, en el auto de Silvia. Ella iba a mi lado y Guada en el asiento de atrás. El viaje fue corto, se pasó volando, salvo en un tramo, después de Olavarría, cuando Guada empezó a hablar de su salud y de un tratamiento que estaba haciendo.
Silvia comenzó a dar su opinión y a contar sobre el tratamiento que hacía uno de sus hijos, hasta que lanzó un comentario sin maldad, pero muy desacertado. Enseguida miré por el retrovisor y me encontré con la mirada de Guada. Respiró profundo, contestó con total gentileza y cambió de tema con elegancia y astucia.
La última mirada que voy a narrar fue en una cena, en Tornquist. Ella había venido de visita y nos invitaron a cenar por el cumpleaños del hijo de un amigo. Había mucha gente, fuego, cordero, cerveza y vino. Yo conocía a pocas personas, más allá de la familia de mi amigo y algunos de sus conocidos. Ella no conocía a nadie.
Los dos veníamos con el corazón roto y, en esa cena, cada uno estuvo compartiendo con personas diferentes. En un instante la miré y ella me miró. Mientras hablaba con alguien, me sonrió. Yo levanté mi vaso, a modo de brindis.
Sonreímos.
No hacía falta nada más...
Quizás por eso algunas miradas permanecen tanto tiempo en la memoria. No porque hayan revelado una gran verdad, ni porque hayan cambiado el curso de los acontecimientos, sino porque condensaron algo que no necesitaba palabras. Una complicidad, una travesura, una incomodidad, una herida, una ternura.
Las palabras suelen ordenar los recuerdos, acomodarlos, darles forma. Pero las miradas tienen otra naturaleza. Aparecen intactas, de golpe, con la misma luz de aquel instante. Y cuando vuelven, traen con ellas no solo a las personas, sino también el clima, los silencios, el lugar, la edad que teníamos y aquello que no supimos, o no quisimos, decir.
Tal vez una mirada sea eso: una pequeña escena guardada en secreto. Un idioma fugaz que, por algún motivo, la memoria decide conservar.
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