jueves, 21 de septiembre de 2023

Una tal Vanessa…

El mundo tiene también una crisis existencial, al igual que quién les escribe estas líneas tan temprano, o tarde ¿Qué más dá?. Vengo desangrándome por los rincones de este inverno, vagando y conversando con todo ese viento, esquivando balas de plata que arañan la puerta en la madrugada, pidiendo pista en la trinchera de mis días y creando orificios de ingreso en el orgullo y la razón.
Desde hace ya un tiempo que vengo pensando que uno llega a diferentes estadíos donde la mente se alquimiza con la memoria cuando se rememora aquello que se extraña, y es ahí cuando tengo miedo de usar el pasado como una válvula de escape a todo lo que tiene que ver con el mañana. Entonces, es el pasado lo que está presente y el futuro termina resultando indiferente; por eso es que últimamente nada me interesa, y entiendo que no tengo nada importante porque luchar o vivir.
En cambio, muchos viven el momento como una joya de oro que se pierde con el paso del tiempo, otros, un poco más cuerdos quizás, trabajan en la búsqueda de un sueño como método de escape o motivación. Entiendo que ir hacia adelante no siempre es ir al futuro, a veces, ese avance se justifica en buscar algo que se perdió en vez de investigar lo que sea que uno desea encontrar.
Así, es que todos somos un montón de desconocidos que coexistimos en un mismo lugar, y a veces ni siquiera llegamos a eso.
Hace poco tiempo que conocí a Vanessa, cruzando un puente en la imaginación que nos permitió atravesar aquella noche entre risas y anécdotas. No recuerdo quién agregó a quién, aunque ella sugiere que fui yo sin saberlo. La historia es confusa y poco aporta a todo esto, me pueden creer.
Fue así que pasamos nuestras noches y días, de chistes tontos a chistes inteligentes, de risas a historias de vida, hubo sueños en los que dijimos presente, relatos de películas, de esas que hacen llorar y también aquella tonada foránea que le sale tan bien cuando la imita. Hubo una madrugada donde se sopló la junta de la chata del ruso, y también estuvo Entre Ríos, allá, lejos, pero acercándonos.
Vane fue clara al explicar que hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos y que eso es suficiente motivo para celebrar. A su manera me mostraba que las cosas salen: ni bien, ni mal, sino que a veces no concuerdan con las ideas iniciales que nos habíamos imaginado. A su manera intentó que trate de entender que hay que confiar en los procesos, y creer que siempre es lo mejor que nos puede estar pasando. Que también estamos en el lugar indicado, con las personas correctas y que somos suficientes… aunque creo que con el tiempo se dio cuenta que no lo veo tan así… pero que no lo dejo de intentar.
Fue así como la buena onda dijo presente, al igual que la atenta escucha, había algo lindo en su discurso, algo en su filosofía resonaba en un “yo” que hacía tiempo que se había retirado a otro lugar, tal vez más elegante. Recuerdo cierta vez en la que me dijo algo así como: “Siempre que uno actúa de buena fé, y decidiendo con el corazón, nada puede ser tan malo. Los resultados, sólo son resultados... se vuelve a intentar, con el corazón tranquilo de que uno está haciendo las cosas bien".
Vane también me hizo conocer las ondas delta, sabiendo de mi curiosidad y desvelo por saber.
Cierta noche de ayuno y vino de mi parte, me convertí en su cómplice en aquel necesario “operativo timbre” de madrugada. Y así podría contar mil anécdotas que engalanan a su persona, pero que poco aportaría a lo que realmente importa cuando uno refiere a alguien.
Antes de vernos, Vane me hizo pensar en el brillo de mis ojos cuando era chico. Fue imposible no comparar la mirada perdida y sin brillo, con los párpados levemente caídos que están en aquel mismo lugar hoy en día… Vane tiene eso, siempre me hace pensar.
Cuando Vane vio mi foto de pequeño, me envió una de ella, también de chica, y me dijo: “preguntale si lo dejan salir a jugar”. Ella no tenía idea de cómo venían siendo mis días, pero con aquel gesto, movió la estantería. Punto para ella.
Los días en silencio, aquella invitación, los nervios y ese “Robert” cuando llegué… Imposible que me olvide de ello.
Así Vane, se volvió la novedad más bella en estos tiempos, un soplo de frescura, una mirada distinta de lo que pasa y acontece.
Cuando uno es un niño no tiene un pasado al cual recurrir, por eso todo se torna una novedad, todo es presente. No hay un pasado que te hace tocar fondo en momentos ambiguos, ni que te rebase y te haga enfrentar a tu destino, o aspiraciones.
Una vez le dije: Que lindo que era a esa edad, enseguida te hacías amigo, bastaba con preguntarlo solamente: ¿Querés jugar conmigo? Eran tiempos deliciosos. Recuerdo que ella me respondió algo así: Y si esa táctica era buena, ¿Por qué no seguir empleándola?
Quizás forjar futuros es el verdadero motivo para olvidar el pasado, a lo mejor, el pasado no tiene por qué definir la actualidad, eso Vane lo sabe muy bien.

