miércoles, 31 de mayo de 2023

Huyendo en el furgón…

 
Anoche mientras huía, me puse meditativo y taciturno, como si fuera un fantasma nostálgico de lo que alguna vez fui. Pensé en muchas cosas, me sumergí en reflexiones melancólicas, tal vez de manera excesiva.
Si me pongo a pensar con frialdad, debo admitir que las despedidas no me agradan. Cada vez que me despedí de alguien fue pagando un gran precio, el precio de una herida, de una huella demasiado profunda, o un surco en mis días. Por alguna razón, mi vida quiso que año tras año afronte nuevas despedidas, y éstas, a su manera, me dejan un sabor agridulce a diferencia de las otras, y esto se debe a que algunas veces ellos vuelven a saludarme, me escriben para saber qué es de mi vida, o qué es lo que hago y en algunos casos especiales, se han vuelto mis amigos. Siempre que egresan mis estudiantes, se llevan con ellos un poquito de mi y yo me quedo con mi tesoro más grande… los recuerdos.
Esta tarde vi sin querer “Cinema Paradiso” y siempre me quiebro en la escena en la que Alfredo le dice a Toto: “- Vete y no vuelvas, no pienses en nosotros, no llames, no escribas, no te dejes engañar por la nostalgia. Olvídanos. Si regresas, no quiero que vengas a verme, no te dejaré entrar en mi casa. Y hagas lo que hagas, ámalo, como amabas la cabina del Cinema Paradiso”. Toda vez que pienso en Buenos Aires me pasa algo similar. Tal vez por eso, hace un tiempo que no quiero pensar más en ello, no quiero regresar, no llamo ni escribo más a nadie, porque a la larga, siempre se termina apoderando de mis pensamientos la nostalgia. En Buenos Aires quedaron muchos pedazos de mí, ya sea en las calles obscuras, solitarias y peligrosas de Lugano por la madrugada, o en la mirada perdida en el horizonte del mar dulce; también en las carcajadas de la costanera y Puerto Madero, o en el sonido de las vías del Sarmiento cuando era demasiado temprano (tarde) para volver a casa.
Me fragmento, últimamente me pasa muy seguido, siempre ocurre mientras el viento me atraviesa. Mi cabeza se frena y acelera y me siento transitorio, efímero, en todas partes. Pienso en la esperanza como un método de superación del presente; a lo mejor si el presente no es interesante, quizás en la esperanza de algo mejor, logre condimentar lo cotidiano. Aunque en el fondo, una voz tenue y lejana me advierte: “No podés dejar de ser lo que sos”. Siempre lo pienso, no es lo que soy, es quién soy; quizás ese es el problema, mi forma de funcionar en el mundo, esa manera de pensar que se sustenta en que todo el pasado se puede salvar en el presente.
¿Y sabés? Estoy desorientado. Más bien perdido. No sé lo que tengo que hacer... Parece que sólo escapo para protegerme, pero evidentemente esto no funciona más. Me aterra pensar que repito los mismos patrones, que sigo siendo igual de ineficaz para abordar lo que realmente es importante, lo que gravita en mi vida y lo peor, cada vez que me hallo cometiendo el mismo error, no puedo predecirlo, ni cambiarlo.
Anoche mientras dormía soñaba que me perdía. Pero no una vez, sino muchas veces, y mientras me perdía no me dejaba encontrar. Hasta que alguien (ella), me encontró arrodillado al borde de un error, y mirándome a los ojos, mientras me acariciaba una mejilla, me dijo: “¿Vale la pena intentar el dolor que lleva a ser uno mismo?” Creo que me desperté por la increíble vergüenza de sentirme descubierto. De sentirme tocado.
Por eso en esas noches en las que no entiendo más nada, y que me miro a la cara, me gusta escaparme de mi, como polizón en el furgón de mi alma.

martes, 9 de mayo de 2023

Beligerancia temporal….

