¿Se puede tener un amor inconfesable?
En mi caso, sí.
Y no hablo de un amor prohibido por grandes tragedias, por familias enfrentadas o distancias imposibles (de esos si que los hay). Tampoco de uno de esos secretos que, al descubrirse, cambian el destino de muchas personas. Lo mío es algo bastante más sencillo. Y tal vez por eso, más difícil de explicar.
Es un amor de muchos años. De esos que aprenden a convivir con el paso del tiempo, con las obligaciones, las ausencias y las vidas que continúan por caminos diferentes. Un amor que no ocupa un lugar visible, pero que permanece, allí, acurrucado en un rincón.
Nadie lo sabe, excepto yo.
Durante mucho tiempo creí que los sentimientos necesitaban ser expresados para existir. Que amar implicaba decirlo, buscar una respuesta, intentar transformar aquello en una historia.
Pero después comprendí que no siempre es así.
Hay amores que viven mejor en silencio.
Uno aprende a guardarlos en pequeños lugares: una canción que suena mientras manejas, una fecha que todavía uno recuerda sin necesidad de anotarla, una calle por la que uno evita pasar o esa foto que nunca me animé a borrar.
A veces alcanza con escuchar su nombre para que todo vuelva. Pero no vuelve solamente la persona. También vuelve la edad que teníamos, el lugar, el tiempo de aquella tarde y las palabras que no dijimos. Regresa aquella versión de nosotros mismos que todavía creía que el tiempo era infinito y que siempre habría otra oportunidad.
Parece difícil vivir así. Pero se puede.
Uno trabaja, conversa, se ríe, hace planes y continúa adelante. Nadie nota que, en alguna parte, permanece encendida una luz que nunca se apagó del todo.
Ya no es una espera, tampoco una promesa.
Es simplemente la aceptación de que alguien puede ocupar un lugar dentro de nosotros sin saberlo. Que no todos los amores necesitan convertirse en pareja, en recuerdo compartido o en fotografía sobre un mueble.
Algunos sólo necesitan existir.
Quizás confesarlo cambiaría las cosas. Seguramente las volvería peores. O quizá destruiría esa pequeña construcción que los años levantaron en silencio.
Nunca lo sabré.
Por eso continúo guardándolo.
No por cobardía, aunque seguramente algo de eso existe. Lo guardo porque también hay sentimientos que, al ser pronunciados, pierden parte de su verdad. Como esos sueños que parecen perfectos hasta que intentamos contarlos y descubrimos que las palabras no alcanzan.
Ella no sabe que la amo desde hace tantos años.
No sabe que algunas veces apareció en mis pensamientos sin haber sido llamada, ni que ciertas canciones todavía parecen hablar de nosotros, aunque ese nosotros nunca haya existido.
Tal vez ésa sea la parte más extraña... Amar también lo que no ocurrió.
La conversación que no tuvimos, el viaje que no hicimos, la casa en la que nunca vivimos y todas esas pequeñas escenas que la imaginación construyó con los restos de una historia incompleta.
¿Se puede tener un amor inconfesable?
Sí.
Se puede llevar durante años sin que nadie lo descubra. Se puede aprender a convivir con él, darle un lugar y continuar viviendo.
Sólo hay que aceptar que algunos amores no llegan para convertirse en una historia. Llegan para acompañarnos en secreto.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario