martes, 27 de octubre de 2026

Detrás del horizonte...

Pasaron los días, después los meses y en algún momento dejaron de ser meses para convertirse en años.
No podría señalar el instante exacto en que ocurrió. Tal vez porque las caídas verdaderamente profundas nunca empiezan con un precipicio. Uno no se despierta una mañana y descubre que está perdido, se pierde lentamente, casi con delicadeza.
Primero, uno deja de llamar a alguien. Después abandona un lugar. Más tarde guarda una fotografía dentro de un cajón porque mirarla empieza a doler demasiado, y así se continúa, se trabaja y habla, se ríe cuando corresponde, dice que está todo bien. Hasta que una noche se encuentra frente al espejo y descubre algo extraño.
Hay alguien del otro lado, lo conocemos. Tiene nuestros ojos, algunas cicatrices, el pelo que alguna vez tuvimos y esas pequeñas marcas que los años fueron dejando como recordatorio de su paso.
Sin embargo, cuesta reconocerlo.
—¿Quién sos? —quisiera preguntarle.
El hombre del espejo probablemente respondería lo mismo.
Quizás ése sea el problema, hace demasiado tiempo que ninguno de los dos sabe la respuesta.
¿Cuántos secretos viven ahí adentro?
¿Cuántas personas quedaron guardadas en algún rincón de nosotros?
¿Cuántas despedidas seguimos llevando sin que nadie las sepa?
Con los años uno comienza a parecerse un poco a un barco después de una tormenta. Todavía flota, pero faltan cosas. Una parte del mástil, alguna vela, pedazos de madera que alguna vez creímos imprescindibles y que ahora deben estar flotando en algún lugar del océano.
También faltan personas, eso es lo peor. Quedamos dispersos tras cada naufragio.
Amigos, amores, familia. Personas que prometieron permanecer para siempre y otras a las que nosotros hicimos exactamente la misma promesa.
Supongo que todos fuimos sinceros cuando lo dijimos. El problema es que la eternidad resulta bastante más larga de lo que imaginábamos.
Construimos nuestra vida sobre aquellas promesas. Para siempre.
Nunca voy a olvidarte.
Siempre voy a estar.
Palabras enormes pronunciadas por personas demasiado pequeñas para saber qué era lo que estaba preparando el tiempo.
Después llegan las noches eternas y las preguntas.
¿Adónde voy?
¿Vos sabés?
¿Sabés dónde estás?
¿Sabés realmente qué buscás?
Hay días en que cuesta incluso respirar.
El cuerpo tampoco ayuda, ya no responde como antes. Aparecen dolores donde antes había músculos, cansancio donde alguna vez hubo impulso y ciertas escaleras empiezan a parecer considerablemente más largas.
Pero uno sigue.
Porque incluso después de un naufragio buscamos algo donde sostenernos.
Una tabla, un pedazo de madera. Cualquier cosa que nos permita mantener la cabeza fuera del agua.
No es demasiado firme, pero a veces apenas alcanza, nos permite sentir que flotamos sobre ella, esperando que exista algo detrás del horizonte.
No necesariamente algo mejor. Simplemente algo.
Por eso, cuando veas las nubes acercarse, no corras inmediatamente.
Mirá atentamente.
Respirá profundo.
Pensá.
Las tormentas también dicen cosas de nosotros.
Algunas llegan para destruir. Otras para obligarnos a cambiar de rumbo. Y unas pocas solamente vienen a recordarnos que todavía sentimos miedo.
Detenete un momento.
Observá esas nubes.
Tal vez lleven años siguiéndote, quizas las hayas creado vos.
No importa.
La tormenta siempre llegará de todas formas. Lo importante será decidir qué vas a hacer cuando estés adentro.
No siempre elegí bien. Muchas veces me fui con el corazón roto de personas, de ciudades, de habitaciones, de vidas que imaginé y nunca ocurrieron.
Siempre me fui dejando algo y llevándome otras a cambio.
Supongo que por eso ahora cuesta reconocer al hombre del espejo. Está hecho un trapo, pero todavía está ahí.
Y mientras permanezca allí, habrá un viaje y quizás algún día aparezca tierra.
Primero será apenas una línea obscura detrás del horizonte.
Después se observarán los árboles y la arena.
Alguna costa desconocida se hará presente. 
Y llegaremos cansados, sin épica, ni música. Sin nadie esperando con una bandera.
Arrastraremos los pies hasta la orilla y caeremos sobre una rodilla.
Apoyaremos las manos sobre la arena como quien necesita comprobar que aquello es real. Después levantaremos la cabeza, buscando el cielo.
Y entonces volverán todos, los que perdimos, los que amamos, los que prometieron quedarse, los que dejamos ir y los que quisieron hacerlo.
Recordaremos aquellas eternas rutas azules infinitas, las tormentas, las noches sin estrellas y esos cielos grises que alguna vez creímos definitivos.
Tal vez comprendamos entonces que nunca estuvimos completamente perdidos. Sólo navegábamos.
Y que todas aquellas tormentas, todas las despedidas y cada una de las cicatrices que ahora lleva el hombre del espejo fueron trazando una ruta que no podíamos ver mientras la recorríamos.
Nos quedaremos un momento de rodillas sobre la arena, con las manos levantadas. Mirando cómo la obscuridad empieza lentamente a retirarse.
Porque después de muchas noches uno aprende algo. Ningún cielo permanece gris para siempre. Y algunas tormentas, aunque durante años no podamos comprenderlo, terminan desembocando en diáfanas auroras.

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