No recuerdo por qué había llegado a aquella estación, tal vez porque buscaba refugio de la lluvia. Quizás necesitaba sentarme un momento, o simplemente había llegado hasta allí porque, algunas tardes, uno camina sin saber del todo hacia dónde va. El cuerpo sólo avanza y la cabeza se va quedando atrás, detenida en algún pensamiento que no termina de tomar forma.
La estación estaba casi vacía.
Había un hombre dormido sobre un banco, una mujer mirando el teléfono y dos chicos que corrían cerca de las vías mientras la madre les pedía que no se alejaran. En un rincón, un reloj no muy grande marcaba las seis y cuarto. No sé si funcionaba. Los relojes antiguos tienen esa particularidad: aun cuando están detenidos, uno les cree.
Me senté junto a una ventana.
Afuera llovía sobre los techos de chapa. El agua formaba pequeños caminos en el vidrio y deformaba las luces de la calle. Los autos pasaban despacio, levantando agua sobre el cordón. Cada tanto se escuchaba una bocina, el chillido de los frenos o el anuncio metálico de alguna formación que todavía estaba lejos.
Entonces vi a un hombre cruzando el andén con una valija.
Durante un segundo pensé que era mi padre. Aunque no se parecía demasiado. A lo mejor era la forma de caminar, ligeramente inclinado hacia adelante, o el modo en que sostenía la valija, con el brazo separado un poquito del cuerpo. Mi padre caminaba así cuando regresaba de algún viaje. Yo lo esperaba junto a mi madre y hermano, y apenas lo reconocía entre la gente, corría hacia él.
Aquella imagen apareció completa, para luego irse.
La estación volvió a llenarse de voces. Sentí el olor del café que vendía un vendedor ambulante en vasos de plástico, el humo de los cigarrillos de las personas que iban y venían, la humedad de los abrigos y el perfume de mi madre. Me vi sentado sobre una valija, balanceando las piernas, mientras preguntaba cuánto faltaba para que llegara el tren.
Entonces aquel hombre cruzó frente a mí.
No era mi padre. Siguió caminando hasta perderse detrás de una columna, pero el recuerdo ya había quedado abierto.
La memoria funciona de esa manera. Uno cree que los días pasados están guardados en algún lugar profundo y ordenado, como fotografías dentro de una caja o álbum. Pero basta una forma de caminar, una canción o el olor de una estación mojada para que todo vuelva sin pedir permiso.
Y cuando vuelve, no lo hace solo, sino que regresa a la persona que fuimos.
Volvió aquel chico que esperaba trenes sin pensar que algún día dejaría de hacerlo. El que creía que los padres siempre regresarían y que las personas importantes permanecerían en el mismo lugar de siempre. El que todavía no sabía que la vida también estaba hecha de andenes, despedidas y valijas que terminan alejándose.
Miré mis manos.
Ya no eran las manos de aquel chico. Habían sostenido otras cosas. Herramientas, libros, volantes, vasos, otras manos. Habían saludado, trabajado, escrito, acariciado y también soltado.
Sobre ellas había pequeñas marcas que no recordaba haber ganado. Pensé entonces en la extraña acumulación que somos.
Dentro de nosotros viven todas las edades que tuvimos. El niño que espera, el adolescente que quiere irse, el joven que cree que puede cambiarlo todo y el adulto que, algunas noches, sólo quisiera comprender del todo qué pasó.
Ninguno desaparece por completo. Se van quedando en silencio, detrás de nuestros gestos, esperando que algo los despierte.
Afuera, la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Los chicos dejaron de correr y se acercaron a su madre. El hombre que dormía despertó, miró alrededor y volvió a cerrar los ojos. La mujer guardó el teléfono dentro de su bolso.
Durante unos minutos nadie habló.
La estación parecía suspendida entre dos tiempos. Ya no era solamente aquella construcción vieja, con sus bancos gastados y sus luces amarillas. También era la estación de mi infancia y todas las estaciones que habían existido antes de nosotros.
Pensé en quienes habían esperado allí durante décadas. Soldados, trabajadores, estudiantes, familias enteras. Personas que viajaban para empezar otra vida y otras que regresaban después de haber fracasado. Algunos habrían prometido escribir. Otros habrían jurado volver.
Probablemente muchos no cumplieron.
Quizás en aquel mismo banco alguien recibió una noticia que le cambió la vida. Tal vez alguien se despidió para siempre sin saberlo. A lo mejor un padre, muchos años antes, había esperado a su hijo con la misma ansiedad con la que yo había esperado al mío.
Y, de pronto, sentí mi pequeñez. Yo no era más que un hombre sentado junto a una ventana, mirando llover. Un instante breve dentro de una historia demasiado extensa. Uno de los tantos que habían pasado por aquel lugar y que, tarde o temprano, serían olvidados.
Esa idea debería haberme entristecido. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Comprendí que no estaba solo.
Mi recuerdo no me pertenecía por completo. Formaba parte de algo más antiguo: la necesidad humana de esperar a quienes amamos, el miedo de que no regresen y la alegría de reconocerlos entre la multitud.
Antes de mí, otros habían sentido lo mismo. Después de mí, también lo sentirían.
Quizás pertenecer sea eso. No ocupar un lugar importante en la historia, sino descubrir que nuestras pequeñas emociones forman parte de una historia mucho más grande. Una historia escrita por millones de personas que se buscaron en estaciones, aeropuertos, puertos, plazas y puertas entreabiertas.
Personas que miraron un reloj. Que cargaron una valija. Que esperaron. Que finalmente vieron aparecer a alguien.
La voz de los altoparlantes anunció la llegada de un tren. La mujer se levantó. Los chicos se acercaron al borde del andén y su madre los tomó de las manos. El hombre dormido acomodó su saco y miró hacia las vías.
A lo lejos apareció una luz.
Primero fue apenas un punto entre la lluvia. Después creció lentamente, iluminando los rieles y las gotas suspendidas en el aire.
Por un instante, todos miramos en la misma dirección.
El presente, el pasado y la memoria parecieron reunirse bajo aquella luz. El chico que fui, el hombre que era y todas las personas que alguna vez habían esperado allí quedaron unidos en un mismo gesto... mirar hacia lo que llega.
El tren entró en la estación con su ruido de acero, agua desplazada y frenos. Las puertas se abrieron. Algunas personas bajaron. Otras comenzaron a subir. Hubo abrazos, saludos rápidos y miradas que buscaban entre la gente.
Permanecí sentado. No esperaba a nadie.
O tal vez sí.
Quizás había ido hasta aquella estación para encontrarme, durante unos minutos, con todos los que alguna vez había sido.
Después la lluvia comenzó a detenerse.
Me levanté, acomodé mi abrigo y caminé hacia la salida. Antes de cruzar la puerta miré una vez más el reloj.
Seguía marcando las seis y cuarto. Sonreí entendiendo que algunos relojes no están detenidos. Simplemente guardan una hora a la que, por alguna razón, todavía necesitamos volver.
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