viernes, 15 de septiembre de 2023

Resonancia de Schumann…

 
Abrazados, desnudos, sin sacarnos la ropa,
alejados de aquel mundo desesperado
por mostrar quienes son, para poder ser vistos.
Allí encontré la camisa que mejor le va a mi tristeza,
en el carnaval de tu alegría y el eco de tu mirada.
 
Creo que estoy pagando el precio
de ser quién soy, o quien creo ser.
Gastando entusiasmos y urgencias
que no sabía hasta que fue demasiado tarde.
 
Y con el simple hecho de encontrarme,
confesé mis pecados en la barra de un bar.
El anhelo vanidoso de lo que quiero y no es
me convidó otra vez con un sueño en espiral.
No me encuentro, persiguiendo horizontes perdidos,
me equivoque de ruta otra vez.
 
Años, amores y copas no deberían contarse,
pero sin embargo acá me ves.
Cuando la realidad no coincide con nuestras ilusiones
la verdad y el amor siempre son posibles.
Antifaces donde escondéis vuestras almas cómplices,
amigos en la obscura brillantez,
soledades acompañadas nos complementan en esta red.
 
Frente a la muerte, escribo y busco al amor.
Vagué por cientos de bares, me conocen en ciudades
y nadie sabe quién soy.
No me importa perder si es acorde a mis convicciones
el más cálido y fuerte de mis abrazos te daré,
mientras pienso que no nacimos para perder.
 
Y con el simple hecho de encontrarme,
confesé mis pecados en la barra de un bar.
El anhelo vanidoso de lo que quiero y no es
me convidó otra vez con un sueño en espiral.
No me encuentro, persiguiendo horizontes perdidos,
me equivoque de ruta otra vez.

viernes, 1 de septiembre de 2023

El discurso innombrable...