Conversando la otra noche con Fede, me di cuenta, muy a mi pesar, que el universo tiende al olvido. Así como nosotros algún día nos convertiremos en petróleo y nadie nos recordará, la historia también tiende en ese sentido, indefectiblemente hacia el olvido. Tu historia, mi historia, la historia de todos los que conocemos o conocimos, tarde o temprano será olvidada. A veces, esto se vuelve un poco melancólico, triste y hasta depresivo; pensar que los recuerdos (todos) de la vida de una persona al final de sus días caben en 10 o 12 horas… y que todo lo demás se ha olvidado.
El papá de mi papá murió hace muchos años, yo no lo llegué a conocer porque murió cuando mi viejo era muy joven, y la realidad es que cuando mi tía y mi viejo fallezcan, ya nadie se acordará de él. Y dentro de una generación, a lo mejor, no habrá nadie que recuerde aún lo que es un zoológico. Esto quiere decir, entonces, que tendemos al olvido.
Es por ello que me puse a pensar que todo lo que uno puede hacer ante esto, es dar una cierta beligerancia y dilatar la vida de la memoria todo lo que sea posible, todo lo que se pueda. Pero muy en el fondo, uno sabe que nunca vencerá, que es una batalla perdida. Así como en la termodinámica, la flecha del tiempo indica que hay un sentido para las transformaciones, la lucha contra el olvido, es de algún modo, cómo luchar contra la muerte, o como el intento de transmutar metales; o lo que es peor, la posibilidad de que llegue aquel día en que me quieras.
Entonces, el olvido, es la muerte… y la memoria, es la vida. Empiezo a creer que somos muy pocas cosas más que nuestra memoria.
Quizás, toda la vida estuve un poco loco y me pasé de alguna manera, ejercitando y apostando a la memoria, incluso inútilmente; a lo mejor para no olvidar del todo de dónde vengo y quién soy. Pero lo cierto es que cada vez queda menos de esa persona que era. Cuando era más chico, trataba de recordar las letras de muchas canciones, de datos mecánicos, las formaciones de Boca Jr., entre otros datos anecdóticos, y creo que inconscientemente realizaba ese ejercicio de memoria como una de mis batallas en mi lucha contra la muerte. Pero aquella, era (y es) una lucha que sólo sirve para ir retrasando la victoria final, que será siempre del olvido.
Si me pongo a reflexionar, quisiera ser recordado por las cosas buenas que generé en los demás, por anécdotas distintas a todas, por un momento de reflexión que rompió una rutina, o por un llanto tras sacarnos el velo de lo cotidiano para hallarnos, desnudos, ante el abismo de lo que somos y no nos gusta. Quisiera ser recordado como alguien especial, alguien que de algún modo dejó una huella, una marca, un pensamiento. Quisiera que cierta noche cuando mires las estrellas recuerdes alguna que te nombré mientras la señalaba, o mejor, que cuando vayas manejando por la ruta y te cuelgues viendo la sucesión de asfalto, esboces una sonrisa recordando alguna payasada mía. No estaría mal que me recuerdes por aquella frase que quisiste atesorar, o por lo torpe que soy cuando quiero expresar algo que me gusta, que me duele, que me angustia o quiero. Con esto quiero decir, y espero que se entienda: ¡Quiero ser recordado!
Yo creo que a veces hace bien recordar, toda vez que el destino final del universo es el olvido; pero también creo que un recuerdo total y absoluto conduce a la locura, o indefectiblemente a la muerte. Esto quiere decir que debemos recordar que, después de todo, el destino de todos nosotros es también la muerte y que cada día nos morimos y que está bien olvidar por momentos que este proceso transcurre de manera indefectible. Entonces, es sabio olvidar algunas cosas, es sabio olvidar un poco, pero claro: ¿Cómo hacer un olvido selectivo de manera eficaz? La respuesta es que no lo sé.
¿Qué quiere decir todo esto? y la verdad es que tampoco lo sé con claridad. A decir verdad, cada vez que me propongo a responder preguntas, nace una nueva; pero si les puedo decir algo que no es ninguna novedad, sin embargo, es lo que siento: si tuviéramos esta charla en la barra o mesa de un bar, te diría que creo que hay que ejercer una cierta sabiduría entre el recuerdo y el olvido.

