jueves, 24 de agosto de 2023

Cartas de batallas…

En un tranquilo pueblo de montaña, en medio del exilio, vivía María, la valiente esposa del general Carlos. Para estar a salvo de los peligros de la guerra y ocultar su identidad, María se refugió en un pequeño hotel bajo un nombre falso. Aunque estaba lejos de los campos de batalla, el eco de la guerra resonaba en su corazón cada vez que recibía noticias de su esposo.
Las cartas de Carlos no llegaron directamente, sino que eran entregadas por un niño llamado Andrés. El pequeño se había convertido en el enlace secreto entre ellos, llevando y trayendo las misivas que narraban el sombrío destino de cada acontecimiento que se suscitaba en el transcurso de la batalla. Con cada encuentro, Andrés miraba a María con sus ojos llenos de inocencia, sabiendo que estaba cumpliendo una misión vital que tal vez no comprendía del todo.
La primera carta llegó en un atardecer frío que dejó escarcha sobre la catedral. Carlos describió el frío arsenal con el que se encontró, rodeado de soldados cansados ​​pero determinados. Detalló la feroz lucha que se desataba en cada enfrentamiento, donde los disparos resonaban en los obscuros pasillos de abandonados cuarteles. El frío del lugar se colaba en sus huesos, pero su espíritu de liderazgo y valentía no flaqueaba a pesar de las extremas condiciones.
En la segunda carta, el tono de Carlos era más sombrío. Describía cómo las batallas iban en contra de su ejército, y cómo las fuerzas enemigas avanzaban implacables. Mencionó las negociaciones entre ambos bandos por la paz, pero las condiciones eran difíciles de alcanzar. A pesar de la incertidumbre, Carlos no perdía la esperanza y prometía luchar hasta el final y un reencuentro.
En la tercera carta, los relatos de Carlos eran aún más desalentadores. Las pérdidas aumentan y los cuarteles comenzaban a ser abandonados. Detalles del amanecer frío y neblinoso en los campos de batalla le dieron a María un escalofrío, imaginando la dura realidad que su esposo enfrentaba día tras día. Sin embargo, en medio de la adversidad, Carlos le recordaba a María su amor y lealtad inquebrantable.
Tras la cuarta carta, las noticias sorprendieron a María. Carlos le informó sobre las negociaciones, que se habían intensificado, y que se acercaban a un acuerdo de paz. Ambos bandos buscaban una salida a la guerra que había cobrado tantas vidas. María se llenó de esperanza y oró para que la paz finalmente llegara y su esposo regresara a su lado. Sólo fue un mal período, pensó.
Mientras esperaba el desenlace de las negociaciones, María observaba los atardeceres desde la ventana del hotel. Los cielos se teñían de amarillo y naranja, pero también sentían el frío que se filtraba por los cristales y que permitía apreciar aquellos rastros de condensación que con cada exhalación de aire dejaba en la ventana. Recordaba los cuarteles abandonados y cómo el tiempo parecía detenidos en ellos. Aunque el exilio la mantenía alejada de los combates, no podía evitar sentir en su corazón la desolación de aquellos lugares.
Mientras María esperaba ansiosa la llegada de Andrés con una nueva carta de su esposo, en un nuevo punto, a las afueras, el niño apareció frente a ella con una mirada triste y esquiva. Al ver su expresión, el corazón de María se hundió en un abismo de preocupaciones. Sus suposiciones se confirmaron cuando Andrés pronunció esas palabras dolorosas: "Lamento ser yo quien tus sospechas confirman".
Sereno era el cielo, pero oculto llevaba un trágico disfraz, en medio de las ruinas de aquel edificio viejo y abandonado, María se dejó caer en el umbral, abrumada por la desesperación y el dolor. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, y una sensación de vacío la invadió por completo.
El pequeño Andrés explicó que, durante las negociaciones de paz, se había acordado un alto al fuego, y como resultado, las cartas de Carlos ya no serían necesarias. El armisticio había puesto fin a la guerra, pero también al medio de comunicación que María había utilizado para sostener aquel necesario contacto con su amado esposo.
María sintió que su mundo se derrumbaba. La esperanza que había crecido en su corazón tras las últimas cartas se desvaneció en un instante. Desconsolada y a toda velocidad, se dirigió a un viejo edificio en ruinas a las afueras del pueblo y derrumbada en el umbral, dejó que sus lágrimas se mezclaran con la tristeza y la incertidumbre.
El lugar desolado se asemejaba a su estado de ánimo. Los restos del edificio abandonado eran un recuerdo tangible de la devastación y el sufrimiento causado por la guerra. El firmamento plomizo ya no transmitía órdenes de bombardeo desde distancias seguras; mientras, a lo lejos, el susurro de un asesino explicando lo que había sucedido y cómo se restableció la paz, era propagado por un ahogado parlante de televisor.
Ahora, la viuda del general con sus cartas desde el exilio promete regresar.