Soy aquello a lo que tanto le temes y no te animas a nombrar, sólo nos conocemos de nombre, aunque inevitablemente algún día nos cruzaremos y nada será lo mismos. Sin importar de quién o qué se trate, de algún u otro modo yo me revelaré, aunque muchas veces me dé pena tener que hacerlo.
Suelo sentarme habitualmente a ver lo que acontece para tomarme mi tiempo o saber cuándo es más adecuado hacer mi labor. Dependiendo el día, me gusta mirar todo desde arriba, me trepo a la cornisa del edificio más alto y salto hacia el cielo en la obscuridad de la noche, y esquivando las nubes me desplazo hacia cualquier lado; aunque debo admitir que me gusta espiar la infinita sucesión de luces y destellos de los automóviles que se frenan y vuelven a arrancar pasado un tiempo, o la gente que corre un colectivo colmado de pasajeros que se le va, como si pudiera alcanzar lo imposible. Hay cierta gracia en la vida humana que convida a vivir.
No importa dónde vaya, las historias son similares. Algunas noches acompaño a la abuela Alba que sale a caminar y darle de comer a los perros de la calle, ella sabe cuándo estoy cerca y me echa, conoce bien el día y el momento, me dice siempre. Cuando la dejo me gusta irme a un edificio bajo y viejo de Villa Lugano, me hago pequeño y entro por las cañerías, que aguas abajo, van desde el tanque hasta los diferentes departamentos. Me agrada hacerlo por la noche para que se sienta mi presencia con vibraciones y sonidos reverberantes; el despertar exaltado de Pedro del 2º "B" siempre me complace, a pesar de los insultos que profiere a diestra y siniestra, hasta que, calmado, recupera la concentración y dispone sus pensamientos rumbeando a dormir un rato más, ya que en pocas horas tiene que ir al trabajo.
Dos esquinas hacia el sur, me acurruco en la copa de un árbol para observar a los muchachos que creyéndose eternos abusan de substancias y elíxires de dudosa procedencia legal. Sonrío complaciente, algo en esa libertad me produce fruición, tanto ellos como yo sabemos que algún día me contarán de aquello, ya no como una hazaña, sino más bien como un reproche. Quiero dejar en claro que nada puedo hacer contra ello, cada cual sabe qué hacer de su propio destino, y siempre, tarde o temprano, un llanto despojado de toda nostalgia, desempolva viejas angustias y pesares que no me conmueven en lo más mínimo.
En la noche me siento más cómodo, la aparente quietud, anonimato y soledad dan piedra libre a inefables actos por doquier, aunque en lugares amplios y alejados, a plena luz del día, también me gusta fisgonear. Como la semana pasada, en una ruta provincial de Santa Fé, cuando el camionero Roque se quedó dormido mientras manejaba; o cerca de la cubre en el Volcán Lanín, aquella vez que Julián desconfío de mi susurro y se aferró a la piedra equivocada. No importa por dónde me mueva, las historias son similares.
Andrés es de mis favoritos, siempre muy ambicioso, como todo hombre de negocios, vivió sus días entre números y estrategias. Su carrera ascendió como un cohete, pero su familia quedó relegada al segundo plano. Una tarde, lo visité a su oficina, le dije: “ya está bueno de tanto tabaco y estrés, pensá en tu familia”. Seis semanas después, mientras trabajaba en su oficina, sufrió un ataque al corazón. El estruendo del colapso resonó en mis oídos, y mientras yo me acercaba sigilosamente, con su mirada fija en mí, pidió clemencia y una oportunidad más.
Las almas sensibles son de las que más me cautivan, como Eliana, una artista de espíritu libre, que bailaba y llevaba su vida al ritmo de la pasión que la abrazaba. Sus lienzos eran ventanas a su mundo interior, pero cuando se terminó su suerte, la crítica implacable con sus obras la dejó desolada. Un amanecer, mientras admiraba aquel lienzo en blanco, la fui a visitar; recuerdo que me dijo que se sentía incapaz de pintar otra pincelada. Su creatividad se desvaneció como un suspiro en el viento cuando apuró aquel trago con un cóctel de pastillas.
Hace tiempo que no puedo olvidarme de José, un anciano lleno de historias, tejía recuerdos en las palabras que compartía con los más jóvenes. Su mente era un tesoro plagado de recuerdos y experiencias, pero el tiempo trajo consigo la presencia del mal de Alzheimer. Las palabras se volvieron esquivas, como luciérnagas en la noche, y sus relatos se desvanecieron en la bruma del olvido. Cuando lo vi por última vez me recibió como un gran amigo.
Puedo contarles mil historias. Cada una de ellas, en su momento, cruzaron el umbral entre la vida y lo desconocido. Sus destinos, tejidos por elecciones y circunstancias, culminaron en mi abrazo silencioso. Y así, la vida se encargó de recordarme una y otra vez que su fragilidad es inherente a su belleza.
Porque en cada historia yace un recordatorio de la efímera danza que es la existencia. Somos como hojas en el viento, bailando en el breve suspiro de un instante antes de regresar a la tierra de la que emergimos. El tiempo nos reclama con una voz que no podemos ignorar, y nuestras vidas, con todas sus tragedias y triunfos, se entrelazan en el tapiz de la eternidad. Así es la naturaleza de la vida, y así es la naturaleza de su final.
No importa quién te lo cuente, las historias siempre son similares.

