
Cuando era chico me asustaban los gritos de mi viejo tras cada gol y el
reproche de mi vieja como una extensión al mismo, es como que la alegría y
euforia de él no era acompañada por ella que no hacía más que ensayar algún
reproche por el volumen, por el gesto o por cómo se paraba mientras comíamos o
almorzábamos.
Una tarde estábamos viendo un partido del mundial de Italia 90, mis
recuerdos son muy borrosos, porque apenas tenía 5 años, pero nunca me voy a
olvidar de ese momento:
El arquero la reventó, la mandó a volar bien alta al cielo , no me acuerdo
de qué selección era, pero el plano de la cámara se abrió totalmente y ahí
estaba él, Diego, mirando al cielo, dio dos pasos y se quedó parado, no hacía
otra cosa que mirar para arriba, en eso cae la pelota; Diego la paró con el pecho
y la mató con el pie. Miró para los dos lados y comenzó a correr para el mismo
lugar de donde venía la pelota. Me impactó tanto esa escena que lo miré a mi
viejo y le dije: -Eses es re bueno jugando Pá- con una sonrisa y los ojos
brillosos. -¡Pero claro que es bueno nene, es Maradona!- me dijo.
Eugenio y su hermano viajaron con su padre a Sudáfrica en 1996. La idea era
ir de cacería dos semanas y recorrer distintas reservas donde se permitía la
caza de animales no tan permitidos. "Había gente de mucha plata y de todos
lados del mundo. Un español llegó bajando desde Europa y recalando en distintos
puertos hasta llegar a Sudáfrica, sólo para cazar", me contó Eugenio. La
cosa es que era all inclusive el asunto, los dólares eran oro puro y todo
estaba al alcance de la mano con muy poco dinero. "Acordate que estaba el
1 a 1" me dijo... ese empate nos costó bien caro, pensé.
Resulta que una tarde salen a la reserva más lejana del "paquete
turístico", con la advertencia de que las personas que allí vivían no les
gustaban los turistas y que había que evitar molestarlos. El viaje fue como de
tres horas por medio de la estepa hasta que llegaron al lugar en cuestión.
Eugenio llevaba puesta una camiseta de la selección nacional y arriba de ella
un chaleco con todos los menesteres para la cacería. El viejo de Eugenio se fue
con el gallego rico por un lado y Eugenio con el hermano para el otro, quedando
que a determinada hora se encontraban con el guía, el conductor y el asistente en
ese lugar. Caminaron un motón y sin querer se acercaron a la aldea donde
estaban los habitantes de esa zona, se quedaron viendo como jugaban fútbol con
una especie de pelota hecha de trapos y hojas; miraron un rato y cuando se
dieron cuenta, ya era tarde y sigilosamente, como fueron, comenzaron el retorno.
De repente aparecieron dos negros muy altos con lanzas apuntándoles al pecho. "Nos
hablaban a los gritos, no entendíamos nada", cuenta Eugenio. Bajamos las
armas, mostramos las balas, les mostramos que no teníamos nada y uno me miró y
dijo: -Maradona-. A lo que respondí: -Si, si, Maradona, somos argentinos-. -Maradonaaaaa-
gritaba el negro y bajaron las lanzas y con gestos nos invitaron a jugar el
partido de fútbol que habíamos interrumpido con nuestra presencia. "Le
regalé la camiseta a un pibe que casi me rompe el tobillo con un faul", me
terminó de contar.
Franco viajó a la URSS en el ´87, quiso sacarse las ganas de conocer el
tren transiberiano junto a su mujer Paula. Juntos cruzaron la cortina de hierro
y recorrieron la entonces Alemania Democrática. Tras dos semanas llegaron a la Estación
Yaroslavsky, en Moscú. Tenían los pasajes desde hacía dos semanas porque siempre
se agotaban rápido. Si bien compraron locaciones en camarote, a la hora de
comer iban al salón comedor. Allí se reunían soviéticos de todos lados. "Entramos
el primer día y nos miraron muy mal todos, tanto al almuerzo como a la cena",
contó. Al otro día Paula me pidió que no vayamos, porque no le gustaba como nos
miraban. La terminé convenciendo y fuimos. Al entrar nuevamente se cortó la música
que venían tocando con una guitarra y un acordeón; el silencio se perpetuó
mientras nos sentamos. En un momento, mientras cenábamos, se acercó un polaco
con una barba muy tupida y con una espalda enorme y nos preguntó de dónde
éramos, o al menos eso llegué a interpretar, me dijo. De algún modo me di a
entender, "Somos de Argentina", le dije. El polaco nos miró sin
entender demasiado. "Argentina, Maradona", volví a decir. "Maradona,
Maradona", empezaron a gritar y a tocar una canción con su apellido. El
Diego era conocido en todos lados ¿Viste?.