viernes, 11 de agosto de 2023

El amor…

Entonces Marga me pregunto: ¿Qué es el amor para vos?... silencio… ¿Por qué no me escribís para la semana que viene lo que es el amor para vos?, me dijo, y como de costumbre no cumplí con los plazos, pero acá estoy, accediendo a aquel pedido.
El amor es una ilusión donde dos individualidades convergen en una, conforme a una serie de consensuados y delicados engaños. Quizás no sea un concepto con una significación absoluta, sino más bien una amalgama de preferencias compartidas y afinidades en gustos, valores y códigos. Escapa a la fijación de referencias externas; es más bien autoreferencial, arraigado en lo más profundo de nuestra esencia. Sin embargo, esta conexión intrincada es un terreno incierto, ya que amamos desde nuestra esencia misma, lo cual conlleva al riesgo constante de sufrir, y ese sufrimiento deviene de su naturaleza volátil.
Para mí, el amor otorga un propósito a mi existencia y a la de todos en general. A la luz de esta reflexión, quizás el amor más sublime sea aquel que nunca llegó a materializarse en la realidad tangible. En esta dimensión, su pureza se mantiene inmaculada, y la llama que se encendió con el primer intercambio de miradas persiste incólume. La semilla de esta ilusión inicial germina sin ser tocada por la desilusión, la discordia o, sobre todo, el desengaño. En su núcleo, la pasión se erige como el pilar inquebrantable que lo sostiene.
Como aquel abrazo imposible de la Venus de Milo, los amores no concretados serán siempre motivo de inspiración, introspección, poesía y esperanza; toda vez que la espera de milagros es tanto más espectacular cuando menos los espera… será por eso que siempre te espero.