jueves, 24 de agosto de 2023

Cartas de batallas…

En un tranquilo pueblo de montaña, en medio del exilio, vivía María, la valiente esposa del general Carlos. Para estar a salvo de los peligros de la guerra y ocultar su identidad, María se refugió en un pequeño hotel bajo un nombre falso. Aunque estaba lejos de los campos de batalla, el eco de la guerra resonaba en su corazón cada vez que recibía noticias de su esposo.
Las cartas de Carlos no llegaron directamente, sino que eran entregadas por un niño llamado Andrés. El pequeño se había convertido en el enlace secreto entre ellos, llevando y trayendo las misivas que narraban el sombrío destino de cada acontecimiento que se suscitaba en el transcurso de la batalla. Con cada encuentro, Andrés miraba a María con sus ojos llenos de inocencia, sabiendo que estaba cumpliendo una misión vital que tal vez no comprendía del todo.
La primera carta llegó en un atardecer frío que dejó escarcha sobre la catedral. Carlos describió el frío arsenal con el que se encontró, rodeado de soldados cansados ​​pero determinados. Detalló la feroz lucha que se desataba en cada enfrentamiento, donde los disparos resonaban en los obscuros pasillos de abandonados cuarteles. El frío del lugar se colaba en sus huesos, pero su espíritu de liderazgo y valentía no flaqueaba a pesar de las extremas condiciones.
En la segunda carta, el tono de Carlos era más sombrío. Describía cómo las batallas iban en contra de su ejército, y cómo las fuerzas enemigas avanzaban implacables. Mencionó las negociaciones entre ambos bandos por la paz, pero las condiciones eran difíciles de alcanzar. A pesar de la incertidumbre, Carlos no perdía la esperanza y prometía luchar hasta el final y un reencuentro.
En la tercera carta, los relatos de Carlos eran aún más desalentadores. Las pérdidas aumentan y los cuarteles comenzaban a ser abandonados. Detalles del amanecer frío y neblinoso en los campos de batalla le dieron a María un escalofrío, imaginando la dura realidad que su esposo enfrentaba día tras día. Sin embargo, en medio de la adversidad, Carlos le recordaba a María su amor y lealtad inquebrantable.
Tras la cuarta carta, las noticias sorprendieron a María. Carlos le informó sobre las negociaciones, que se habían intensificado, y que se acercaban a un acuerdo de paz. Ambos bandos buscaban una salida a la guerra que había cobrado tantas vidas. María se llenó de esperanza y oró para que la paz finalmente llegara y su esposo regresara a su lado. Sólo fue un mal período, pensó.
Mientras esperaba el desenlace de las negociaciones, María observaba los atardeceres desde la ventana del hotel. Los cielos se teñían de amarillo y naranja, pero también sentían el frío que se filtraba por los cristales y que permitía apreciar aquellos rastros de condensación que con cada exhalación de aire dejaba en la ventana. Recordaba los cuarteles abandonados y cómo el tiempo parecía detenidos en ellos. Aunque el exilio la mantenía alejada de los combates, no podía evitar sentir en su corazón la desolación de aquellos lugares.
Mientras María esperaba ansiosa la llegada de Andrés con una nueva carta de su esposo, en un nuevo punto, a las afueras, el niño apareció frente a ella con una mirada triste y esquiva. Al ver su expresión, el corazón de María se hundió en un abismo de preocupaciones. Sus suposiciones se confirmaron cuando Andrés pronunció esas palabras dolorosas: "Lamento ser yo quien tus sospechas confirman".
Sereno era el cielo, pero oculto llevaba un trágico disfraz, en medio de las ruinas de aquel edificio viejo y abandonado, María se dejó caer en el umbral, abrumada por la desesperación y el dolor. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, y una sensación de vacío la invadió por completo.
El pequeño Andrés explicó que, durante las negociaciones de paz, se había acordado un alto al fuego, y como resultado, las cartas de Carlos ya no serían necesarias. El armisticio había puesto fin a la guerra, pero también al medio de comunicación que María había utilizado para sostener aquel necesario contacto con su amado esposo.
María sintió que su mundo se derrumbaba. La esperanza que había crecido en su corazón tras las últimas cartas se desvaneció en un instante. Desconsolada y a toda velocidad, se dirigió a un viejo edificio en ruinas a las afueras del pueblo y derrumbada en el umbral, dejó que sus lágrimas se mezclaran con la tristeza y la incertidumbre.
El lugar desolado se asemejaba a su estado de ánimo. Los restos del edificio abandonado eran un recuerdo tangible de la devastación y el sufrimiento causado por la guerra. El firmamento plomizo ya no transmitía órdenes de bombardeo desde distancias seguras; mientras, a lo lejos, el susurro de un asesino explicando lo que había sucedido y cómo se restableció la paz, era propagado por un ahogado parlante de televisor.
Ahora, la viuda del general con sus cartas desde el exilio promete regresar.