 

viernes, 21 de abril de 2023

El club de los martes…

Hubo una tarde, tal vez, un jueves nublado, no, era un martes… ya les contaré cómo lo sé, dónde me encontré en el parque del centenario con Victoria. Elegimos ese lugar porque quedaba cerca del departamento donde en aquel entonces vivía Verónica, mi amiga y su prima. Por ella es que nos habíamos conocido hacía unas semanas en el parque Rivadavia. Estuvimos ahí un buen rato y charlamos mucho de la vida, de nuestras historias, en fin, de nosotros. Recuerdo como sus ojos resaltaban en contraste con el lago del parque, los patos y gansos y el cielo gris de Buenos Aires. Su risa, provocada por alguna payasada mía, rompía la monotonía del lugar y es de los tesoros que me guardé para siempre en mi libro de bitácoras. De algún modo, yo sentía que esa tarde iba a terminar lloviendo, y entre comentarios y chistes, aquello se fue convirtiendo en una realidad: Primero por el presagio de algunos truenos, luego por la caída de unas tímidas gotas, lo que nos obligó a levantarnos del banco y comenzar a caminar con rumbo a su casa. No se hizo esperar el diluvio, y nos largamos a correr tomados de nuestras manos, corrimos bastante, unas siete cuadras (quizá fueron más), con los años empiezo a olvidar los nombres de las calles de Buenos Aires; nos íbamos riendo y evitando canteros, personas y cuasi caídas cuando cruzábamos calles de adoquines empapados. Por fin llegamos al cobijo de un balcón, en la esquina de su casa y empapados nos quedamos charlando. Hablamos mucho, nos abrazamos porque sentíamos frío, recuerdo bien como temblaba su cuerpo y como la abrazaba para sostener el calor de ambos, hasta que, en un momento, improvisadamente, ella me miró a los ojos y me besó. Y no les miento si les digo que, quizás fue el beso más lindo que alguien me haya dado jamás.
¡Qué bien!, a veces mi vida tiene esos destellos, esas carambolas, inesperada, sorpresivas. Ese beso fue tanto más lindo por lo inadvertido, y la verdad es que nos besamos mucho, bajo ese balcón, durante mucho tiempo, abrazados, como dos verdaderos enamorados. Al rato, me invitó a pasar a su casa, y así como entré, me presentó a su vieja a la pasada y subimos a su terraza, con un toallón que tomó en la corrida. Mientras nos íbamos secando, nos seguimos besando, créanme, nos besamos durante mucho, mucho, mucho, tiempo.
Claro, era un martes, como les había dicho, y lo sé porque los martes tocaban “Los Tipitos” en el Marquee, en la calle Scalabrini Ortiz 666. Habíamos coordinado con Vero que nos íbamos a encontrar en aquel lugar, a la noche, junto con mis amigos Germán y Darío. Lo cierto es que nunca paró de llover y mientras nos besamos con Vicky, y nos decíamos promesas de esperanza y amor, el tiempo pasaba muy rápido.
Así llegaron las 21 hs. y debía, de algún modo partir. Mi melancolía mientras escribo esto, me obliga a quedarme en aquella terraza abrazado a ella, pero no fue así. La cuestión es que le pregunté si quería acompañarme y me dijo que no porque tenía tarea y al otro día iba temprano a la escuela. Tras un beso interminable de despedida y un fuerte abrazo en la puerta de su casa, salí corriendo bajo la lluvia. Atravesé todo el parque del centenario, eso me hacía acortar camino y llegar lo más pronto posible al lugar en el cual me encontraría con Vero y mis amigo. Como siempre, estaba llegando tarde.
Por esas cuestiones del destino, mis amigos Darío y Germán, llegaron tarde a la casa de Victoria, lugar donde nos íbamos a encontrar. En aquel entonces ninguno tenía teléfono celular y al ver que no llegaban, yo me fui. Ellos tocaron el timbre de donde vivía Victoria y ella les dijo que yo me había ido hacía un rato. Al igual que yo, cruzaron todo el parque, empapándose, para llegar al lugar donde nos íbamos a encontrar. No hace falta explicar por qué somos amigos…
Lo cierto, es que nos encontramos en algún momento en la entrada de aquel lugar, y nos abrazamos, todos mojados y felices de haber llegado, de haber podido atravesar aquel chaparrón, y también, me felicitaron por la belleza de aquella dama que, de algún modo, me supo conquistar en aquel entonces y que siempre recuerdo con mucho cariño.
Recuerdo en particular esta historia porque en la entrada, nos encontramos al baterista de la banda: Pablo Tevez, y junto a Verónica, que me hizo la segunda, le pedí que tocaran un tema que me gusta mucho de ellos, que se llama “Balvanera”. Pablo acepto, con una sonrisa, mientras jugaba con lo palillos en sus manos.
Ingresamos al Marquee y la banda inauguró su presentación acústica con aquella canción.
Éramos jóvenes. Éramos adolescentes, mitad niños y mitad adultos, disfrutamos cantar, saltar abrazados, empapados beber mil cervezas, mientras sonaba la banda; respirábamos y nos mirábamos a los ojos, e indeciblemente, entendíamos que lo que estábamos haciendo estaba bien, siendo martes después de la medianoche y teniendo que entrar a trabajar al otro día a las ocho de la mañana.