miércoles, 26 de julio de 2023

Mis héroes están viejos…

Cuando era un niño, conocí a Indiana Jones, aquel legendario arqueólogo y aventurero. Me vienen imágenes de lo fascinado que lo veía mientras él estaba parado en lo alto de una colina, contemplando el horizonte mientras el sol se sumergía lentamente en aquella línea que corona al mundo y su figura interrumpía el fotograma de la cámara con su sombra. El viento soplaba suavemente, llevando consigo sus pensamientos y seguramente algunos recuerdos. A partir de ese momento, se convirtió en mi héroe para siempre.
De joven, Indiana Jones desafió peligrosas trampas, luchó contra nazis y recuperó artefactos sagrados. Fue un símbolo de valentía y determinación en un mundo lleno de misterios y maravillas. ¡Y claro! Eso me encantaba, porque a temprana edad es cuando uno descubre que el mundo tal cual es, no alcanza. Por eso de chico uno imagina situaciones, juega y se divierte entre juegos y sueños de fantasía. También era profesor, lo que de algún modo me identifica, aún hoy en día.
Hace unos días fui al cine a ver la última película de Indiana Jones. Todos saben que es la última que hace Harrison Ford, y por ende, la última de mi héroe. Por eso, traté de engañarme, no pensando en ello. Me vestí para la ocasión y fui bien acompañado a la ciudad.
Luego del primer arco, llegó la imagen de él… los años habían pasado, y el peso del tiempo se hacía evidente en su rostro marcado por arrugas y en su pelo que había perdido parte de su color. Sus ojos reflejan la tristeza de quien ha vivido grandes hazañas, pero también la melancolía del que sabe que el tiempo no perdona a los héroes. Me impactó verlo viejo, huraño, dándole clases a una generación que pensaba en otras cosas, que de algún modo necesitaba del mundo algo que ya no estaba en los libros.
Solo, viejo, con el corazón roto y la mirada perdida. Así lo reencontré tras tantos años esperando por verlo nuevamente. De vivir en grandes casas a hacerlo en un departamento pequeño. De recorrer al mundo, a viajar por sus entrañas en subte. Poco quedaba de aquel que me había fascinado con sus aventuras e historias. Y es que sin lugar a dudas la vida es eso, con los años nos volvemos más predecibles, más conservadores y menos fascinantes. Ese es el precio…
La nostalgia lo invadió mientras miraba los objetos que yacían en su estudio: el sombrero marrón desgastado, el látigo que había sido testigo de innumerables peligros, la mochila para llevar el peso de una nueva aventura, su gastado morral MK VII y la vieja libreta llena de anotaciones que había sido su fiel compañera en cada viaje. Todo eso era parte del pasado ahora, una época en la que los héroes como él tenían su lugar. Los héroes no son inmortales, y él no era la excepción.
Me resisto al paso del tiempo todo lo que puedo, aunque sea inexorable. Mis héroes son viejos y difícilmente puedan ser renovados… en estos tiempos de multiversos, es fácil tener seis Batman, cuatro Spiderman o tres Superman, pero en el caso de mi héroe no, siempre va a ser Harrison Ford.
Indiana Jones, el héroe de tiempos pasados, ha envejecido, pero su espíritu aventurero nunca se apagará. Su historia continuará siendo contada de mi generación a las que vengan, y su nombre resonará, quizás como un tenue eco que se apaga en los corredores de la eternidad. Aunque los héroes puedan envejecer, su legado trasciende el tiempo, inspirando a aquellos dispuestos a buscar la grandeza más allá de las limitaciones humanas.

jueves, 20 de julio de 2023

Marcharse de ti…

Cuando me congela, salgo a buscarla,
incapaz de ver al futuro como algo mejor.
Mientras me pierdo no me dejo encontrar
porque el alma no refleja lo que somos.
 
Me enfrento a mí, no huyo, pero me cuesta derribarme.
Hecho trizas por la vida, tratando de sobrevivir,
cómo se puede, en una soledad acompañada,
buscando la forma de no volver a herir.
 
Hago lo que puedo mientras todos dicen lo que debo.
Pocas cosas quedan, casi todo ya lo di.
Los ojos besan antes que la boca, con la tranquilidad
de ya no tener nada más que ocultar.
 
Si las miradas se cruzan
es porque algo buscan.
Me dijeron que hay que alejarse
para que nos extrañen o nos olviden.
 
Hoy todo cambió,
Por eso te dije adiós.
Y así se me cayó un final
y un comienzo se perdió para siempre.

