miércoles, 1 de julio de 2009
Consecuencias del olvido…
Me despierto, salgo de ese profundo y obscuro mar, vuelvo a respirar, mi cuerpo sigue cansado, pero se agita, me reclama por el olvido, me recrimina que sea así.
Eso me pasó una vez en una escena de crimen.
Eso me pasa por que a veces me olvido respirar…
miércoles, 24 de junio de 2009
Milagros II…
La cuestión es que hace dos semanas fuimos con mi amigo Lucas (Luketas) a Aeroparque a sacar fotos a los aviones que despegaban y aterrizaban de aquel lugar. La tarde era idónea para la ocasión, el sol abrigaba la vaga esperanza de unas buenas tomas y la camaradería estaba siempre latente. Caminábamos siguiendo a la reja que contornea al Aeroparque, cuando de repente una voz femenina dijo: Roberto, que raro verte acá. Enseguida me di vuelta y allí estaba ella, con toda su belleza. Es increíble como el mundo puede parar un instante, y hasta al pobre de Lucas anulé del mundo, sólo éramos ella y yo, saludándonos.
Luego de cambiar un par de palabras, el mundo volvió a su ritmo habitual, Lucas estaba al lado mío, y lo presenté, pidiendo las disculpas pertinentes a ambos. Aún no salía de mi asombro.
-¿Qué hacés acá?, me preguntó ella por segunda vez.
-Vine a sacar un par de fotos con mi amigo, es que estamos medio oxidados los dos y nos sirve para ir practicando. ¿Y vos que hacés acá?, pregunté.
-Trabajo acá en Aeroparque desde hace dos meses, me gusta mucho.
-A mi también, dije.
-¿Trabajás en Aeroparque también?, me preguntó.
-No, digo que me gusta mucho que te guste, respondí apresurado y nervioso, ante la mirada crítica de Lucas que me decía: “sos un boludo”.
-Bueno, te dejo que tengo que entrar, podríamos almorzar juntos, ¿te parece?, me dijo mientras sonreía.
-Dale, tengo tu teléfono, te llamo y arreglamos un día para vernos. Le respondí.
-Espero que no sea como la última vez, me dijo en un tono crítico.
-No te hagas drama, yo te llamo en la semana.
Nos saludamos y con Lucas seguimos haciendo lo que habíamos ido a hacer, es decir, sacar fotos.
La semana pasó cargada con su habitual paranoia de trabajos prácticos y parciales para la facultad, llegado el viernes, llamé a Milagros para acordar un día y un lugar donde encontrarnos. Quedamos que sería el sábado a las 14hs. lo cual era perfecto ya que me daba tiempo para salir de la facultad y llegar con relativa puntualidad. Así llegó el sábado, la clase se hizo pesada e interminable, como casi siempre, el sol típico de otoño apenas llegaba a la vereda, tapado por la sombra que desplomaban los edificios. El viaje fue relativamente ameno, ya que la música lo hizo bastante cómodo, aunque el asiento del bondi estaba muy desvencijado.
Cuando llegué Milagros ya estaba en el punto de encuentro, otra vez llegué tarde, me dije en voz baja. Nos saludamos, me disculpé por la llegada tarde, a lo que ella me respondió que intuyó que yo era una persona impuntual, ¿por qué será?, le pregunté, y ella sólo sonrió. Me tomó de la mano y me hizo cruzar la avenida Costanera por el medio… no fue una situación para nada linda, pero debo reconocer que siempre me gustaron las personalidades impulsivas. De milagro no nos atropelló nadie. Empezamos a caminar a la vera del río mientras charlábamos de lo que aconteció en nuestras vidas en este tiempo que pasó. Le conté de todo, del estudio, de mi vida, de los amigos, de los proyectos, del amor… aproveche para pedir perdón por no haber respondido jamás su llamado, pero le expliqué un poco el motivo y lo que pensaba/pienso de aquel momento.
-¡Ah!, ahora entiendo por que nunca me atendiste ni me llamaste, me dijo mientras su mirada era la que vaciaba cargadores de dulzura sobre mis ojos.
-Ahora estoy devenido a solitario de cartón, le dije.
Paró en un puesto de comidas y pidió una hamburguesa de esas gigantes que hacen allí y una coca. Idéntico fue mi pedido, aunque debo reconocer que me pareció raro.
-¿Por qué comés este tipo de comida, pudiendo comer dentro de Aeroparque comida más sana?, le pregunté.
-A veces me agarra antojo, por lo general tengo poco tiempo para almorzar y a veces es la excusa ideal para comer un poco de comida chatarra. Me pareció más que lógica su respuesta.
Nos sentamos en una mesa y mientras comíamos me dijo: Ya conozco casi todo lo superfluo de tu vida y sin embargo no sé nada de vos.
No entendí nada en ese momento, es decir, ¿qué me está diciendo esta mina?; ¿Qué le pasa?... de todas maneras le respondí lo primero que se me vino a la cabeza.
-Es que si supieras demasiadas cosas de mi, seguramente esta charla no tendría sentido y caeríamos en una suerte de espiral melancólico en el que no quiero ni queremos entrar, le dije. Ella me miró de reojo, un leve rictus se le formo en los labios como conteniendo una sonrisa…
-Está bien, me parece justo, ya llegará el momento en que me entere. Dijo.
Terminamos de comer y encaró para el club de pescadores, la seguí, mientras seguimos charlando, le conté de mi fascinación por la aviación, de mis gustos en poesía y de mi proyecto a corto plazo. Nunca dejó de escucharme pero atendía con su vista a un buque enorme que se encontraba en aquella línea lejana que dividía al cielo de las aguas del Río de la Plata. Al llegar al club de pescadores, se me adelantó y habló con el tipo que estaba en la entrada, luego de intercambiar algunas palabras me llamó e ingresamos.
-¿Qué le dijiste?, interrogué.
-Le dije que venís de muy lejos y que siempre quisiste ver la inmensidad del río, si no le decía eso no nos iba a dejar pasar. Respondió.
Una vez más no pude salir de mi asombro… aunque ya me estaba acostumbrando de cierto modo, debo confesar.
En aquel muelle me empezó a contar de su vida, de cómo había llegado a trabajar ahí, de lo que pasó desde la última vez que nos vimos, en fin, me puso al día de su vida y me contó, de paso, un poco de su pasado.
Sus palabras eran justas y contundentes, nunca adjetivo de más, su cara no era de gesticular mucho, algo que si ella me había recalcado un rato antes, algo similar dijo de mis manos, pero ya estoy acostumbrado a ese tipo de “críticas”. Nos sentamos al final del muelle y nos quedamos viendo la lontananza y las nubes bajas que estaban en ese momento encima nuestro. No hizo falta palabra alguna como para entender que era un momento único.
Caminamos en silencio de regreso, ella miró la hora y dijo que debía volver a Aeroparque, nos abrazamos y nos despedimos.
Al regresar en el Bondi, descubrí que en mi bolsillo se encontraba un papelito con algo escrito, pero eso ya se los contaré en otra ocasión.
miércoles, 17 de junio de 2009
Júpiter…

Mierda… lindo título para empezar.
Sol que quiso ser y no pudo, con su silueta grandiosa y fina, siempre acompañó al firmamento y desde que tengo 12 años está atado a mi pensamiento, no hay noche que no lo busque en el cielo porteño. Siempre me llamó la atención el brillo y el tamaño de esa “estrella”, recuerdo aquellas lejanas noches de invierno en la terraza de mi casa, escuchando “Tiempos Violentos” en la Rock & Pop, armado con mi telescopio de mediocres 4X y con la mirada siempre puesta en él. Una vaga imagen de una luna diminuta recuerdo haber visto y anotado en un cuaderno de guardia que vaya a saber uno donde fue a olvidar el paso de los años. Desvelos increíbles, el anhelo vanidoso de ser un Galileo del subdesarrollo y el frío incisivo del invierno son recuerdo que jamás serán borrados de mi mente.
Con el correr del tiempo pude ver algo más que un simple punto blanco, y sucedió la vez que fui al observatorio que está en el Parque del Centenario, increíblemente pude ver sus colores a pesar de estar cinco veces más lejos que el Sol, su forma, sus cuatro lunas (Ganímedes, Io, Europa y Calisto), moviéndose en torno a ese gigante 318 veces más grande que la Tierra, aquella mancha roja, marcaron el momento del nacimiento de un romance que aún no se termina y dudo que acabe en algún futuro distante por llamarlo de algún modo.
Y es que en esas noches donde nado en el mar de mi soledad (no me ahogo como algunos piensan), siempre al mirar hacia el cielo, está presente esa imagen, ese brillo, esa frialdad de la luz lejana que reflejada, atraviesa todo límite e ingresa en mi nervio óptico para que el cerebro la procese y me dé una imagen clara de aquel planeta que marcó mi primera adolescencia y mi amor al observar el cielo. Y no escribo esto por que sea el año mundial de la astronomía, sino por que esta semana tuve un gran acercamiento a este gigante y aún estoy tratando de descubrir el por qué…
Dios griego (Zeus) y romano, protector y centinela del sistema solar, intrigante y maravilloso. Con su día de 9,8 horas, su traslación de 12 años, su volumen mil veces mayor al de la tierra. La gran mancha roja (donde entrarían 2 planetas Tierra) que no es más que un inmenso huracán que se ha mantenido por al menos 3 siglos.
Algo me hizo renacer mi amor, quizás sea que hace un tiempo trato de distraerme un poco, fue así que investigando, me enteré que cada año se contrae alrededor de 2 centímetros. Esto se debe a un fenómeno llamado contracción de Kelvin-Helmholtz (confieso haber copiado el nombre), sucede que la superficie del planeta se enfría, esto hace que la presión de su atmósfera se reduzca y que la presión de su núcleo aumente para compensar. La locura de esto es que su tamaño se reduce y que emite calor debido a la compresión, así Júpiter emite más radiación que la que recibe del Sol, esto hace que algunos astrónomos lo llamen una estrella fallida (yo siempre lo creí así) pero le faltaría multiplicar su masa unas trece veces para poder empezar a arder como una estrella y no está muy claro de dónde podría sacar Júpiter esa masa extra.
Al verlo uno a través de un telescopio, se lo observa lejano y silencioso (como uno se imagina el espacio), pero en su interior se desarrollan terrible tormentas, siempre me imaginé como sería ver sus relámpagos, imposibles de observar en su cara iluminada y escuchar sus truenos, debe ser algo que daría miedo a cualquiera.
Crecí imaginándome a un Júpiter sin anillos, ya que los anillos eran una característica absoluta de Saturno (Cronos), que por otra parte era padre de Júpiter, pero con los años me fui acostumbrando a imaginarme un Júpiter con un tenue anillo rodeando a sus lunas y éstas a su vez moviéndose dentro de un enorme globo de radiación atrapado en la magnetosfera, que no es más que el campo magnético del planeta, que alcanza entre los 3 y 7 millones de Km. en dirección al Sol, y se proyecta en dirección contraria más de 750 millones de Km., hasta llegar a la órbita de Saturno.
Pienso que si existe vida inteligente en un lugar muy lejano y apuntan para este lado, podrían descubrir a Júpiter por como altera a la órbita del Sol, al igual que nosotros hemos descubierto planetas lejanos.
De todas maneras creo que lo que más me atrae de Júpiter es su parecido conmigo, es decir, ambos segundeamos siempre, aunque alguna vez quisimos o al menos intentamos ser estrellas.
miércoles, 10 de junio de 2009
Naufragado…
las rocas de aquel desfiladero.
Y ese alba descubrió isla desierta y árida;
llegué a la orilla, pensativo, y no la encuentro.
Ambos sabemos bien que nos separa
la distancia desvinculante de un naufragio,
o las imaginarias coordenadas que trazó
el pasado sobre la irregular superficie del mar.
Me reconozco en la imposible concreción
de un nuevo abrazo, absurda tentación de creer
que escribiendo se materializará un retorno,
acción cruel que pretende ser un acto de fé...
Es escribir diez, cincuenta, cien veces lo mismo,
y aquel naufragio aún hundiéndome,
es el náufrago inagotable, recitando preguntas,
plegarias y súplicas al viento…
aunque el grito vaya a lo más profundo y obscuro
ya sea en la bajamar o en la pleamar.
Mis dedos te dibujan en la arena,
serenando el mar de mis idiotas fantasías.
En el oleaje eterno y tan frío,
se pierde mi pasión, a la deriva.
Y este naufragio hundiéndome
en los recuerdos de tus paisajes, en tus silencios amargos.
Obscuras aquellas estrellas, vacías como tus ojos
lágrimas brotada desde las entrañas,
inútil que el cartógrafo dibuje ríos secos,
llantos de cristal sombrío que no llegarán.
Sangre oculta del naufragio,
anunciación que supo hacer la playa:
“lo que dice un naufrago poco importa”.
Se pierde la mirada en un punto invisible
intento cruel de borrar la sombra de mi paso.
No sé si es pesadilla o desvarío:
naufraga tu imagen en los ojos.
Mi piel grita tu nombre sin consuelo
El naufragado ya no quiere naufragar,
ya no quedan fuerzas en este flagelado cuerpo…
quiere un rescate donde sienta
tu piel por fin y de una vez en su piel.
miércoles, 3 de junio de 2009
Mamá…
Mamá, mi encierro es hoy mismo, ya no sé que hacer para que me puedas perdonar de alguna forma, te sigo esperando, sé que no me vas a fallar. Tengo ganas de gritar a los cuatro vientos, por favor perdóname de alguna forma, esta noche me cuesta horrores dormir y tengo el corazón palpitando a mil. Con mi compañero ya sé que no me voy a llevar muy bien, escribo en un cuaderno usado, frases que a nadie le importarán. Y ya sé, es repetir el mismo modo de operar de ayer… ojalá pudieras entenderme un poco más.
Desde acá prometo que puedo ser útil y de alguna manera ayudar, yo ya sabía que esta noticia no te iba a gustar, comprendo que esto no es para cualquiera, es muy difícil de asimilar; y me paso las noches gritando en silencio: “mamá mi abogado me cagó”, y acá estoy encerrado en Sierra Chica, con un compañero que no conozco ni quiero conocer, me cuesta horrores dormir, y aún tengo aquel peso de que me veas igual al preso que fui hace algún tiempo atrás.
De todas maneras sabés que esto no es como ir a la guerra, de alguna forma entendés que voy a volver, aunque aún siento aquel martillo y la sentencia en mis oídos, comprendo que el juez no entendió mi alegato final y sé que se dejó llevar solamente por mi historial policial, pareciera ser que nada importa, que todo les dá por igual.
Nada puedo justificarte mamá, pero quiero que sepas que sos la médico que todo lo cura, sé que mi cicatriz haz de sanar, de alguna forma mi veneno vas a extirpar, sin juzgarme, comprendiéndome, sabiendo la esencia de lo que soy, mis valores y lo que busco ser, o al menos eso espero que entiendas de alguna forma, aunque sé que es difícil y cuesta en demasía.
Pero también cuesta dormir en esta noche, duele mucho estar en este lugar, aún no me acostumbro a este colchón flácido y rústico, jamás tuve uno así, ni siquiera en el correccional. Prometo que con ésta voy a aprender… siento que me desangro en vida, jamás lo entenderás, pero es así, es un dolor que pocos humanos saben interpretar y comprender.
Trataré de hacer lo posible para dormir e intentaré tapar el dolor de todo lo que nos dijimos ayer a la noche, cuando nos despedimos para siempre mamá.
miércoles, 27 de mayo de 2009
Conductas paragüiles…
El centro no es algo que recomiendo transitar en el verano, mucho menos los días de lluvia a la mañana, calculo que al mediodía o a la tarde ha de ser igual, ya de por si es un caos absoluto, ni hablar de cuando llueve. Hacer una cuadra en auto demora aproximadamente media hora, las veredas se ven amenazadas por turbias aguas que comienzan a aumentar su cota a valores alarmantes, hasta que en cuestión de minutos las veredas se ven tapadas por al menos un milímetro de dicho fluido. Los comerciantes a veces realizan esfuerzos vanos con secadores para evitar que el agua ingrese en sus locales.
Pero el mayor inconveniente más allá de las veredas inundadas, del caos de tránsito, de la merma de transeúntes desprevenidos que se refugian bajo cualquier alero, toldo, balcón, o cornisa que le provea de cierto resguardo de la imprevisible lluvia, son aquellos audaces que enfrentan los embates meteorológicos y salieron armados con un paraguas, un piloto y alguno que otro con botas para la ocasión.
Íbamos platicando al respecto con mi primo el menor, cuando inopinadamente la punta sobresaliente de un paraguas se enganchó en la larga cabellera de éste. ¡Mamita!, lo peor que le puede pasar a mi primo el menor es que algo le suceda en el pelo, una palabrota vociferada hacia el transeúnte; una leve escaramuza y la consiguiente reanudación de la marcha, los incidentes ocurren… en un momento, mi primo decide encender un cilindro de tabaco, pero la humedad en Buenos Aires es cada vez peor; renegando de ésta y de la baja calidad de la piedra del desvencijado encendedor, comenzó una suerte de lucha entre el hombre y aquel artefacto, que llevó varios segundo (varios de verdad), mientras el atendía ese asunto, yo me quedé mirando el panorama descripto con anterioridad.
¡Vaya que hay paraguas!, pero de verdad son muchos, las pequeñas trochas de las veredas del centro, conllevan a constantes choques de peatones ya con un día a pleno sol, jamás me imaginé que la tasa de embestidas aumentaba de manera logarítmica al sumarle aquel elemento de protección contra el agua que las nubes decantan por acumulación y condensación. Yo los miraba atentamente, casi aislado de los insultos que profería mi primo; eran como hormigas, frotándose las antenas, sólo que aquí se chocaban con los paraguas, se decían puteadas en voz baja, y nunca falta la señora que es atropellada por un adolescente que en su afán de refugiarse en algún lado se la llevó puesta por correr y no frenar a tiempo. En una esquina un oportuno vendedor callejero aprovecha el mal tiempo y a viva voz y a los cuatro vientos brama que tiene disponible paraguas a la venta para aquellas personas que no quieren quedarse debajo de algo que los salve de mojarse.
Dependiendo la edad, la gente lleva el paraguas de forma bien distinta, a saber:
*Aquellos menores de 10 años que recién comienzan sus primeras salidas con paraguas, se los ve desentendidos de su uso, prefieren disfrutar más de la lluvia que protegerse de ella, cosa que a mi me parece bien, eso si, cuando las madres lo ordenan, el paraguas a 90 grados respecto del plano horizontal, llámese vereda en éste caso.
*Aquellos entre 10 y 20 años por lo general se los observa desprovistos totalmente de paraguas, salvo algunas excepciones, a las cuales se las puede despreciar numéricamente.
*Entre los 30 y 45 años comienza un desfile incesante de variedades, colores y formas, ya el transitar difiere en esta franja de edades, los más jóvenes tienden a dejarlo perpendicular al suelo (éstos son entre 27 y 35 años), pero algún extraño fenómeno hace que de aquí en adelante las cosas cambien bastante, aquellos que tenían entre 37-42 años realizaban una leve inclinación hacia adelante, aparentemente dicha posición del paraguas, brindaba resguardo de las gotas maliciosa que atacan de frente y de aquellas que prefieren caer en forma clásica, es decir, caída libre de arriba hacia abajo (nunca olvidemos esto) y sin dejarse llevar por la dirección del viento.
*De 45 en adelante, no se puede precisar una posición determinada, ya que calculo yo, comienzan a ser empíricas, hay quienes, dependiendo del lugar, inclinan el paraguas a 45º (a la izquierda o derecha) para que no les caiga el agua de los balcones; también están aquellos que los van cerrando y abriendo a medida que pasan por debajo de alguna edificación, debe tratarse de un aporte al descongestionamiento paragüil de las veredas porteñas, luego admiré a un reducido grupo que adoptaba extrañas siluetas corporales con tal de ser absurdamente reparados de la lluvia por aquellos paraguas que se dejaron vencer por los embates de los vientos y parecen más un desparramo de alambres y tela que cualquier otra cosa imaginable.
¡Ro!, ¡Robert!, ¡PRIMO!, dale loco, sigamos caminando que ya nos falta poco, me dijo mi primo el menor que salió airoso en su anhelo de encender aquel cigarrillo. Sigamos, dije como volviendo de aquel letargo que me dejó perplejo. Mientras caminamos hacia donde íbamos, evité al menos que tres paraguas me dejaran tuerto, en vano fue tratar de esquivar algunos paragüasos en la nuca o en la sien; nos agachamos al menos una veintena de veces para sobrepasar a aquellas personas que caminaban más despacio que nosotros (y poseían menor estatura), no he de negarlo, hasta llegamos a tener una especie de telepatía y realizábamos acciones de sobrepaso en conjunto, como si las hubiéramos practicado, que eran dignas de admirar. A esta altura del relato creo que es vano aclarar que nosotros no utilizábamos paraguas, ya que estamos totalmente en contra respecto al uso del mismo.
Al ingresar al edificio de destino, tristemente pude observar como un violento paraguas le reventó un globo a una pequeña que se divertía viendo como las gotas rozaban para luego caer de él.
miércoles, 20 de mayo de 2009
A la noche (cosas que pasan)…
consciente de que has elegido jugar a este juego y de que posees
el dominio de todas las apariencias del planeta.
El Rifle fiel a su estilo ácido y directo y parafraseando a Andrés Calamaro, me dijo de manera muy sutil una tarde: “cuidado con las palabras que terminan en INA”, que locura que en aquel momento no lo haya entendido, intenté con un sin fin de palabras que me fueron viniendo al azar, a saber: cocaína, Argentina, mateína, cafeína, endorfina, efedrina, actitud que llevó a un agotamiento prematuro de la paciencia del Rifle y a un corte drástico de las metáforas al hablar en ese momento, pero tenía razón, una palabra en particular se convirtió en un molesto mosquito que interrumpía mis siestas desde hacía un tiempo. Esa noche antes de dormir entendí a que se refería mi amigo. A la noche suele aparecerse diciendo “hola”, o hablándome de esas cosas que hablábamos siempre, otras se me presenta en forma de imágenes fugaces, de vez en cuando se me viene un recuerdo mientras sueño, pero el último fue tan real… levanté mi cabeza de su hombro, la miré a los ojos y le dije: “la verdad que no sé como vas a hacer para vivir sin mi”, ella dio vuelta su cabeza, me miró a los ojos y se sonrió y la puta madre, no es tan gratis mirar a los ojos a una Julieta.
Me desperté y empecé a insultar a mi cabeza por jugarme tan malas pasadas, y lo peor es que siempre me cuesta volver a conciliar el sueño, la almohada con su mal aliento habitual me habla de cosas que no quiero escuchar, me susurra al oído frases con rimas, ideas para escribir, me cuenta historias; y hacer caso omiso a esas palabras se vuelve una suerte de quimera difícil de concretar, me pueden creer.
No lo niego a veces quisiera dormir en camas separadas de mi mismo, para no escucharme, para no verme, para no bancarme más, tal vez así se termine el efecto suelo al que estoy sometido desde ayer, es una sensación rara, es como un mate ya lavado, o un disco muy viejo que se encuentra rayado.
A la noche camino sin rumbo en estos días buscando a mi Julieta en los balcones porteños, y los balcones están vacíos, no hay Julieta, de todas maneras en el sindicato de Romeos jamás me redactaron una respuesta respecto a mi afiliación.
A esta altura del partido ya no sé si salió de mis sueños, si es una creación de mi mente cansada o si es una realidad, pero lo cierto es que aún está metida muy dentro de mi corazón. No hay noche que no busque la receta, fórmula, o pasos para lograr que los sueños que tengo por las noches se conviertan en realidad.
Y aquella pregunta que me planteé la otra noche instantes antes de dormirme, ¿Por qué sigo buscando una lágrima en la arena?, aún sigo sin encontrar la respuesta a tamaño acertijo.
Que bueno verte bien, ya era hora que cambies la cara y de actitud, dice la gente ignorante que no advierte que nada cambió, o si, mejor dicho si cambió algo, y es que aprendí a cambiar mi apariencia dependiendo de la situación.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Cuestión de contexto…
Haciendo un esfuerzo sobrenatural y apelando a la memoria que aún me queda, me remonté a los primero días de los que tengo memoria en aquella casa donde me nací y me críe. Me veo entonces en aquella casa mediana en Sierra de la Ventana, rodeada de árboles, algunos de ellos como si fueran centinelas custodiaban los márgenes del parque trasero de la casa, siempre a la tarde jugaba bajo su sombra y en sus ramas más bajas, más de una vez experimenté los primeros riesgos menores que me fueron preparando para riesgos mayores y situaciones mucho más complejas que aquella simple operación.
En dicho contexto estaban además los animales: los perros de la familia, dos Blood Hound, un Basset Hound, y un Siberian Husky, solían correr por el parque y casi siempre me causaba gracia el ladrido particular de los dos sabuesos, aunque solía temerles cuando ladraban o miraban algo que no les gustaba del todo, también recuerdo cuando mi padre los subía a la camioneta cuando se iba a algún lugar o al “centro del pueblo” o para Tornquist, siempre lo acompañaba allí y jugaba en su plaza con los patos que había en la laguna. Me acordé de los perros por que por lo general aparecían con Cuises o algún lagarto overo, una extraña vez uno de los sabuesos apareció con un zorro que estaba al acecho de las gallinas de la abuela.
Volvieron imágenes de la casa, sus habitaciones, sus pasillos, aquel sótano, la terraza (allí mi madre escogió como el lugar de sus flores), la calle de tierra, todo eso fue mi primer mundo. En él gateé por vez primera, balbuceé mis primeras palabras, allí un buen día me erguí, tiempo después caminé, y también hablé, mucho, eso si. Todo aquello, aquel lejano mundo serrano y tan, pero tan especial acentuó mi percepción e intuición, los olores de las flores de mamá, los matices que las nubes en su eterna pelea con el sol formaba en las sierras sombras y colores alucinantes, todo ello y un sin fin de otras cosas me fueron dando una cierta capacidad de percibir cosas, objetos, señales, signos, preguntas, cuya comprensión yo iba aprendiendo o hilvanando en mi trato con todo aquello, en mis relaciones con mis hermanos y con mis padres.
Los libros que leía en aquel entonces (aún sin saber leer) era el canto de los pájaros, la brisa y el cosquilleo que le producía a los árboles, el lejano sonido del Río Sauce Grande, el temor a los fuertes vientos que anunciaban tempestades, truenos, relámpagos; la lluvia jugando conmigo, con el barro, con la geografía, recuerdo que iba a la calle y jugaba a inventar lagos, islas, ríos, arroyos… y los gritos de mi madre cuando me veía entrar en la casa, eso también lo recuerdo. Los textos de aquel entonces eran los matices de naranjas y rojos que el cielo me regalaba en el atardecer o en las primeras horas de la mañana, el tren llegando a la estación, o los colores de los follajes, las formas de las hojas, el andar en bicicleta y levantar las hojas caídas de la calle en el otoño, las estrellas, una de mis primeras curiosidades, y mi padre “leyéndome” el cielo y diciéndome el nombre de las que él conocía, la bóveda celeste se veía preciosamente bien, no tanto como ahora.
Aprendí el significado del dolor sin saber escribirlo cuando me golpeé con una piedra en la orilla del río, aprendí sobre cual madera estaba seca o húmeda con el sólo hecho de palparla, todo un mundo por descubrir, sabía los nombres de los colores, de algunos pájaros y a la temprana edad de 5 años, también recuerdo que a esa edad tomé mi primer mate dulce, y noté con tristeza que se lavaba muy rápido, ya más de grande cambié ese hábito y descubrí otro sabor en la yerba sin azúcar.
Los temores también estaban a flor de piel en las noches de mi niñez, siempre temí al Lobizón, pero de pequeño comprendí que no existía mejor clima y condición para aquel monstruo que las noches de Sierra de la Ventana. Me acuerdo de las noches en que, envuelto en mi propio miedo, esperaba que el tiempo pasara, que la noche se fuera, que la madrugada comenzara a aclararse, trayendo con ella el canto de los pajaritos “tempraneros”. Recién allí volvía a mí la tranquilidad, mis miedos se terminaban con las mañanas y la luz; aunque reconozco que he percibido un sinfín de ruidos que se perdían en las mañanas y resultaban misteriosamente engrandecidos en los silencios profundos de las noches. Hoy la realidad es diferente, me enamoré de la noche y a veces prefiero dormir menos y renegar de mi noctambulismo, pero reconozco que me hallo más en la noche que en el día.
En aquel mundo, por otro lado, también prestaba atención al universo del lenguaje de los mayores, expresando sus creencias, sus comentarios políticos, sus gustos, sus vociferaciones sobre economía, sus recelos, sus valores. Todo eso ligado a contextos del mundo y cuya existencia yo no podía ni siquiera sospechar. Siempre hacía preguntas, por suerte mis padres y hermanos me las respondían, a veces como podían, otras veces explicándome que cuando fuera más grande lo entendería mejor. Recuerdo charlas de todo tipo, pero las que más tengo en la memoria eran aquellas en las que hablaban de espíritus, quizás al escuchar esas cosas a escondidas, detrás de la puerta cancel, motivaron un temprano miedo a la obscuridad, a veces escuchaba carcajadas estrepitosas en la lejanía, o gemidos de dolores, o ruidos extraños, calculo yo (ahora) que eran provenientes de animales a lo lejos, también escuchaba el mugido de algunas vacas en el Cerro Ceferino. Cuando algo de ello sucedía, generalmente recurría a la seguridad de mi escondite y me tapaba con mi sábana, usándola como una suerte de escudo protector de aquellos sonidos. Pero en la medida en que fui penetrando en la intimidad de mi mundo, en que lo percibía mejor y lo “entendía” y con ayuda de los años también, mis temores fueron disminuyendo.
Ya un poco más grande fue creciendo una especie de racionalismo en pañales, y se fue mezclando con la curiosidad de niño, allí aparecieron los primeros libros e inquietudes en la escuela, a decir verdad creo que esa curiosidad de niño jamás se fue distorsionando, aunque con el tiempo fue decayendo; mis padres siempre lo notaron y jamás se interpusieron en eso, y muchas veces me ayudaron bastante. Así me fui alfabetizando mucho más con el correr del tiempo y abandoné aquel pueblo en busca de más saber y conocimiento. Aunque reconozco que el primer profesor, pizarrón y tiza fue aquella naturaleza, aquellas imágenes, aquellos contextos acompañados de textos. La palabra mundo comenzó a tomar otro valor, y siempre desde entonces, comenzó a tender al infinito, como si se tratase de un límite en análisis matemático.
Recuerdos del puente blanco, del puente ferroviario, la ventana, el Tres Picos observando cual torre desde la ondananza, mi padre me dijo siempre que era el más alto de la provincia y fue cierto sin dudas, los piletones que se formaban en las sierras, los cañadones, aquellas dos rutas que siempre usábamos la RP72 y la RP76, las nubes jugueteando con las sierras, todo ello me fue alfabetizado en el suelo de aquella casa, de mi casa, a la sombra de los árboles, con palabras de mi mundo.
Hace poco tiempo, con profundo emoción, visité aquella casa donde nunca nací, pisé el mismo suelo en el que nunca me erguí, anduve, corrí, hablé y aprendí a leer. Aquella casa donde me hubiera gustado hacer todo lo que les conté en este texto. Vivir aquel contexto…
Bueno, miércoles 13 de mayo, mañana 14, se cumplirá un año desde que empecé a escribir en este medio, muchas alegrías me ha generado compartir con aquelos interesados lo que siento y me nace a la hora de escribir. A todos los que me apoyaron siempre GRACIAS, a los que les gustó algo que haya escrito y se sintieron identificados, perdón. Linda forma de cerrar este año con esta historia tan mía, quizás lo que me hubiese gustado, o lo que busque para mi y mi familia en un futuro.
A lo largo de estas 115 entradas aprendí mucho de mi mismo y también muchas cosas han cambiado en este año, y el blog no será una excepción a los cambios, a partir de ahora comenzaré a subir entradas una vez a la semana, seguramente me decida por el día miércoles. Nuevamente gracias por la paciencia y recuerden que todo lo que encuentren en este blog puede ser una gran falacia.
sábado, 9 de mayo de 2009
Esperando dormir…
Y es que nunca la pase bien, ¡pero tampoco pensé que la iba pagar así che!, ese dolor por detrás del estomago, esa sensación de quedarse sin aire. No se la deseo a nadie, no es nada lindo, pero lo bueno es que a la mañana me pongo a escuchar la radio; eso me distrae, eso me hace bien, hasta que vuelve ese dolor, mejor ni te cuento, mi amigo.
Hace dos días cayó la vieja con Nahuelito, ¡¡¡que felicidad!!!, ¡que alegría!, Nahuelito me contó que estaba laburando bien, que tenía ganas de irse de vacaciones. La vieja me contó que estaba mejor de los huesos, pero yo la conozco, se que está mal por mi, y yo le hablo y le digo que estoy bien, que falta poco para que vuelva a casa y a ella se le llenan los ojos de lágrimas, bosteza para disimularlo, eso también lo hacía yo antes ¡eh!; ¿cómo no me voy a dar cuenta de eso?, a veces gira la cabeza para el otro lado, como mirando algo específico, y ya sé que es ahí cuando empieza a llorar. Pero siempre le seguí el juego, nunca le dije nada, generalmente cambio de tema, le cuento de algo que leí en una revista o le hago un comentario de lo que escuchaba en la radio, a veces salimos al patio y damos una vuelta, pero en el invierno se complica un poco, lo bueno es que están más calurosos que antes, pero me estoy yendo por las ramas amigo, vos parame cuando me pasa eso ¡eh!.
Y la semana pasada cayó Germán también che, lo ví como siempre, me dijo que habló con el tordo y le dijeron que estaba mejor, pero estaba fumando mucho, meta cigarro, yo lo conozco, sabía que me estaba mintiendo, pero le seguí el juego, ¿viste que siempre nos dijimos la verdad?; vaya a saber por que me habrá mentido, esa mirada no miente, estaba esquiva, yo lo noté, y ocultaba sus manos, sus puños se cerraban, pero me hice el boludo, a veces es mejor para el otro, además nunca quise preocuparlo de más, siempre se portó bien, me dio una mano increíble cuando… mirá mejor no recordarlo, aunque a veces me cuesta horrores recordar cómo fue. Lo mejor ahora es escucharse un buen rock, ¿te sigue gustando Kiss?; yo estoy escuchando mucho Almafuerte, es como que siento más las letras ahora, lo que también siento cada tanto son unas puntadas en el estómago, ¿podés creerlo?, ¡y extraño algunas cosas ¡che, eh!, de lugano poco me acuerdo ya, pero anteanoche me acordé de cuando dormía en la casa de mi abuela… ¡como pasan lo años!, me acuerdo de aquellos muebles viejos que de noche hacían ruido y se confundían con la sombras, ¡¡¡que miedo que tenía!!!, ahí si que me costaba dormir, pero por otras cuestiones, no como ahora, y que lindo era dormirse, no se, aunque sea ocho horitas, que bueno ¿no?, dormirse ocho horitas y levantarte hecho un pinturita y guerrearla todo el día.
Que lindo que era dormir…
miércoles, 6 de mayo de 2009
La ignorancia mata…
En la habitación 512 de un hospital del interior, se hallaba parte del ala de terapia intensiva. Misteriosamente todos los viernes los pacientes que se encontraban en la cama número 5 morían de causas desconocidas. El tema es que esto empezó a levantar revuelo en aquel hospital, jamás había ocurrido algo así, y claro, las noticias comienzan a correr y empieza esa suerte de teléfono descompuesto y las especulaciones también. Se habló mucho de ese tema, las teorías fueron de las más variadas, desde extraterrestres, pasando por un portal celestial que se abría a la misma hora todos los viernes, también se habló de un exceso de ondas electrostáticas que jamás pudo ser comprobado. Entre los médicos también se hablaban cosas, pero se cuidaban mucho de a quien se lo decían, temerosos por las pérdidas de sus puestos laborales y para no aumentar la mala fama que estaba ganando aquel lugar.
El asunto fue resuelto por un médico recién ingresado al hospital y es el día de hoy que aún no puede salir de su asombro. Obviamente el diario tuvo la exclusividad y el seguimiento del caso, la cosa fue más o menos así: luego de la sexta muerte, una enfermera se quedaba en el lugar supervisando lo que sucedía, el tema es que había una empleada que se dedicaba exclusivamente de la limpieza; por lo general cuando ella ingresaba en esa habitación, la enfermera aprovechaba para tomar un café o para ir al baño. Y Dios te libre de una sorpresa tan macabra, siempre que volvía a la habitación había un nuevo habitante en la necrópolis.
Lo que el médico aquel contó en exclusiva para aquel diario fue que al ingresar a la habitación pudo observar como la empleada, desenchufaba los equipos de aquella cama para enchufar la aspiradora. El azar y el bajo presupuesto en salud quisieron que las baterías de los equipos estén en mal estado y no funcionasen. La suerte decidió que aquel médico desenchufara aquella aspiradora y salve a aquella persona de la muerte. Le quitó los auriculares de los oídos a la empleada y le explicó lo erróneo de su proceder, casi al borde del llanto.
La empleada fue enjuiciada y sentenciada a una pena de 15 años por no haber tenido educación desde pequeña, algo muy típico en África.