miércoles, 7 de octubre de 2026

Lo que todavía queda por descubrir...

Dicen que ya no queda nada por descubrir.
Los mapas están completos, los continentes tienen nombre.
Las montañas más importantes fueron escaladas, los mares atravesados y hasta los lugares más lejanos del planeta pueden observarse desde la pantalla de un teléfono.
Parece que llegamos tarde.
Ya no existen aquellas manchas blancas en los mapas donde alguien podía imaginar una isla desconocida, una ciudad perdida o un río que todavía esperaba un nombre.
Sin embargo, todavía quiero explorar.
No para encontrar algo que nadie haya visto. No pretendo descubrir una nueva especie, ni plantar una bandera en alguna montaña o regresar contando que estuve donde ningún hombre había llegado antes.
Mis ambiciones son bastante más mundanas.
Quiero encontrarme, quizás por eso todavía me gusta viajar.
Caminar por alguna ciudad donde nadie conoce mi nombre. Sentarme en un café y mirar durante un rato a personas que seguramente nunca volveré a ver. Equivocarme de calle. Llegar hasta algún lugar que no estaba previsto. Tomar algo en un bar escuchando música. 
Hay algo extraño en estar lejos de casa.
Uno comienza a desprenderse lentamente de las cosas que cree ser: el trabajo, las obligaciones, los horarios y de las personas que esperan determinadas respuestas de nosotros.
Durante algunos días somos solamente alguien caminando.
Y entonces aparecen esas preguntas que no siempre son cómodas.
¿Estoy viviendo la vida que quería?
¿En qué momento abandoné algunas cosas que me hacían bien?
¿Por qué sigo haciendo otras qué sé que no quiero?
¿Qué quedó de aquel que alguna vez imaginó quién iba a ser?
Tal vez viajar siempre haya tenido un poco de eso... 
Los antiguos exploradores buscaban territorios. Nosotros, algunas veces, buscamos una explicación.
Porque crecer también consiste en perderse. Uno toma decisiones, elige caminos, deja personas atrás y aprende a convivir con versiones de sí que nunca llegaron a existir o se materializaron parcialmente.
Después pasan los años, y un día descubrimos que conocemos perfectamente el camino hasta el trabajo, pero no estamos demasiado seguros de saber hacia dónde vamos.
Por eso quiero seguir explorando... 
Todavía quiero subir a trenes, recorrer caminos desconocidos, detenerme frente al mar y mirar una montaña desde abajo sabiendo que probablemente nunca llegue a su cumbre.
No importa.
Ya no necesito conquistar nada.
A cierta edad uno comienza a comprender que el mundo no estaba esperando que llegáramos para descubrirlo, sino que éramos nosotros quienes necesitábamos descubrir algo dentro suyo.
Quizás nunca lo consiga.
Tal vez llegue al final con las mismas preguntas con las que empecé, pero me gustaría pensar que, cuando llegue mi momento, podré mirar hacia atrás y reconocer al menos algunas huellas.
Las mías.
Saber dónde estuve.
A quién quise.
Qué cosas perdí.
Por cuáles valió la pena seguir caminando.
Porque posiblemente ya no queden territorios desconocidos en los mapas, pero mientras uno todavía pueda preguntarse quién es, siempre habrá algún lugar al que llegar.
Y yo pienso seguir explorando,  ya no para descubrir el mundo, sino para intentar encontrarme antes de tener que abandonarlo.

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