miércoles, 5 de julio de 2023

Ella, el tiempo y el mar…

En un instante efímero sucede, es el tiempo que nos atraviesa, sin poder aprehenderlo, su esencia se desvanece. Ella llora, sus lágrimas, caen a cuentagotas sin tregua, gotas que nunca caerán en el vasto mar que florece y lejano se encuentra.
El tiempo, misterioso, se escapa entre los dedos, intentamos comprenderlo, más se vuelve escurridizo. Sus lágrimas, como gemas, en sus ojos quedan presas, anhelando el océano, donde nunca encontrarán el abrigo prometido.
Las agujas del reloj marcan momentos fugaces, en el fluir constante, buscamos por instantes su significado. Ella en silencio llora, sus lágrimas casi invisibles, perdidas en el camino, caen inadvertidas, sin encontrar su destino.
El tiempo es un enigma, un río sin contornos, ella llora en silencio, sin alcanzar el mar azul. Las gotas cristalinas, su tristeza eterna adornan, pero nunca se mezclarán en el océano, ya que desafortunadamente perecerán con anterioridad.
Atravesamos el tiempo, sin poderlo comprender, y en su rostro afloran lágrimas, un llanto sin final. Esas gotas solitarias, nunca se mezclarán con el mar, una tristeza suspendida en el tiempo, sin escapatoria, ni final.
Ella intentó ir al mar y hundirse juntos, sintiendo al agua en su piel, buscó refugio. Mientras él se hundía en penas y desencantos, ella luchaba por encontrar su propio valor perdido.
¿Vale la pena intentar el dolor que nos lleva a descubrir quiénes somos? En esa encrucijada de lágrimas y desvelos, ella se cuestionaba, buscando ciega, horizontes donde naufragar.
El mar, testigo mudo de su conflicto, le indicó vagas sendas hacia la libertad y el olvido. Pero él, sumido en la oscuridad de sus tormentos, se hundía más profundo, sin poderse hallar.
La vida nos lleva por caminos inciertos, donde el sufrimiento parece ser el precio a pagar. Pero ella, valiente, se negaba a sucumbir en desiertos, y buscaba en el mar la fuerza para renacer y amar.
Quizás el dolor sea una guía hacia la autenticidad, una llave que desbloquea las cadenas del conformismo. Ella deseaba encontrar su propia felicidad, y en las profundidades del océano hallar su propio abismo.
Entonces, en su búsqueda de ser fiel a sí misma, decidió nadar contra la corriente y emprender, la búsqueda que supone que vale la pena luchar y renacer.

martes, 27 de junio de 2023

Mi fantasma…

 
La melancolía se apodera del espíritu de forma sigilosa, como una sombra que se desliza sin ser vista. A menudo, nos encontramos contemplando fotos, y nos detenemos en los rostros sonrientes y las escenas llenas de vida que nos eran familiares, pero que de alguna manera parecen haberse desvanecido con el paso del tiempo. Muchas de aquellas personas ya no están, otras, han cambiado tanto que parecieran ser otros. Uno se mira de cerca y tampoco es el mismo que aparece en esas instantáneas de Joseph Nicéphore Niépce, así la sensación de pérdida, inevitablemente lo termina embargando a uno, y en muchos casos no podemos identificar qué es exactamente lo que habíamos perdido, o lo que buscamos cuando comenzamos a increpar al pasado entre los recuerdos.
Durante mucho tiempo pensé que ella era mi fantasma, siempre escondida en un rincón lejano de mi mente, intangible, impronunciable, en lo obscuro, trayendo consigo en cada aparición, un perfume agradable de melancolía. Entonces uno comienza un viaje que no termina, donde va vagando por un laberinto interminable, persiguiendo sombras borrosas que parecieran escaparse constantemente. Como una especie de mal sueño, donde uno despierta con el corazón acelerado y la respiración cortada. Yo sé que vos me entendés.
Hace un mes, descubrí una vieja caja de madera cubierta de polvo y olvido, en lo alto de mi placar. Hacía años que estaba ahí y la curiosidad me impulsó a abrirla, revelando ante mis ojos un tesoro de recuerdos olvidados. Fotografías, cartas escritas a mano y pequeños objetos que resultaron tener una carga emocional especial y que eran pedacitos de mí. Pero esas cartas tan llenas de anhelos y confesiones amor, ya no estaban vigentes y aquellos objetos que habían sido testigos silenciosos de momentos significativos, tal vez, ya no eran tan importantes.
Las imágenes se hacen presentes con cada recuerdo, como quién busca en la amistad y el amor la respuesta a la pregunta más difícil: ¿Quién soy yo? Y con el paso de los minutos, entiende que cada vez quedan menos islas dónde naufragar en caso de no haber respuesta.
Y así comienza un sinfín de indagaciones y soliloquios retóricos que pudieran llenar miles de parágrafos, sin sumar nada, sin siquiera advertir lo efímero de la condición humana y de nuestras conexiones, interacciones y relaciones durante la propia perennidad. Por eso, a veces, aparece mi fantasma para recordarme que no sólo uno es un ave de paso, sino que también en la construcción de nuestra vida, nos hallamos con personas que nos apalancan, que nos ayudan a construir andamiajes y también de las otras, que nos hunden, nos hacen daño y nos juegan en contra.
Esa misma tarde, hace un mes, cerré esa caja de madera y la volví a dejar en ese lugar casi inaccesible en la que la había hallado, para que permaneciera allí todo el tiempo que mi olvido lo permita. No es que reniegue de los fantasmas, sino que hace tiempo que no me gusta que me visiten y de a poco me fui desacostumbrando a esa idea.
Quizás siempre fui yo mi fantasma y eso es lo que más me asusta, o a lo mejor lo sos vos, que lees esto. Vos sos mi fantasma y aún no lo sé; o te vas a convertir en mi fantasma y todavía no lo sabemos, ni averiguamos, pero entendemos que, en esta playa sin mar, cada tanto volveremos, como verdaderos fugitivos a buscar una pista de los que fuimos y ya no seremos nunca más.