viernes, 11 de agosto de 2023

El amor…

Entonces Marga me pregunto: ¿Qué es el amor para vos?... silencio… ¿Por qué no me escribís para la semana que viene lo que es el amor para vos?, me dijo, y como de costumbre no cumplí con los plazos, pero acá estoy, accediendo a aquel pedido.
El amor es una ilusión donde dos individualidades convergen en una, conforme a una serie de consensuados y delicados engaños. Quizás no sea un concepto con una significación absoluta, sino más bien una amalgama de preferencias compartidas y afinidades en gustos, valores y códigos. Escapa a la fijación de referencias externas; es más bien autoreferencial, arraigado en lo más profundo de nuestra esencia. Sin embargo, esta conexión intrincada es un terreno incierto, ya que amamos desde nuestra esencia misma, lo cual conlleva al riesgo constante de sufrir, y ese sufrimiento deviene de su naturaleza volátil.
Para mí, el amor otorga un propósito a mi existencia y a la de todos en general. A la luz de esta reflexión, quizás el amor más sublime sea aquel que nunca llegó a materializarse en la realidad tangible. En esta dimensión, su pureza se mantiene inmaculada, y la llama que se encendió con el primer intercambio de miradas persiste incólume. La semilla de esta ilusión inicial germina sin ser tocada por la desilusión, la discordia o, sobre todo, el desengaño. En su núcleo, la pasión se erige como el pilar inquebrantable que lo sostiene.
Como aquel abrazo imposible de la Venus de Milo, los amores no concretados serán siempre motivo de inspiración, introspección, poesía y esperanza; toda vez que la espera de milagros es tanto más espectacular cuando menos los espera… será por eso que siempre te espero.

miércoles, 26 de julio de 2023

Mis héroes están viejos…

Cuando era un niño, conocí a Indiana Jones, aquel legendario arqueólogo y aventurero. Me vienen imágenes de lo fascinado que lo veía mientras él estaba parado en lo alto de una colina, contemplando el horizonte mientras el sol se sumergía lentamente en aquella línea que corona al mundo y su figura interrumpía el fotograma de la cámara con su sombra. El viento soplaba suavemente, llevando consigo sus pensamientos y seguramente algunos recuerdos. A partir de ese momento, se convirtió en mi héroe para siempre.
De joven, Indiana Jones desafió peligrosas trampas, luchó contra nazis y recuperó artefactos sagrados. Fue un símbolo de valentía y determinación en un mundo lleno de misterios y maravillas. ¡Y claro! Eso me encantaba, porque a temprana edad es cuando uno descubre que el mundo tal cual es, no alcanza. Por eso de chico uno imagina situaciones, juega y se divierte entre juegos y sueños de fantasía. También era profesor, lo que de algún modo me identifica, aún hoy en día.
Hace unos días fui al cine a ver la última película de Indiana Jones. Todos saben que es la última que hace Harrison Ford, y por ende, la última de mi héroe. Por eso, traté de engañarme, no pensando en ello. Me vestí para la ocasión y fui bien acompañado a la ciudad.
Luego del primer arco, llegó la imagen de él… los años habían pasado, y el peso del tiempo se hacía evidente en su rostro marcado por arrugas y en su pelo que había perdido parte de su color. Sus ojos reflejan la tristeza de quien ha vivido grandes hazañas, pero también la melancolía del que sabe que el tiempo no perdona a los héroes. Me impactó verlo viejo, huraño, dándole clases a una generación que pensaba en otras cosas, que de algún modo necesitaba del mundo algo que ya no estaba en los libros.
Solo, viejo, con el corazón roto y la mirada perdida. Así lo reencontré tras tantos años esperando por verlo nuevamente. De vivir en grandes casas a hacerlo en un departamento pequeño. De recorrer al mundo, a viajar por sus entrañas en subte. Poco quedaba de aquel que me había fascinado con sus aventuras e historias. Y es que sin lugar a dudas la vida es eso, con los años nos volvemos más predecibles, más conservadores y menos fascinantes. Ese es el precio…
La nostalgia lo invadió mientras miraba los objetos que yacían en su estudio: el sombrero marrón desgastado, el látigo que había sido testigo de innumerables peligros, la mochila para llevar el peso de una nueva aventura, su gastado morral MK VII y la vieja libreta llena de anotaciones que había sido su fiel compañera en cada viaje. Todo eso era parte del pasado ahora, una época en la que los héroes como él tenían su lugar. Los héroes no son inmortales, y él no era la excepción.
Me resisto al paso del tiempo todo lo que puedo, aunque sea inexorable. Mis héroes son viejos y difícilmente puedan ser renovados… en estos tiempos de multiversos, es fácil tener seis Batman, cuatro Spiderman o tres Superman, pero en el caso de mi héroe no, siempre va a ser Harrison Ford.
Indiana Jones, el héroe de tiempos pasados, ha envejecido, pero su espíritu aventurero nunca se apagará. Su historia continuará siendo contada de mi generación a las que vengan, y su nombre resonará, quizás como un tenue eco que se apaga en los corredores de la eternidad. Aunque los héroes puedan envejecer, su legado trasciende el tiempo, inspirando a aquellos dispuestos a buscar la grandeza más allá de las limitaciones humanas.

