Encontré la tienda una tarde de lluvia.
Estaba entre una relojería que siempre tenía la persiana baja y un antiguo estudio fotográfico donde todavía se exhibían retratos de comuniones, casamientos y niños que seguramente ya eran viejos.
El local no tenía nombre.
En la vidriera había una pelota gastada, una entrada de cine, dos copas de cristal y una pequeña valija marrón. Ninguno de esos objetos parecía tener valor. Sin embargo, me detuve a mirarlos como si reconociera algo.
Adentro olía a madera encerada, polvo y mandarinas.
Detrás del mostrador había un hombre delgado, con un chaleco gris y unos anteojos demasiado grandes. No me preguntó qué buscaba. Las personas que trabajan en ciertos lugares saben que uno nunca entra por casualidad.
Las paredes estaban cubiertas de estantes. Sobre ellos había cajas de diferentes tamaños. Algunas llevaban nombres escritos a mano:
"El verano en que te quedaste."
"La llamada que atendiste a tiempo."
"El viaje que finalmente hicimos."
"La tarde en que dijiste que sí."
Le pregunté qué vendía.
—Recuerdos —respondió.
—Pero esas cosas nunca ocurrieron.
El hombre acomodó sus anteojos.
—Por eso cuestan más.
Abrió una caja pequeña. Dentro había una playa desierta, dos bicicletas apoyadas contra una pared y una mujer riéndose bajo el sol. No reconocí el lugar, pero sentí que alguna vez había sido feliz allí.
Después abrió otra. Vi una casa con un jardín. Había una mesa bajo un árbol, juguetes sobre el pasto y dos personas envejeciendo juntas. La imagen duró apenas unos segundos, pero cuando desapareció sentí una tristeza antigua, como si me hubieran arrebatado algo que siempre había sido mío.
—La nostalgia no necesita hechos —explicó el vendedor—. También podemos extrañar aquello que no sucedió.
Seguí recorriendo el local.
Había recuerdos de hijos que nunca nacieron, libros que no fueron escritos, goles que pegaron en el palo y amores que terminaron antes de comenzar. En un rincón guardaban las palabras que dijimos demasiado tarde. En otro, las disculpas que nunca nos animamos a pedir.
No eran recuerdos verdaderos. Pero dolían como si lo fueran.
Entonces comprendí que no vendían el pasado. Vendían versiones de nosotros mismos. La persona que habríamos sido si tomábamos aquel tren, si cruzábamos aquella puerta o si permanecíamos cinco minutos más en una conversación.
Antes de irme vi una caja azul que tenía mi nombre. Debajo, con una letra pequeña, alguien había escrito:
"La vida que imaginaste con ella."
Extendí la mano, pero no llegué a tocarla.
Pregunté cuánto costaba.
El vendedor me observó durante unos segundos.
—Una memoria verdadera ¿está seguro de quererla?.
Miré nuevamente la caja.
Pensé en las tardes que sí habían ocurrido. En las calles que habíamos caminado, en las palabras pronunciadas, en una canción escuchada dentro de un auto y en cierta forma de despedirse sin mirar hacia atrás.
Eran pocas cosas, pero eran mías.
Salí sin comprar nada.
La lluvia había terminado y las luces de la calle se reflejaban sobre el asfalto mojado. Cuando volví la mirada, la tienda ya no estaba. Sólo quedaban la relojería cerrada y el viejo estudio fotográfico.
Metí las manos en los bolsillos y comencé a caminar. Durante varias cuadras pensé en aquella caja azul.
Tal vez todavía lo hago.
Porque algunas ilusiones no necesitan haber ocurrido para acompañarnos. Permanecen a nuestro lado, envejecen con nosotros y ocupan silenciosamente el lugar de una vida que jamás existió.
Acaso la nostalgia sea también eso: recordar con tristeza algo que nunca tuvimos, pero que, por un momento, estuvimos seguros de merecer.
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