jueves, 15 de junio de 2023

Fotos nuevas de mi…

 
Siempre consideré que la fotografía es un medio muy poderoso que nos permite expresarnos cada vez que nos disponemos, por ejemplo, a capturar momentos, emociones y retratar la realidad que nos rodea. Sin embargo, hay algo más profundo en la relación entre la imagen de uno mismo y la imagen de uno que tienen los demás. ¿Cómo nos vemos a nosotros mismos a través de los ojos de los otros? ¿Cómo nos perciben los demás y cómo nuestra propia identidad se refleja en las personas cercanas?
Me gusta la idea de que cada persona es una fotografía única, con su propia historia, colores y perspectivas, que pueden ser a color o en blanco y negro, aunque también hay quiénes se animan y viven todo en color sepia. Ahora bien, visualicemos a esas fotografías, e imaginemos que se entrelazan, superponen y se conectan, formando una especie de mosaico o collage de imágenes. Cada foto, a su forma representa a alguien que ha dejado una impresión en nuestra vida, alguien que nos ha influido de alguna manera, cuyo impacto se mantiene y nos ha dejado una marca para siempre.
Al observar este collage de fotografías, podemos reflexionar sobre cómo las percepciones y las interacciones con los demás nos moldean y nos ayudan a construir nuestra identidad. Cada imagen en ese mosaico es un reflejo de nuestras experiencias compartidas, los momentos que hemos vivido juntos y cómo nos hemos influido mutuamente.
Algunas fotografías pueden mostrarnos nuestro lado más fuerte y valiente, capturando momentos de éxito y logros. Otras pueden reflejar nuestras debilidades y vulnerabilidades, recordándonos que también somos seres imperfectos. Pero, independientemente de cómo aparecieron esas imágenes, todas son importantes para comprender quiénes somos en relación con los demás y de los demás con uno.
Muchas fotografías alejan a las personas, mostrándonos que ya no están. Algunos, en la noche, las observamos y ellas nos dicen: “No me busques, ya no estoy”. Otras de cuando somos pequeños nos dicen: “ya me fui”. O la de las reuniones multitudinarias: “Mirá que estás solo”.
La imagen que proyectamos hacia los demás, a menudo, es una interpretación subjetiva de nosotros mismos. Pero al igual que en una fotografía, no siempre se logra capturar la esencia completa de quienes somos. A veces, la imagen que otros ven de nosotros puede estar distorsionada por prejuicios, expectativas, frustraciones, decepciones, o incluso proyecciones personales.
Dicen que es esencial recordar que somos más que la suma de esas imágenes. Somos seres en constante evolución, cuyas fotografías se modifican y se desarrollan a lo largo del tiempo. La forma en que nos relacionamos con los demás y cómo nos ven puede influir en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos, pero también es importante recordar que tenemos el poder de redefinirnos y reinventarnos. Claro está, yo no cuento con esa capacidad, por mucho que lo intente con fuerte ahínco.
Por un juego o ejercicio, le pedí hace un tiempo a las personas con las que más contacto tengo últimamente, que jueguen a traerme fotos nuevas de mí, que me digan cómo me veo, que me cuenten sus impresiones. Imaginé una conexión inconsciente con ellos, atravesando juntos un laberinto sin mapas, donde a ciegas, siguiendo mil pisadas, me iban trayendo pedacitos de mí, granitos de arena que constituyen mi cuartel infernal, ahí donde habita el que les escribe. Y de esas fotos nuevas, se refleja mi inteligencia, carisma y empatía según Sabri. Martín destaca mi generosidad, comprensión, humildad y resalta mi calidad como amigo. Cristian ve en mi la integridad, la responsabilidad social y la generosidad. Lean pondera mi lealtad, justicia y calidez, así como mi desinterés por lo material.
Esteban me percibe como un gran compañero, honesto y sencillo, mientras que Fede destaca mi atención a los detalles, perseverancia y sensibilidad. El mago aprecia mis valores de amistad, capacidad para recordar momentos, para redactar y transmitir historias. También menciona mi compromiso y facilidad para educar.
Mili me ve como alguien amable, generoso y atento, especialmente dispuesto para escuchar a los demás. Chegu enfatiza mi creatividad, perseverancia y amistosidad, mientras que Ailén me ve prudente, creativo, bueno y amigable.
La inefable Vero subraya mi lealtad, cariño y atención a los detalles, así como mi inteligencia y capacidad reflexiva. Dami me ve como alguien amable, generoso, humilde y leal. Adán destaca mi sinceridad, afecto, paciencia y habilidad comunicativa, también mi capacidad contemplativa para observar con dedicación.
Finalmente, mi geólogo de referencia Martín menciona que soy un tipo poco vulgar, acentuando que soy afectuoso y que me gustan las cosas sencillas, pero también me ve como un ser melancólico.
A lo mejor, esta reflexión sobre la imagen de uno en los otros, intenta ser una vana invitación a valorar la conexión humana y reconocer que nuestras vidas están entrelazadas en una red de experiencias compartidas. Cada persona que encontramos, cada imagen que se cruza en nuestro camino, deja una marca en nosotros y también deja una marca en ellos. Nuestras historias se entrelazan y nuestras imágenes se reflejan, creando un lienzo único, imperfecto e imperceptible, que en muchos casos acalla lo más importante… esas fotos con el tiempo se van a degradar… pero, por el momento, me dejan ver fotos nuevas de mí.