jueves, 20 de julio de 2023

Marcharse de ti…

Cuando me congela, salgo a buscarla,
incapaz de ver al futuro como algo mejor.
Mientras me pierdo no me dejo encontrar
porque el alma no refleja lo que somos.
 
Me enfrento a mí, no huyo, pero me cuesta derribarme.
Hecho trizas por la vida, tratando de sobrevivir,
cómo se puede, en una soledad acompañada,
buscando la forma de no volver a herir.
 
Hago lo que puedo mientras todos dicen lo que debo.
Pocas cosas quedan, casi todo ya lo di.
Los ojos besan antes que la boca, con la tranquilidad
de ya no tener nada más que ocultar.
 
Si las miradas se cruzan
es porque algo buscan.
Me dijeron que hay que alejarse
para que nos extrañen o nos olviden.
 
Hoy todo cambió,
Por eso te dije adiós.
Y así se me cayó un final
y un comienzo se perdió para siempre.

miércoles, 5 de julio de 2023

Ella, el tiempo y el mar…

En un instante efímero sucede, es el tiempo que nos atraviesa, sin poder aprehenderlo, su esencia se desvanece. Ella llora, sus lágrimas, caen a cuentagotas sin tregua, gotas que nunca caerán en el vasto mar que florece y lejano se encuentra.
El tiempo, misterioso, se escapa entre los dedos, intentamos comprenderlo, más se vuelve escurridizo. Sus lágrimas, como gemas, en sus ojos quedan presas, anhelando el océano, donde nunca encontrarán el abrigo prometido.
Las agujas del reloj marcan momentos fugaces, en el fluir constante, buscamos por instantes su significado. Ella en silencio llora, sus lágrimas casi invisibles, perdidas en el camino, caen inadvertidas, sin encontrar su destino.
El tiempo es un enigma, un río sin contornos, ella llora en silencio, sin alcanzar el mar azul. Las gotas cristalinas, su tristeza eterna adornan, pero nunca se mezclarán en el océano, ya que desafortunadamente perecerán con anterioridad.
Atravesamos el tiempo, sin poderlo comprender, y en su rostro afloran lágrimas, un llanto sin final. Esas gotas solitarias, nunca se mezclarán con el mar, una tristeza suspendida en el tiempo, sin escapatoria, ni final.
Ella intentó ir al mar y hundirse juntos, sintiendo al agua en su piel, buscó refugio. Mientras él se hundía en penas y desencantos, ella luchaba por encontrar su propio valor perdido.
¿Vale la pena intentar el dolor que nos lleva a descubrir quiénes somos? En esa encrucijada de lágrimas y desvelos, ella se cuestionaba, buscando ciega, horizontes donde naufragar.
El mar, testigo mudo de su conflicto, le indicó vagas sendas hacia la libertad y el olvido. Pero él, sumido en la oscuridad de sus tormentos, se hundía más profundo, sin poderse hallar.
La vida nos lleva por caminos inciertos, donde el sufrimiento parece ser el precio a pagar. Pero ella, valiente, se negaba a sucumbir en desiertos, y buscaba en el mar la fuerza para renacer y amar.
Quizás el dolor sea una guía hacia la autenticidad, una llave que desbloquea las cadenas del conformismo. Ella deseaba encontrar su propia felicidad, y en las profundidades del océano hallar su propio abismo.
Entonces, en su búsqueda de ser fiel a sí misma, decidió nadar contra la corriente y emprender, la búsqueda que supone que vale la pena luchar y renacer.