jueves, 13 de abril de 2023

Concluyendo…

 
Después de muchos años llegué a una conclusión que me asusta y a la vez me sorprende. Amar a alguien que, por alguna razón, la que fuera, no puede corresponder a nuestro amor es extremadamente doloroso, es lo más parecido a la muerte de un ser querido, y sobran a lo largo de la historia obras y escritos respecto al tema en cuestión.
Pareciera que mientras más lea uno, mientras más se anime a escribir, o a sumergirse en la propia obscuridad, ahí donde habita lo que nos molesta, más espera encontrar respuestas – con una importante tasa de interés, de suspenso, que gradualmente y a la larga, nos embarga - buscamos de alguna manera descubrir un desenlace que cierra un ciclo y nos abre a otras páginas, ya no escritas, sino por escribirse. O a lo mejor, por vivirse.
La severidad y frialdad son propicias sólo para ciertos aspectos, no para los románticos y mucho menos para los poetas, o aquellos que tenemos pretensiones de serlo. Con el correr del tiempo hay que encontrar la manera para que no se conviertan en consejeras constantes, hay que aprender a dejarlas de lado, a intentar de algún modo la forma de no permitir que sus susurros lleguen lejos en nuestros oídos.
Amar a alguien que no te corresponde, muchas veces saca lo mejor de uno, toda vez que nos permite validar juegos de la imaginación, donde se presentan todo tipo de circunstancias; y
los poetas se la pasan escribiendo al respecto, aluden a ello como el dolor más grande que sintieron. Pero si se atreven a ver un poco más allá, si uno se anima a hacer caso a algunos poetas y artistas, a lo mejor encuentre cierta belleza en esa clase de amor. Un amor tan puro, una llama que quema y brilla y que no es alterada, fenecida o corrompida por la realidad cotidiana. Cada día es tan puro y perfecto como aquel día en que la llama comenzó a arder; y como ser melancólico y romántico que soy, prefiero aferrarme a eso cada vez que me sea posible.