jueves, 8 de junio de 2023

¿A dónde van?...

No fue difícil enamorarme de Sofía,
ni de su risa, ni de su mirada.
¿Cómo me visto de olvidar
si mi cabeza no te deja de nombrar?
 
Te pedí perdón apurando
un vaso para mi seca garganta.
¿A dónde van las palabras
cuando estamos en silencio total?
 
Cada poema se desmorona con el presente
que a su tiempo tiende a ser eterno.
¿A dónde vamos cuándo se pierde la mirada
y el pensamiento mirando la nada?
 
Cuando la noche abrace al cielo,
millones de estrellas podrás contar,
cada una de ellas son un beso
que mi corazón te envía desde acá.
 
Si por la mañana al despertarte
sentís al Sol que te abraza,
es porque estoy pensándote.
Y cuando haya cruzado el cielo,
sumando al calendario un día,
le contaré todo lo que te quiero.
 
Si las noches se vuelven eternas
y los días se tornan grises,
es porque en un llanto me hallarás.
¿Cómo se apuesta a lo diferente?
¿Cómo se llena el vacío que ocupabas
cuando el futuro no entusiasma?
 
Si cansada por el día que no termina
curioseando la cabeza te cuestiona:
¿A dónde van las promesas
que no se concretarán jamás?
 
