viernes, 17 de julio de 2026

La última parada…

Don Ernesto salió del consultorio un poco después de las nueve de la mañana.
El médico le había dicho que estaba bien para su edad. Que tenía que caminar un poco más, comer con menos sal y no olvidarse de tomar las pastillas. Él guardó las recetas en el bolsillo interior del saco y agradeció con una sonrisa.
No tenía apuro.
En la esquina pasó el colectivo que lo dejaba a cuatro cuadras de su casa. Lo vio acercarse, levantar un poco de agua del cordón cuneta y detenerse frente a él.
Don Ernesto no subió.
Esperó el siguiente, uno que iba hacia el centro. Le preguntó al chofer si pasaba cerca de la plaza Rivadavia, aunque conocía perfectamente el recorrido. Había tomado ese colectivo cientos de veces.
Se sentó junto a la ventanilla. Durante el viaje miró los negocios en cada cuadra, los chicos entrando a la escuela y las personas que caminaban rápido, como si a todos los esperara algo importante. Él, en cambio, tenía todo el día por delante.
Bajó frente a la plaza y caminó despacio hasta uno de los bancos cercanos a la fuente. Compró el diario en el puesto de la esquina y se sentó a leerlo.
Primero leyó los títulos. Después volvió a leerlos.
Se detuvo especialmente en las páginas deportivas. Hacía años que no seguía demasiado el fútbol, pero esa mañana leyó la formación completa de todos los equipos. También repasó la tabla de posiciones, los promedios y hasta los resultados de las divisiones inferiores.
Cuando terminó, dobló el diario y lo dejó sobre sus rodillas.
Las palomas se amontonaban frente a una mujer que les tiraba migas de pan. Un chico corría detrás de ellas mientras su madre le pedía que no se alejara.
Don Ernesto miró la hora.
Todavía era temprano.
Caminó hasta un bar ubicado frente a la plaza. Se sentó junto a la ventana y pidió un café con leche con dos medialunas.
—¿Las medialunas de manteca o de grasa? —preguntó el mozo.
Don Ernesto lo pensó durante varios segundos.
—Una de cada una —respondió con la mirada perdida.
Tomó el café lentamente. Cortó las medialunas en pedazos pequeños y fue comiéndolos mientras miraba hacia la calle.
Cuando terminó, pidió otro café.
El mozo lo miró sorprendido.
—¿Otro igual, abuelo?
—No. Este cortado y en jarrito por favor —agradeció con una sonrisa.
El hombre anotó el pedido en su mente y se alejó.
Don Ernesto volvió a mirar la hora.
A esa altura podría haber regresado a su casa. Le alcanzaba con tomar un sólo colectivo. Incluso podía caminar algunas cuadras y aprovechar la recomendación del médico. Pero decidió entrar a una librería.
Recorrió los estantes sin buscar nada en particular. Leyó las contratapas de varias novelas, revisó unos libros de historia y hojeó un atlas enorme que mostraba países que nunca había visitado.
El vendedor se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda.
—Sólo estoy mirando, gracias —respondió.
Y siguió mirando durante casi una hora.
Al salir, el sol ya estaba alto. Caminó hasta la avenida y tomó otro colectivo. Eligió uno cuyo recorrido era largo y daba una vuelta innecesaria antes de acercarse a su barrio.
Se sentó en el último asiento, del lado de la puerta.
El colectivo avanzó por calles que él apenas conocía. Atravesó barrios nuevos, pasó frente a un hospital, bordeó las vías y se detuvo durante varios minutos en una barrera.
Don Ernesto no se impacientó. Al contrario.
Cuando finalmente llegó cerca de su casa, no bajó. Siguió dos paradas más y después regresó caminando.
En el camino entró a una farmacia para comprar las pastillas que le habían recetado. Luego pasó por una panadería y pidió cien gramos de masas secas.
—¿Algo más? —preguntó la empleada.
Don Ernesto observó las bandejas.
—Deme también dos vigilantes, por favor.
Al salir, volvió a consultar la hora. Faltaban diez minutos para las seis de la tarde.
Ya no quedaban más vueltas que dar.
Caminó despacio por la vereda, deteniéndose frente a cada vidriera. Saludó al hombre del kiosco, acomodó los cordones de uno de sus zapatos y permaneció unos minutos observando cómo un vecino lavaba el auto.
Cuando llegó a la esquina de su casa, se quedó quieto. Desde allí podía ver el techo, las persianas cerradas y el pequeño jardín que alguna vez había cuidado su mujer.
Respiró hondo y sacó las llaves del bolsillo.
La puerta se abrió con dificultad porque la madera se hinchaba los días de humedad.
Adentro no había nadie. El silencio lo recibió de la misma manera que todas las tardes desde que Elena ya no estaba entre nosotros.
Don Ernesto dejó las masas secas sobre la mesa, encendió la radio y colocó dos tazas. Después se sentó frente a la silla vacía.
Durante todo el día había evitado regresar a su casa, no porque no quisiera volver, sino porque sabía que nadie lo estaba esperando.

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