viernes, 7 de abril de 2023

Milagros VII…

No sé si fue por la torrencial lluvia del fin de semana, o por la situación anímica que estoy atravesando, pero ayer a la tarde me acordé de Milagros; y eso es raro porque ya nunca pasa eso. Tal vez sea porque últimamente estuve recordando algunos sucesos del pasado con Vero, o será que quiero distraerme pensando en otras cosas, para no pensar en lo que me desvela desde hace algún tiempo.
Si bien es cierto que mi relación con Milagros fue siempre crepuscular, creo que nunca conté nuestro último encuentro tras aquella despedida en “Onelli”. No es que sea muy importante, pero a lo mejor, esto, también es una forma de cerrar una persiana, porque sin lugar a dudas eso fue lo que pasó con ella en aquel entonces.
Tras quedarme pensando en lo difícil que resultó nuestro último encuentro, y quizás demasiado apegado a mis principios, tomé valor y escribí a Milagro para saber como estaba. El ida y vuelta fue cortante y sólo a los fines de responder lo que se interrogaba, sin detalles, sin ánimos de continuar una conversación. Debo reconocer que se me volvía frustrante la tarea de sostenes una comunicación con alguien que evidentemente no tenía intenciones de mantener un diálogo.
Dejé pasar unos días, repetí la misma operación, con el mismo resultado. Por lo que no le escribí más. A veces es mejor distanciarse para ver con otra perspectiva, o desde una loma más alta lo que ocurre.
Esas semanas eran traumáticas, porque cerraba los cuatrimestres en el instituto, mis horarios eran insoportables, entre el trabajo y el profesorado. Lo único que me daba ánimos era un viaje a Ventania, con mi amigo Lucas; el mismo era necesario e imperioso. Al llegar a mi casa, un jueves cerca de medianoche, revisé el correo electrónico, como era mi costumbre y tenía un e-mail de ella. Era escueto en su contenido: (Sin asunto) “Si tenés ganas de que nos veamos, te espero en el planetario el sábado a las 15 hs. Confirmame por este medio.”
Así fue como aquel sábado al salir del profesorado, y violando las velocidades máximas en avenidas y calles, logré llegar un par de minutos antes que ella al punto de encuentro. Me senté en un banco mientras miraba unos gansos en el lago del bosque de Palermo, y de atrás, al oído, me trepanó los sentidos con su “Hola Roberto”. Me dí vuelta, asustado, y ella se largó a reír mientras hacía chistes de mi susto. Al instante yo también estallé en carcajadas. Todo parecía como siempre.
Un rato después, me tomó del brazo y comenzamos a caminar, mientras, charlábamos de esas cosas que no tienen mucho sentido cuando uno recién se encuentra con alguien que hace mucho que no vé, pero que sirve como para reconectar y sostener una charla. Lo cierto es que no duró mucho, enseguida la noté apagada y con su mirada perdida, buscando esquivarme. Traté de sostener la conversación un instante más, pero también me apagué.
Caminamos un largo rato en silencio. Nos detuvimos frente a unos patos, nos miramos y me abrazó muy fuerte, fue un abrazo largo. Entonces, sentí que empezó a llorar.
– ¿Qué pasa Milagros? ¿Por qué lloras? – Le dije mientras nos abrazamos.
No me respondió. Su llanto era tal, que se me hizo imposible sostenerme incólume y también me rompí, y me largué a sollozar. Era como que necesitaba descargar de esa manera. Creo que las personas que pasaban cerca nunca entendieron lo que estaba ocurriendo. Era el llanto de dos personas desesperadas, desencontradas, perdidas.
– Lloro porque realmente me gustas, y yo a vos no te gusto, y eso me da mucha bronca. – finalmente respondió, mientras yo intentaba calmarla con palmadas en la espalda, acariciándole la cabeza y dándole algunos besos allí también.
– No es que no me gustas, el tema es que tengo a otra persona atravesada en mi cabeza y la verdad es que no quiero empezar nada sin antes cerrar ese capítulo. Siento que pegó en el palo y la verdad es que sé que no se va a concretar, pero no pierdo las esperanzas y eso no me permite encarar nada. Vivo con freno de mano. Me tenés que perdonar. – Atiné a responder entre lágrimas y mocos. Sin dudas lo mío era un espectáculo deplorable.
Interrumpió el abrazo para aceptar el pañuelo que le ofrecí. Los dos estábamos destruidos por el llanto. Le acaricié las mejillas para secarle el rastro que sus lágrimas habían surcado en su rostro.
– Bueno, no queda más que decir entonces Roberto. Al final es como te dije la otra vez, todo lo arruinas, todo lo rompés. Sos un desastre chabón. – Levantó el tono mientras caminaba.
– ¡Pará Milagros! Te estoy siendo re sincero, no entiendo por qué reaccionás así. Después de todo, ya sabés como soy. No puedo renunciar a mis principios.
– ¿Tus principios? ¿Cuáles? ¿Los del amor ideal romántico? ¿Los principios de los amores nunca resueltos? ¿O los principios de los amores imposibles? ¿No te das cuenta que vivís en espiral? Tus principios son finales, nene. Siempre vas a terminar igual vos ¿Y sabés qué? Yo no quiero que me arrastres. Yo estoy para más que esto. – Bramó enfurecida, a la vez que la interrumpí.
– Perdón, pero jamás te propuse nada, ni siquiera una amistad, porque sabía como estaba, y vos también sabías de mi condición. Lo hablamos más de una vez. Te pedí que no me pidas nada, y sin embargo, acá estamos. – Respondí a modo de defensa.
– ¿Pero sabés? Ya no vamos a estar más, morite Roberto, vos con tu melancolía, con tus ideas románticas y tu nostalgia, no vales nada flaco. Olvidate de mi. – Fulminó sus palabras con un suspiro y emprendió su caminata a paso veloz y siguiendo el sendero.
Atiné a seguirla, para tratar de calmarla y enmendar la situación, pero me detuve. A veces hay situaciones que no tienen forma de ser enmendadas. Situaciones como la mía con Milagros.
A veces en otoño, me pongo a pensar y aterriza ella en mi cabeza. Me pregunto qué será de su vida, mientras imagino realidades posibles. A lo mejor se fue a vivir a Ushuaia. Quizás tiene familia con un tipo de esos, que se merecen minas como ella.
Esa fue la última vez que ví a Milagros. Esa fue la última situación que viví con ella, en los bosques de Palermo, en otoño… Aunque hay un detalle más que sólo quedará en la memoria.