Me enamoré de tus ojos que
nunca se iban a fijar en mi
¿Acaso esas miradas
tú sabes a dónde se van?

miércoles, 31 de mayo de 2023

Huyendo en el furgón…

 
Anoche mientras huía, me puse meditativo y taciturno, como si fuera un fantasma nostálgico de lo que alguna vez fui. Pensé en muchas cosas, me sumergí en reflexiones melancólicas, tal vez de manera excesiva.
Si me pongo a pensar con frialdad, debo admitir que las despedidas no me agradan. Cada vez que me despedí de alguien fue pagando un gran precio, el precio de una herida, de una huella demasiado profunda, o un surco en mis días. Por alguna razón, mi vida quiso que año tras año afronte nuevas despedidas, y éstas, a su manera, me dejan un sabor agridulce a diferencia de las otras, y esto se debe a que algunas veces ellos vuelven a saludarme, me escriben para saber qué es de mi vida, o qué es lo que hago y en algunos casos especiales, se han vuelto mis amigos. Siempre que egresan mis estudiantes, se llevan con ellos un poquito de mi y yo me quedo con mi tesoro más grande… los recuerdos.
Esta tarde vi sin querer “Cinema Paradiso” y siempre me quiebro en la escena en la que Alfredo le dice a Toto: “- Vete y no vuelvas, no pienses en nosotros, no llames, no escribas, no te dejes engañar por la nostalgia. Olvídanos. Si regresas, no quiero que vengas a verme, no te dejaré entrar en mi casa. Y hagas lo que hagas, ámalo, como amabas la cabina del Cinema Paradiso”. Toda vez que pienso en Buenos Aires me pasa algo similar. Tal vez por eso, hace un tiempo que no quiero pensar más en ello, no quiero regresar, no llamo ni escribo más a nadie, porque a la larga, siempre se termina apoderando de mis pensamientos la nostalgia. En Buenos Aires quedaron muchos pedazos de mí, ya sea en las calles obscuras, solitarias y peligrosas de Lugano por la madrugada, o en la mirada perdida en el horizonte del mar dulce; también en las carcajadas de la costanera y Puerto Madero, o en el sonido de las vías del Sarmiento cuando era demasiado temprano (tarde) para volver a casa.
Me fragmento, últimamente me pasa muy seguido, siempre ocurre mientras el viento me atraviesa. Mi cabeza se frena y acelera y me siento transitorio, efímero, en todas partes. Pienso en la esperanza como un método de superación del presente; a lo mejor si el presente no es interesante, quizás en la esperanza de algo mejor, logre condimentar lo cotidiano. Aunque en el fondo, una voz tenue y lejana me advierte: “No podés dejar de ser lo que sos”. Siempre lo pienso, no es lo que soy, es quién soy; quizás ese es el problema, mi forma de funcionar en el mundo, esa manera de pensar que se sustenta en que todo el pasado se puede salvar en el presente.
¿Y sabés? Estoy desorientado. Más bien perdido. No sé lo que tengo que hacer... Parece que sólo escapo para protegerme, pero evidentemente esto no funciona más. Me aterra pensar que repito los mismos patrones, que sigo siendo igual de ineficaz para abordar lo que realmente es importante, lo que gravita en mi vida y lo peor, cada vez que me hallo cometiendo el mismo error, no puedo predecirlo, ni cambiarlo.
Anoche mientras dormía soñaba que me perdía. Pero no una vez, sino muchas veces, y mientras me perdía no me dejaba encontrar. Hasta que alguien (ella), me encontró arrodillado al borde de un error, y mirándome a los ojos, mientras me acariciaba una mejilla, me dijo: “¿Vale la pena intentar el dolor que lleva a ser uno mismo?” Creo que me desperté por la increíble vergüenza de sentirme descubierto. De sentirme tocado.
Por eso en esas noches en las que no entiendo más nada, y que me miro a la cara, me gusta escaparme de mi, como polizón en el furgón de mi alma.

martes, 9 de mayo de 2023

Beligerancia temporal….