Mariano me contó de cuando viajó a China en el año 2005. Subió a un catamarán
que navegaba por el río Yangtsé. Luego de unas horas de calma navegación y de
contemplar el paisaje hermoso, se les acercaron en botes a vender artesanías varios
pobladores locales de las costas de ese lugar. Desde arriba del catamarán, uno
que estaba cerca le muestra la camiseta de Italia... nosotros, le gritamos
"Argentina". El tipo se dio vuelta, miró con cara de felicidad y
dijo: "MARADONA".
El tío de Hernán había viajado en 1988 a Argelia, resulta que el INVAP firmó
un contrato para la construcción de un reactor nuclear de investigación en ese
país, de 1 MW de potencia térmica. Esa planta, de tipo multipropósito, fue
inaugurada en abril de 1989 en Draria, tras una fase de construcción de 18
meses. Recibió el nombre de NUR, que significa luminosidad en árabe. El diseño
del NUR es similar al Reactor Argentino RA-6 construido en la Argentina, aunque
cuenta con mejoras realizadas en la interfaz hombre-máquina. Perdón, demasiados
datos que no vienen al caso. El tío salió a pasear por el desierto junto con
unos amigos y se terminaron perdiendo. En ese momento en el país justo había
una reunión de emergencia de la OPEP, con medidas de extrema seguridad
antiterrorista. Perdidos, iban caminando por el medio del desierto, siguiendo lo
que quedaba de sus pasos, de repente una patrulla del ejército se los cruzó en
el medio de la nada con un jeep. Sin
saberlo eran extranjeros, sospechosos y estaban cerca de alguna base militar. Se
bajaron del Jeep a los gritos en árabe, mientras los rodeaban y les apuntaban
nerviosos con rifles semiautomáticos. La situación escaló a gritos cada vez más
fuertes, nadie entendía nada. Seguían preguntando qué hacían ahí, sin poder
comunicarse. El tío, tratando de explicar que era argentino trabajando para el
gobierno haciendo el reactor, no logró hacerse entender, entonces los militares
se pusieron cada vez más nerviosos y gritando, los hacen agacharse y disparó un
tiro al aire como advertencia que estaban hablando en serio. El tío volvió a
explicar todo, tratando de expresar que eran argentinos que no eran yankees, no
eran de la CIA, ni eran israelíes del Mossad. Por alguna cuestión, los militares
no entendían la palabra "argentinos". Hasta que de pronto en la
desesperación les dice "Argentina, Maradona". Uno de los militares
dijo: “¿Maradona?”. “¡Maradona! ¡Maradona!”. Repitió el tío, "Argentina, ¡Maradona!”.
Y entonces mágicamente todos se entendieron. Ya no eran una amenaza, eran los
campeones mundiales. "Eran Maradona".
Guido hablaba con un amigo, en un banco de plaza en el Parque Avellaneda,
de cuando pasó el peor momento de su vida en un viaje. "En inmigraciones,
en el aeropuerto de Riad, en Arabia Saudita, el policía del aeropuerto que me
tocó, me revolvía toda la valija hasta que encontró una revista <<El
Gráfico>> con la tapa de Diego que llevaba para un amigo que conocí por
internet y que vivía allá y ahí terminó la historia y mi cagazo. El policía se
lo mostraba a todos los compañeros <<Maraduna>>", decía.
Alejandro escribió en su Facebook lo siguiente: Me pasó una vuelta estando en
Miami. No es una anécdota de esas traumáticas, pero no deja de ser
sorprendente. Íbamos con un compañero de trabajo hablando por el hall del hotel
en el que nos hospedábamos, hablábamos de cualquier tema y de repente, antes de
bajarse del ascensor al que habíamos subido, un colombiano nos miró y dijo:
"Ustedes tienen la suerte de pertenecer al país del mayor jugador de fútbol
del mundo"