Nos conocimos en séptimo grado, ese año tan extraño en el que todavía sos un niño, pero empezás, sin darte del todo cuenta, a despedirte de la escuela primaria y a mirar de reojo la secundaria. Mis viejos me habían cambiado de escuela por segunda vez, y aunque nunca me costó demasiado vincularme con gente nueva, recuerdo que me molestó tener que adaptarme otra vez a un entorno desconocido. Al principio traté de hacer la mía, como si el resto del mundo pudiera seguir girando sin que yo tuviera que participar demasiado. Pero no se puede, muy temprano comprendí que el ser humano, por más que a veces reniegue, es un ser social.
Así me fui integrando al grupo de la tarde y conociendo también a los chicos de la mañana. Nos cruzábamos en educación física, en los recreos compartidos o en la plaza, cuando se armaban esos partidos de fútbol que parecían improvisados pero tenían la seriedad de una final de la libertadores.
Fue así como la conocí a Pame.
Desde el primer momento hubo una conexión rara, inmediata, de esas que uno no sabe explicar a esa edad. Compartíamos gustos, el humor, algunas películas y cierta forma de mirar las cosas. En la música, eso sí, éramos completamente incompatibles. Yo empezaba a descubrir el rock y el heavy metal; ella estaba metida de lleno en la movida tropical, que por aquellos años sonaba en todos lados. Ella cumplía años a fines de septiembre y yo a fines de julio. Siempre resaltaba eso: la misma fecha, distinto mes.
Con el tiempo nos fuimos conociendo más y convirtiéndonos en verdaderos amigos. A veces nos juntábamos en la plaza cuando salía de la escuela. Compartíamos un "Naranjú", aquel producto congelado, semirradiactivo, con colorante de los colores del arcoíris y una promesa de sabor jamás cumplida. Otras veces comprábamos "Mielcitas", ese jarabe a base de JMAF, improbable con gusto a infancia pegajosa, o algún alfajor Guaymallén acompañado por una cocucha bien helada.
Una tarde nos sorprendió una lluvia inesperada en la plaza. Primero se levantó viento; después bajó la temperatura; finalmente, el cielo se vino abajo. En lugar de correr a refugiarnos, inventamos un juego absurdo: ver quién aguantaba más tiempo bajo la lluvia. La primera vez gané yo. La segunda ganó ella. La tercera volví a ganar yo. La cuarta fue un empate, aunque sospecho que los dos hicimos trampa para no perder. Nos reíamos mucho, empapados, muertos de frío, y el que perdía salía corriendo a su casa. Ella tenía ventaja: vivía a seis cuadras de la escuela. Yo, en cambio, tenía que caminar —o correr— diez o doce cuadras más.
Recuerdo una tarde, al salir de la escuela, en la que Diego me preguntó si éramos novios. Mi respuesta fue instantánea, casi ofendida:
—Claro que no, somo amigos.
Él se rió y me contó que en la escuela todos pensaban que sí. También me dijo que yo le gustaba a Eva, a Belén, a Jennifer y a otra chica cuyo nombre no logro recordar (perdón, si alguna vez leés esto).
Con los meses llegaron los bailes de egresados. Eran esas noches de sábado, entre la tarde y la noche, en las que se reunía toda la escuela para juntar plata para el viaje. Yo nunca fui muy adepto al baile, pero había que participar para que se animaran los más chicos.
Una de esas noches, Pame me sacó a bailar cumbia. Mientras bailábamos —o, mejor dicho, mientras ella intentaba que yo la siguiera sin pisarla, ni arruinarle la canción cantando otras letras— le repetía que odiaba esa música. Ella se reía sin parar. Casi treinta años después, mi primo, el segundo, el menor, me confesó que aquel baile le había dado mucha bronca porque estaba enamorado de ella. Jamás lo supe, hasta hoy.
Dos bailes después vino Marquitos a mi escuela y sacó a bailar a la novia de uno de los chicos del turno mañana. Creo que era la novia de Hernán. La cosa derivó en una pequeña escaramuza y terminé interviniendo para defender a mi amigo. Espalda con espalda, como si supiéramos algo de la vida, dispuestos a bancarnos lo que se viniera. Por suerte no pasó a mayores gracias a la intervención de Diego y del Chicho.
Nos tuvimos que ir antes con Marquitos. El lunes siguiente me tocó explicar a todos los chicos del turno mañana por qué había defendido a alguien que no era de la escuela en vez de ponerme del lado de Hernán. La respuesta, aunque no supe decirla con claridad en ese momento, era sencilla: la lealtad no era algo que yo negociara, ni siquiera de chico.
Pasaron los días y una mañana, en una clase de teatro, nos tocó actuar en grupos de dos. A mí me tocó con Pame por puro azar. La notaba nerviosa, rara, distante. Cuando la profesora nos llamó para pasar al frente, Pame me agarró de la mano, me tiró apenas hacia atrás y me dijo al oído que no había estudiado la letra. Ni siquiera se acordaba bien de qué trataba la escena.
Pasamos al frente, la miré a los ojos. Después miré a la profesora, respiré hondo y dije:
—No estudié la letra. No me acuerdo nada del guion. No quiero perjudicar a mi compañera por mi culpa, les pido perdón a todos.
El regaño vino de inmediato. Después llegó una charla interminable sobre la responsabilidad, el compromiso y el trabajo en grupo. Pame me miró, se dio vuelta y empezó a llorar con disimulo. Yo creí que había hecho lo correcto. De esa manera, la libraba a ella del reto y, en mi caso, simplemente sumaba uno más a una larga lista de llamados de atención.
Aquel año terminó.
Ese verano me enamoré para siempre de Marcela Kloosterboer, como sólo puede enamorarse un chico de doce años de alguien que aparece en la televisión. La última vez que nos vimos con Pame, ella me trajo impresas dos fotos de Marcela. Nos quedamos charlando sobre los amores imposibles, sobre la secundaria que se venía y sobre todo eso que imaginábamos enorme, difícil y un poco misterioso.
Nos reímos mucho aquella tarde.
Después, no volvimos a vernos nunca más...
Pasaron muchos años hasta que entendí que algunas personas no llegan a la vida para quedarse, sino para iluminar un tramo muy preciso del camino. Pame fue eso: una amistad breve, sin grandes promesas, ni despedidas solemnes. Pame es la plaza, aquellas lluvias compartida, una risa en medio de una cumbia que odiaba y el recuerdo intacto de una edad en la que todavía no sabíamos que algunas tardes, sin saberlo, se vuelven eternas.
Pasaron muchos años hasta que entendí que algunas personas no llegan a la vida para quedarse, sino para iluminar un tramo muy preciso del camino. Pame fue eso: una amistad breve, sin grandes promesas, ni despedidas solemnes. Pame es la plaza, aquellas lluvias compartida, una risa en medio de una cumbia que odiaba y el recuerdo intacto de una edad en la que todavía no sabíamos que algunas tardes, sin saberlo, se vuelven eternas.
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