jueves, 30 de marzo de 2023

Nocturno III...

Agasajado por el más sereno de los silencios, y pese al frío reinante en la habitación, recapituló un viejo manuscrito que yacía abandonado a la vera de su velador; hastiado por el paso del tiempo y con varias tachaduras que reflejaban lo complejo de escribir ideas cuando las mismas son fugaces, como las estrellas observadas desde la ruta minutos antes de arribar a su hogar. Molesto por ello, se levantó de su cama y se dispuso a sentarse en su sillón habitual, su cuartel general, donde solitario, siempre se hallaba y reencontraba. Previo a sentarse, tuvo a bien servirse un vaso completo de escocés de una malta, con tres rocas de hielo. Ya hacía tiempo que había dejado al tabaco, pero siempre tuvo escondido un box de su marca favorita por si la noche lo invitaba a recordar otros tiempos. El procedimiento siempre es el mismo, salvo que Händel esta vez se dispuso a armonizar al lugar. Con el velador encendido y de abajo del sillón, sacó aquel viejo libro que cada tanto sabe consultar. Esta vez lo miró por un buen rato, como meditando si era correcto lo que estaba por iniciar. La mirada fija en la tapa, el vaso al alcance de la mano, como el cenicero y el paquete cerrado de cigarrillos. Respiró hondo y cerró los ojos, el azar sería el encargado de seleccionar la página donde debería comenzar su lectura, y así fue. Con un cigarrillo encendido y con la garganta humedecida por el escocés, comenzó a leer, casi al borde del llanto por las imágenes que volvían una tras otra. Ese hachazo cual puñal, esos golpes recibidos de manera inesperada en aquel sillón y la medianera como método de escape. Todo era muy intenso, demasiada tormenta, no lo toleró… quiso salir corriendo de allí. Migró, entonces, a páginas mas serenas, donde se halló con esquinas y escondites. Un encuentro pactado en la avenida en diagonal con aquel amigo que también sufría insomnio, sólo para charlar, sólo para encontrarse con el sueño mientras el Sol les cubría el rostro y les decía: ya está bueno de andar parloteando. Otro salto de página, la noche estaba ahí; no pretendía ser prolijo, como tampoco lo fue para escoger los atajos para hallar a los recuerdos, que estocásticos, se presentaban como una sucesión de párrafos e imágenes de una vida que hacía tiempo tenía como color preponderante al gris. La bocanada de humo profunda, luego, exhalar el residuo de la combustión para beber un trago grande y aspirar por la boca. La combinación de alcohol y aire le sentía bien. De allí, al dique que supo fotografiar y al parque, donde dedicó una de sus primeras fotografías nocturnas. Pero nunca alcanza cuando uno brinca de recuerdo en recuerdo. Por eso buscó el calor de recitales, de abrazos con amistades y también de parques y lluvias. Así, llegaron los besos y humedades; los sombreros y viajes en autos; los bares y canciones, y también aquel llanto bajo la lluvia en esa estación de tren, sin trenes. Un golpe seco bastó para cerrar aquel libro y quedarse mirando la nada desde el ventanal. Una lechuza lo miró compadeciéndose de quien está atrapado en un pensamiento. Un pensamiento de quién pareciera haber comenzado a comprender que no hay mucho más que esto, y que nada especial espera a las personas. Es en vano pedir una señal, o disponerse a esperar por cuestiones que uno sabe que jamás van a ocurrir, ni se van a presentar para ser documentadas en las hojas libres que aún quedan en el libro de bitácoras aquel.

jueves, 23 de marzo de 2023

Sueños...

Comencé esta madrugada un viaje en jaque mate, sobre una alfombra embarrada de vidrios rotos que está ahuellada y que me lleva indefectiblemente a casa. Te extraño y me molesta un poco que no te enteres. Te pienso, todo el tiempo lo hago, y no lo sabés.
Hoy soñé que me escribías a las cinco de la mañana, cuando te ibas a trabajar, y yo como de costumbre, no podía dormir porque mi cabeza no paraba de hablar de las cosas que ya sabemos: la tesis; la operación y sus estudios clínicos; mi viejo; el trabajo y también un poco de vos…
Nadie entiende cómo te hace sentir el otro. Nadie sabe realmente lo que significa eso. Voy a tratar de explicártelo de una manera sencilla: al pensarte, estás ahí, me acompañas, y eso es lo que me hace un poco fuerte, eso es lo que necesito, que estés ahí, que me acompañes, que me ayudes cuando se me hace difícil; que me aconsejes a tu manera cuando no entiendo algo o alguna cuestión me supera, que seas mi apoyo, mi bastón cuando ando torcido y no puedo hacer pie.
Leí, creo que decenas de veces, tu último mensaje, aquel que borraste, me llevó tiempo poder interpretarlo porque hay noches complicadas cuando uno anda herido. Lo cierto es que lo leí por vez primera saliendo de Sierra de la Ventana y no lo comprendí, lo mismo pasó al llegar a casa… “estoy donde estás” pero sabemos que no… la esperanza de “poder compartir la vida” como si eso fuera posible, sabiendo lo que siento. Pero sin dudas, lo más hermoso es saber que te gustó el regalo y que tengo un huequito en aquel espacio reservado sólo para los privilegiados que se han ganado allí un lugar.
Uno enfrenta, o evita el pasado para afrontar todo lo que venga, buscamos a ciegas que el presente no pese por culpa de ese pasado y que algunos trozos del pasado puedan de algún modo impulsarnos a avanzar al futuro, sin pretensiones de aprender cómo hacerlo. En definitiva, se trata de enfrentar al pasado de ser necesarios, para estar en paz con el futuro.
No sólo debemos huir del pasado para no salir heridos, sino también sortear las dificultades de dejar todo atrás. Sabemos que el pasado aplasta y uno no se libra de los recuerdos más dolorosos, lo sabemos bien y pagamos bien caro ese precio.
En el presente, al no tener nada del pasado, debemos enfrentarlo y no huir, pero a veces es doloroso y cuesta. Y ahí cada tanto asomás vos, con tu sonrisa que tanto extraño, otra vez.
Hace una semana soñé que venías a conocer mi casa... De la nada un mensaje, después de ciento once noches, lo hacías en ese día que sabes que coincidimos. Entonces yo me preparaba para esperarte y recibirte. El sueño era muy real, porque recuero sentir esa sensación en el estómago, como cuando estás en una caída libre, el pulso acelerado y el tiempo avanzando con el freno de mano puesto. Tras la limpieza y acomodar un poco lo inacomodable, se me ocurrió preparar algo para acompañar los mates. Unos buñuelos fue la elección.
Entonces llegaste vos, bajaste del auto y me abrazaste, raro porque pocas veces fue así, te pusiste a jugar con Chevy y Homero que te saltaban y ensuciaban con sus patas. Reías, como me encanta que hagas siempre y por un instante nuestras miradas se conectaron… los silencios también hablan. No era necesario decir nada.
Cruzamos la calle, fuimos al arroyo a respirar, a tomar mate y ver el atardecer.
Mientras el Sol se escondía dejaba al desnudo la simple y horrible definición de lo que soy frente a quien me escuchaba con los ojos cerrados.

jueves, 16 de marzo de 2023

Un llanto en la tormenta...

 Documento hallado con fecha 06/07/08


La vez que te tuve…no te entendí,
la vez que te entendí…tuve que perderte.
La vez que te perdí…te amé,
la vez que te amé…no pude tenerte.
 
Resignado reposé mi cuerpo contra un árbol,
y mi alma levitaba entre nubes.
Desesperado dejé de pensar en la solución
y esperé el momento en que tu cuerpo baja a la tierra
y tu alma al cielo sube.
 
Escribiré un poco acerca del amor,
no sabría como comenzar...para no mezclarlo con dolor.
Las primeras líneas me hicieron sonreír…
pero luego lloré…y recordé que precisaba sufrir.
 