Conversando la otra noche con Fede, me di cuenta, muy a mi pesar, que el universo tiende al olvido. Así como nosotros algún día nos convertiremos en petróleo y nadie nos recordará, la historia también tiende en ese sentido, indefectiblemente hacia el olvido. Tu historia, mi historia, la historia de todos los que conocemos o conocimos, tarde o temprano será olvidada. A veces, esto se vuelve un poco melancólico, triste y hasta depresivo; pensar que los recuerdos (todos) de la vida de una persona al final de sus días caben en 10 o 12 horas… y que todo lo demás se ha olvidado.
El papá de mi papá murió hace muchos años, yo no lo llegué a conocer porque murió cuando mi viejo era muy joven, y la realidad es que cuando mi tía y mi viejo fallezcan, ya nadie se acordará de él. Y dentro de una generación, a lo mejor, no habrá nadie que recuerde aún lo que es un zoológico. Esto quiere decir, entonces, que tendemos al olvido.
Es por ello que me puse a pensar que todo lo que uno puede hacer ante esto, es dar una cierta beligerancia y dilatar la vida de la memoria todo lo que sea posible, todo lo que se pueda. Pero muy en el fondo, uno sabe que nunca vencerá, que es una batalla perdida. Así como en la termodinámica, la flecha del tiempo indica que hay un sentido para las transformaciones, la lucha contra el olvido, es de algún modo, cómo luchar contra la muerte, o como el intento de transmutar metales; o lo que es peor, la posibilidad de que llegue aquel día en que me quieras.
Entonces, el olvido, es la muerte… y la memoria, es la vida. Empiezo a creer que somos muy pocas cosas más que nuestra memoria.
Quizás, toda la vida estuve un poco loco y me pasé de alguna manera, ejercitando y apostando a la memoria, incluso inútilmente; a lo mejor para no olvidar del todo de dónde vengo y quién soy. Pero lo cierto es que cada vez queda menos de esa persona que era. Cuando era más chico, trataba de recordar las letras de muchas canciones, de datos mecánicos, las formaciones de Boca Jr., entre otros datos anecdóticos, y creo que inconscientemente realizaba ese ejercicio de memoria como una de mis batallas en mi lucha contra la muerte. Pero aquella, era (y es) una lucha que sólo sirve para ir retrasando la victoria final, que será siempre del olvido.
Si me pongo a reflexionar, quisiera ser recordado por las cosas buenas que generé en los demás, por anécdotas distintas a todas, por un momento de reflexión que rompió una rutina, o por un llanto tras sacarnos el velo de lo cotidiano para hallarnos, desnudos, ante el abismo de lo que somos y no nos gusta. Quisiera ser recordado como alguien especial, alguien que de algún modo dejó una huella, una marca, un pensamiento. Quisiera que cierta noche cuando mires las estrellas recuerdes alguna que te nombré mientras la señalaba, o mejor, que cuando vayas manejando por la ruta y te cuelgues viendo la sucesión de asfalto, esboces una sonrisa recordando alguna payasada mía. No estaría mal que me recuerdes por aquella frase que quisiste atesorar, o por lo torpe que soy cuando quiero expresar algo que me gusta, que me duele, que me angustia o quiero. Con esto quiero decir, y espero que se entienda: ¡Quiero ser recordado!
Yo creo que a veces hace bien recordar, toda vez que el destino final del universo es el olvido; pero también creo que un recuerdo total y absoluto conduce a la locura, o indefectiblemente a la muerte. Esto quiere decir que debemos recordar que, después de todo, el destino de todos nosotros es también la muerte y que cada día nos morimos y que está bien olvidar por momentos que este proceso transcurre de manera indefectible. Entonces, es sabio olvidar algunas cosas, es sabio olvidar un poco, pero claro: ¿Cómo hacer un olvido selectivo de manera eficaz? La respuesta es que no lo sé.
¿Qué quiere decir todo esto? y la verdad es que tampoco lo sé con claridad. A decir verdad, cada vez que me propongo a responder preguntas, nace una nueva; pero si les puedo decir algo que no es ninguna novedad, sin embargo, es lo que siento: si tuviéramos esta charla en la barra o mesa de un bar, te diría que creo que hay que ejercer una cierta sabiduría entre el recuerdo y el olvido.