miércoles, 6 de octubre de 2010
Sábado rojo…
Su mente se paralizó al igual que su cuerpo, sus ojos permanecieron sin parpadear, un rictus de desesperanza recorrió su rostro y congeló su expresión y el paso del tiempo. Tras unos instantes atinó a acercarse al cuerpo, pero el temor a lo desconocido se apoderó de ella. Pensó que lo mejor sería dar aviso a las autoridades, empero temió que lo liguen a aquel nefasto suceso. ¿Qué hacer?, se planteaba mientras permanecía inmóvil, de repente el sonido de un teléfono celular la devolvió a la realidad. Aquel teléfono no paraba un instante de sonar, el constante sonido comenzó a ponerla cada vez más nerviosa, se le metía por los oídos y le trepanaba el cuerpo entero.
No tardó la multitud en aglutinarse en torno al nefasto espectáculo, unos metros más allá yacía un motociclista con el cráneo roto, sin dudas la sangre era el espectáculo mórbido y trágico de aquel sábado por la tarde. Una sirena a lo lejos, un policía cortando el tránsito; una persona con un gesto afable pero imperioso proponía a los transeúntes desesperados en saber que pasaba que se alejen lo suficiente como para que el aire circulara en torno al cuerpo y al motociclista.
La ambulancia llegó como pudo y a los tumbos el médico intentó asistir al cuerpo para corroborar lo que todos temían y nadie se animaba a decir, aquel cuerpo era sólo eso y ya no era una persona, como la definición de cuarto grado que dictaba la maestra.
La ambulancia se llevó al motociclista y un tiempo después otra llegó a retirar el cuerpo, por alguna razón la gente permanecía allí, nadie conocía a las víctimas de aquel trágico accidente, sin embargo una suerte de fenómeno gravitatorio hacía que nadie se alejara mucho del lugar.
El tránsito permaneció restringido en ambos carriles de la avenida por cuestión de cuatro horas a la espera de un fiscal de turno que autorice el secuestro del rodado y una vez ocurrido eso, inspeccione de manera preliminar las fotografías sacadas por los peritos de la comisaría 48. Al haber cumplido el protocolo policial y judicial, lentamente todo volvió a la normalidad a pesar de que la sangre ya estaba endurecida por el calor radiante del Sol sobre la capa asfáltica; los patrulleros se fueron y la gente después de quedarse un rato charlando sobre teorías de lo ocurrido y realidades fantasiosas de lo que no ocurrió, volvió a su rutina habitual con un tema nuevo para exponer en todo aquel cónclave que sirviera de pretexto para manifestar la “novedad” acontecida en el barrio.
Yo esto lo sé muy bien por que me lo contó Doña Juana, que estaba justo en la esquina y pudo ver lo que aconteció cuando volvía del kiosco de Maxi por que fue a comprar unos chupetines para sus nietos.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
El remanso (tercera parte)…
Esperá Gastón no te vayas, ya sé que es tarde, pero estoy por llegar al final, por favor sentante, ¿querés que haga más café?. Bueno, como quieras, pero escuchá el final de mi historia.
Sentí la necesidad de quedarme allí un rato, pensé que si me quedaba aparecería ese cuerpo flotando cara arriba y por fin podría sacarme de la cabeza ese nefasto sueño, saber de quien era ese cuerpo, recordar aquella cara; todo concluiría. No Gastón, por favor, no digas que te pongo nervioso, por que el nervioso era yo en ese momento; esperé por al menos cinco minutos, comenzaba a hacer frío y yo no estaba muy abrigado, esa noche no había luna y encima estaba nublado, cuando de repente advierto que algo venía flotando aguas arriba en el río, y creeme Gastón no miento cuando te digo que empecé a temblar del miedo, flotaba y se acercaba muy lento, pensé en irme, pero sentí la necesidad de quedarme, quería ponerle un fin a esa sensación y a aquel horrible sueño.
Lo que flotaba era un cuerpo, vestido de blanco como en mi sueño, allí comencé a temblar más aún, de repente todo estaba muy claro, en mi sueño era igual, empecé a recordarlo todo y pude ver el rostro de aquella persona que flotaba en el río, fue allí cuando rompí el silencio con mi llanto, y en ese momento aquel cuerpo que flotaba en el río llegó a mis pies, era ella Gastón; ¡era Cecilia!, como en mi sueño, era el cuerpo de Cecilia flotando en el río Sauce Grande.
No Gastón, no te vayas, ¡esperá!, es verdad lo que te digo, ¡no estoy loco!, por fin el sueño se terminó en aquel remanso Gastón, el sueño se terminó.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
El remanso (segunda parte)…
Las cosas con Cecilia empeoraron de a poco, casi ni hablábamos, es como si hubiese una conexión, como si eso lo hubiésemos vivido juntos, pero no, yo sabía que era un sueño… tres meses después ella se fue de casa y no la volví a ver.
No hay día que no piense en ello Gastón, yo conocía ese cuerpo, pero no puedo lograr visualizar su rostro, cada vez que vuelvo a soñar lo mismo trato sin cesar de poder mirarle la cara y ahí me vuelvo a despertar, asustado, agitado. ¡Y no!, no es como vos decís que lo que tengo que hacer es ir a un psicólogo, por que no es un problema que me genera trastornos, los trastornos de sueño los tuve siempre antes de soñar con lo que te estoy contando. ¡Esperá!, no te vayas, que ya falta poco para que termine de contarte, luego podés irte a donde quieras y no volver si lo crees necesario, pero no te vayas sin que antes termine mi relato.
miércoles, 25 de agosto de 2010
El remanso (primera parte)...
Después a la noche me costó mucho intentar dormir, más que de costumbre, dí muchas vueltas en la cama y ese pensamiento volvió a aparecer y yo te insulté Gastón, te insulté mucho por nombrar ese nombre, yo sé que siempre quisiste saber que pasó con aquella persona y yo nunca te lo dije; ¿pero por qué la nombraste?. Ya sé lo que vas a decir, que no fue adrede y que se te escapó sin querer, ya lo sé, y ahora no estoy enojado con vos, pero si estoy enojado conmigo y no quiero pensar mucho al respecto por que me voy a terminar enojando contigo y eso es precisamente lo que no quiero.
¿Querés más café?, en la cafetera quedó, servite mientras yo te cuento de aquella noche que no podía dormir. Me acuerdo que hacía calor, pero había viento, se sentía por el ruido del follaje de los árboles moviéndose. Ya era tarde, me encendí un cigarrillo y salí a caminar por la orilla del río, que esa noche ya no tenía mucho caudal, caminé mucho, la luna apenas iluminaba lo suficiente como para poder distinguir donde pisaba, caminé hasta el puente y allí me detuve a pensar y a fumar y te insulté Gastón, te insulté durante un rato largo y a ella también la insulté por volver a aparecer en mi cabeza tras tu comentario. Sólo fui interrumpido por el rechinar de unas gomas en la curva de la ruta que me devolvió en si, pero sólo fue por unos instantes, enseguida volví a pensar en ella. ¿Tenías que nombrar a Cecilia, Gastón?.
No, no te vayas, te pido que te quedes un rato, yo te voy a contar como comenzó esta historia, o como terminó, es muy distinta depende desde donde se la mire. Vení sentate, alcanzame los cigarrillos y una taza de café por favor, sin azúcar, sabés que no me gusta el azúcar en el café. Como te decía esa noche recordé a Cecilia, hacía mucho que no pensaba en ella y en aquella pesadilla que tenía recurrentemente.
Con Cecilia solíamos sentarnos en aquellas reposeras bajo aquel árbol a tomar mates y a charlar, nos gustaba mucho escuchar a los pájaros y el ruido que hace el río en aquella curva que pega allí donde te señalo ahora; a veces ella se ponía a tejer algo y yo leía a Cortázar mientras tomábamos mate o sino ella leía esa revista que tanto le gustaba mientras yo resolvía problemas de estática, iluminación, ventilación o termodinámica, pero ambos coincidíamos que la pasamos muy bien en aquellos momentos, dado que si se producía un silencio, el mismo no molestaba y nos permitía expandirnos en nuestros entretenimientos. Una tarde en particular ella terminó de leer y se fue a bañar, mientras yo me quedé con mi perra terminando de escribir un pequeño ensayo. Recuerdo que al entrar, ella estaba preparando la cena, y yo me sentía particularmente cansado, entonces le dije que me iba a acostar 20 minutos, así al levantarme, me bañaría y nos pondríamos a cenar.
miércoles, 11 de agosto de 2010
El otro camino…
Sus charlas eran de lo más variadas, por demás interesantes, es por eso que cada vez que los veía en aquella mesa, yo me ubicaba lo más cerca posible para poder oír lo que decían. Más de una vez tuve que irme por motivos laborales y en mi camioneta, peregrinando por la ruta, me acordaba y pensaba sobre lo que hablaron y unas cuantas veces me quedé fantaseando sobre las posibles continuaciones de sus charlas o de los temas que seguirían al finalizar el tema que estaban conversando, o mejor dicho, hasta donde pude llegar a escuchar. El léxico empleado por ambos, la competencia lingüística que usaban, era algo demoledor, estimulante y atrapante; cada silencio decía algo; cada expresión en sus rostros o gesticulación con sus manos acentuaban o glorificaba cada una de las palabras proferidas en los diversos encuentros… era tal la magia que rodeaba a aquellos encuentros que jamás me permití arruinarla con una intromisión… más de una vez me tenté y quise acercarme a ellos para compartir la charla, empero, mi respeto y mi admiración a estas dos personas jamás me lo permitieron.
En fin, como les decía, en aquel boulevard del pintoresco pueblo de Sierra de la Ventana, más precisamente en aquel bar que les dije con anterioridad, se encontraba Walter Martinez tomando un café bien cargado junto a su amigo Carlos Rojas, ese día me permití faltar a mis obligaciones y me quedé escuchando lo que decían. Eran alrededor de las 17hs. cuando el cielo color rojizo formaba extrañas figuras en complicidad con las nubes, allí me percaté de aquel silencio en la conversación, cosa que no era muy habitual… ese vacío de sonidos se prolongó por un tiempo largo.
De repente Walter dijo: Carlos hace varios días que siento el peso de los años; me levanto sin ganas de nada y me aploma el pensar que los días no tienen nada nuevo para mi. Me lastima no poder realizar lo que solía hacer antes sin inconveniente alguno; me aploma no poder proyectarme a más de dos años, es como si los proyectos se hubiesen estancado; vencido por llamarlo de un modo elegante. Es así, es lo que siento.
Quedé perplejo al escuchar eso, por lo que me dí vuelta y miré el cuadro de situación. Carlos esbozó una sonrisa tierna, se sacó los anteojos, limpió ambos lentes, se los volvió a poner y con el mismo gesto, dió un sorbo a ese café que aún largaba vapor.
Walter, yo hace un tiempo me planteé algo similar, pero opté por transitar por el otro camino, a mi edad creo que aún soy capaz de muchas cosas, por eso me meto en cuanto proyecto puedo, ayudo a mi familia con los campos y vengo a visitarte cada dos semanas, además de ser un honor para mi visitarte, son como unas pequeñas vacaciones, una distracción. El paisaje es tan inspirador. Vamos Walter, no me afloje ahora, tomemos el otro camino. Hay tanto más allá para ver todavía. Vivir es tan inspirador.
Carlos asintió con la cabeza, remató de un trago el café y juntos se levantaron.
La imagen de los dos amigos, me tocó el corazón, sus palabras aún hacían eco en mis oídos cuando se dieron un pequeño abrazo y mientras se iban pude escuchar a Walter decir: Carlos, voy a tomar el otro camino.
miércoles, 28 de julio de 2010
En tiempos bien diferentes…
A veces, fantaseo que estoy en la misma habitación, donde usted, lee los textos que yo voy escribiendo, y acá llegamos a una paradoja, por que cuando digo usted, usted no existe para mi y la puta si existe, por que usted y yo somos éste encuentro, desde tiempos y espacios bien distintos y definidos y gracias a esto se genera una anulación de esos tiempos y espacios distintos y definidos y eso gracias a las palabras y a la poesía, o alguna que otra historia. Es como el cemento fresco, donde ponés el dedo, queda la marca. Y así estamos usted y yo juntos, yo con un montón de textos para compartir, y que voy publicando algunos como van saliendo y usted que los lee y dejándo (o no) que la marca en el cemento fresco quede ahí.
Desgraciadamente, quizás desde 1960, hemos perdido por completo el sentimiento oral de la literatura o la poesía (obviamente lo mío no es ninguna de las dos cosas), cuando uno comienza a escuchar algo que escribió alguien, o cuando uno lee algo, el receptor empieza a escuchar con mucho respeto y en total silencio, pero pasado 5 o 7 minutos esa atención o interés decae, tal vez por que uno casi nunca está solo cuando le leen algo, no es como con un libro, donde uno lo lee “cobijado” en su soledad; creo yo, que entonces se genera una impaciencia progresiva que vá ganando el ánimo y al final es frecuente que todo el mundo comience a hablar, lo cual no me parece mal del todo tampoco.
También pienso que no estoy físicamente presente mientras usted lee esto, tomándose un mate, un café o un trago; o fumando esos cigarrillos que tan buena compañía son en los gratos momentos de la vida de uno.
Es curioso pensar como las cosa pueden ordenarse o desordenarse mas allá de lo concebible, a lo mejor usted leyó desde el principio todo lo que subí y después tuvo que viajar o atender asuntos importantes; o a lo mejor no leyó lo primero que publiqué y empezó de atrás para adelante, o del medio para atrás, por que no le gusta proceder de manera metódica y sistemática; y yo por mi parte tengo una panoplia de escritos que narran lo que siento y vivo en este momento de mi vida y que prefiero esperar a subirlos y compartir un cuento o una historia. O a lo mejor usted está leyendo esto con una remera liviana, en cuero, o con el traje desde su oficina, y yo en cambio, estoy con un pulóver y con mi perra en los pies, dándome calor… todo es distante y diferente y parece inconciliable y a la vez todo se da simultáneamente en este momento que todavía no existe para mi, y es sin embargo, el momento donde usted lee los textos que yo escribí en el pasado, es decir, en un tiempo que para mi, ahora, es el futuro. Es sólo un juego de la imaginación, de aquel señor (por llamarlo de algún modo) sensato que nunca falta entre los locos… como si supiéramos lo que es un juego o lo que es la imaginación.
En fin no quiero terminar siendo un aporte a la fabricación en serie de bostezos, por eso prefiero ir finalizando este largo pensamiento. Esto lo he escrito, mientras miraba el árbol de la vereda de mi casa, que ya es un esqueleto totalmente negro en contraste al cielo gris, bajo y lluvioso de julio en Buenos Aires. Es una tarde para no moverse de casa e inventar ceremonias de interior, o por qué no, dormir una siesta sin perder el tiempo en leer esto que escribo, a pesar que aún no ha salido el sol, y afuera todo sigue gris y apenado…
miércoles, 14 de julio de 2010
Cuando me busques…
Cuando decidas buscarme me encontrarás en recuerdos vagos de noches frías, con estrellas brillando hasta quemar y con Marte como testigo de nuestro momento, fumando y hablando de nada o tal vez en aquellas sesiones maratónicas de estudio, venciendo al sueño y por que no a aquellos fantasmas que llevaban por nombre “temores”.
Cuando decidas volver a buscarme (por no decir reencontrarme) muchas cosas seguramente habrán cambiado, la manera de hablar, algunas amistades, formas diferentes, pero no iguales, pero si distintas de encarar algunos embates de esos que nos proporciona la vida y hasta los temas de conversación pueden diferir en demasía respecto a los que habitualmente enfocábamos… es probable que hasta las miradas vayan a cambiar si eso ocurre.
Cuando vengas a buscarme, seguramente no sea ni un tercio de lo que soy hoy; ojalá que si, pero dadas algunas circunstancias lo dudo. Pienso que es probable que cuando vengas a buscarme no me encuentres, ya sea por que me haga ocultar o por que ya me haya ido a vivir a las serranías… espero que llegues antes de todas maneras.
Cuando quieras venir a buscarme, ruego, no sea con la policía y una orden de captura, ya que si bien suelo dar motivos, no creo que lleguen para tanto. De no venir con la policía, te ruego que golpees antes de entrar, así me darás tiempo de preparar las cosas… es que me gustaría que sea lo más perfecto posible.
Cuando necesites venir a buscarme, imploro un abrazo interminable, de esos que en otros tiempos dejaban tu perfume pegado en mi campera, o lo que es mejor, que sea sin anuncios y con alegrías y sorpresas a estrenar, boxeando dudas, mordiendo nuncas y jugando en el escolazo de la vida el todo por el todo en pos del amor.
Muy triste me sentiría si no vienes a buscarme, ya que habré sumado un nuevo adiós a los que ya juntan polvo en los anaqueles de mi memoria y me obligaría una vez más a replantearme mi filosofía; juntaré nuevamente los vidrios en un vaso y desayunaré otra vez con un cigarrillo. Me vería obligado a abrigarme en el exilio del sol y de la risa, me hundiré lentamente como un barco que fue desmantelado por la tripulación. Y claro está, no pretendo esto, pero son los riesgos que uno decididamente acepta al comenzar este tipo de juegos.
Cuando vengas a buscarme… es la frase que el pensamiento más reitera en este momento mientras esta epidemia de tristeza crece, y yo aprendo a jugar con el telar de la vida a improvisar nuevos objetivos.
Cuando vengas a buscarme, si es que lo haces, salvarás a esta pobre persona devenida en un triste vagabundo de amor.
Pronto ven a buscarme por favor…
miércoles, 30 de junio de 2010
Anhedonia…
A decir verdad no sé si estoy haciendo las cosas bien, pero es la forma en la que me sale, al menos se que no quiero hacer las cosas como las hacen ellos, o como la podés llegar a hacer vos que estás leyendo esto, la cuestión es que al menos estoy avanzando hacia algo, que por demás desconozco, pero avanzo con cierto descontento, gasto mis suelas que no es poco. Reconozco que en este tiempo he tenido mis victorias que como siempre las termino subvalorando, debe ser una cuestión genética mía ese mambo de no darle la debida importancia a los pocos logros que voy teniendo.
Algo está mal en el diseño del hombre, es que no sólo se preocupa por alimentarse o reproducirse como los animales, sino que a esto hay que sumarle la psiquis, que varias veces nos juega en contra, cuando no nos paraliza ante determinadas situaciones. Ante esto el hombre comenzó a estudiarse a si mismo, buscando respuestas como siempre lo hace, de allí deriva la psicología, filosofía, cosmogonía y demás ciencias cuyo único fin es hallar respuestas, para solucionar algo, para conocer como funciona determinada cosa o por el mero hecho de saber. Y a eso me aboco últimamente, a buscar respuestas… a pensar, mucho, en demasía, ergo, como resultado el insomnio se multiplicó por dos y Dios me libre de una recaída como esta, ¡no es joda eh!.
Si pierdo ya está muy claro que es por vocación, a esta altura del partido tengo bien clara mi misión de que no soy un ganador y así estoy perdiendo mi encanto, me estoy desestilizando, ya no suelo ser aquella persona que solía estar confiado ante determinadas situaciones, o el mismo que se enfrentaba a cualquier desafío con confianza, a veces hasta con miedo, pero eso si, siempre yendo al frente.
De lo que resuelva en este tiempo respecto a mi problema que tanto me acongoja, saldrá una solución a largo plazo, se modificarán los cimientos de lo poco que hoy me queda por sostener, ahora, espero no caer en el círculo vicioso de andar pensando, buscando respuestas y que el proceso termine ahí, es decir, sin hallar una solución… eso si que sería bien triste.
Imposible no sentirse un patito feo e indefenso ante este momento que me está tocando vivir, no es divertido llegar a la conclusión de que probablemente sea uno el que tiene el problema y no los demás. Y así pasan mis días, grises, dubitativos y sin ánimo para nada.
Aquí estoy vida mía, perdiendo encanto frente a ti… perdiendo seducción, atractividad…
miércoles, 16 de junio de 2010
Mundialito…
Y así es señores, bienvenidos a la época en la que nada importa (al menos cada cuatro años), en la que el pueblo siente ese exitismo y patriotismo inusitado, que casi roza con la paranoia colectiva y la sed de las masas por sentirse un poco más argentino en mi caso, pero puede ser peruano, coreano o paraguayo. Si damas y caballeros bienvenidos a la época en la cual de lo único que se habla es de fútbol, de selecciones, de estadísticas futbolísticas que pareciera existen para demostrar que el periodista deportivo no es una persona común dado que maneja estadísticas y neologísmos (cuando no arcaísmos) en sus mensajes sean verbales o escritos.
Pobre señora, la comprendo, en menos de una semana ya conoce la historia de Sudáfrica, comprende (a medias) su estilo de vida y calcula que es el país más europeo del continente africano. Seguramente ya sabe como convertir un Rand a su equivalente en pesos y se enteró que en el medio de aquel país hay encerrado otro más pequeño que tiene por nombre Lesoto… obviamente poco le importa ni le importará.
Estos días que pasaron nos mostraron la peor bajeza humana en forma de periodistas deportivos, el pelotudo de German Paolosky haciéndose el copado con el otro budín de TELEFE mostrando los estadios y alrededores de los mismos, a la vez, Horacio Pagani entrevista a una colega periodista colombiana que está enamoradísima de Messi, y todo se torna repetitivo aquí, aquel apellido, los nuevos/viejos opinólogos que discuten respecto al balón oficial y el clima en aquel país al sur de ese continente.
Si mis amigos, nos van a bombardear con publicidades alusivas al mundial y cuidado con que nos vaya bien, por que ahí si estaremos hartos de los cornetazos, festejos y el resurgimiento de “Dios”… eso si durante en mundial de fútbol, la felicidad tiene por capital a Johannesburgo.
En fin, mientras la mente esté en Johannesburgo y todo esté más o menos Messi, yo estaré contento por el pueblo feliz y festejando en la calle, eso si no me dejaré convencer por informes estúpidos y disfrutaré el mundial como lo que realmente es, una competencia de alto rendimiento que despierta pasiones (sólo cuando juega la selección nacional).
miércoles, 2 de junio de 2010
Bicentenario (un llamado a la reflexión)…
pero no esperés que nadie venga a ayudarte”
Un grito galopante se acercaba, un grito galopante susurrando apocalípticamente lo que no quería ser oído, un grito galopante que de cuando en cuando aún resuena en lugares de lo que fuera alguna vez parte de aquel reino lejano. Aquel grito proclamaba ideales nuevos… y así comenzó la historia corta por cierto de una nación que supo ser grande y aún lo es a su manera.
Argentina vivió grandes hechos, la revolución de aquel 25 de Mayo de 1810, una independencia desperdiciada en la Asamblea del año 1813, la independencia concretada el 9 de Julio de 1816, la generación del 80, Sarmiento con el privilegio de la cultura, Yrigoyen consolidando la democracia para los nuevos ciudadanos, o Perón promoviendo una profunda democratización social. Fueron etapas que nos proporcionaron ser el país humanísticamente más desarrollado del Continente.
En 1811 Moreno realizó el “Plan de Operaciones”, en agosto de 1812 Vicente López y Planes escribió el Himno Nacional, los dos textos dictaminaban que las por entonces Provincias Unidas del Sur tenían la misión de civilizar a los países hermanos, el destino de liberarlos y guiarlo, la obligación de protegerlos y servirle de ejemplo. Se forjaba la idea de dos grandes naciones líderes, con riquezas equivalentes y futuros gloriosos en un mismo continente, Estados Unidos al norte y la Argentina al sur.
En 1880 el indio todavía guerreaba en la Provincia de Buenos Aires y quebraba las fronteras de Salta y Chaco. En 1913 se inauguraba el subterráneo a Primera Junta, uno de los primeros del mundo. Pertenecíamos al puñado de naciones más ricas del globo, el G7 que en aquel entonces no existía. Teníamos un alto nivel educativo gracias al gigante Sarmiento, unido a una democratización social que hacía de todos los habitantes verdaderos ciudadanos.
Mi país fue pensado hace dos siglos como un reflejo de Europa, sin indios y sin negros. A ese país utópico, las sucesivas dictaduras, las internas iluministas, la oligarquía fueron convirtiéndolo en una repetición infinita de si mismo, en una línea directriz en la que cada uno, para sentirse argentino debe actuar como los demás. Esa repetición, es quizás, lo único que nos hace diferentes.
El país surgió al mundo en pocas décadas, más rápido que Canadá y casi como Israel a partir de 1948 (con todo el apoyo mundial). Hicimos mucho en cincuenta años y nada en los años que siguieron.
“No hay duda posible”, dijo Jules Huret en 1911: “dentro de cincuenta años, la Argentina será uno de los países más ricos y dichosos del globo”.
Quizás nadie pueda explicar la decadencia de aquel país que en 1928 era la sexta potencia económica del mundo y que seis décadas después quedó en el quintuagésimo lugar. Hoy mi nación se olvidó casi todo, salvo la grandeza que supo tener. Y es esa grandeza la que la atormenta, la asfixia, la condiciona en su presente, es una suerte de nostalgia, una súplica para que de algún modo vuelva a repetirse.
Desde la Organización Nacional y la Generación del 80 creyeron y crearon la Argentina, por entonces y a la luz de las estadísticas, Japón, España, Italia y el mismo Canadá, venían a nuestra zaga… por vivir mejor que ellos y verlos inmigrar por miles, terminamos creyéndonos superiores… lo cierto es que nuestras madres, la aborigen americana, la española y la italiana nos quedaban chicas en aquel momento. De la nada del desierto levantamos ciudades, una calidad de vida excepcional y hasta una de las diez metrópolis más grandes del mundo.
Ya en 1930 Buenos Aires fue la gran ciudad, la reina del plata, en un lustro se hizo el teatro Colón y el palacio del congreso (más bello que el capitolio de Washington), el barrio de Palermo, los palacios del Barrio Norte con frescos de Sert y gobelinos auténticos, la gran burguesía de la elegancia, con su París, bibliotecas y pinacotecas contrastaban con los barrios de La Boca del Riachuelo. En 20 años ya eran famosos nuestros cirujanos e investigadores. La universidad argentina exportaba conocimientos y técnicas e importaba investigadores europeos. La revolución comunista y el “crash” capitalista de 1929 nos afectaron muy poco, como si fuese una ola muerta llegando a la costa opuesta, pero como siempre aquí se magnificó la cuestión y nos permitimos hablar de la “década infame” y de atroces dictaduras, mientras en la bolsa se apostaban las empresas y los del campo hacían la suya como lo hicieron siempre, la hacen ahora y lo harán.
Muchas veces hablando con muchas personas, éstas añoran esos momentos y proclaman: “si alguna vez fuimos ‘así’, ¿por qué no podemos volver a ser ‘así’?. Y a veces me cuesta creer en esa manera de pensar… mi país tardó sólo veinte años en caer y lleva más de cuarenta tratando de levantarse. En 1942 el economista Colin Clark profirió que la economía Argentina sería la cuarta del mundo antes de que pasaran veinte años. En 1948 el país tenía más teléfonos que Japón e Italia y más autos que Francia. Inmediatamente después comenzó la decadencia que se terminó de profundizar con el derrocamiento de Illia.
El estadista francés Georges Clamenceau en sus apuntes de viajes advirtió: si bien la palabra “futuro” estaba en todas las bocas, había un exceso de confianza en que nunca se acabaría la riqueza. “El éxito suele perder a las naciones inmaduras”, dictaminó. El filósofo español Ortega y Gasset en la séptima serie de El Espectador (1930) fue más implacable: “Acaso la esencia de la vida argentina es ser promesa”… “cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fuesen ya una realidad. […] En el argentino predomina, como en ningún otro hombre, esa sensación de una vida evaporada sin que se advierta.”
A pesar de los gritos que proclamaban el ingreso en ambas guerras 1914-1918 y 1940-1945, nuestro sabio neutralismo nos valió la voluntad de asimilación técnica e industrial, no nos impidió actuar en la organización de la ONU en 1945 y nos permitió ser el primer país iberoamericano con relaciones diplomáticas y económicas intensas con la entonces URSS en 1946.
En unas viejas enciclopedias gigantes que encontré en la casa de mi abuela había un artículo sobre la Argentina, que anunciaba lo que en aquel momento parecía ser algo razonable: “Por sus recursos naturales, por su posición geográfica, por la educación de sus habitantes, la Argentina está llamada a ser en el año 2000, la única potencia capaz de competir con los Estados Unidos. Quizás pudo haber sido así hasta 1936, después nos llovieron desgracias como a pocos países en la faz de la Tierra. Llevamos la carga y la vergüenza encima de aniquilar en una sola noche (la de “los bastones largos”), en julio de 1966 cincuenta años de investigación científica. Onganía había logrado un milagro nefasto, nos arrancó de la modernidad y nos metió en la prehistoria. Obviamente es un ejemplo de lo nefasto que sucedió en la modernidad de nuestra historia, pero en menos de 30 años nos sucedieron dictaduras, una guerra contra una guerrilla y una potencia, desaparecidos, corrupción salvaje, olvidos, impunidades, indultos. El cambio cultural fue tan profundo, tan grave, que lo mejor que podemos hacer es admitirlo y ver que hacemos con todo aquello. La Argentina “granero del mundo” acabó por tener entonces la estatura intelectual de sus gobernantes, no la de sus hijos dilectos.
¿En qué nos fueron convirtiendo las décadas de autoritarismo desde el golpe de José Félix Uriburu hasta las presidencias de facto posteriores a la Guerra de Malvinas?. ¿Qué permitió la aparición de personajes como Astiz que dijo “¿Hubiera torturado si me hubieran mandado? Si, claro que si (…) Tenía mucho odio adentro”. O jactarse, como su jefe Emilio E. Massera lo hizo en el juicio de 1985: “Me siento responsable pero no me siento culpable”.
En 1929 Ortega y Gasset escribió que “el argentino vive absorto en la atención de su propia imagen. Se mira, se mira sin descanso”. Ojalá fuera cierto. Si nos miráramos de veras, tal vez descubriríamos por qué nos ha pasado todo lo que nos pasó. La oportunidad perdida tras el retorno de la democracia en 1983…
Los argentinos están tan quebrados que ven mal la guerra que les permitió pisar su propio territorio usurpado.
Habíamos reclamado durante siglo y medio. Por fin se produjo: el dos de abril de 1982 nos despertamos pisando el suelo volcánico de nuestras Malvinas después de un ciclo de 16 años de chicanas británicas, desde que se recomendó por aplastante mayoría mundial la correspondiente descolonización. Londres arruinó la posibilidad de paz con el criminal hundimiento del crucero ARA Gral. Belgrano.
Luego de aquel evento, nuestros pilotos navales y de la fuerza aérea conmovieron al mundo con sus proezas sobre las heladas aguas del Atlántico Sur.
En el tema de Malvinas (causa nacional y guerra apoyada unánimente por el pueblo) se patentiza la enfermedad de la hipocresía argentina.
La historia es circular y tiende a las repeticiones. En mi país, las repeticiones son tal vez lo único que nos hace diferentes.
En los noventas, un presidente solía decir que faltaba poco para figurar entre los 20 países más poderosos del mundo, lo que no dijo ese presidente era que para que ello sucediera, Argentina debía multiplicar por cinco su PBN (Producto Bruto Nacional) durante diez años y esperar que países como Dinamarca, Holanda o Bélgica suspendan su crecimiento en ese mismo lapso. Como ya marcaba la historia, la ilusión terminó siendo derrotada por la realidad. Mientras tanto el 60% de las personas adultas pensaban que el país era el más importante de América latina, ignorando que para Europa y EE.UU. la Argentina significaba (y significa) lo mismo que Sudán, Bolivia o Mongolia: un país de territorio gigantesco en el patio trasero de otro país mayor; “down there”, allá abajo, como decía Reagan.
Por aquel entonces ocupábamos el puesto 60 como país productor y como poder económico.
En aquel momento reinaba la globalización neocolonial de mercados abiertos (siempre de Norte a Sur), sistemas financieros y monetarios vigilando internacionalmente a través de premios y castigos del FMI y entidades afines.
Desarme obligatorio aún para los desarmados (Proyecto Cóndor y la Comisión Nacional de Energía Atómica).
Hoy todo es muy distinto a lo mencionado en este escrito, Brasil es la novena potencia económica del mundo y la Argentina uno de los cuatro exportadores agrarios. Tenemos autonomía nuclear (aunque nos reten por esta travesura) y somos capaces de crear armamento misilístico. Tenemos petróleo, acero, inteligencia, sensibilidad, ritmo. Sabemos vivir mejor que muchos supuestos civilizados.
La situación de las políticas neocoloniales conllevaron a una explosión de la economía en el año 2001, con índices de pobrezas jamás visto en estas latitudes y con un desempleo jamás imaginado en nuestra historia.
Un presidente parafraseaba, luego del paso de cuatro presidentes distintos en dos semanas, a Elio Jaguaribe (el mayor sociólogo del Brasil) profiriendo “La Argentina es un país inexorablemente condenado al éxito”. Pero Jaguaribe además enumeró lo que todos sabemos: riqueza territorial, el mar más rico, petróleo, climas, población, raza, talento creativo, vitalismo nacional, nivel de educación. Señaló que incluso tenemos condiciones más favorables que extensas regiones difíciles de Italia, España, Portugal, Grecia y el centro de Europa, que padecen el lastre de una cultura campesina impermeable a la modernización.
Ninguno de esos arrebatos de abundancia son posibles en un país donde todo es incierto: el trabajo de mañana, el salario, el humor de los gobernantes, los ataque de los opositores al gobierno, la carencia de un plan. Emile Durkheim definió al suicida como alguien que siente inseguridad, desasosiego, desencanto y que termina desvalorizando su propio ser, por creer que nada vale la pena ser vivido, que ya no hay felicidad, esperanza de cambio ni amores en un horizonte donde todo pareciera empeorar.
Donde crece el peligro, crece lo que salva dijo el genial Friedrich Hölderlin y ahí nació esta nueva etapa, adulada en los comienzos con la presidencia del presidente denominado como pingüino y destruida con la llegada de su esposa a la presidencia con profundas diferencias de gobierno con respecto al anterior. Hoy se respira un poco de esperanza cuando la oposición no la ahoga con discursos y arcaísmos que se remontan a la década del 50 por momentos. Hoy la Argentina no reniega de su realidad latinoamericana y ya no sueña con ser la Europa de Sudamérica, pero tampoco hay un proyecto a largo plazo, un ideal de país que si vieron los de la generación del 80. Nalé Roxlo decía, sollozamos dentro del Roll-Royce que no sabemos poner en marcha.
Entronizamos como valor la viveza, que sería la hija enana de la inteligencia. Buenos Aires fue siempre su capital, dicta modas, impone frivolidades, arrasando con los últimos bastiones de la discreción criolla. Es la vitrina que difunde nuestra fama de país poco serio, poco confiable y a la vez es también nuestro orgullo, una insólita creación de los confines de occidente.
Ruben Dario escribió par el centenario de la patria:
“¡Hay en la tierra un Argentina!/ He aquí la región del Dorado,/ he aquí el paraíso terrestre,/ he aquí la aventura esperada,/ he aquí el Vellocino de Oro, he aquí el Canaán la preñada”.