Suspiré eternamente con la vista perdida,
tan perdida como tu boca…pero tan real como mi herida.
Alcancé a acariciar tu cuerpo con mis manos
es un sentimiento tan profundo…que lo digo cuando callo.
 
El paisaje me envuelve en todas direcciones,
la tormenta incansable poco a poco me debilita.
Aunque haga silencio para que no sufras…
es mi alma quien por ti grita.

sábado, 11 de marzo de 2023

Hoy que...

 

Hoy que te pienso y apareces en cada rincón,
sabiendo que el mundo sigue adelante,
es fácil ignorar a las personas que están calladas.
Un vacío... Un silencio... Es el pasado que te habla.
 
Hoy que te espero donde no estás
y que juego a encontrarte donde no voy.
No llores por él. No fue tu culpa.
Abrir una ventana y ver niebla. Eso es el futuro.
 
Hoy que es tan difícil decir: estoy triste,
yo lo intento y nadie lo entiende.
Y es que hay lesiones que son constantes
y no hay refugios cuando uno anda herido.
 
Si te pudieras ver en mis ojos,
mientras busco algo mío en vos.
Quizás mirando un rato nuestras tardes,
hallarás un muelle donde podamos estar mejor.
 
Se que es difícil y no soy lo que buscas,
pero creo que te puedo ayudar a hacer pie,
y es que me encanta cuando me llevas a alguna parte
y también como me miras de revés.
Y si todo termina de forma irremediable,
quiero que con vos termine bien.
No imaginas el cariño que te tengo,
ni tampoco creo que lo puedas ver.
 
Lo que importa es que cuando me necesites,
sepas que yo estaré de pie.
Y esquivando lo que no decimos,
más allá de todo nos podamos perder.
 
Hoy que cuesta sembrar sonrisas,
hoy que todo parece ir para atrás.
Hoy que el insomnio ya no es noticia,
hoy que miramos y no entendemos más.
Dame tu mano, no hay por qué tener prisa,
sí acá estamos, es para ayudar,
encaremos lo que vengo con hidalguía
y sigamos adelante sin pensar.

lunes, 6 de marzo de 2023

Te regalo un girasol…


 

Yo he visto a los amantes, aún cuando pasan desapercibidos frente a todos. Se los puede reconocer en sus gestos, en su simpleza, en la mirada que destella, en las palabras que no se pueden volver a repetir. Ahí están ellos, caminando entre nosotros… contagiando al mundo con su belleza.
Entre los amantes, los más bellos y más distantes son el Sol y el girasol, que cada día se citan a escondidas, coronando el horizonte con mares de reflejos amarillos, contagiando el hechizo de la mirada absorta ante el espectáculo de arrabal. Y allí, en mi descripción, indecible entre lo que narro, te asomás vos mi dulce y querida, iluminándome cuando te pienso y recuerdo tu sonrisa, compitiendo de igual a igual con Febo, en un campo de girasoles, donde seguro saldrías airosa en dicha empresa.
Van Gogh quiso crear doce cuadros de girasoles y no pudo. Al morir, sólo había producido siete girasoles en Arlés, Francia. De ellos, sólo cinco (dos originales y tres reproducciones) están expuestos públicamente, uno de los originales está en una colección privada desde 1948 y otro fue destruido por un incendio en 1945. Cuando uno pone la mirada en aquellas pinturas, se aprecian los aspectos que parecen fluir de un cuadro al otro. Los colores vibrantes expresan emociones de nuestra vida y la de los girasoles: aquellos amarillos brillantes en las flores (como los que percibo cuando se cruza tu mirada con la mía), a lo colores más amarronados, áridos de mustio y muerte (quizás como me encuentro en estos momentos); todas las etapas de la vida son presentadas en cada representación. A lo mejor es su técnica lo que atrae a alguien a la pintura; tal vez con cada uno de sus trazos nos permite mirar a todos los ángulos del espectro de nuestras vidas y, de uno en uno, llega más profundo a un entendimiento de cómo se conectan todas las cosas vivientes.
Por eso mi sorpresa cuando confesaste el mismo amor por los girasoles y sumaba un motivo más a mi desvelo por vos; amor de un girasol ciego, marchitándose por no poder ver al astro al que le dio su amor.