martes, 27 de junio de 2023

Mi fantasma…

 
La melancolía se apodera del espíritu de forma sigilosa, como una sombra que se desliza sin ser vista. A menudo, nos encontramos contemplando fotos, y nos detenemos en los rostros sonrientes y las escenas llenas de vida que nos eran familiares, pero que de alguna manera parecen haberse desvanecido con el paso del tiempo. Muchas de aquellas personas ya no están, otras, han cambiado tanto que parecieran ser otros. Uno se mira de cerca y tampoco es el mismo que aparece en esas instantáneas de Joseph Nicéphore Niépce, así la sensación de pérdida, inevitablemente lo termina embargando a uno, y en muchos casos no podemos identificar qué es exactamente lo que habíamos perdido, o lo que buscamos cuando comenzamos a increpar al pasado entre los recuerdos.
Durante mucho tiempo pensé que ella era mi fantasma, siempre escondida en un rincón lejano de mi mente, intangible, impronunciable, en lo obscuro, trayendo consigo en cada aparición, un perfume agradable de melancolía. Entonces uno comienza un viaje que no termina, donde va vagando por un laberinto interminable, persiguiendo sombras borrosas que parecieran escaparse constantemente. Como una especie de mal sueño, donde uno despierta con el corazón acelerado y la respiración cortada. Yo sé que vos me entendés.
Hace un mes, descubrí una vieja caja de madera cubierta de polvo y olvido, en lo alto de mi placar. Hacía años que estaba ahí y la curiosidad me impulsó a abrirla, revelando ante mis ojos un tesoro de recuerdos olvidados. Fotografías, cartas escritas a mano y pequeños objetos que resultaron tener una carga emocional especial y que eran pedacitos de mí. Pero esas cartas tan llenas de anhelos y confesiones amor, ya no estaban vigentes y aquellos objetos que habían sido testigos silenciosos de momentos significativos, tal vez, ya no eran tan importantes.
Las imágenes se hacen presentes con cada recuerdo, como quién busca en la amistad y el amor la respuesta a la pregunta más difícil: ¿Quién soy yo? Y con el paso de los minutos, entiende que cada vez quedan menos islas dónde naufragar en caso de no haber respuesta.
Y así comienza un sinfín de indagaciones y soliloquios retóricos que pudieran llenar miles de parágrafos, sin sumar nada, sin siquiera advertir lo efímero de la condición humana y de nuestras conexiones, interacciones y relaciones durante la propia perennidad. Por eso, a veces, aparece mi fantasma para recordarme que no sólo uno es un ave de paso, sino que también en la construcción de nuestra vida, nos hallamos con personas que nos apalancan, que nos ayudan a construir andamiajes y también de las otras, que nos hunden, nos hacen daño y nos juegan en contra.
Esa misma tarde, hace un mes, cerré esa caja de madera y la volví a dejar en ese lugar casi inaccesible en la que la había hallado, para que permaneciera allí todo el tiempo que mi olvido lo permita. No es que reniegue de los fantasmas, sino que hace tiempo que no me gusta que me visiten y de a poco me fui desacostumbrando a esa idea.
Quizás siempre fui yo mi fantasma y eso es lo que más me asusta, o a lo mejor lo sos vos, que lees esto. Vos sos mi fantasma y aún no lo sé; o te vas a convertir en mi fantasma y todavía no lo sabemos, ni averiguamos, pero entendemos que, en esta playa sin mar, cada tanto volveremos, como verdaderos fugitivos a buscar una pista de los que fuimos y ya no seremos nunca más.

jueves, 15 de junio de 2023

Fotos nuevas de mi…

 
Siempre consideré que la fotografía es un medio muy poderoso que nos permite expresarnos cada vez que nos disponemos, por ejemplo, a capturar momentos, emociones y retratar la realidad que nos rodea. Sin embargo, hay algo más profundo en la relación entre la imagen de uno mismo y la imagen de uno que tienen los demás. ¿Cómo nos vemos a nosotros mismos a través de los ojos de los otros? ¿Cómo nos perciben los demás y cómo nuestra propia identidad se refleja en las personas cercanas?
Me gusta la idea de que cada persona es una fotografía única, con su propia historia, colores y perspectivas, que pueden ser a color o en blanco y negro, aunque también hay quiénes se animan y viven todo en color sepia. Ahora bien, visualicemos a esas fotografías, e imaginemos que se entrelazan, superponen y se conectan, formando una especie de mosaico o collage de imágenes. Cada foto, a su forma representa a alguien que ha dejado una impresión en nuestra vida, alguien que nos ha influido de alguna manera, cuyo impacto se mantiene y nos ha dejado una marca para siempre.
Al observar este collage de fotografías, podemos reflexionar sobre cómo las percepciones y las interacciones con los demás nos moldean y nos ayudan a construir nuestra identidad. Cada imagen en ese mosaico es un reflejo de nuestras experiencias compartidas, los momentos que hemos vivido juntos y cómo nos hemos influido mutuamente.
Algunas fotografías pueden mostrarnos nuestro lado más fuerte y valiente, capturando momentos de éxito y logros. Otras pueden reflejar nuestras debilidades y vulnerabilidades, recordándonos que también somos seres imperfectos. Pero, independientemente de cómo aparecieron esas imágenes, todas son importantes para comprender quiénes somos en relación con los demás y de los demás con uno.
Muchas fotografías alejan a las personas, mostrándonos que ya no están. Algunos, en la noche, las observamos y ellas nos dicen: “No me busques, ya no estoy”. Otras de cuando somos pequeños nos dicen: “ya me fui”. O la de las reuniones multitudinarias: “Mirá que estás solo”.
La imagen que proyectamos hacia los demás, a menudo, es una interpretación subjetiva de nosotros mismos. Pero al igual que en una fotografía, no siempre se logra capturar la esencia completa de quienes somos. A veces, la imagen que otros ven de nosotros puede estar distorsionada por prejuicios, expectativas, frustraciones, decepciones, o incluso proyecciones personales.
Dicen que es esencial recordar que somos más que la suma de esas imágenes. Somos seres en constante evolución, cuyas fotografías se modifican y se desarrollan a lo largo del tiempo. La forma en que nos relacionamos con los demás y cómo nos ven puede influir en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos, pero también es importante recordar que tenemos el poder de redefinirnos y reinventarnos. Claro está, yo no cuento con esa capacidad, por mucho que lo intente con fuerte ahínco.
Por un juego o ejercicio, le pedí hace un tiempo a las personas con las que más contacto tengo últimamente, que jueguen a traerme fotos nuevas de mí, que me digan cómo me veo, que me cuenten sus impresiones. Imaginé una conexión inconsciente con ellos, atravesando juntos un laberinto sin mapas, donde a ciegas, siguiendo mil pisadas, me iban trayendo pedacitos de mí, granitos de arena que constituyen mi cuartel infernal, ahí donde habita el que les escribe. Y de esas fotos nuevas, se refleja mi inteligencia, carisma y empatía según Sabri. Martín destaca mi generosidad, comprensión, humildad y resalta mi calidad como amigo. Cristian ve en mi la integridad, la responsabilidad social y la generosidad. Lean pondera mi lealtad, justicia y calidez, así como mi desinterés por lo material.
Esteban me percibe como un gran compañero, honesto y sencillo, mientras que Fede destaca mi atención a los detalles, perseverancia y sensibilidad. El mago aprecia mis valores de amistad, capacidad para recordar momentos, para redactar y transmitir historias. También menciona mi compromiso y facilidad para educar.
Mili me ve como alguien amable, generoso y atento, especialmente dispuesto para escuchar a los demás. Chegu enfatiza mi creatividad, perseverancia y amistosidad, mientras que Ailén me ve prudente, creativo, bueno y amigable.
La inefable Vero subraya mi lealtad, cariño y atención a los detalles, así como mi inteligencia y capacidad reflexiva. Dami me ve como alguien amable, generoso, humilde y leal. Adán destaca mi sinceridad, afecto, paciencia y habilidad comunicativa, también mi capacidad contemplativa para observar con dedicación.
Finalmente, mi geólogo de referencia Martín menciona que soy un tipo poco vulgar, acentuando que soy afectuoso y que me gustan las cosas sencillas, pero también me ve como un ser melancólico.
A lo mejor, esta reflexión sobre la imagen de uno en los otros, intenta ser una vana invitación a valorar la conexión humana y reconocer que nuestras vidas están entrelazadas en una red de experiencias compartidas. Cada persona que encontramos, cada imagen que se cruza en nuestro camino, deja una marca en nosotros y también deja una marca en ellos. Nuestras historias se entrelazan y nuestras imágenes se reflejan, creando un lienzo único, imperfecto e imperceptible, que en muchos casos acalla lo más importante… esas fotos con el tiempo se van a degradar… pero, por el momento, me dejan ver fotos nuevas de mí.